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Sangre Roja

En carta enviada a Louise Colet el 14 de diciembre de 1853, el escritor Gustave Flaubert dec√≠a: ‚ÄúLa civilizaci√≥n no ha atrofiado mi instinto salvaje y, a pesar de la sangre de mis antepasados (antepasados que yo ignoro por completo y que, sin duda, eran personas muy honestas), creo que hay algo en m√≠ del t√°rtaro y del escita, del beduino, del piel roja. De lo que estoy seguro es de que tengo algo del monje‚ÄĚ.

Ciento cincuenta a√Īos despu√©s, esta afirmaci√≥n de boca de un escritor resulta, como poco, sorprendente. El mismo Flaubert dec√≠a que el siglo XVIII mat√≥ el alma, y que el XIX matar√≠a, probablemente, al hombre. El siglo XX mat√≥, y esta ya es mi opini√≥n particular, la creaci√≥n. De hecho, los grandes negocios del mundo cultural est√°n relacionados con la intermediaci√≥n o la distribuci√≥n. Un vendedor gana dos o tres veces m√°s que un escritor o un pintor, al igual que el repartidor. Todas las facetas de la vida se miden de manera similar: millones de intermediarios vendiendo algo que ni existe.

Hoy la mayor√≠a, al contrario de lo que apuntaba Flaubert, no tiene esos instintos salvajes que, a la postre, son los que empujan a los creadores a escribir, pintar, modelar, a probar, a fracasar o a atinar. Tenemos tantos temores al naufragio personal que apenas nos arriesgamos y, poco a poco, vamos entrando en una existencia cansina y aburrida. En la literatura, en el ensayo, en las tesis doctorales, en la vida pol√≠tica, esta constataci√≥n es asfixiantemente notoria. Vivimos en medio de la mediocridad que es este Primer Mundo en donde nuestras espaldas est√°n bien cubiertas. Los autores y los protagonistas del presente, y en esto los vascos no somos excepci√≥n, se especializan en un tema cuando cumplen los veinte a√Īos y se mueren medio siglo m√°s tarde escribiendo y conferenciando sobre lo mismo.

Bajo estas premisas, cada uno acota su terreno. ¬°Ay de quien se atreva a pis√°rselo! Lo defender√° con u√Īas y dientes, como los animales hacen con su territorio. As√≠ nos va. He le√≠do a historiadores vascos contando el mismo pasaje de nuestro pasado en un libro, en un art√≠culo de prensa, en una rese√Īa de revista, en una conferencia. El susodicho ha hecho de ese fragmento hist√≥rico la raz√≥n de su vida, la respuesta a todas las preguntas que convulsionan a la humanidad desde el inicio de los tiempos. ¬ŅD√≥nde est√° el instinto salvaje del que nos habla Flaubert o siquiera el de monje?

Son tiempos de vulgaridad, fruto de una sociedad que se mueve a toque de silbato, que lee aquello que le han indicado comprar, que consume marca y no producto y que sue√Īa en clave plana, como el horizonte que se nos presenta un atardecer cualquiera desde una de las playas de nuestra costa. Por nuestras venas corre, en exclusiva, la sangre de una o dos referencias que han marcado nuestra existencia. Poco m√°s. Ni pensamos, ni cuestionamos, ni dejamos que la imaginaci√≥n sea el faro de nuestro tr√°nsito cotidiano. Aquello que nos separ√≥ del tronco com√ļn que compartimos con los simios se est√° secando, como un abedul lo har√≠a en un desierto.

Tengo la convicci√≥n que otro gallo cantar√≠a si nuestros eritrocitos fueran, al modo de los de Flaubert, de ascendencia t√°rtara, la hemoglobina de procedencia caribe√Īa, los linfocitos de origen bant√ļ, la histamina de naturaleza cauc√°sica, los trombocitos de linaje gitano y la alb√ļmina de cuna pirenaica. Estoy convencido que, en ese caso, la creaci√≥n estar√≠a a la orden del d√≠a y la producci√≥n ser√≠a, realmente, salvaje. Y si eso fuera as√≠, el √ļnico color apropiado para presentar ese cosmos, ese nuevo cap√≠tulo, ser√≠a el rojo, porque como es bien sabido, p√ļrpuras fueron los tonos de la pasi√≥n cuando existi√≥.

Isaac Puente

Isaac Puente Amestoy naci√≥ el 3 de junio de 1896 en Las Carreras (Bizkaia). Su padre, Lucas Puente Garc√≠a, hab√≠a sido alf√©rez en el ej√©rcito de Carlos VII en la Segunda Guerra carlista y ejerci√≥ como farmac√©utico en Gasteiz. Su madre, Josefa Amestoy Hermoso de Mendoza era natural de Lantziego (Araba). Era el tercero de siete hermanos.¬†¬†¬†¬† Los primeros estudios los realiz√≥ en las escuelas de su pueblo natal, mientras que el bachiller lo complet√≥ en el colegio de los jesuitas de Ordu√Īa y el Instituto de Gasteiz. En 1913 comenz√≥ la carrera de Medicina en Santiago, termin√°ndola en Valladolid en el a√Īo 1918. Una vez terminada la carrera y habiendo sido licenciado anticipadamente del servicio militar por una epidemia de gripe, comenz√≥ a ejercer su profesi√≥n en Cirue√Īa (Logro√Īo), donde trabaj√≥ durante un a√Īo. En 1919 obtuvo la plaza de m√©dico de Maeztu (Araba). El mismo a√Īo de se cas√≥ con la vitoriana Luisa Garc√≠a de Andoin, con la cual tuvo dos hijas.¬†¬†¬†¬† Su inter√©s por el anarquismo, como tal, parece provenir de dos encuentros: el primero con el poeta vitoriano Alfredo Donnay, a cuya esposa atendi√≥ en el pueblo de Birgara. El segundo encuentro fue con Daniel Orille, miembro destacado de la CNT de Gasteiz, el cual visit√≥ Maeztu con el prop√≥sito de repartir propaganda entre los trabajadores que constru√≠an el ferrocarril vasco-navarro. A partir de ese momento entr√≥ en contacto con la CNT y comenz√≥ a colaborar en revistas anarquistas como Generaci√≥n consciente y Estudios, donde estableci√≥ un consultorio sexol√≥gico por correspondencia. Tambi√©n escribi√≥ en diversas publicaciones m√©dicas como La medicina √≠bera, La medicina argentina, La revista de medicina de Alava y Alava m√©dico-farmac√©utica.¬†¬†¬†¬† Su mayor actividad pol√≠tica y militante la desarroll√≥ entre los a√Īos 1930 y 1936. En 1930 y tras el final de la dictadura de Primo de Rivera, Isaac Puente fue nombrado diputado provincial de Araba, al haber sido elegido por el Colegio de m√©dicos de Araba. Dentro de su cargo, fue elegido miembro de las comisiones de Montes y Caminos, de Instrucci√≥n P√ļblica, de las Juntas de Ferrov√≠as Alavesas, de la Lucha Antituberculosa, del Instituto Provincial de Higiene y de la Comisi√≥n Provincial de Sanidad. Dos meses despu√©s dimit√≠a de su cargo aduciendo escr√ļpulos de conciencia para colaborar con un gobierno dictatorial que no hab√≠a cumplido sus promesas de restituir los derechos constitucionales y manten√≠a la censura de la prensa. Asimismo, achac√≥ a la Diputaci√≥n el recibir influencias exteriores en sus decisiones.¬†¬†¬†¬† Isaac Puente fue detenido por primera vez en Maeztu el 16 de abril de 1932. La detenci√≥n fue debida a la decisi√≥n de la CNT de boicotear los actos p√ļblicos organizados para celebrar el aniversario de la Rep√ļblica, hecho que provoc√≥ incidentes en los que muri√≥ en Gasteiz un guardia municipal afiliado a la UGT que trataba de arrestar a un joven. Tras √©stos sucesos la represi√≥n fue grande, siendo clausurada la sede del sindicato y detenidos sus dirigentes y despedidos todos los afiliados a la CNT que trabajaban en obras dependientes del Ayuntamiento de la capital alavesa. Ante su injusta detenci√≥n, Puente se declar√≥ en huelga de hambre el d√≠a 2 de mayo, siendo liberado diez d√≠as m√°s tarde.¬†¬†¬†¬† Su segunda detenci√≥n y encarcelamiento se produjo en Zaragoza el d√≠a 16 de diciembre de 1933. Unas semanas antes los partidos de derecha hab√≠an ganado las elecciones y Puente se incorpor√≥ al comit√© revolucionario de la FAI para preparar el movimiento anarcosindicalista regional de Arag√≥n, Rioja y Nafarroa. Ante la dura represi√≥n ejercida, Puente escribi√≥ desde la c√°rcel de Burgos, a donde fue trasladado en enero de 1934:

¬†¬†¬†¬† Aprovechando √©ste estado de opini√≥n que la prensa contribuye sin escr√ļpulo a formar, se cometen impunemente y ante la indiferencia y encanallamiento de las gentes los mayores excesos gubernamentales, los m√°s repugnantes abusos de poder y mando. Los atropellos que ocurr√≠an en la monarqu√≠a ya han vuelto a ocurrir en la Rep√ļblica porque son consustanciales con el Estado e independientes de la forma de gobierno.

¬†¬†¬†¬† Isaac Puente fue puesto en libertad en mayo de 1934 al afectarle una ley de amnist√≠a y debido a la desaparici√≥n del sumario judicial, que hab√≠a sido robado a mano armada el d√≠a 24 de enero de 1934 por un comando anarquista que penetr√≥ en los Juzgados de Zaragoza y lo hizo desaparecer.¬†¬†¬†¬† Su tercera y √ļltima detenci√≥n de produjo el 28 de julio de 1936 en su casa de Maeztu. Puente, ante el cariz que estaba tomando la situaci√≥n, decidi√≥ esconderse en el monte Arboro, cercano al pueblo, pero tuvo que volver a su casa, avisado por su mujer, para atender a un muchacho herido de bala. Una vez curado el muchacho, decidi√≥ quedarse en casa. A las tres de la madrugada la casa fue rodeada por guardias civiles y falangistas al mando del sargento del puesto de la Guardia civil, los cuales procedieron a su detenci√≥n. Fue trasladado a la prisi√≥n de la calle La Paz en Gasteiz y obligado a construir trincheras en el frente del monte Gorbeia.¬†¬†¬†¬† Existieron dos intentos de liberar a Puente, ambos por parte de la CNT. El primero fue la formaci√≥n de un comando que se encargar√≠a de sacarlo de su pueblo. Esta acci√≥n fue frustrada por su detenci√≥n. El segundo consist√≠a en canjearlo por los industriales Arangiz y Ajuria, detenidos en Donostia. Todo ello fue en vano ya que la intenci√≥n de los militares era suprimirlo f√≠sicamente. D√≠as antes de su desaparici√≥n se incrementaron las medidas represivas para con los encarcelados, como la supresi√≥n de comidas, de comunicaciones y de correspondencia. Finalmente, en la madrugada del d√≠a 2 de setiembre de 1936, el oficial de prisiones Galo Zabalza se present√≥ con uniforme falangista en su celda y le oblig√≥ a ponerse la gabardina encima del pijama. Fue subido a un cami√≥n y desapareci√≥. Probablemente fue asesinado en las cercan√≠as de Pancorbo (Burgos). Casi un a√Īo despu√©s, su compa√Īera recibi√≥ una carta desde Barcelona, imitando la letra de Isaac, lo que produjo cierta confusi√≥n sobre la muerte del m√©dico anarquista, cuyo cad√°ver jam√°s fue recuperado.¬†¬†¬†¬†¬† Es de se√Īalar que el sargento de la Guardia civil que lo detuvo, un tal Vitorino, odiaba profundamente a Puente ya que se da la circunstancia de que los obreros de las minas de asfalto del cercano pueblo de Corres se declararon en huelga, de la cual la Guardia civil le hac√≠a responsable a √©l, sin ning√ļn motivo. Durante esta huelga, la hija del tal Vitorino se fractur√≥ un hombro y acudi√≥ a Puente para que se lo curase. Este le cobr√≥ trescientas pesetas por su trabajo, una cifra, a todas luces, desorbitada. Una vez el dinero en su poder, lo entreg√≥ el sindicato para mantener la huelga y acto seguido le comunic√≥ al guardia civil: Yo no he tenido parte en √©ste conflicto, que es producido por el hambre y las p√©simas condiciones de trabajo de esos obreros, mas puesto que usted quiere hacerme responsable, h√°galo con raz√≥n. Sus trescientas pesetas han servido para mantener la huelga un d√≠a m√°s.

¬†¬†¬†¬† El d√≠a 2 de septiembre de 1936 la compa√Īera de Puente fue a llevarle comida a la prisi√≥n y le dijeron que no estaba, que se hab√≠a marchado. Al d√≠a siguiente, el cura Primitivo Ib√°√Īez les dijo que hab√≠a muerto y que ten√≠an prohibido celebrar los funerales. Incluso despu√©s de muerto, sus propiedades fueron confiscadas, su familia tuvo que pagar multas y fue condenado a muerte por el Tribunal Regional de Responsabilidades Pol√≠ticas de Burgos. Tras el fusilamiento, su compa√Īera recibi√≥ una notificaci√≥n firmada por Rafael Aparicio prohibi√©ndole su vuelta a Maeztu.

     Isaac Puente fue un hombre profesionalmente serio y honrado. No era necesario preocuparse por llamarle tras la primera visita ya que si consideraba necesaria su presencia iba por propia iniciativa. Visitaba gratis a los necesitados, les pagaba las medicinas e incluso les dejaba algo de dinero debajo de la almohada. Para satisfacer las necesidades de otros, él sufría apuros económicos.

     Era, igualmente, una persona deportista: buen nadador y esquiador, vegetariano por convencimiento y amante de la naturaleza ya que gustaba de recorrer el monte.

     Su fama de buen médico se extendió rápidamente. Un día llegaron a su puerta dos autobuses repletos de enfermos. Después de enterarse de sus intenciones, Puente les despidió sin atenderles diciéndoles: Yo sabré curar, lo que no sé ni puedo es hacer milagros, soy un médico, no un mago. Para ir en procesión a curarse, vayan a la ermita de cualquier santo, que les será tan beneficioso como la visita en procesión al mago más grande de la medicina.

¬†¬†¬†¬† El pensamiento de Isaac Puente, reflejado en sus escritos, abarc√≥ una serie de temas, tales como pol√≠tica, medicina, educaci√≥n, naturismo, etc. En cuanto a su pensamiento m√©dico, su programa consist√≠a en la educaci√≥n sexual, abolici√≥n de la prostituci√≥n, lucha antiven√©rea, matrimonio en compa√Ī√≠a, divorcio, libertad sexual de la mujer, control de la natalidad, desintoxicaci√≥n religiosa del sexo y medicina naturista y preventiva.

El l√°piz del miliciano

El lápiz del miliciano 

Siento que el tema es recurrente. No lo puedo evitar. Hace unos d√≠as he participado en unas excavaciones en la localidad guipuzcoana de Elgeta. De tres fosas hemos rescatado para la historia los cuerpos de 9 milicianos, gudaris en nuestra lengua milenaria, que fallecieron entre el 20 y el 24 de abril de 1937. Tres de ellos perdieron su vida en un ataque de la Legi√≥n C√≥ndor, la temible aviaci√≥n de Hitler que utiliz√≥ el territorio vasco como laboratorio para la barbarie. Los otros seis fueron fusilados al ser copados por las tropas franquistas en el caser√≠o Antsuategi. Se rindieron y salieron con las manos en alto. En vano. Los rebeldes les ejecutaron en el acto. Entre los restos hemos encontrado un reloj detenido a las cinco menos diez. Y, seg√ļn los testigos, √©sa debi√≥ de ser la hora de la tarde en la que se produjo la ejecuci√≥n. Triste revelaci√≥n.

Uno de los fusilados en Antusategi, a decir del forense, apenas ten√≠a 18 a√Īos de edad. Lo primero que me vino a la mente fue que el fallecido ten√≠a un par¬† de a√Īos m√°s que mi hijo mayor. Las comparaciones nos avivan la congoja. Toda una vida por delante. Sus huesos estaban desgastados por la lluvia y la acidez de la tierra. Desnudos. A la altura de su cadera, donde hace 67 a√Īos colgaba el bolsillo de una cazadora, la arcilla ocultaba una estilizada funda de caucho. Abrimos la funda y apareci√≥ un l√°piz, con la punta perfectamente afilada. El tiempo se hab√≠a detenido. Mir√© alrededor. Los semblantes eran sombr√≠os. Llevamos m√°s de dos a√Īos recuperando restos de nuestra memoria y, sin embargo, a√ļn nos tiembla el pulso y la voz se nos ondula en ocasiones. √Čsta era una de ellas.

El silencio nos cubri√≥ con un manto h√ļmedo. Llov√≠a como llueve por estas tierras: suave, sin prisa. ¬°Cu√°ntas cosas hab√≠a dejado nuestro desconocido muchacho de 18 a√Īos por escribir! ¬°Cu√°ntas reflexiones se hab√≠an ahogado bajo la hierba de Antsuategi! ¬°Cu√°ntas cartas de amor se hab√≠an esfumado! ¬°Cu√°ntas noticias a esos hijos que nunca llegaron a nacer!Rescatar huesos parece una tarea in√ļtil. Alguna vez me lo han echado en cara. Me cuesta creerlo. No rescatamos huesos sino que los vestimos. De sentimientos, de esa vida que se les fue. Podemos recrear y estamos en disposici√≥n de hacerlo. No es una trampa sino una realidad bien notoria.

Ese l√°piz del miliciano es capaz de concitar toda una serie de sensaciones como lo hizo en su d√≠a. ¬ŅPara qu√© escribimos, si no?En alg√ļn lugar de nuestro pa√≠s, quiz√°s entre las f√©rtiles tierras de la ribera del Ebro, o, por qu√© no, bajo las sombras de los chopos centenarios del Zadorra, o quiz√°s a la vera de las piedras rectangulares de un puerto de la costa guipuzcoana o entre los humos de los hornos vizca√≠nos, alguien le√≠a emocionado las letras de nuestro joven miliciano vasco. Hasta el 24 de abril de 1937. A lo mejor esas cartas de ese l√°piz enfundado, se demoraban para llegar a M√©xico o Argentina. ¬ŅA qui√©n escrib√≠as con tanto cari√Īo como para gastar ese l√°piz? ¬ŅA qui√©n contabas tus alegr√≠as muchacho desconocido? ¬ŅD√≥nde est√°n tus padres, tus hermanos, esa chica a la que despu√©s de superar tus verg√ľenzas te decidiste escribir?El l√°piz de ese miliciano de apenas 18 a√Īos, escondido bajo un soberbio manzano en los terrenos del caser√≠o de Antsuategi, ha vuelto a la vida. Y aunque el ordenador en el que escribo inserta las letras en la pantalla siguiendo los impulsos de mis dedos, s√©, a ciencia cierta, que hemos conseguido desenfundar un l√°piz que dicta sue√Īos. Y que, en alguna parte, esos sue√Īos volver√°n a ser transportados por un cartero que los depositar√° en un buz√≥n an√≥nimo. O quiz√°s familiar. Y, entonces, aplacaremos estas l√°grimas tan amargas. Porque, aunque polvo somos, la tierra nos es, a menudo, bien extra√Īa.¬†

I√Īaki Ega√Īa

Corrupción

Con motivo de la Revoluci√≥n francesa y de sus consecuencias inmediatas, las autoridades de Baiona ordenaron que todas las comidas del d√≠a se realizaran en la calle, frente al portal de cada vecino. Oficialmente la orden fue dada ‚Äúpara que los ricos no tuvieran un mejor r√©gimen que los pobres‚ÄĚ aunque, oficiosamente, las razones eran m√°s cercanas. El ej√©rcito, acantonado en los conventos que hab√≠an sido incautados, se llevaba todas las reservas alimenticias de Lapurdi, lo que produjo situaciones delicadas. En una ocasi√≥n, un grupo de mujeres atac√≥ una barcaza que llegaba desde Pau cargada de comida para las autoridades revolucionarias, hecho que vino a ahondar la creencia de que la mayor√≠a de la poblaci√≥n pasaba hambre, mientras que los dirigentes se daban grandes festines. Para acallar esos rumores, los representantes revolucionarios del pueblo se aplicaron tambi√©n la medida y almorzaban frente al Ayuntamiento. La historia no nos lo dice pero podemos imaginarlo. Despu√©s de extender la creencia de la igualdad, en la ocuridad de las vieviendas, los ricos y los nuevos pol√≠ticos surgidos de la Revoluci√≥n, continuaron dandose los grandes festines. De la Revoluci√≥n francesa lleg√≥ la democracia moderna. La corrupci√≥n, m√°s vieja, se hizo compa√Īera.

John Dos Passos

Conocido entre nosotros, aunque no en demas√≠a, John Roderigo Dos Passos, nacido en Chicago en 1896, nieto de inmigrantes portugueses, fue uno de tantos grandes escritores que se interes√≥ por nuestra tierra vasca. A Dos Passos, autor de una trilog√≠a publicada en Argentina, √≠ntegramente e inseparadamente en castellano, se le ha comparado con Balzac o Tolstoi por eso de que su obra maestra tendr√≠a cierta similitud con ‚ÄúLa comedia humana‚ÄĚ y ‚ÄúGuerra y paz‚ÄĚ. No es una comparaci√≥n, desde mi punto de vista, digna de sostenerse como no sea por el hecho de que su libro ‚ÄúUSA‚ÄĚ (fusi√≥n de ‚ÄúThe 42nd parallel‚ÄĚ, ‚Äú1919‚ÄĚ y ‚ÄúThe Big Money‚ÄĚ) tiene 1.449 p√°ginas, tama√Īo cercano a los equiparados, pero es la que se estila en los manuales de literatura.

¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬† Dos Passos es uno de los padres de la novela moderna, con sus t√©cnicas de protagonistas cambiantes, escenarios superpuestos y saltos narrativos, aunque los temas de sus trabajos son los de siempre: contar las historias normales de un grupo de hombres y mujeres que viven una √©poca determinada. Pero, vuelvo a repetir, su escaso reconocimiento en Europa es m√°s que notorio. Dos Passos critic√≥ al fascismo y al comunismo en una √©poca en la que √ļnicamente exist√≠an dos bloques. Se adelant√≥ a un camino que luego abrir√≠a apasionadamente Albert Camus. Casado con una militantes feminista, que muri√≥ prematuramente en un accidente de coche, √©l mismo estuvo encarcelado por protestar contra las ejecuciones de Sacco y Vanzetti. Era un anarquista muy peculiar, a su modo, como la mayor√≠a de los anarquistas. Y eso, la verdad, no es muy vendible.¬†En su juventud, justo despu√©s de la Primera Guerra mundial, John Dos Passos viaj√≥ a Madrid con la intenci√≥n de estudiar castellano. Seg√ļn cuenta en su libro ‚ÄúA√Īos inolvidables‚ÄĚ, su maestro fue un tal Tom√°s Navarro. Estuvo en la capital castiza de noviembre de 1916 hasta finales de enero de 1917. En apenas unas semanas fue capaz de construir un espacio para trabajar un libro sobre lo que hab√≠a observado a su alrededor durante la estancia. En agosto de 1917 vio la luz ‚ÄúRosinante to the road again‚ÄĚ, editado en 1930 en su versi√≥n castellana como ‚ÄúRocinante vuelve al camino‚ÄĚ (Cenit, Madrid) y reeditado tambi√©n en castellano, pero en Argentina en 1943 (Santiago Rueda, Buenos Aires).¬†En Madrid, el jovenc√≠simo Dos Passos deambul√≥ por las tabernas en las que los debates literarios acompa√Īaban a los caf√©s y a los bollos. Conoci√≥ a Valle-Incl√°n, Juan Ram√≥n Jim√©nez y P√≠o Baroja. Fue el escritor donostiarra quien le deslumbr√≥ aproxim√°ndole a esa Euskal Herria que se deslizaba entre montes y llanadas vigiladas por el impetuoso Cant√°brico. La admiraci√≥n por Baroja alcanz√≥ tal grado que Dos Passos le dedic√≥ √≠ntgeramente el cap√≠tulo quinto de su ‚ÄúRosinante to the road again‚ÄĚ. Por extensi√≥n, ese cap√≠tulo se convirti√≥ en la descripci√≥n del Pa√≠s Vasco.¬†No he encontrado la versi√≥n castellana de ‚ÄúRosinante to the road again‚ÄĚ, (por tanto desconozco la traducci√≥n), pero puedo afirmar que en su versi√≥n original el comienzo es deslumbrante: ‚ÄúMuchos como fulanito renuncian a llamarse ingleses. P√≠o Baroja renuncia a llamarse espa√Īol. Es s√≥lo vasco‚ÄĚ. El texto, magn√≠fico por su dominio de la situaci√≥n, tiene algunas excelentes: ‚ÄúFue en el siglo XIX cuando las guerras carlistas terminaron con la pr√≥spera independencia de las provincias vascas a las que se quiso imponer, de una vez por todas, el estilo de vida espa√Īol‚ÄĚ. Qui√©n sabe si, alentado por esa descripci√≥n de nuestro pa√≠s, siete a√Īos m√°s tarde de la publicaci√≥n de ‚ÄúRosinante to the road again‚ÄĚ y seducido por su quinto cap√≠tulo, Ernest Hemingway viajase, por primera vez, a nuestro pa√≠s.