SEPULCROS BLANQUEADOS

Las im√°genes que llegan sin descanso en las √ļltimas semanas sobre la tragedia migratoria han destapado, paralelamente, un ejercicio descomunal de hipocres√≠a en el que la demagogia ha cubierto las esferas completas de nuestra vida. Parece como si el drama de la migraci√≥n hubiera comenzado ayer y que el mismo se destapara gracias a la figura del ni√Īo Aylan Kurdi.
Esta doblez procede del origen de los tiempos, la colonización y la incursión de la civilización occidental sobre resto del mundo, y más recientemente de aquella otra fotografía de las Azores, con los halcones anunciando la desestabilización premeditada del Oriente Medio, para alcanzar el pleno en el control de los recursos energéticos fósiles.
Me remueve el interior escuchar voces inflamadas desde los gobiernos espa√Īol o franc√©s, desde la Uni√≥n Europea, lanzando l√°grimas de cocodrilo, azuzando a los medios, para acoger a un pobre en Navidad, una familia refugiada en un albergue y ofrecer una rueda de prensa y lanzar confetis de una supuesta solidaridad. Un escarnio a la inteligencia.
No soy amigo de citas b√≠blicas, pero esta vez no he podido dejar de caer en la tentaci√≥n: “¬°Ay de vosotros, escribas y fariseos, hip√≥critas!, porque sois semejantes a sepulcros blanqueados, que por fuera lucen hermosos, pero por dentro est√°n llenos de huesos de muertos y de toda inmundicia”. (Mateo, 23-27).
Hemos sido un pueblo que ha conocido no hace mucho, tres generaciones, el drama del desplazamiento, del exilio masivo como jamás sucedió en nuestra historia. Masivamente, Y por ello, la sensibilidad a pesar de las interferencias, es parte de nuestro acerbo colectivo. Una sensibilidad que difiere de la del marketing que impone la cultura política occidental.
Entre 1937 y 1939, un total de 151.000 hombres, mujeres y ni√Īos vascos, huyeron de sus hogares perseguidos por el terror franquista. La mayor√≠a cruz√≥ la muga hacia el norte, y otros lo hicieron hacia lugares lejanos, tambi√©n hacia √Āfrica. La Segunda Guerra mundial, la miseria y el desarraigo, devolvi√≥ a aquella generaci√≥n a su aldea, a comienzos de 1940. Pero el resto, unos 12.000 se desperdigaron por el mundo.
He perseguido muchas de esas historias de 1939, otras tambi√©n m√°s recientes, de esos 2.500 huidos desde 1960 que dejaron nuestro pa√≠s desertando de las torturas, de la exclusi√≥n pol√≠tica para so√Īar en un lugar digno. Y me he encontrado con micro-historias tremendas, espeluznantes, suficientes para provocar un desasosiego infinito. Cada cifra esconde un drama, cada n√ļmero una galaxia.
Las cifras, sin contexto, son tramposas, como el papel. En 1939, los huidos alcanzaron a ser el 13% de la población vasca de entonces. Trasladado a nuestros días, cerca de 400.000 habitantes. Imaginen que Bilbao y Baiona se quedan de repente, en 2015, sin vecinos. Cero habitantes. Un drama descomunal, inimaginable a pesar del esfuerzo. Tomen aire por unos minutos y reflexionen sobre las innumerables consecuencias.
También hemos conocido la llegada de migrantes a nuestro territorio, 600.000 apuntalan los expertos, entre 1950 y 1975. Una oleada que modificó nuestra estructura social y nacional, que orientó el escenario, como sucedió al final del siglo XIX con el desarrollo minero en Ezkerraldea. Ambas, precisamente, dieron origen a la modernización del discurso ideológico, con el nacimiento en el primer caso del PNV y en el segundo de la izquierda abertzale. Fueron migraciones que modificaron el futuro.
Esa misma proporci√≥n, en algunos casos menor, en otros mayor, es la que padecen los territorios modernos de Siria, Iraq, Afganist√°n. Es la que soportaron durante la esclavitud cerca de 13 millones de negros (a√Īadan una cuarta parte m√°s que muri√≥ en el traslado y otra en el momento de su captura), trasportados forzosamente de su continente a otro nuevo. Aquellos desgraciados, “salvajes incivilizados” para la iglesia, monarqu√≠as y rep√ļblicas del momento, no tuvieron la imagen del ni√Īo Aylan, o la nuestra del “Guernica” de Picasso en la Expo de Par√≠s, para aflojar sentimientos. Padecieron una migraci√≥n forzosa durante m√°s de tres siglos.
Naciones Unidas, que en eso de las estad√≠sticas se esmera, no tanto en las soluciones, anuncia que los migrantes han sobrepasado los 232 millones, de ellos 52 millones huyendo de conflictos abiertos. √önicamente en Colombia, m√°s de cinco millones de personas se han desplazado internamente. Los “falsos positivos” alentaron las huidas. Los desplazados sirios superan los 7 millones. Cifras escandalosas. La muerte de un hombre es una tragedia, la de millones una estad√≠stica, dijo alguien en cierta ocasi√≥n.
El 60% de los migrantes se traslada hacia escenarios “ricos”, donde tambi√©n existen cinturones de pobreza. Pero unos y otros, los cinturones de los ricos y los de los pobres, tambi√©n tienen escalas. Uno de cada cinco viaja a EEUU, intentando sortear el R√≠o Grande, a la sombra de mafias y negocios que aprovechan la miseria humana. EEUU ha establecido un muro de m√°s de 3.300 kil√≥metros de longitud.
No suceden los desplazamientos masivos m√°s recientes por casualidad, por el canto errado desde un minarete, por la simpat√≠a o no hacia un r√©gimen pol√≠tico. Tampoco por el desapego a la tierra. Las causas son sist√©micas. Y todos desean volver a su aldea. Un viejo relato persa dec√≠a: “Un polic√≠a pregunta: ¬Ņqu√© haces Nasrudin vagabundeando por las calles en mitad de la noche? Se√Īor, responde Nasrudin ¬°si tuviera la respuesta a esa pregunta hace mucho tiempo que hubiera vuelto a casa!”.
Hace poco o√≠ en una entrevista televisiva a Gerald Celente. Perdonen por la cita, que la recog√≠, un poco larga: “Esas personas no son migrantes, son refugiados que huyen de sus pa√≠ses despu√©s de que EEUU y sus aliados los bombardearan. F√≠jese lo que han conseguido. Siria, Afganist√°n, Libia, Iraq y ahora Yemen han sufrido los bombardeos de EEUU, Arabia Saudita y los Emiratos √Ārabes. Han atacado a los pa√≠ses m√°s pobres de la regi√≥n y ahora sus habitantes tienen que huir a Europa. A ello hay que a√Īadir la ca√≠da de las materias primas en todo el mundo, en Argelia, en Nigeria, en Brasil, en Colombia, en Chile, en Venezuela y en Bolivia. Los habitantes tienen que huir del pa√≠s por culpa del desplome de la econom√≠a y del agotamiento de los recursos naturales”.
Ese es el origen de las √ļltimas migraciones, de las √ļltimas oleadas de migrantes que sacuden las conciencias de Occidente. No hay m√°s verdades ocultas, m√°s misterio por desentra√Īar. Siempre ha sido igual. Las 85 personas m√°s ricas del mundo poseen tanto dinero como 3.500 millones de personas. Ah√≠ est√° el nudo de la cuesti√≥n. El reparto de la riqueza y el expolio de la desparramada por el mundo.
El Acuerdo de Schengen (1995) desarroll√≥ unas normativas de car√°cter general sobre la ‚Äúlibre circulaci√≥n de personas de los pa√≠ses europeos‚ÄĚ pero al mismo tiempo reforz√≥ las limitaciones para la inmigraci√≥n extraeuropea. La Uni√≥n Europea dio la espalda a su historia. Es m√°s, se ratific√≥ en ella. Hizo tabla rasa de sus responsabilidades en la colonizaci√≥n y el expolio sostenido provocado hasta entonces.
Hemos dejado de pertenecer a esa aldea a la que regresaron humillados nuestros antepasados cercanos en 1940. Hemos dejado de movernos en las cuestiones identitarias que plante√≥ Sabino Arana en 1890, como bien reflej√≥ la izquierda abertzale en 1967. Nuestra peque√Īa comunidad vasca, al pie de los Pirineos y el Cant√°brico, es una brizna m√°s en ese mapa cada vez m√°s complejo que se llama humanidad.
Un mapa repleto hasta el v√≥mito de sepulcros blanqueados que nos llama a la solidaridad de la especie y, por extensi√≥n, a la derrota del modelo econ√≥mico imperante en nuestro, tambi√©n, peque√Īo planeta, perdido en la inmensidad de un oc√©ano gal√°ctico que cada noche que luce vuelve a apretarnos nuestra conciencia.

202 aniversario de la quema de Donostia

M√°s de dos siglos despu√©s, recordamos a nuestras vecinas y vecinos, an√≥nimos y desconocidos con emoci√≥n. Con la emoci√≥n que nos traslada sentirnos a s√≥lo unos metros de donde vivieron y sufrieron aquella tragedia. De escuchar y transmitir el eco de estas palabras con la misma intensidad que ellos oyeron temerosos el rumor de los ca√Īones. De revivir en nuestra memoria la angustia de su futuro inmediato. El aullido de la guerra. La destrucci√≥n.
Ha pasado mucho tiempo desde aquel 1813, han cruzado más guerras nuestra ciudad. Hemos revivido las tragedias. Ocho generaciones desde entonces, algunas más agraciadas que otras. Aquí estamos, sin embargo, recobrando su presencia, notificando la existencia. Incorporándola al presente.
Porque ese salitre del mar Cant√°brico que nos enfunda el semblante, esas gaviotas que revolotean a la llegada de los barcos al puerto, esa perfil que nos cobija desde el Castillo de Urgull, esa brisa que ingresa ma√Īanera desde la Zurriola, ese pasillo azulado por el que desfila el Urumea, es el de siempre. El de entonces y el de ahora.
Porque esas zozobras a veces in√ļtiles, esas alegr√≠as festivas, esas ilusiones radiantes, grandes y peque√Īas, esos amores de juventud y de vejez, esas cuadrillas que nos revelan el inmenso valor de la amistad, esas noches de invierno eternas o las estivales m√°s breves, esa esencia del sudor en el trabajo, casi siempre mal pagado, es la de siempre. La de entonces y la de ahora.
Ha pasado mucho tiempo desde aquel 1813. Pero sentimos que cuando llegan los aniversarios, cuando prendemos las velas de la memoria, cuando entonamos las voces de nuestros coros, el tiempo se esfuma y la edad se desvanece impregnando los rincones m√°s diversos de nuestra ciudad. Hay una sombra alargada de recuerdos pegada a nuestro caminar.
No queremos ser rehenes del pasado, del blanco y negro. La vida contin√ļa en aventuras que construimos d√≠a a d√≠a. En una lucha permanente y siempre inacabada por construir esa sociedad que nos haga libres. Con may√ļsculas.
Pero no podemos negar que somos hijas e hijos de ese pasado. De ese espacio h√ļmedo, arenoso, rodeado de lomas y montes que nos embarcan hacia un pa√≠s en el nacimos o llegamos orgullosos. Un espacio agresivamente humano, coloreado con la piel de la dignidad y el murmullo de los nuestros.
Es cierto que no conocimos las fisuras de vuestros labios, ni los botones de vuestros chalecos, ni los pliegues de vuestras enaguas. Apenas atisbamos a garabatear vuestros nombres, ya inusuales. Evaristo, Xaviera, Bart√≠n, Mar√≠a Antonia, Mateo, Donato, Joaquina, Eugenio, Juliana… Nombres. Hombres y mujeres.
No conocimos, tampoco, aquellos huecos que dej√≥ la metralla, el tifus, el hambre, el fuego devastador. Pero hemos reconocido el surco de vuestro viaje. Un surco imborrable. Y cuando aprendimos a leer se nos grab√≥ aquello que escribi√≥ el notable pregonero donostiarra Jos√© Vicente Echegaray hace ya 200 a√Īos: “Que el mundo sepa lo que nos ha sucedido”.
Fieles a sus palabras, aqu√≠ estamos. Muchos a√Īos despu√©s, apenas un instante en este recodo caprichoso que han construido el mar y la tierra y que llamamos Donostia. Un a√Īo m√°s. En vuestra memoria.

LITERATURA M√ĀS QUE INQUIETANTE

Joaquín Hernández era guardia municipal en Donostia. Llegó a la capital guipuzcoana procedente de Salamanca, su ciudad natal. Sus orígenes y algunas conversaciones cotizaron para que la derecha donostiarra le avalara para el puesto de agente municipal. Llegó la guerra civil y Hernández, sin embargo, se fue con los demócratas y combatió al fascismo.
Un a√Īo m√°s tarde, el polic√≠a local fue detenido en Bilbao y encarcelado en unas escuelas, tanta era la gente arrestada. Su paso por una prisi√≥n inusual no result√≥ determinante para que fuera juzgado y condenado a 20 a√Īos de prisi√≥n. Una barbaridad. Hern√°ndez no hab√≠a hecho sino defender los valores m√°s primarios de justicia e igualdad.
El juez militar, severo como tantos otros, “razon√≥” el castigo con un argumento inmortal: “el procesado se presentaba con la m√°scara de persona de orden y de profundos y arraigados sentimientos religiosos, pero m√°s adelante arroj√≥ el disfraz, apareciendo entonces como blasfemo, ateo y de mala conducta”. La libertad y la blasfemia sin√≥nimos.
Me dirán que son crónicas ajadas, demasiado viejas para traer a colación en un artículo de opinión que debería reflejar la actualidad más cercana. Es cierto, pero el pasado sigue pesando como una losa. Les animo, por ello, a que lean las siguientes líneas, hasta el final del artículo, para refrendar la cita del inicio y comprobar que, al parecer, en nuestra tierra no ha llovido jamás.
Hace unos d√≠as hemos tenido la oportunidad de conocer otra sentencia, la 338/2015, esta vez redactada por unos jueces civiles, del Supremo. Ordena el cierre de 107 casas del pueblo, en lenguaje de otra √©poca, o lo que es lo mismo “herrikos” en este caso de la izquierda abertzale. Un expolio en toda regla.
La sentencia, que tambi√©n ha condenado a diversas personas, tiene su fundamento principal en un argumento central que se remonta a 1967. Un argumento que ya ha sido reiteradamente utilizado por la magistratura espa√Īola en otros castigos ejemplarizantes cargados en las espaldas del sector soberanista vasco, en especial desde el proceso conocido como 18/98.
En s√≠ntesis, los jueces adivinan que en ese a√Īo de 1967, ETA se organiz√≥ en frentes (cultural, social, pol√≠tico y armado) y desde ah√≠ invent√≥ una nueva forma de hacer pol√≠tica a trav√©s de una f√≥rmula m√°gica, el “desdoblamiento”. Y as√≠ se “desdoblaron” centenares de militantes, miles, para esparcirse como misioneros por la faz de Euskal Herria y llevar la buena nueva. El “todo es ETA”, dice el Supremo, viene de lejos.
Un r√°pido ejercicio aritm√©tico nos lleva a la conclusi√≥n que desde aquel 1967 hasta nuestros d√≠as han pasado 48 a√Īos. ¬°Casi medio siglo! 1967 fue el a√Īo de la ilegalizaci√≥n de CCOO, de la muerte del Ch√© Guevara y de la consagraci√≥n de Los Beatles. Aunque no lo parezca, s√≠ ha llovido, bastante por cierto, desde entonces. El Supremo ha elegido sin embargo el icono de Rafael, que represent√≥ entonces a Espa√Īa en Eurovisi√≥n y a√ļn sigue haciendo publicidad, para hacer gala de una casposidad grandiosa.
Tengo que admitir que la referencia a hechos de 1967 por la Sala del Supremo me ha causado estupor. Con reiteraci√≥n. Imaginen que al desdichado Joaqu√≠n Hern√°ndez, juzgado por “rebeli√≥n militar”, es decir no seguir a los golpistas franquistas, y condenado por blasfemo, le hubieran encarcelado por antecedentes ideol√≥gicos de 1877, de medio siglo atr√°s, en los estertores de la Guerra carlista, en el a√Īo que Le√≥n Tolstoi escribi√≥ “Anna Karenina” y la pomposa reina de Inglaterra, de nombre Victoria como correspond√≠a a su rango imperial, fue nombrada emperatriz de India. Imaginen, porque imaginaci√≥n a los jueces, por lo visto, no les falta.
Esta cuenta de cincuenta a√Īos de infiltraci√≥n de ETA en la sociedad vasca se carga, retroactivamente, la legalizaci√≥n de partidos y sindicatos, la libertad de prensa, la autonom√≠a, la educaci√≥n en euskara. Todo aquello que puedan imaginar. Hasta los cuadros de Ibarrola o las esculturas de Oteiza, surgidos del magma de la revoluci√≥n.
La sentencia, por lo dem√°s, continua esa l√≠nea de frivolidad epistolar que desprecia los textos en lengua vasca, con p√©simas traducciones, y que desatina en los datos objetivos de manera espectacular. Atribuir en la sentencia a ETA la comisi√≥n de 33.391 atentados desde 1961 a 2002 (a√Īo de la incoaci√≥n del sumario) es una exagerada exageraci√≥n. En realidad eran poco m√°s de tres mil. Me dir√°n que apenas importa, que el punto se ha resbalado y que quiz√°s haya habido un error. Pero en una sentencia del Supremo, por ello es Supremo, consejo de los mejores, los errores no pueden existir.
La literatura se rueda por la sentencia con citas a esl√≥ganes del tipo “borroka, bide bakarra da” o “zuek faxistak zarete terroristak”, transmitidos por ETA a la direcci√≥n de Herri Batasuna. Otro sin sentido. Por cierto, el segundo de los lemas es traducido como “vosotros fascistas sois los verdaderos terroristas”. Comprueben que entre la frase original y la de la sentencia hay una inclusi√≥n, “verdaderos”, como si los jueces quisieran dar √©nfasis, por su cuenta, al lema.
El delirio literario de la sentencia alcanza uno de sus cl√≠max con el apartado que comienza con “Heri Batasuna, aprovechando su presencia en las instituciones potenciaba la actividad de ETA con declaraciones, manifestaciones, ruedas de prensa… y mociones”. S√≠, han le√≠do bien, mociones. Y estas mociones, lo resalta la sentencia, abren un abanico en el que, entre otros, se introducen “135 denunciando presuntas torturas”, “535 a favor de objetivos de ETA”, “82 en apoyo de Udalbiltza” o “643 contra el constitucionalismo y estatutismo”. Recuerden que Udalbiltza fue absuelta o que el relator de la ONU estir√≥ de las orejas a Espa√Īa por la tortura.
La continuidad de este apartado nos llevar√≠a a conclusiones monstruosas. Denunciar la tortura es terrorismo. Votar o abstenerse en el refer√©ndum del Estatuto de Autonom√≠a o en el de la Constituci√≥n espa√Īola fue legitimo, pero ojo, si alguien aire√≥ su voto y √©ste no fue favorable ser√° considerado etarra. Y autom√°ticamente, la independencia, la justicia social, el tratamiento del euskara, la igualdad de la mujer… en fin cualquier tema abordado por ETA como objetivo pol√≠tico es susceptible de ser criminalizado. Al loro.
Simult√°neamente a la publicidad de la sentencia, el presidente del Gobierno espa√Īol anunciaba unos retoques a su equipo de gobierno, para recolocar a los no electos seg√ļn expectativas, entre ellos Maroto, y lanzaba un mensaje apocal√≠ptico. La prensa ha recogido algunos fragmentos del mismo. A los m√°s curiosos les animo a leerlo en su integridad (est√° colgado en la p√°gina de presidencia del Gobierno hispano y en la web de su partido).
Lo he le√≠do varias veces y en todas ellas, en especial cuando alcanzo a las √ļltimas p√°ginas, una sacudida el√©ctrica me recorre el espinazo. He cre√≠do comprender el desasosiego y el temor que sufrieron decenas de miles de compatriotas, como el citado Joaqu√≠n Hern√°ndez, cuando civiles y militares luego golpistas, caldearon el ambiente con declaraciones que provocaron el golpe de estado de julio de 1936.
Rajoy apela a un contubernio que llama “frente anti-pp”: “estas maquinaciones de hoy no son m√°s que el preludio de los que puede ocurrir dentro de unos meses si no obtenemos una victoria que lo impida”. El presidente espa√Īol mete en el mismo saco al PSOE (“yo cre√≠a que compart√≠a con el PSOE los mismos valores constitucionales, el mismo amor a Espa√Īa. Pero ahora veo que no”) a los “grupos extremistas, marginales, antisistema o claramente independentistas”. Es decir, como marcaba Bush, o conmigo o contra m√≠.
Esta construcci√≥n del relato es muy similar a la que puso en marcha la derecha espa√Īola en la Segunda Rep√ļblica contra el Frente Popular y desemboc√≥ en lo que ya de sobra conocemos. De aquellos barros estos lodos. Una literatura demasiado inquietante, en lo que nos corresponde, para todos aquellos que no votamos derecha. Un relato que nos pone en alerta sobre el devenir de los pr√≥ximos meses. Duros, sin duda.

Ley Mordaza

Entre el hedonismo cultural que nos invade, la desaparici√≥n de la informaci√≥n sustituida por la propaganda, y la justificaci√≥n de los medios por un supuesto y superior fin, las sociedades occidentales han entrado en ese cub√≠culo adelantado ya por Georges Orwell o Ray Bradbury. Las se√Īales del totalitarismo son cada vez m√°s visibles.
Siempre hay una excusa para dar una vuelta m√°s a los grilletes. Hace tiempo era la masoner√≠a, luego la subversi√≥n, la internacional comunista, la migraci√≥n, el yihadismo. El lobby armament√≠stico, el de seguridad, controla el mundo y, de paso, lo hace m√°s constre√Īido. Hace a√Īos que democracia es sin√≥nimo de recortes.
Así, el cerco se estrecha, como si todos fuéramos delincuentes. Hay que demostrar la adhesión a los principios del movimiento, la solidaridad con los preceptos del neoliberalismo, el aplauso hasta el vómito a los ejecutores de las leyes, a los verdugos y mercenarios. Hay que escenificar lealtad para ser ciudadano con derechos.
La involuci√≥n continuada ha regenerado el escudo para la clase social dirigente. Aunque tengan sueldos de lumpen, aunque dentro de unos meses les exijan el bachillerato, el sistema les ha aupado a protagonistas. ‚ÄúA qu√© enviar asesinos a sueldo, si basta ya con los alguaciles‚ÄĚ, escrib√≠a con su afilada pluma Bertolt Brecht.
La nueva ley de Seguridad Ciudadana, engendro de eufemismo, comienza precisamente por elevar a la categor√≠a infalible a quienes han sido tradicionalmente fuentes contaminadas: ‚ÄúLas denuncias, atestados o actas formulados por los agentes de la autoridad en ejercicio de sus funciones que hubiesen presenciado los hechos, constituir√°n base suficiente para adoptar la resoluci√≥n que proceda‚ÄĚ. Entre nosotros‚Ķ ¬°cu√°ntas versiones falsas, cu√°ntos sapos!
No hace falta ser experto para poder traer al escaparate del escritorio ejemplos de cualquier tipo. Uno, al azar. Manuel S√°nchez Corbi, capit√°n de la Guardia Civil, condenado a cuatro a√Īos por torturar a Kepa Urra. La pena del agente fue rebajada por el Supremo espa√Īol y al a√Īo siguiente, el Gobierno de Madrid le indult√≥ y ascendi√≥ a comandante. Fue condecorado con cuatro distinciones, dos de ellas que acarreaban pensiones vitalicias. Fue responsable del seguimiento desde Pau de los refugiados vascos en el Estado franc√©s.
Otro ejemplo que me atrapa, por su cercanía. Joxi Lasa y Josean Zabala fueron enterrados en cal viva. Desaparecieron tras ser secuestrados por agentes del cuartel de Intxaurrondo. Mikel Zubimendi, siendo parlamentario en Gasteiz, echó al asiento vacío del socialista Ramón Jauregi un saco de cal viva. Un símbolo.
En 2015, sin embargo, esa propaganda eterna que justifica la espa√Īolidad de un trozo de tierra a golpe, si hace falta de sable, trae a colaci√≥n la acci√≥n de Zubimendi, para evitar que participe en un debate televisivo, obviando la mayor, la de Busot. Cal viva, la del s√≠mbolo, no la real.
No son los partidos o los agentes pol√≠ticos quienes imponen esas leyes, sino los que mandan de verdad, los que aterrorizan con su aliento a quienes se apartan unos cent√≠metros de la fila. Hoy ha sido el PP, en el Gobierno de Madrid, quien ha aprobado la llamada Ley Mordaza, una ley antisubversi√≥n de las de la √©poca de Melit√≥n Manzanas o Billy el Ni√Īo. Antes, sin embargo, fueron otros, incluido el PSOE y el PNV.
Habr√≠a que recordar que hace 25 a√Īos, cuando Felipe Gonz√°lez era el presidente de ese Gobierno espa√Īol, lanz√≥ otra ley similar, la llamada Corcuera, por el nombre del ministro del Interior de turno. Unas normas que la llevaron a ser conocida como la ley de la ‚Äúpatada en la puerta‚ÄĚ.
La Ley Corcuera institucionalizaba diversos aspectos propios de un Estado policial antag√≥nico del de derecho. Desde la detenci√≥n temporal, sin necesidad de presentar cargos, hasta el allanamiento de morada sin mandamiento judicial quedaron legalizados. Estas medidas fueron consideradas l√≥gicas por un Estado que, en ese nivel, guardaba las formas democr√°ticas en signo de carencias. En noviembre de 1993 alg√ļn aspecto de aquella ley fue considerado, por el tribunal competente, inconstitucional. Y el ministro dimiti√≥.
Por cierto, la de Corcuera, tan contestada por la izquierda, símbolo de toda una generación que salió a la calle para denunciarla, fue apoyada de forma explícita, con sus votos incluso en el Congreso de Madrid, por el PNV, entonces visible con su lehendakari José Antonio Ardanza, por si no lo recuerdan, el Bertín Osborne de Urdaibai.
La de ahora, la Mordaza, ha sido criticada por el PSOE por eso que está en la oposición, como si no hubiera puesto, cuando ha tenido ocasión, el listón tan alto. No deja de ser una broma de muy muy mal gusto que el portavoz socialista en hablar de los derechos pisoteados por la Mordaza haya sido precisamente un antiguo ministro de Justicia, López Aguilar, imputado por violencia de género.
Tanto una como otra, la Corcuera como la Mordaza, han sido y son ampliaciones de una excepcionalidad vivida en Euskal Herria desde que tenemos uso de razón. Pero como apuntaba al comienzo, el fin justificaba los medios y unos y otros miraban hacia un lado, hasta la tortícolis más extrema. Como todo lo vasco era susceptible de ser ETA la conculcación de los derechos humanos estaba justificada.
En esa justificación hemos vivido en un estado de excepción permanente. Una excepcionalidad, no les voy a contar algo que no sepan, que ha ido reflejándose en las distintas modificaciones del código penal. Cada vez que llegaba una vuelta de tuerca, una contracción de los derechos civiles, la excusa podía ser cualquiera. La verdadera la conocíamos de sobra, atar a la disidencia vasca.
Valga como muestra de esta excepcionalidad vasca dos sucesos determinados en el tiempo por unos d√≠as, cercados en un escenario similar. En febrero de este a√Īo, la justicia italiana ha condenado a Francesco Schettino, capit√°n del crucero Costa Concordia que naufrag√≥ en enero de 2012, a 16 a√Īos de prisi√≥n, como culpable de un siniestro en el que murieron 32 personas.
Ese mismo mes era detenido en Roma el andoaindarra Carlos Garc√≠a Preciado. Llevaba huido quince a√Īos, tras haber sido condenado a 16 a√Īos de c√°rcel por el lanzamiento de un c√≥ctel molotov a una entidad bancaria. No hubo heridos, √ļnicamente da√Īos materiales. Diecis√©is a√Īos por atacar un banco en Andoain, diecis√©is a√Īos por 32 homicidios.
La opini√≥n p√ļblica italiana se preguntaba si el castigo a Schettino no era excesivo. La espa√Īola en cambio, al menos sus medios de propagada, jaleaba la detenci√≥n de Garc√≠a Preciado como si estuvieran asistiendo a un combate de boxeo.
La nueva Ley de Seguridad Ciudadana aprueba, dicen los expertos, las devoluciones en ‚Äúcaliente‚ÄĚ. ¬ŅNovedad? Ninguna. Desde 1986, m√°s de 300 vascos fueron entregados por la polic√≠a francesa a la espa√Īola (y otros 29 por la mexicana), en ‚Äúcaliente‚ÄĚ, sin ning√ļn tipo de intervenci√≥n judicial.
La mayor√≠a de estos entregados denunciaron torturas. Y lo que es m√°s extraordinario en un estado de derecho (en este caso dos, Espa√Īa y Francia), cuando los entregados en ‚Äúcaliente‚ÄĚ delataron ante un juez lo ilegal de su situaci√≥n, un tribunal anul√≥ el proceso. A posteriori. Pero para entonces, el implicado (vasco) ya hab√≠a pasado por un cuartel policial o militar. Imaginen el resto.
La Ley Mordaza castigar√°, por lo que nos cuentan, las faltas de respeto a la autoridad representada en sus agentes, los escraches, las ocupaciones, las manifestaciones “ilegales”… Nada que no sepamos al norte del Ebro, al sur del Adur. Y seguir√° amparando una impunidad legendaria, la de quienes ejecutan las normas de su perpetuaci√≥n.

Periko maitea

Para los que nacimos al mundo real en los estertores del franquismo, con ese uso de raz√≥n que se nos presupon√≠a, el nombre de Periko Solabarria ya se hab√≠a convertido en un icono. La generaci√≥n anterior a la m√≠a recog√≠a el eco de los gudaris de la guerra, de los huelguistas an√≥nimos y deportados en las protestas de 1951, del maquis del Irati y de las ikurri√Īas que colgaban en las catedrales.
La nuestra tuvo asimismo los suyos. Grabados en nuestra historia con pluma de cincelador. Telesforo Monz√≥n, Joseba Elosegi, que surg√≠an desde escenarios remotos con pie firme, Argala, Txabi Etxebarrieta, Jokin Gorostidi, Juanjo Etxabe… Otros tambi√©n. Entre ellos, humilde, en la obra con casco, antes con sotana, siempre en la segunda l√≠nea de la imagen, como si se tratara de un papel secundario en una pel√≠cula, Periko Solabarria. Colocando signos a los sin nombre.
Contaba en cierta ocasi√≥n que trabajando en el Puente de Rontegi, recibi√≥ la visita de un patr√≥n llegado de Madrid. Y ante las c√°maras, el empresario se atus√≥ el pelo, estir√≥ la corbata y sac√≥ pecho. “No es por usted”, le se√Īal√≥ un periodista, es por el obrero. El patr√≥n debi√≥ pensar que la revoluci√≥n le hab√≠a pillado sin saberlo. Se lo aclararon ante su cara de estupor: “Este se√Īor con casco y buzo es diputado en las Cortes de Madrid. El √ļnico que no trabaja en un despacho”.
Nos hemos acostumbrado a lo que debía ser excepción, a que los ricos lloren y a que los pobres se mueran de hambre, a que la injusticia se pierda entre las sombras y a que la justicia del dinero avance con solera por las portadas de los diarios. A que un camello, como diría Periko, entre por el ojo de una aguja. Y lo que es peor, a que los hombres y mujeres de verdad, la humanidad en su complejidad paradójicamente sencilla, se haya caído del abecedario.
Enlazando esta √ļltima afirmaci√≥n, durante mucho tiempo, quiz√°s toda una vida, me apodera un tremendo desasosiego. ¬ŅLograremos alguna vez rescatar la grandeza de los nuestros, de aquellos a los que la historia, a veces el futuro, cita √ļnicamente a pie de p√°gina, los engulle en una cifra? Una obsesi√≥n que me persigue y que s√≥lo resuelvo moment√°neamente encadenando frases, narrando sus energ√≠as. Trazando l√≠neas.
Para superar alguna letra de esa zozobra infinita, hace a√Īos escrib√≠ una novela que titul√© “Gallarta”, sobre las condiciones de vida de los primeros mineros de Triano, tratados como bestias, hacinados en barracas de las que no pod√≠an salir sino para transformar unos vales en alimentos y, obviamente, para extraer el que los trabajadores llamaban “mineral rubio”, hierro en las diccionarios. Excelente, dec√≠an, para forjar el acero.
Consulté decenas de libros, viajé a los lugares ya abandonados, reconocí herramientas, luego expuestas en el museo que se abrió con posterioridad, recogí índices de mortalidad, esperanzas de vida, salté alambres oxidados y recorrí veredas absorbidas por el calendario. Armé un libro lleno de letras que intentó plasmar pasiones, luchas, injusticias y sentimientos de hombres y mujeres que dejaron un halo fugaz en nuestra historia.
Una ma√Īana, Periko Solabarria me llam√≥, con timidez como lo hac√≠a, y me invit√≥, de su mano, a echar una mirada al pasado. Al suyo y al de los que le precedieron. Para conocer, a trav√©s de sus gestos, de sus palabras, de sus zapatos, el entorno de sus padres, el suyo cuando naci√≥. “Nos forjamos viviendo la vida, no en los libros”, me lanz√≥ con una voz casi imperceptible.
Y me llev√≥ a la casa donde germin√≥ y se cri√≥. A√ļn conserva, a modo de recuerdo, un n√ļmero, el 23, en lo alto del rellano. Un tejado arreglado ahora, una puerta pintada de verde descamisado, una ventana por donde apenas entraba la luz. Una sola planta. Y me cont√≥ lo que yo hab√≠a escrito, una familia numerosa, el padre en la mina, los inviernos largos, fr√≠os sobre todo desde que se escond√≠a el sol, un puchero en el fog√≥n. Sin electricidad, sin agua.
“¬ŅVes, al otro lado de la r√≠a?”, me dijo. “All√≠ viven los ricos. Pero antes todos est√°bamos en la margen izquierda. Lleg√≥ un momento que no nos soportaron en nuestra miseria. Se marcharon y edificaron villas lujosas y nosotros, cuando anochec√≠a, ve√≠amos desde lo alto, a lo lejos, las lucecitas de sus mansiones”.
En aquel atardecer, hermoso a pesar de los recuerdos, los √ļltimos vecinos de aquellas casas enmohecidas por el olvido, se acercaron a saludar a Periko. Su acento los delataba. Hab√≠an llegado de lejos, un d√≠a perdido en el horizonte, en la ruta del hambre. Cabellos encanados, semblantes arrugados. Pero una memoria, como la del entorno, que sudaba en gotas de acero. Hab√≠an compartido con Periko y su familia, la miseria.
Una miseria que crea, a trav√©s de la lucha, lazos eternos. Algunos trajeron la evocaci√≥n de su elecci√≥n: “Cuando vi tu apuesta pol√≠tica no tuve dudas. Vot√© siempre, y lo seguir√© haciendo, Herri Batasuna”. Aquella coalici√≥n que ayud√≥ Periko Solabarria a crecer, desde el tajo a pesar de su acta de diputado, llevaba varios a√Īos ilegalizada.
Nos forjamos viviendo la vida, no en los libros. Fue una cura de humildad y la sensaci√≥n de que “Gallarta”, la novela primeriza, la empezaba a rescribir entonces. Goethe apunt√≥ en cierta ocasi√≥n que los escritores viven en dos mundos. Pero el mundo literario es una ilusi√≥n. La vida, comprend√≠ despu√©s de la visita a la que me invit√≥ Periko, es la academia. El resto, pura fantas√≠a.
Participamos Periko y yo, junto a otras compa√Īeras y compa√Īeros, esa necesidad de un rescate que a veces nos da la impresi√≥n de que se eterniza y otras, en cambio, se acelera. A finales de 2009, despu√©s de tejer una tela complicada, d√°bamos las √ļltimas puntadas de lo que estaba a punto de presentarse en sociedad: Euskal Memoria. La memoria de los nuestros.
Periko estaba ilusionado. Lo est√°bamos todos. Dos noches antes de la puesta en largo, la puerta de mi casa se vino abajo. La Polic√≠a se llev√≥ a uno de mis hijos. Una redada contra la juventud rebelde. Debo reconocer que tuve alguna duda. La obligaci√≥n, la presentaci√≥n de un proyecto en el que hab√≠amos puesto mucha ilusi√≥n colectivamente, o, por el contrario, la sangre, el coraz√≥n, el desgarro por el secuestro. Por la ma√Īana me llam√≥ Periko. “Ni se te ocurra aparecer por aqu√≠ (firmas, papeleo, presentaciones). Tu lugar est√° en Madrid, frente a la Audiencia Nacional, al lado de tu hijo”. El resto, de momento, era fantas√≠a.
Cuando mi hijo sali√≥ de prisi√≥n, Euskal Memoria trotaba, nos hab√≠a hecho Periko de cicerone tambi√©n en Barakaldo. Volvimos con √©l a La Arboleda, a las minas del Carmen, a Gallarta… en una jornada memorable. Entre ellos, mi hijo y Periko, 60 a√Īos de distancia, tres generaciones. Y, sin embargo, uno y otro respiraban el mismo idioma, como si la tierra hubiera dejado de rotar.
Aquel día supe con certeza que Periko había roto fronteras, incluso alguna propia. Otros, seguramente, lo conocían antes. Yo lo supe entonces. Encerrado en una humildad asceta que contrasta sobremanera con el hedonismo de nuestra época, siempre se había negado a entrevistas, biografías, grabaciones. Fue cuestión de tiempo.
Por lo que s√©, esa confianza en la juventud, en el futuro, en el recambio, abrieron las puertas a sus secretos que, en realidad, no exist√≠an. Su vida era un libro abierto, pero sin letras impresas. S√≥lo esa juventud rebelde lo lograr√≠a. Puso la primera s√≠laba y el resto se desliz√≥ como el r√≠o hacia la mar. “Ez galdetu inoiz zer galdu genuen, itsaoa gara” que cantaba E√Īaut Elorrieta.
J√≥venes, imputados como √©l, en ese teatro que ha tenido lugar en la Audiencia Nacional hace unas semanas, han compartido con Periko sus √ļltimas confidencias. Las del compromiso. El futuro, como lo fue en mi √©poca, en la del franquismo, en la de la de los padres de Periko, en la de tantos otros que ni siquiera recordamos, est√° en manos de esa generaci√≥n que ya nos ha relevado y que un d√≠a, llenar√° de contenido esos sue√Īos y esperanzas que han dado sentido a nuestras vidas. En especial y en particular a la de Periko Solabarria.

Botín de guerra

La reciente sentencia del Tribunal Supremo en el Sumario 35/2002 por la que 107 sedes sociales de una determinada corriente pol√≠tica (izquierda abertzale) van a ser confiscadas, recuerda que esta pr√°ctica ha tenido un largo recorrido en el sistema judicial espa√Īol. Incautaciones, confiscaciones, embargo de bienes, expolios… han sido sin√≥nimos de una pr√°ctica habitual sostenida en cuestiones estrictamente pol√≠ticas.
En los √ļltimos a√Īos, el expolio ha estado integrado en esa doctrina que los expertos dieron en llamar C√≥digo Penal del Enemigo, siguiendo las reflexiones del penalista alem√°n G√ľnther Jakobs: “cabe anticipar potencialmente el comienzo del peligro”. El juez Garz√≥n, en su auto de octubre de 2002, marc√≥ la pauta de forma antol√≥gica: ‚ÄúAunque ETA no existiera, ni tampoco la Kale Borroka, o √©sta no se hubiera producido nunca, Batasuna constituye desde el punto jur√≠dico-penal una asociaci√≥n il√≠cita‚ÄĚ.
En esta línea, la confiscación no sólo de bienes, sino también de documentación, archivos o la permanente espada de Damocles sobre el relato, obedece, al margen de lucro del receptor que se sobrentiende, a una motivación más cruel, la de borrar la memoria histórica del grupo, de la izquierda abertzale, sus raíces y, en consecuencia, el desarrollo de su futuro.
Una instrucci√≥n ya avanzada, entre otros, por Mikel Cabieces, precursor de Carlos Urquijo en el puesto de delegado de Gobierno y hoy patrono bancario en BBK, que en 2011 dec√≠a en El Pa√≠s: “Un final con vencedores y vencidos. La Constituci√≥n, el Estatuto y las leyes seguir√°n ah√≠”.
Y as√≠, rechazo a la existencia pol√≠tica, al contexto, decomisos e incautaciones prolongan la ilegitimidad de toda una corriente ideol√≥gica cuya legalidad jur√≠dica pende de la estrategia del Estado, desplegada, en esta ocasi√≥n, por jueces. Con la presi√≥n de los sectores m√°s beligerantes. Como aquella editorial de El Correo: “Ser√≠a torpe y temerario que s√≥lo con la condena del terror se les permitiera recuperar la legalidad”. Reflexi√≥n del diario de Vocento apenas hace diez a√Īos.
Hace muchos m√°s, y con ello recupero esa tendencia que citaba, ese mismo El Correo (hoy sin el apelativo “espa√Īol” de entonces), recib√≠a en 1937, sin arrendamiento alguno por cierto, sede y rotativa del diario jeltzale Euzkadi, incautado o “robado” seg√ļn denunciaron sus leg√≠timos due√Īos.
Fue entonces, a partir de 1936, cuando las incautaciones, avaladas tambi√©n por ordenamiento jur√≠dico, abrieron la puerta a un expolio escandaloso. Si hoy, las bases jur√≠dicas parten de la aplicaci√≥n del C√≥digo Penal del Enemigo y su extensi√≥n por la interpretaci√≥n de Garz√≥n, con la inclusi√≥n en el apartado 127 del C√≥digo Penal espa√Īol vigente, entonces fue el decreto 18/1936, del mismo d√≠a que los franquistas “reconquistaban” Donostia.
El texto no dejaba lugar a la duda: “Se declaran fuera de la Ley todos los partidos y agrupaciones pol√≠ticas o sociales que han integrado el llamado Frente Popular y se decreta la incautaci√≥n de cuantos bienes muebles, inmuebles, efectos y documentos pertenecieren a los referidos partidos o agrupaciones, pasando todos ellos a la propiedad del Estado”. Bot√≠n de guerra. Vencedores y vencidos.
No quiero zambullirme en la historia m√°s lejana, pero s√≠ har√© una peque√Īa inmersi√≥n para justificar precisamente el t√≠tulo de este art√≠culo. La incautaci√≥n jur√≠dica sustituy√≥ al bot√≠n de guerra. Los bienes de quienes se opusieron a la conquista de Nafarroa y se refugiaron en la Sexta Merindad fueron embargados, los de los lapurtanos que deportados no entendieron la centralidad de la Revoluci√≥n francesa, los de los carlistas que no aceptaron el Convenio de Bergara y huyeron a Am√©rica, los de los jud√≠os y resistentes vascos de Biarritz y Baiona gaseados en Auschwitz o Mauthausen. Tambi√©n sus familias fueron expoliadas. Y todo ello sobre una base jur√≠dica.
En su inicio, el Gobierno de Franco estableci√≥ la Comisi√≥n sobre la Ilegitimidad de Poderes Actuantes, una junta franquista destinada a “demostrar la inmoralidad” de la Rep√ļblica. Este organismo qued√≥ completado con delegaciones de incautaci√≥n provinciales que se establecieron, en el caso vasco, en las cuatro capitales, dependiendo de juzgados especiales.
Las incautaciones afectaron no sólo a bienes políticos o sindicales, sino también a particulares. En Araba, por ejemplo, la Comisión provincial encausó a 749 personas. En Gipuzkoa, 529 propietarios fueron despojados por completo de sus viviendas, terrenos o caseríos.
A los particulares les eran incautadas sus propiedades, estableciéndose en ellas nuevos inquilinos. El dinero aportado por los arrendados era enviado, por medio de un administrador que se quedaba con el tres por ciento por su labor, a la Comisión de Incautación de Bienes de cada provincia.
Esta fue la teor√≠a jur√≠dica, porque en la pr√°ctica las desviaciones que conocemos son s√≥lo la punta del iceberg. Museos vascos de car√°cter p√ļblico guardan en sus fondos obras requisadas entonces, as√≠ como particulares. A Telesforo Monzon le desvalijaron la Torre Olaso que sirvi√≥ para amueblar el Palacio de Aiete en el que veraneaba Franco. Cuando el dictador falleci√≥, su viuda traslad√≥ las propiedades de Monz√≥n a su residencia en el Pazo de Meir√°s (A Coru√Īa). Joyas y valores decomisados o aportados “voluntariamente” en Nafarroa fueron depositados en cajas de seguridad de la sucursal de un conocido banco de la Plaza del Castillo de Iru√Īea. Cuando se cumplieron 50 a√Īos del despojo, al comienzo de la llamada Transici√≥n, las cajas fueron vaciadas y su destino a√ļn hoy desconocido.
A esta lista habr√≠a que a√Īadir organizaciones culturales, ateneos o medios de comunicaci√≥n. En Donostia, por ejemplo, la sede de Eusko Ikaskuntza fue ocupada por la delegaci√≥n de la Banca Privada de Madrid. En Bilbo, la sede de ELA y de los diarios jeltzales Euzkadi, La Tarde y Excelsius, fueron incautadas, entre otras. En Iru√Īea, el Centro Vasco fue ocupado por Falange. La lista interminable.
La mayoría de las sedes de las formaciones políticas estaban hipotecadas en bancos o cajas de ahorro vascas, ya que, por lo general, habían sido adquiridas en época republicana, compradas con gran esfuerzo económico y popular. Las comisiones provinciales renegociaron, en cada caso, los cambios de titularidad y el pago de las cuotas con las cajas de ahorro y bancos vascos respectivos, que se implicaron en el expolio.
El principal beneficiario de la incautación fue el partido de Falange. De las 51 incautaciones a sedes centrales de partidos políticos y organizaciones sindicales de Bizkaia, 23 fueron a parar a Falange que estableció en los locales requisados las sedes de su organización y de sus subsidiarias como Flechas o Sección Femenina.
El √ļltimo caso de expropiaci√≥n fue el que afect√≥ a la sede del Gobierno vasco de Par√≠s, ubicado en el n√ļmero 11 de la Avenue Marceau. Con la invasi√≥n alemana de Par√≠s, la Gestapo y los servicios secretos espa√Īoles se hicieron cargo de la delegaci√≥n vasca. En nombre de la embajada espa√Īola, el funcionario Pedro Urraca. Precisamente, el 15 de octubre de 1947 Urraca fue condenado a muerte, en rebeld√≠a, por un tribunal franc√©s que lo acus√≥ de espionaje en favor de la Alemania de Hitler. Con identidad falsa, Urraca fue enviado por Madrid a B√©lgica en la d√©cada de 1960 para informar de los primeros refugiados de ETA.
En abril de 1951, la Corte de Apelaci√≥n francesa daba la raz√≥n al Gobierno espa√Īol franquista, apoy√°ndose, entre otras, en la disposici√≥n de incautaci√≥n promulgada por Franco el 13 de septiembre de 1936. Aquella sede fue, desde entonces, la Embajada espa√Īola en Par√≠s y en 2014 es patrimonio del Instituto Cervantes en la capital francesa.

Cierre en falso

El Gobierno espa√Īol promovi√≥ en √©poca reciente dos iniciativas para la devoluci√≥n del patrimonio incautado tanto a sindicatos como a partidos pol√≠ticos. La primera de las iniciativas se produjo bajo Gobierno de Felipe Gonz√°lez, en 1986, y la segunda, en 1998, durante mandato de Aznar. Entre los sindicatos, UGT recibi√≥ la compensaci√≥n de 431 locales y CNT de 46, 148 millones de euros en la segunda convocatoria para el sindicato socialista, frente a los 2,4 millones de euros para el anarquista. Entre los partidos, el mejor parado fue el PSOE, con casi 11 millones de euros, del total de 28 millones que ambos gobiernos repartieron entre todas las formaciones. La CNT present√≥, en 2007, 5.191 expedientes de los que se desestimaron 4.652 y se admitieron 386. Reclamaba 10 millones de euros.
Sobre las devoluciones de lo incautado a particulares jamás hubo una vuelta atrás. Hubo alguna excepción, pero siempre bajo el paraguas del ordenamiento jurídico franquista. Los herederos de Ramón de la Sota tuvieron que pagar, en 1982, 62 millones de pesetas, resto de la multa impuesta en 1938, para poder litigar sobre parte de su patrimonio.
Algunas de las formaciones, sin embargo, ya hicieron p√ļblico su disconformidad con los repartos acordados por los gobiernos. El PNV, por ejemplo, recuper√≥ m√°s de 9 millones de euros a trav√©s no ya de los acuerdos con el Ejecutivo central, sino por la v√≠a judicial. El Supremo espa√Īol le dio la raz√≥n en temas que el Gobierno le hab√≠a denegado. No as√≠ al Gobierno vasco, cuya sede de Par√≠s a√ļn se encuentra en litigio.
En la misma tesitura, aunque con menor √©xito, se encontraba ANV, que vio rechazadas la mayor√≠a de sus reclamaciones y las llev√≥ al Supremo que en abril de 2003 le dio la raz√≥n parcialmente y le neg√≥ la propiedad de 89 locales. En septiembre de 2008, cuando el Tribunal Supremo espa√Īol declar√≥ la ilegalizaci√≥n de ANV, dispuso que todos sus bienes, incluidos los recuperados de la √©poca de la Segunda Rep√ļblica, pasaran a disposici√≥n del erario p√ļblico.

Todos sospechosos

Hace ya muchos a√Īos, cuando muri√≥ el dictador Franco, dieron varios d√≠as de luto oficial, con el plus de fiesta laboral. Aprovechamos unos amigos el cierre de la oficina para ir al monte, al Pirineo. Nos ubicamos en un refugio de monta√Īa, en Uztarrotze, cerca de Izaba. Como era habitual, nada anormal, tuvimos la visita de la Guardia Civil. Y nos reprendieron porque mi gorro -hac√≠a ya mucho fr√≠o, est√°bamos a finales de noviembre- ten√≠a los colores de la ikurri√Īa.
La verdad era que lo hab√≠a comprado en Italia, pero sus colores, rojo verde y blanco, efectivamente coincid√≠an con los de la ikurri√Īa. Tuvimos una peque√Īa discusi√≥n, en los l√≠mites que obviamente pod√≠a discurrir una de ese tipo. ¬ŅPor qu√© no lleva los colores de la bandera andaluza?, me dijeron. Me qued√© sin mi gorro italiano que, tambi√©n tengo que admitirlo, portaba por su tonalidad que asemejaba a la de la bandera vasca.
Los ciudadanos vascos transportamos en nuestra imagen colectiva el efecto del pecado original, que dir√≠an los cat√≥licos, o el del delito, que acu√Īan constantemente guardias, jueces o talibanes espa√Īoles que, por cierto, hay demasiados. Nos cuesta expresarnos con rotundidad, por temor a represalias. Siempre dando explicaciones.
En los aeropuertos de vuelta al Estado, ya puede haber una cola ágil, que cuando nos llega el turno, nuestra vecindad en alguna localidad vasca provoca, indefectiblemente, la ralentización. Comprobar datos, escanear nuevamente el pasaporte y, probablemente, alguna pregunta de rigor. Lo habitual.
Hace ahora ya nueve a√Īos sufr√≠ en propias carnes, una experiencia que Alfonso Sastre hubiera calificado de “pintoresca, pero tambi√©n grave”. Llevaba varios viajes de ida y vuelta en un corto espacio de tiempo, investigando la desaparici√≥n del delegado vasco Jes√ļs Gal√≠ndez en 1956, y las oscuras grietas en la muerte del lehendakari Jos√© Antonio Agirre, en 1960.
Como ya fue de sobra conocido, fui detenido en Nueva York y posteriormente deportado a Madrid. Al día de hoy sigo sin saber las razones de aquella expulsión de por vida, que por cierto afecta también a mis familiares más cercanos, aunque intuyo, por detalles de los interrogatorios, que tenía que ver con los dos temas citados.
Lo sorprendente del caso reside en que algunas de las preguntas que me realizaron ten√≠an que ver con otro “I√Īaki Ega√Īa”. Lo recordar√°n, el candidato a presidir el pasado a√Īo a los socialistas de Bizkaia, que finalmente no sali√≥ elegido. Ese I√Īaki Ega√Īa es el portavoz del PSOE en las Juntas de Bizkaia. Y eran preguntas sobre el socialismo, la visi√≥n mundial de la Internacional, etc. Entonces era presidente de EEUU George Bush Jr. Y ya sabemos que durante su mandato, la mayor√≠a de la humanidad ten√≠a cuernos y rabo.
Aquella experiencia, surrealista desde la distancia, me confirm√≥ algo que sospechaba. Los vascos somos, todos al margen de nuestra adscripci√≥n o procedencia ideol√≥gica, sospechosos por el mero hecho de haber nacido o residir en esta tierra. Los que se escapan a esta interpretaci√≥n lo son porque durante a√Īos han hecho un ejercicio sostenido de pleites√≠a que, incluso a veces, ni sirve.
Poco antes del inicio de la campa√Īa electoral, el PP de Madrid arremeti√≥ contra I√Īaki L√≥pez, natural de Portugalete, por un programa en La Sexta. No sigo apenas la televisi√≥n, y ten√≠a acotado a I√Īaki L√≥pez en programas de variedades, es decir sin ideolog√≠a detallada, lo que a veces supone tendencia hacia la desideologizaci√≥n. Quiz√°s me equivoque. Lo sorprendente es que el PP madrile√Īo acus√≥ a L√≥pez de que “su condici√≥n de vasco influye en los contenidos del programa”. Una m√°s.
Los d√≠as previos y posteriores a la final de la Copa de f√ļtbol, nos han dejado un reguero de situaciones “pintorescas pero tambi√©n graves”. La sonrisa de Aritz Aduriz cuando sonaba el himno espa√Īol ( siempre est√° con ella en la boca) ha servido para que numerosas plumas lo hayan empalado. Contra alguna de ellas, he le√≠do en alg√ļn medio, el Athletic ha presentado una querella criminal.
Hace cuatro temporadas, el jugador entonces de la Real, Antoine Griezmann, se√Īal√≥ la Ikurri√Īa de su camiseta despu√©s de meter un gol al Getafe, en Madrid. Una celebraci√≥n habitual con escudos, banderas, colores… excepto para vascos y sus equipos. El joven Griezmann recibi√≥ un sonoro abroncamiento que tuvo su eco en diversos medios. Pidi√≥ perd√≥n p√ļblicamente y lleg√≥ a a√Īadir “me he comportado como un ni√Īo”. Perd√≥n, ¬Ņpor qu√©?
Mikel Landa, despu√©s de un Giro espectacular, subi√≥ al podio y cometi√≥ el “error”, de no quitarse su gorra de ciclista cuando sonaba el himno del estado del ganador de la carrera, el madrile√Īo Alberto Contador. Mikel Landa es alav√©s, de Zuia. Vasco. Le han zurrado desde todas las esquinas de la Piel de Toro.
Apenas importa que Contador fuera despose√≠do por doping de la primera posici√≥n del Tour de 2010. Entonces se√Īal√≥ que hab√≠a consumido un solomillo de vaca facilitado a su equipo por ¬°un carnicero de Irun! Y que el solomillo de marras llevaba clembuterol (anabolizante). Puso el dedo en Javier Zabaleta, el carnicero vasco de Irun que tuvo que defenderse p√ļblicamente ante las acusaciones. El Tribunal de Arbitraje Deportivo le sancion√≥ al ciclista con dos a√Īos, por dopaje y descart√≥ la f√°bula del solomillo, que en realidad era de ternera. Contador reside desde 2013 en Lugano (Suiza). Dicen que en un para√≠so fiscal, pero qu√© m√°s da. Al parecer es un “buen espa√Īol”.
Los ejemplos se multiplican entre los dedos que aporrean las teclas de mi ordenador. No hay espacio ni para una mil√©sima parte. Les recomiendo el ya hist√≥rico “Mil y una coces contra la disidencia” (2003), donde encontrar√°n algunas de las perlas que guarda cada uno de nosotros. Refresca la memoria. Est√° libre de derechos, accesible en Internet.
No quiero abandonar este art√≠culo sin a√Īadir que a los vascos sospechosos, en general, se les a√Īade otra suposici√≥n. La mayor√≠a es de ETA. Abrumados de esperpentos, el director del diario madrile√Īo de Vocento, un tal Bieito Rubido, lleg√≥ a decir que el socialista Eduardo Madina, v√≠ctima de ETA, “sent√≠a un odio guerracivilista hacia el PP y simpatizaba con ETA”. Real. B√ļsquenlo en la hemeroteca de abril de 2013.
Un par de d√©cadas antes, una periodista del diario El Pa√≠s puso el list√≥n en lo m√°s alto. Se representaba en el Teatro Arriaga de Bilbao una obra de Alfonso Sastre, “El viaje infinito de Sancho Panza”. En un momento de la obra, el actor principal declam√≥: “La trinidad de Gaeta os gu√≠e, mi se√Īor”. La redactora escribi√≥ que “La trinidad de ETA os gu√≠e, mi se√Īor”. M√°s adelante, en su cr√≥nica, continuaba, que las “alusiones a ETA y a sus presos aparecen en varios momentos de la obra”. Recordaba el pasado de Sastre y el presente de su compa√Īera, Eva Forest, entonces senadora de Herri Batasuna. Para apuntar el objetivo: la pieza de Alfonso Sastre estaba subvencionada por la Sociedad Estatal Expo 92 y por el Tren de Alta Velocidad. Por lo visto, inversi√≥n en etarras.
La verdad era bien otra. Sancho Panza, tal y como aparece en “El Quijote”, narraba la “Trinidad de Gaeta”, un lugar que Cervantes ubicaba al norte de N√°poles (Italia) y era cuna de caballeros andantes. El da√Īo estaba hecho, Gustavo P√©rez Puig, el director, tuvo que remover cielo y tierra para desmontar la mentira. Pedro Ruiz, el actor principal y recitador de las frases que supuestamente hac√≠an “apolog√≠a del terrorismo”, tom√≥ el micr√≥fono en una sesi√≥n posterior en el mismo Arriaga para dejar clara su filiaci√≥n, poniendo a caer de un burro a todo lo relacionado con la izquierda abertzale. El Pa√≠s tuvo que rectificar.
Pues eso. Toda la vida defendi√©ndonos por la condici√≥n de ser vascos. Escuchando barbaridades, sufriendo latigazos que no tienen ning√ļn fundamento, m√°s que el del acoso permanente. Vapuleos de todo tipo, como dijo Alfonso Sastre tras aquel absurdo del Arriaga, “pintorescos, pero tambi√©n graves”.

SINDICALISMO EN CRISIS

Repensar la acción sindicada de la clase obrera, y por extensión de la trabajadora, es una reflexión que requiere actualizarse, espoleada en el Primer Mundo por los efectos de la crisis financiera que arrastró a los estados a rescatar a su sector bancario, equilibrando su balanza con la deflación del supuesto estado de bienestar. La crisis abrillantó las carencias de los sindicatos y aireó lo que ya era evidente: la participación de una gran parte de la representación de los trabajadores en el entramado del poder capitalista. Su legitimación.
Han pasado 25 a√Īos desde el ascenso al poder del t√°ndem Thachter-Reagan, que tom√≥ velocidad de crucero con la ca√≠da del Muro de Berl√≠n y el final de la Guerra Fr√≠a. Una generaci√≥n completa. Con todos los errores del autodenominado bloque socialista, sobre todo hacia el interior, el equilibrio se desbarat√≥. Carta blanca.
El sindicalismo europeo decimon√≥nico tuvo un car√°cter eminentemente ofensivo frente a las condiciones inhumanas y esclavistas que ofreci√≥ el capital desarrollado a partir de la Revoluci√≥n Industrial. La tensi√≥n revolucionaria se mantuvo durante d√©cadas hasta ¬Ņcu√°ndo? ¬ŅD√≥nde est√° la frontera del paso de ofensivo a defensivo? Tengo la impresi√≥n de que la √ļltima propuesta global fue la de la semana de 35 horas. Al margen de centenares de experiencias sectoriales.
Como en el resto de Europa, en Euskal Herria, el sindicalismo histórico estuvo pegado a la acción política que cristalizaban los partidos. En ocasiones siguiendo el modelo leninista, el de la internacional socialista, el católico. Partidos políticos y sindicatos cruzaron sus propuestas y se contaminaron mutuamente. Tengo dificultades para establecer los límites de cada uno.
A la muerte de Franco o en esa época, sin embargo, el sindicalismo vasco se reinventó. Se articuló un sector nuevo, independentista y de clase, que hasta entonces no había tenido relevancia. Al contrario de lo que sucedió en los Paisos Catalanes, por ejemplo, donde el sindicalismo independentista y revolucionario apenas tuvo incidencia.
A pesar de la extraordinaria vitalidad del movimiento obrero de las d√©cadas de 1960 y 1970, del asamblearismo e incluso la acci√≥n directa, la tendencia sindical fue equipar√°ndose, como en otros aspectos de la vida pol√≠tico-social, a la europea: b√ļsqueda de un espacio pol√≠tico-sindical definido, anclarse en √©l, y convertirse en referencia, a lo m√°s en poder f√°ctico frente al poder. Es decir, capacidad de negociaci√≥n.
Ese modelo sindical, con aciertos y errores, ha llegado hasta nuestros d√≠as con notables signos de agotamiento. En sus estructuras organizativas y operativas (federaciones). En la visibilidad social que ofrece a sus protestas (huelga o pancarta). Incluso en su funci√≥n estrat√©gica, a rebufo siempre de esa implacable ofensiva neoliberal que deja multitud de frentes abiertos y obliga a los sindicatos a una din√°mica casi exclusivamente coyuntural. En su aspecto m√°s negativo, sobre todo en los sindicatos constitucionalistas (espa√Īoles), el agotamiento se ha convertido en una perversi√≥n funcional. Uno ya no sabe si se trata de un sindicato, un fondo de inversiones o de una gestor√≠a.
En el inicio de este agotamiento está sin duda la propia sociedad y la definición de sus clases. La clase obrera fue el motor sindical y, sin embargo, hoy el concepto se mezcla con el de clase trabajadora, incluso asalariada. El medio en el que surgieron los sindicatos históricos vascos sería irreconocible hoy en día, al igual que el de los nuevos (1960-1970) o el de la consolidación (1990). Las inercias conducen a errores. Hay que actualizar el sujeto.
Los sindicatos son la herramienta hist√≥rica de organizaci√≥n de los trabajadores con un puesto en una empresa o f√°brica. El concepto del trabajo, por la misma reinvenci√≥n capitalista y por su ofensiva neoliberal, ha cambiado radicalmente. En los √ļltimos a√Īos, la sociedad vasca se ha terciarizado, ha perdido su car√°cter fabril y hoy, hombres y mujeres, forman parte por igual del mundo del trabajo.
Uno de cada cinco trabajadores potenciales est√° en paro. M√°s de 200.000 aut√≥nomos, trabajadores por cuenta propia, son sus propios patronos, al igual, al menos en la teor√≠a, que decenas de miles de cooperativistas que poseen la propiedad de sus negocios. Un n√ļmero indeterminado de trabajadores se escurre en la econom√≠a sumergida, mientras que otros tantos, migrantes en su mayor√≠a, ni existen en las estad√≠sticas.
En resumen, ¬Ņestamos atascados en un modelo sindical que representa √ļnicamente al 25% de la clase trabajadora en su sentido m√°s amplio? Lo intuyo, pero cient√≠ficamente lo desconozco. Por ello es tarea urgente un amplio y profundo estudio de nuestra sociedad, del mundo del trabajo, no del que anhelamos, sino del real. Y ya que necesitamos de audacia para salvar el futuro, como dec√≠a Danton, perm√≠tanme a√Īadir que este estudio deber√≠a comenzar de cero, para evitar contaminaciones e inercias. Venimos de donde venimos, pero a los historiadores nos deber√≠an enviar a un balneario para evitar eso de “cualquier tiempo pasado fue mejor”.
La segunda gran cuestión que me sugiere la reinvención del sindicalismo tiene que ver con los propios modelos de producción. Un tema complejo en el que es necesaria la implicación, hombro con hombro, de diferentes agentes sociales. Sabemos, lo conocemos en primera persona, cuáles son las tendencias: deterioro del empleo, feminización del paro y la marginalidad, trabajo doméstico, aparición de un sector de la clase trabajadora que apuesta por la competitividad y la promoción interna en la empresa, desideologización de los cuadros sindicales, etc. Cuestiones ligadas a la propia transformación de la sociedad a través del auge capitalista y sus consecuencias inmediatas: individualismo y consumismo.
Esta reinvenci√≥n tiene que estar ligada al cambio. Un cambio que tiene que ser revolucionario. De lo contrario como dec√≠a aquella vieja canci√≥n de Sex Pistols, “no hay futuro para t√≠, no hay futuro para m√≠”. El sistema es insostenible. El proyecto econ√≥mico capitalista est√° mostrando, asimismo, s√≠ntomas de agotamiento. Pero por su propia naturaleza jam√°s echar√° el freno. Stephen Hawking puso, incluso, fecha de caducidad al planeta.
Para que se me entienda. ¬ŅQu√© debemos hacer ante una hipot√©tica y dr√°stica reducci√≥n de puestos de trabajo en la factor√≠a de Landaben (Volkswagen) en Iru√Īea? Conocemos a la perfecci√≥n la cadena de los combustibles f√≥siles, transporte, viales… Vanguardia del desarrollismo m√°s irreflexivo. En Bizkaia, son numerosas las empresas que generan excesos en di√≥xidos de azufre y nitr√≥geno, plomo… Zorroza y Erandio son paradigmas contaminantes. ¬ŅDefender√≠amos esos puestos en situaciones en crisis? Una gran paradoja.
El grupo corporativo Mondrag√≥n nos ha dado una gran lecci√≥n, en sentido negativo, en el tema que planteo. Su crecimiento, a pesar de sus condicionantes originales, se realiz√≥ en t√©rminos netamente capitalistas, incluso con deslocalizaciones. En lo fundamental bajo dos premisas: abaratar costes (tanto de materias primas como de sueldos) y evitar leyes restrictivas, tanto con el medio ambiente, como con la fiscalidad. Y entrar, como se√Īalaban, en la liga de los grandes donde los escr√ļpulos, lo sabemos todos, no existen. Aquellas medidas, no tan abiertamente expuestas como las he planteado pero a fin de cuentas todos somos adultos y conocemos el escenario, fueron aprobadas por las asambleas de cooperativistas, donde, a buen seguro, hab√≠a afilados de los sindicatos constitucionalistas y vascos.
S√© que no voy a corriente, que el sindicalismo se ha enquistado, quiz√°s no ten√≠a otra alternativa, en la defensa del puesto de trabajo y en el enfrentamiento a reformas laborales y reivindicaciones sectoriales. Pero echo en falta un sindicalismo pol√≠tico. Radicalmente pol√≠tico. Porque quien domina ese mundo que eufem√≠sticamente llamamos “pol√≠tico” es la econom√≠a. Y lo ser√° mientras el capitalismo gu√≠e nuestra existencia.

DONDE EL MAR DESBARATA SUS RELOJES

Todos los d√≠as mueren cientos, miles de hombres, mujeres y ni√Īos, sobre todo ni√Īos, como consecuencia de la especulaci√≥n alimentaria, de la injusticia en el reparto, de la din√°mica capitalista, de los resultados de la bolsa de Nueva York o de la de Bilbao. Todos los d√≠as, cada minuto, cada segundo.
Nos hemos acostumbrado a la muerte de los otros, muertes evitables, mirando a la luna, con la complacencia de que uno no elige donde nace, que N√≠ger, Sud√°n o Bangladesh son pesadillas lejanas, objetivos caritativos, o de oeneg√©s. Pero que nosotros estamos en otra. Que no despisten nuestra lucha, que ya tenemos nuestros cinturones de marginalidad, que la precariedad en el trabajo abarata los salarios. Que ya lo dijo Marx, que el lumpen no es revolucionario, ni consciente de su explotaci√≥n. Incluso, el propio Marx acu√Ī√≥ el t√©rmino proletario, los que no tienen m√°s propiedad que su prole.
Inmersos en esa din√°mica, reivindicamos un √°mbito solidario, un planeta mejor, un cambio global, una alternativa al capitalismo… del mundo. Hasta las multinacionales lo hacen. Anuncios por doquier. Nos olvidamos, sin embargo, de lo que el periodista argentino Mart√≠n Caparr√≥s llam√≥ OtroMundo, cerca de mil millones de personas, tan humanos como nosotros en sus capacidades subjetivas, desaparecidos en ciernes, pobres de solemnidad, la fam√©lica legi√≥n de la Internacional.
Seguimos con los viejos esquemas de la Revoluci√≥n Industrial, del obrero de Glasgow, Chicago, Nairobi, Daca o La Arboleda. Esquemas v√°lidos probablemente hace cien a√Īos o ciento cincuenta a√Īos. El margen de supervivencia era muy similar en los tenebrosos barrios londinenses descritos por Dickens que en las colonias africanas de la Europa victoriana. La esperanza de vida de un minero de Gallarta no pasaba de los 25 a√Īos, ni la de sus hijos, mal alimentados y, en consecuencia, sin expectaiva de crecimiento sano. La mortandad infantil, juvenil, era compa√Īera cotidiana. La parca.
Había trabajo, en unas condiciones pésimas. Y había campos, terrenos ínfimos a veces. La economía de subsistencia era eso, precisamente. Supervivencia. Todo aquello concluyó. El mundo asistió a una de las revoluciones mayores, sino la mayor, de toda su historia. El planeta era incapaz de dar de comer a 500 millones de personas pero un siglo después era susceptible de alimentar a 5.000 millones de humanos. La Revolución Verde.
Pero la rapacidad, la injusticia, el negocio abortó la posibilidad de completar el ciclo. En lo que va de siglo decenas de millones de seres humanos han muerto sin lógica mientras Amancio Ortega o Carlos Slim ganan millones de euros al día, explotando a espuertas. Desde la crisis financiera de 2008, el planeta gastó 20 billones de euros para salvar a su sistema bancario. Para acabar con la miseria de una vez se necesitaría, lo dice la FAO, la décima parte, dos billones.
Un capitalismo que crea centro y periferia, ricos y pobres, y que difumina las culpas. Un gigantesco monstruo que hace desvanecer las responsabilidades, que no quiere saber que es eso del colt√°n necesario para los tel√©fonos m√≥viles o esta etiqueta de camisetas reivindicativas, muy ca√Īeras eso s√≠, con origen en Pakist√°n o Filipinas cuna de una explotaci√≥n gigantesca.
Nos hacemos trampas a nosotros mismos, removemos la baraja una y otra vez para que finalmente salga la carta que deseamos. Y aunque organismos criminales como el Banco Mundial nos diga que el cinco por ciento más pobre de la Unión Europea tiene más ingresos promedio que el cinco por ciento más rico de cualquier país africano o la mayoría de los asiáticos, no acabamos de creerlo.
O sea que la inmensa mayoría de los africanos o cualquier otro país del OtroMundo sabe que si alcanza a la Unión Europea va a ser un poco más rico que si se queda en su país. Es decir, que la migración del siglo XXI, la que conocemos, la que nos llega, es la de quienes quieren dejar de ser pobres absolutos, para ser pobres relativos. Pobres en Europa que es como decir mejorar económicamente su situación. Para entendernos.
En esta disquisici√≥n de la que huimos, ya que conocemos nuestra responsabilidad en la construcci√≥n hist√≥rica y actual del mundo, lo √ļnico que nos importa es nuestro grado de tolerancia, el nivel que podemos aguantar de desigualdad. Pero no en el mundo, sino en casa, en Gasteiz o en Biarritz. Y enga√Īarnos: que la miseria y el hambre de Niamey o Abuja es estructural, que los migrantes tienen costumbres excluyentes de g√©nero (que las tienen)…
Nos incomoda, sin embargo, que se mueran antes de tiempo, antes de esos límites marcados por una esperanza de vida europea que dobla a la africana. Sobre todo cuando tenemos la certeza de que no van a tener una segunda oportunidad, porque el paraíso cristiano o la yanna islámica son eso, fábulas. Nos hemos modernizado hasta en las creencias.
Nos incomoda que la casualidad agrupe cifras (tanto va el c√°ntaro a la fuente). Nos incomoda porque el goteo acostumbra. No es lo mismo examinar en alg√ļn informe (que probablemente no lo leamos jam√°s), que un ni√Īo muere cada cinco minutos en N√≠ger de una simple diarrea, absurda muerte en Europa, que recibir la imagen con una voz en off que recuerda c√≥mo un millar de africanos se han ahogado cuando se acercaban a las costas italianas en un barco abarrotado.
Nos incomoda que sean 1.500 los ahogados en apenas una semana, intentando alcanzar la pobreza europea, pero apenas prestamos atenci√≥n cuando nos dicen que en los √ļltimos a√Īos ya son 25.000. Porque la cifra queda diluida en d√≠as, semanas, meses y la distancia afloja la emoci√≥n. Nuevamente excusas.
Una migraci√≥n, por lo dem√°s, espoleada por quienes dominan el mundo. Como el hambre. A los ricos les llegar√° fuerza barata para muchos trabajos que, por cierto, los locales nos negamos a realizar. Una mano de obra que, adem√°s, es susceptible de romper una solidaridad obrera ya resquebrajada en los √ļltimos a√Īos.
Una migración que está reformulando también, sin que seamos capaces de percibirlo, todo el mundo laboral. Que ya lo hizo y lo sigue haciendo con la expansión de algunas de nuestras perlas nacionales, las cooperativas. Que se deslocalizaron precisamente para aprovechar la falta de esa legislación que reivindicamos en casa, con huelgas generales si hace falta.
Una cr√≥nica de ida y vuelta que va minando la organizaci√≥n obrera en Europa, que resquebraja la solidaridad y que augura, como est√° sucediendo estos d√≠as en Sud√°frica, un choque cultural, ideol√≥gico y nuevamente humano. Pens√© que jam√°s lo ver√≠a. Pero ha sucedido: excluidos por el apartheid hasta hace unos a√Īos en Sud√°frica, expulsan en 2015 a sus hermanos de Zimbabwe que cruzan la frontera. Ni siquiera la pobreza se puede repartir.
Podríamos encontrar decenas de justificaciones, espacios para comprender la migración. Alguno llegaría a disculpar los muros de Melilla, de Grecia, quizás no tanto el de Cisjordania o la valla electrificada en Río Grande. No conozco coartadas a las agresiones de la Guardia Civil, a sus disparos con pelotas de goma a quienes nadaban en Ceuta. Hasta ahí parte de la escenificación social.
Pero no nos equivoquemos y envolvamos con retóricas místicas el sentido real de las migraciones contemporáneas, las que nos llegan. No es la pobreza, la mala repartición, la injusticia lo que les mueve. La causa principal es nuestra riqueza, aunque para muchos de nosotros sea relativa. Una riqueza, la nuestra, que sabemos perfectamente, lo es gracias al OtroMundo.
Y no vienen a saquearla, por cierto. √önicamente a compartirla. Desconozco, como dice la Internacional, si nos encontramos en la “lucha final”. Me siento, sin embargo, como apunta el estribillo de dicha canci√≥n, parte de ese “genero humano”. Una humanidad que Pablo Neruda tambi√©n describi√≥ en ese poema sobre la migraci√≥n, una de cuyas l√≠neas he traido al t√≠tulo de este art√≠culo como recuerdo de la tragedia.

Las venas abiertas

Mi compa√Īera dice que tengo buena memoria para los rencores. Quiz√°s sea cierto. Los elogios me ponen en guardia, sobre todo cuando se refieren a quienes nos dejan recientemente. No pude menos que agrietarme el √°nimo cuando o√≠ a Rajoy alabar a Nelson Mandela en su muerte. Y nuevamente me revienta el entusiasmo leer algunos twits y noticias en esta semana de la desaparici√≥n f√≠sica de dos referencias sociales y literarias de la √ļltima parte del siglo XX, G√ľnter Grass y Eduardo Galeano. Ser√° cosa de la edad.
Estrech√© la mano, por cortes√≠a, de G√ľnter Grass en 1999, cuando visit√≥ el estand vasco en la feria del libro de Francfort. Ese a√Īo le acababan de dar el N√≥bel de Literatura y unos d√≠as despu√©s el Pr√≠ncipe de Asturias (hoy Princesa por complejo hispano), aprovechando el tir√≥n medi√°tico. Hab√≠a le√≠do la mayor√≠a de sus libros. Le tom√© una foto con nuestro escritor Anjel Lertxundi, entonces invitado. Una instant√°nea que luego perd√≠, o al menos no la he encontrado hasta hoy.
And√°bamos peleando entonces con el PEN Club, la asociaci√≥n mundial de escritores, que hab√≠a llevado a la Feria su denuncia anual de autores encarcelados y represaliados. Ten√≠amos unos cuantos escritores vascos en prisi√≥n o en el exilio y el ahora pretendidamente progre Baltasar Garz√≥n estaba en las portadas por cerrar Egin. Diez a√Īos m√°s tarde, los tribunales decidieron que el cierre hab√≠a sido ilegal, pero Garz√≥n y su soporte entonces, Aznar, ya se hab√≠an “atrevido”, como remarc√≥ el entonces presidente espa√Īol, a clausurar un medio de comunicaci√≥n que no segu√≠a la l√≠nea del r√©gimen.
Mi colega Gari Berasaluze anduvo listo, como es habitual, y le entreg√≥ a Grass, aprovechando la ocasi√≥n, una versi√≥n reci√©n traducida al alem√°n de uno de nuestros escritores represaliados, Joseba Sarrionandia. Le explic√≥ someramente qui√©n era. Creo que se trataba de “Ni ez naiz hemengoa”. No s√© lo que hizo G√ľnter Grass con aquel libro. Tampoco voy a especular. Pero un N√≥bel siempre llama la atenci√≥n.
A comienzos del siglo XXI, el grupo Prisa, fruto en parte de aquella sorpresiva transformaci√≥n de falangistas en socialistas y hoy intervenido por fondos norteamericanos pero entonces con capital mayoritariamente espa√Īol, toc√≥ a corneta. Hab√≠a una posibilidad de que el unionismo espa√Īol fuera hegem√≥nico, electoralmente, en Vascongadas. Para conseguirlo hab√≠an ilegalizado a la izquierda abertzale. Recordar√°n, Rosa D√≠ez, Redondo Terreros, Mayor Oreja, Carlos Iturgaiz… S√≥lo nombrarlos suscita lo que los ingleses denominan “goose bumps” y los espa√Īoles llaman “piel de gallina”.
Se puso de moda eso de ser intelectual y apuntar a los vascos, tanto por arriba como por abajo, lo que deb√≠an hacer, c√≥mo pensar, lo que nos incumb√≠a votar. Salieron varios manifiestos contra el derecho de autodeterminaci√≥n, a favor de la sacrosanta unidad de Espa√Īa, en defensa de la Constituci√≥n mon√°rquica espa√Īola… Incluso, en las elecciones municipales de 2003, un grupo de estos intelectuales de la cuadra Prisa pidi√≥ el voto para el PP-PSOE. Los vascos √©ramos unos racistas y ten√≠amos una iglesia que no nos merec√≠amos, dec√≠an.
Entre los firmantes, G√ľnter Grass, el hojalatero sin tambor. Espa√Īol como el que m√°s, a pesar o gracias, vaya usted a saber, de su nacimiento en D√°nzig (hoy Gdansk), ciudad alemana, tambi√©n polaca. Grass, Nobel de Literatura, dec√≠a que los espa√Īoles deb√≠an esconder sus costumbres en el Pa√≠s Vasco, tal era el nivel de terror. Compart√≠a manifiesto con Paul Preston, Vargas Llosa… Avalaban la ilegalizaci√≥n de la izquierda abertzale, la invisibilidad para al menos 458 concejales de listas prohibidas a √ļltima hora.
Aquel manifiesto, como algunos de esa √©poca, me dej√≥ at√≥nito. Semejante ejercicio de servilismo a una edad madura conmueve. Negativamente. Grass hab√≠a reafirmado su antig√ľedad en las SS, cuando joven. Cuando al parecer no hab√≠a otra oportunidad que seguir a Hitler. Reivindicaba su reconciliaci√≥n con el pasado, al subirse a la socialdemocracia de Willy Brant, el padrino de Felipe Gonz√°lez.
Todos estos a√Īos he tenido la sospecha del destino de aquel libro de Joseba Sarrionandia que Berasaluze regal√≥ a Grass. Sobre todo a partir de su alineaci√≥n con lo m√°s predemocr√°tico e involucionista del Estado espa√Īol, Vargas Llosa and company, desde ese 2003. Pero ya he comentado unas l√≠neas antes que no iba a especular.
A Eduardo Galeano le invitaron a participar en la caza al vasco. Declinó la invitación, al contrario que otros escritores latinoamericanos como Carlos Fuentes, Bryce Echenique o Carlos Monsivais, con los que, a mi pesar, había compartido horas de lectura. Bien por Galeano, pensé. Había logrado resistir la presión implacable de la casta cultural y política.
Enfin… Pero no todo es ayer. Tambi√©n existe un anteayer. Despert√© de la inocencia infantil con Martin Luther King, me hice adolescente con Franz Kafka y George Orwell que tuvieron un impacto pol√≠tico en mi conciencia mayor que el que habr√≠an ocasionado las obras completas de Lenin. ¬°Cu√°ntas veces recuerdo los vericuetos que deb√≠amos recorrer para hacernos con un pu√Īado de letras!
Cruc√© la barrera de la ingenuidad con “Las venas abiertas de Am√©rica Latina”. De Eduardo Galeano. A principios de la d√©cada de 1970. Hace poco supe que uno de los √ļltimos regalos de Hugo Ch√°vez antes de su desaparici√≥n fue la donaci√≥n de este libro a su enemigo secular, EEUU, representado en su presidente Barack Obama. Galeano fue rotundo cuando lo supo: “fue un gesto generoso, pero un poco cruel”. Obama no lo entender√°, a√Īadi√≥.
Conoc√≠ a Eduardo Galeano en las v√≠speras de aquel fastuoso e insultante V Centenario del que llamaron descubrimiento de Am√©rica. Unas celebraciones que llegaban para apuntalar el papel de la Conquista a trav√©s de una ideolog√≠a neocolonial. Un esc√°ndalo que la llamada izquierda socialista y comunista espa√Īola empuj√≥ y gestion√≥ para escarnio de la dignidad.
A partir de entonces he tenido la oportunidad de encontrarlo, en cercanía física, hecho irrelevante cuando se trata de un escritor, de compartir incluso algunos proyectos editoriales. Eduardo Galeano ha sido uno más en esa casa inmensa que forjamos poco a poco a nuestro alrededor, en ese escenario de lucha y compromiso que abrimos en el camino de la vida.
Hace unas semanas volvi√≥ el m√°s joven de mis hijos de un viaje inici√°tico por Sudam√©rica, el estilo del que hizo en motocicleta el Ch√© Guevara. Las comparaciones son una pedanter√≠a. √önicamente refer√≠a el viaje, para su comprensi√≥n. Aunque mi hijo nos extra√Ī√≥ a su vuelta con una barba como la de aquel que la canci√≥n dec√≠a era argentino y cubano. Su libro de cabecera hab√≠a sido el de las “Venas abiertas de Am√©rica Latina”. Sent√≠ un punto de orgullo, casi animal, por razones de continuidad sangu√≠nea.
Otro de mis hijos, en esta ocasi√≥n el mayor, me envi√≥ un whatsapp instantes despu√©s de conocer la muerte de Galeano. Un whatsapp estremecido si es que esas herramientas son capaces, a pesar de su frialdad, de transmitir emociones. Ley√≥ “Las venas abiertas” en prisi√≥n, y hab√≠a recibido el impacto de las letras disparadas por Galeano como si se tratara de un chute de oxigeno, de esos que se han puesto de moda en las discotecas m√°s exc√©ntricas. Galeano le hab√≠a abierto las puertas de un continente desde el fondo de una celda en Alcal√°-Meco.
Volv√≠ a la evocaci√≥n, a la transmisi√≥n, a ese inmenso tesoro que tenemos la especie humana de razonar, racionalizar y transmitir, consciente o inconscientemente, nuestra mochila a las generaciones posteriores. Volv√≠ a emocionarme por la lectura de mis hijos, como lo hab√≠a hecho, ya hace cuarenta a√Īos, cuando Eduardo Galeano se present√≥ en mi casa y en la de los m√≠os, con aquel acopio de ideas y razonamientos que conformaron y solidificaron mi esp√≠ritu.
Se han ido G√ľnter Grass y Eduardo Galeano. El primero no me despert√≥ jam√°s simpat√≠as. Y Galeano, por razones obvias, ha sido uno m√°s de nuestra casa, uno de los nuestros. Que la tierra le sea leve.