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Mario Salegi, in memoriam

Las noticias del embarazo de una princesa son suficientes para modificar la programaci√≥n televisiva de un domingo e incluir en el diario decano de Bilbao 14 p√°ginas en su edici√≥n del d√≠a siguiente para tratar el tema. La existencia del campo de exterminio de Mauthausen parece cobrar relevancia con la visita de ZP, como si hasta entonces los hornos de gas no hubieran contado en nuestra memoria. Por cierto, ¬Ņd√≥nde estaban las autoridades vascas? La rotura del cord√≥n de la bota de un futbolista en plena faena es suficiente para dedicarle a la cuesti√≥n un estudio pormenorizado de la flexibilidad de los cordones que utilizan los jugadores.

Día a día nos encontramos con frivolidades a las que se les da una trascendencia de escándalo y con tragedias y sobre todo injusticias a las que apenas se les concede algo más que el despecho. El mundo, el primero que es el que domina, está configurado al revés. La evidencia es diaria y, por ello, sale de nuestras conciencias porque ya no es novedad.

Viene esta reflexión a cuenta de la muerte de Mario Salegi al que, no quiero ocultar, me unía una relación especial. Por eso mis referencias a su recuerdo que, estoy convencido, servirán para denunciar situaciones de despecho muy similares. La ausencia del recuerdo de Mario es una más de tantas otras. La oportunidad de entrar en la memoria oficial sigue unas pautas que se me antojan delirantes.

Mario, no debemos olvidarlo, fue declarado hace un par de a√Īos ‚ÄúVasco Universal‚ÄĚ, recibido en el Parlamento de Gasteiz y agasajado por el lehendakari Ibarrtetxe. ¬ŅSe han enterado de su muerte? No he visto ninguna esquela en su memoria, no he visto representantes de la instituci√≥n que le concedi√≥ aquella distinci√≥n en los actos de homenaje… S√≥lo he visto ausencias.

Mario estuvo afiliado a las Juventudes Comunistas, perteneci√≥ a los mendigoizales del PNV y espi√≥ para la causa de los Aliados a trav√©s del partido jeltzale. Combati√≥ con la Marina de EEUU en el Pac√≠fico durante la Segunda Guerra mundial… Los l√≠deres pol√≠ticos por cuya causa se comprometi√≥, los embajadores de las potencias a las que ayud√≥, ¬Ņse han enterado de su muerte? ¬ŅD√≥nde estaba el alcalde de Donostia ante la muerte de uno de sus hijos m√°s ilustres?

Es un esc√°ndalo, sin duda, y lo vuelvo a repetir. El mundo est√° confeccionado al rev√©s de lo que debiera imponer la l√≥gica y la justicia. Y las ausencias nos parecen casi indiscutibles porque se repiten una y otra vez. Hay excepciones, todo hay que decirlo. Pero son excepciones. ANV, grupo pol√≠tico con el que Mario hizo la guerra hace 70 a√Īos, ha estado presente en los actos de homenaje, a pesar de que, pasada la contienda, Mario no sigui√≥ ligado a su organizaci√≥n.

En este Primer Mundo nauseabundo √ļnicamente importa lo superfluo, lo banal. El resto es despojo. Nuestras calles est√°n llenas de se√Īales arbitrarias, de gestos apestosos. ¬ŅPor qu√© reyes de sangre azul en pleno siglo XXI? La respuesta es sencilla. Porque la evoluci√≥n es falsa (s√≥lo avanza la t√©cnica), porque todo es una cuenta atr√°s y porque quien paga manda. Y quien paga desea un mundo de opereta, en el que se recuerden el color de las bragas de tal actriz, antes que los nombres de los gaseados en Auschwitz, de las condiciones en las que quedaron sus familias. Quien paga separa la sangre azul de la roja, la corbata de la pana y el caviar de la mortadela.

La perdida de Mario ha sido ignorada por demasiada gente. Por gente que se quiso hacer la fotografía a su vera para ponerse alguna vez una medalla de no-sé-qué. Estamos matando la historia de nuestro país, estamos cayendo en las redes de los que pagan y marcan los límites, estamos dando tan poca estima a las cuestiones propias que, en poco tiempo, sabremos más de los gustos musicales de los nietos de Bush que de nuestros padres y abuelos que combatieron al fascismo. Sabremos del pato Donald, Estefanía o Ana Rosa e ignoraremos, por poner ejemplos de donostiarras de letras de oro, a Ricardo Urondo, Fermín Isasa, Imanol Asarta, Faustina Carril o el mismo Salegi. En ello están nuestros apoderados.

Rescatarlos del anonimato

Han pasado 70 a√Īos de la guerra civil iniciada en 1936 y, a pesar de ello, parece que la herida sigue abierta, a veces con tanta intensidad que me pregunto si el tiempo, al contrario que lo que afirma el dicho, pasa en balde. ¬ŅA qui√©n no le suenan estas palabras de Ram√≥n Sierra Bustamante, gobernador militar de Gipuzkoa?: “Borraremos vuestros nombres que ser√°n malditos por generaciones de generaciones. Desterraremos al maestro que, en los mapas, marcaba con una raya verde ese artificio de Euzkadi. Desterraremos al sacerdote que se negaba a celebrar las fiestas tradicionales del Pilar y de Santiago. Desterraremos al boticario que dentro de la botica ten√≠a un poco de conspiraci√≥n contra Espa√Īa; cuando no fusilaremos a todos aquellos que los principales responsables de esta locura y de esta mancha de la m√°s negra ingratitud que cubre el mapa de la tierra vascongada”.
La alusi√≥n es de hace 70 a√Īos ¬ŅO, por el contrario, de ayer?

No me queda ninguna duda sobre la actitud de uno de los bandos, el levantisco, el fascista. Su prepotencia super√≥ los pasajes m√°s inhumanos de la historia de Espa√Īa, y mira que los hay en abundancia. Ocult√≥, tergivers√≥ y minti√≥ sobre la guerra y, sobre todo, sobre la represi√≥n, sin pudor y con todos los instrumentos en su poder. Neg√≥ que hubiera un genocidio: el 1% de la poblaci√≥n navarra fue fusilada por discrepar ideol√≥gicamente. Ocult√≥ sistem√°ticamente las ejecuciones extrajudiciales: por eso las cunetas acogen tantos cad√°veres como los cementerios. Evit√≥ sus responsabilidades: para la derecha espa√Īola Gernika sigue siendo bombardeada por las hordas rojoseparatistas. En fin… que no hubo guerra sino un movimiento pol√≠tico destinado a delinear una Espa√Īa grande y libre.
        
La actitud del bando republicano, el aplastado, ha sido, también hay que decirlo, vergonzosa. Indigna. Al menos en la representación de las formaciones políticas republicanas que sobrevivieron a la dictadura. Se ocultó una etapa terrorífica de la historia más reciente, por un plato de lentejas. Un insulto a la memoria de nuestros antecesores que, en muchos de los casos, fueron coherentes y dignos de su tiempo. No se puede decir lo mismo de quienes les sucedieron en sus formaciones.
        
Las consecuencias de estas dos tendencias son evidentes. Un bando oculta y miente. El otro olvida. Resultado: una generación desaparecida, engullida por el anonimato.

Y, sin embargo, aquella generaci√≥n tuvo nombres y apellidos, los que sucumbieron al horror. Jos√© Antonio Gim√©nez-Arnau, el primer delegado de prensa franquista en Bizkaia, fue muy claro a la hora de marcar las pautas: ‚ÄúEstos esbirros de Rusia ser√°n asesinados por la espalda. Y no encontrar√°n manos que cierren sus ojos, ni brazos que caven su tumba, ni bocas que recen una oraci√≥n por sus almas‚ÄĚ.

Rompamos ese anonimato.

Teodoro Gonz√°lez de Zarate, alcalde de Gasteiz, fue fusilado en Azazeta por el delito de haber ganado unas elecciones democr√°ticas. Al igual que los alcaldes de Aibar (Javier Iciz), Altsasu (Antonio Goikoetxea), Aoiz (Aurelio Le√≥n), Beasain (V√≠ctor Bernedo), Berriz (Felipe Urtiaga), Cadreita (Cipriano S√°nchez), C√°rcar (Lucio Guti√©rrez), Castej√≥n (Valent√≠n Plaza), Corella (Antonio Moreno), Deba (Florencio Markiegi), Estella (Fortunato Agirre), Fitero (Jacinto Yanguas, a quien sacaron los ojos con un tenedor antes de matarlo), Lodosa (Luis Mart√≠nez Ch√°varri), Loyola (Saturio Burutaran), Mendabia (Jes√ļs Pastor), Mudaka (Alejandro Mallona), San Adri√°n (Daniel Munilla), Sartaguda (Eustaquio Mangado) o Tudela (Domingo Burgaleta). Juan Antonio Bilbao, torturado hasta la muerte por funcionarios de la c√°rcel de Larrinaga. Jes√ļs Fern√°ndez, ahorcado en la misma c√°rcel. P√≠o Rodrigo, arrojado por una ventana de la comisar√≠a de Bilbao. Miguel Barreiro, de 14 a√Īos, muerto por los guardias de la Diputaci√≥n bilba√≠na. Agust√≠n Arana, de Villafranca, decapitado por un agente de la Guardia Civil. Carmen Lafraga, de Falces, violada hasta la muerte. Jos√© Condeiro, de Balmaseda, a quien clavaron astillas en sus test√≠culos hasta matarlo, al igual que a su vecino √Āngel Asensio, a quien crucificaron. Demetrio Lekunberri, de Busturia, asesinado porque en ‚Äúsu bar com√≠an dirigentes separatistas‚ÄĚ. F√©lix Aqueche, fusilado por haber hecho trampa para librarse de la mili. Jos√© Luis Arenillas o Tom√°s Obieta, por ser m√©dicos de la Sanidad del Gobierno vasco. Antonio Aguinaga, de Plentzia, por ‚Äúequivocaci√≥n‚ÄĚ ya que hab√≠a sido condenado ‚Äú√ļnicamente‚ÄĚ a 12 a√Īos de c√°rcel. Celio Renovales, de Ondarroa, fusilado en septiembre de 1937 por hablar mal de Franco en un bar. F√©lix Muruzabal y Jos√© Iriarte, de Altsasu, golpeados hasta la muerte por negarse a hacer el saludo fascista. Sotero J√°uregui, de Ordizia, ejecutado por no descubrirse al paso de la bandera espa√Īola (rojig√ľalda). Narciso Mangado, de Sartaguda, por haber puesto a su hijo de nombre Progreso. Isidoro Iturbe, de Arrasate, por hablar en euskara en plena calle. A Esteban Urkiaga Lauaxeta, por mostrar a periodistas extranjeros el bombardeo de Gernika. Luciano Aramendia, de Lodosa, torturado hasta la muerte en el cuartelillo de su pueblo por vivir con su compa√Īera sin estar casado. Pedro Garmendia, de San Salvador del Valle, que inaugur√≥ la muerte por garrote vil o Mateo Agirregoita, de Algorta, a quien ahorcaron con una soga, como en el Oeste. Antonio Irulegi, de Donostia, por regentar un bar llamado Euzkadi y al que sus hijos debieron cambiar el nombre por el de Espa√Īa. Aquilino Mart√≠nez, de O√Īati, a quien sus 78 a√Īos no salvaron del pared√≥n. Maravillas Lamberto, de Larraga, a quien con solo 14 a√Īos, violaron y mataron arrojando su cad√°ver a los perros. El portugu√©s Luis Rego, vecino de Maeztu, golpeado por los falangistas hasta la muerte. Bernardino P√©rez y Mauricio Rodr√≠guez, por ser maestros republicanos de Galarreta y Gordoa. Jos√© Luis Abaitua, gasteiztarra, por intentar dar sepultura cristiana a los cad√°veres de los j√≥venes
Primitivo Estabillo, Jos√© Kortabarria y Esteban Elguezabal, fusilados despu√©s de ser detenidos en el Gorbea. Luis Gil, por ‚Äúparticipar en la construcci√≥n de refugios‚ÄĚ. Juana Mir, de Bilbao, por escribir en un peri√≥dico deportivo republicano. Mart√≠n Urbizu Ota√Īo, de Zegama, pastor de 60 a√Īos y nueve hijos, fusilado, al igual que su hijo Jos√© que buscaba a su padre en Urbasa. Mertxe L√≥pez Cotarelo, Pilar Vall√©s Vicu√Īa, prisioneras cuando defend√≠an su posici√≥n. Domingo, Enrique y Sebasti√°n Usabiaga Oiarzabal, de 24, 21 y 17 a√Īos, de Orereta, fusilados por negarse a alistarse en el Ej√©rcito fascista y su madre Mar√≠a Oiarzabal Lecuona, que muri√≥ a machetazos al intentar impedir las ejecuciones.Necesitamos, a pesar de Gim√©nez-Arnau o de Sierra Bustamante, esas manos que cierren sus ojos, esos brazos que caven sus tumbas y esas bocas que recen una oraci√≥n por sus almas. Necesitamos recuperarlos del anonimato. Se lo debemos a todos ellos.

Gurs y los vascos

Fue un campo de concentraci√≥n en el Bearne, a muy pocos kil√≥metros de la frontera con Zuberoa que estuvo en funcionamiento entre el 5 de abril de 1939 y el 31 de diciembre de 1945. En la √©poca de m√°xima utilizaci√≥n alberg√≥ a cerca de 60.000 personas, el diez por ciento de las cuales fueron vascos. A partir del 19 de abril del 39, el campo ser√≠a abierto a aviadores y milicianos republicanos y a los casi ocho mil miembros de las Brigadas Internacionales detenidos en la frontera a la ca√≠da de Catalu√Īa en poder de las tropas fascistas. Sus primeros moradores fueron los considerados indeseables por el Gobierno franc√©s: republicanos espa√Īoles, catalanes y vascos.

En 1943 fueron internados miles de jud√≠os, en aplicaci√≥n de las normas antisemitas del Gobierno de Vichy. A√ļn terminada la Segunda Guerra mundial, las nuevas autoridades galas lo mantuvieron como centro de prisi√≥n para emigrados espa√Īoles que hu√≠an de Franco. Mientras estuvo abierto, Gurs fue la tercera aglomeraci√≥n del departamento de Bajos Pirineos, detr√°s de Pau y Baiona y con m√°s habitantes que Donibane Lohizune o Biarritz. El 25 de setiembre de 1943 un grupo de maquis provenientes de Maule y Atarratze, en una acci√≥n espectacular, asalt√≥ el campo de concentraci√≥n llev√°ndose la mayor√≠a del armamento almacenado por sus guardianes.

Para los ciudadanos vascos, Gurs fue inaugurado el mismo 5 de abril de 1939. En ese d√≠a 980 refugiados vascos fueron transferidos desde el campo de refugiados de Argel√®s. En Argel√®s viv√≠an hacinados unos 5000 refugiados vascos, la mayor√≠a huidos del frente catal√°n, en una decena de barracas construidas por ellos mismos. En el verano de 1939, el campo de concentraci√≥n de Gurs estaba ya completo. La comunidad vasca, censada en 3.484 personas, ocupaba los pabellones A, B, C y D. Los milicianos republicanos fueron internados en los E y F, los internacionalistas, que eran 5.019, en los pabellones G, H, I y J, y los aviadores en los K, L y M. Los vascos en Gurs llegaron a ser m√°s de 6.000 y establecieron su propia estructura de mando, manteniendo un contacto permanente con Telesforo Monzon, consejero del Gobierno Vasco, a trav√©s del capell√°n I√Īaki Aspiazu. La edad media de los refugiados vascos en el campo era de 26 a√Īos.

Una segunda oleada de detenidos lleg√≥ con la razia que efectu√≥ la gendarmer√≠a entre el 18 y el 25 de mayo de 1940. En una semana fueron detenidos en el Estado franc√©s casi un millar de ciudadanos vascos, que se encontraban refugiados desde el final de la Guerra Civil. Hubo detenciones entre militantes de todos los grupos, pero especialmente entre el PNV que vio como todos sus cuadros en Iparralde, entre ellos seis miembros de su Euskadi Buru Batzar, eran apresados. Oficialmente fueron considerados como indeseables. Estas detenciones tuvieron su origen en los acuerdos entre Espa√Īa y Francia de febrero de 1939. Las autoridades de Par√≠s no hicieron sino detener a los miembros que aparec√≠an en las listas de refugiados entregadas por el general Jordana, ministro de Exteriores de Franco.

Cuando el 3 de setiembre de 1939 se produjo la declaraci√≥n de guerra de Francia y Gran Breta√Īa a Alemania, tras la invasi√≥n de las tropas nazis de Polonia, en Gurs quedaban 3.461 vascos. El director del centro hizo una consulta entre los internos, resultando que 50 vascos se presentaron voluntarios para el Ej√©rcito franc√©s y 3.262 para trabajos de retaguardia. En octubre, los internos fueron reagrupados en las llamadas C.T.E. (Compa√Ī√≠as de Trabajadores Espa√Īoles) bajo la supervisi√≥n del Ministerio de Defensa Nacional, siendo repartidos por el Estado franc√©s. En enero de 1940 √ļnicamente quedaban 650 vascos en el campo de Gurs.

Los servicios m√©dicos del campo de concentraci√≥n estaban dirigidos directamente por el m√©dico vasco Luis Bilbao L√≠bano. Seg√ļn informe de este m√©dico, el 100% de los internos ten√≠an piojos y ladillas, y un 40% sarna. Todo el material sanitario deb√≠a ser proporcionado desde el exterior, pues la administraci√≥n francesa no facilitaba ni siquiera el m√°s elemental. Finalmente hubo un √ļltimo grupo de vascos que muri√≥ en el mismo Gurs y a√ļn sus restos reposan en el cementerio del campo.

Navarra

Juan Comodoro, buscando agua encontr√≥ petr√≥leo. Pero muri√≥ de sed. Contaba y cantaba Facundo Cabral. No andaba descaminado. En 1953 los americanos llegaron a Marcilla y perforaron el suelo. Volvieron a Texas sin encontrar petr√≥leo, pero dejaron, un poco m√°s al norte, en Elizondo, una antena para contactar desde Gorramendi con sus agentes en Europa. Y cerca de las prospecciones, en la Bardena, experimentaron sus nuevos cazas, prestos para matar en Cuba, en Corea y matando, vaya que matando, en Vietnam. Y si los americanos hab√≠an desembarcado en Pamplona, ¬Ņpor qu√© no tambi√©n un iluminado de Barbastro, apoyado por Franco? S√≠, efectivamente. Escriv√° de Balaguer y su secta del Opus, la Santa Mafia seg√ļn Jes√ļs Ynfante. Esto ol√≠a a colonia, pero no de las que perfuman, sino de las conquistadas por la metr√≥poli. En Navarra decides t√ļ. Lo dijo Fernando Puras en la ultima campa√Īa electoral. Aitor Pescador lo escenific√≥ a la perfeccion: t√ļ no, tururu. Y cambian los mandos. Francisco P√©rez Gonz√°lez naci√≥ burgal√©s, como Yolanda Barcina. Ambos coincidieron en Pamplona. Uno despu√©s de ser general castrense, ella tras estudiar Farmacia. Arzobispo y alcaldesa. De derechas, porque militares, curas y regidores son leales a la plata y al determinismo divino. Sebasti√°n, el antecesor de P√©rez, ped√≠a comprensi√≥n para Falange. Alguien interpret√≥ que el voto. La verdad es que en 1933 los falangistas no llegaron ni siquiera al l√≠mite del rid√≠culo. Se quedaron en el de lo grotesco, para ser un partido pol√≠tico. Pero mira por d√≥nde. Sus secuaces se ventilaron al 1% de la poblaci√≥n navarra. Genocidio. No hace falta ir a Bosnia, o a los campos de exterminio polacos. Aqu√≠, cerca: Sartaguda, Lodosa, Arguedas, Larraga, Mendavia. ¬ŅRecuerdas, Maravillas, a los que te violaron y mataron? No hay… no hay lugar para la justicia. Nos cambiaron la historia y nos han robado la memoria. Qu√© se lo pregunten a Germ√°n Rodr√≠guez. Tan molesto siempre. Casi 30 a√Īos despu√©s. La modernidad, dicen. Como en la Plaza del Castillo. No levanten el suelo que pueden aparecer restos peligrosos. Y si aparecen al basurero. A eso se llama patrimonio cultural. ¬ŅY si fueran los s√≥tanos de un banco? ¬ŅQui√©n abri√≥ en abril de 1969 las cajas de seguridad del Banco de la Vasconia que conten√≠an las donaciones para el bando de Franco en la guerra civil? ¬ŅEn qu√© se convirti√≥ aquel tesoro? Mataron al Rubio de Aranaz. Y dijeron que era un bandolero que robaba, como los de la Edad Media. Pero era, ¬Ņcu√°ntas veces?, mentira. La realidad, ¬Ņnos queda memoria?, bien distinta. Francisco Etxeberria, guerrillero. Y dicen que se suicid√≥. Como Mikel Zabalza, paisano de Aezkoa, que se ahog√≥ en el Bidasoa con agua del grifo. Otro Zabalza, Ricardo, de Errazu, lleg√≥ a ser secretario general de la Federaci√≥n de Trabajadores de la Tierra. A √©se le suicidaron. Por rebeli√≥n militar. Peregrina acusaci√≥n viniendo de quien viene, pero nada graciosa. Los de San Crist√≥bal, que mor√≠an como moscas y saturaron los cementerios de la cendea hasta el punto de que fueron enterrados en el monte, dan fe de ello. Ahora, los del fusil, el de la estola colgada a ambos lado del cuello, la de Burgos, los sucesores del de Barbastro, los banqueros, lo quieren convertir en un parque de atracciones. Siguen buscando agua. O quiz√°s petr√≥leo. Bajo las ordenes de la metr√≥poli. O de los t√©cnicos de Texas. ¬°Vaya usted a saber! Juan Comodoro, buscando agua encontr√≥ petr√≥leo. Pero, ya lo han escuchado, muri√≥ de sed. Requiescat in pace.

Melancolía

No soy galeno y mis conocimientos en medicina son bastante inferiores a la mayor√≠a de los que poseen mis vecinos. No soy, tampoco, demasiado aficionado al estudio o siquiera lectura de las diferentes patolog√≠as que acosan al ser humano. Lo reconozco. Por eso, cuando encontr√© hace unos meses en el expediente militar de Fernando Sasiain Brau, alcalde republicano de Donostia en 1936, que hab√≠a estado ingresado en un psiqui√°trico por ‚Äúmelancol√≠a aguda‚ÄĚ, inmediatamente pens√© en una enfermedad del alma, relacionada con la deriva que sufri√≥ al ver a su querida ciudad en manos de unos canallas sin escr√ļpulos. Pens√© que a Sasiain le dominaba la angustia en los atardeceres oto√Īales desde la c√°rcel en la que fue recluido, recordando los arenales del Urumea, aspirando esa brisa que le faltaba del Cant√°brico o intentando escuchar los viejos ecos marciales de los defensores de Urgull. Pens√© que Sasiain penaba del mal de nuestros viajeros seculares que sufr√≠an horas y horas apoyados en la baranda del barco, aguardando el d√≠a de la vuelta con ansiedad, haciendo c√°lculos lunares para descontar las horas que restaban hasta alcanzar puerto amigo. Pens√© que la melancol√≠a de Sasiain era la del venezolano Josu Landa que vio morir a su padre vestido con una lekeitiarra y tocado con una txapela sin recordar que llevaba m√°s de 30 a√Īos huido de su tierra o la de Vicente Amezaga que segu√≠a dando clases en euskara en un barrio perdido de Buenos Aires despu√©s de escabullirse de los nazis en aquella odisea del Alsina. Y cre√≠ que la melancol√≠a, la misma que hab√≠an versificado los poetas desde Homero, o detallado los escritores desde tiempos tan lejanos como los que retrat√≥ Ovidio, era un s√≠mil m√°s o menos literario que equival√≠a a a√Īoranza, como la que yo sent√≠a por los m√≠os en los viajes m√°s tediosos. Llegu√© a suponer, en mi desconocimiento, que la melancol√≠a era un t√©rmino rom√°ntico, fiel a los c√°nones de nuestros pensadores m√°s delicados.

Y me equivoqu√©. Sasiain sufr√≠a una depresi√≥n grave, expresi√≥n camuflada anta√Īo con la m√°s pl√°cida de melancol√≠a. Me lo confirmaron algunos m√©dicos que leyeron los informes. Sasiain padec√≠a un abatimiento profundo, probablemente por algunas de las mismas razones que he apuntado. Pero, sin duda y sobretodo, por el trato sufrido por esos canallas sin escr√ļpulos, internado por los alemanes en la c√°rcel lapurtana de Baiona, enga√Īado por los carceleros de Franco para volver en 1950 del exilio y sin embargo encerrado en mazmorras inhumanas m√°s propias de siniestros personajes que de alcaldes democr√°ticamente elegidos. Fernando Sasiain fue recluido en un psiqui√°trico y los m√©dicos que lo trataban obligados a entregar un informe semanal sobre su estado de salud. Los carceleros no se fiaban de los psiquiatras y apretaban para que Sasiain volviera a la celda. Volvi√≥ y sali√≥ para morir. Hoy, 50 a√Īos m√°s tarde, su ciudad no lo recuerda y aquel Ayuntamiento que un d√≠a presidi√≥ ni siquiera tiene empe√Īo en que su nombre brille al menos como una de esas estrellas que pululan por ese injusto firmamento que nos cobija.

Auschwitz

Han sido ya 60 los a√Īos que han pasado desde la liberaci√≥n del campo de exterminio de Auschwitz, paradigma de lo m√°s l√ļgubre de la condici√≥n humana y, tambi√©n, de la ideolog√≠a nazi. Como en todos los aniversarios, las declaraciones de intenciones, los recuerdos hist√≥ricos, las revelaciones de los protagonistas, los libros, los documentales, han ocupado buena parte de la atenci√≥n social europea. Las comunidades jud√≠as en Europa y en Israel han evocado el Holocausto.

Sin embargo, muchas de estas celebraciones han obviado que, al margen de la terrible razia con su correspondiente y escalofriante n√ļmero de v√≠ctimas cometida contra los jud√≠os, hubo otros colectivos que fueron asimismo exterminados. Su cuant√≠a num√©rica y su poco peso en la pol√≠tica europea del siglo XXI les han condenado al olvido. A los hechos m√°s cercanos me remito: nadie ha tra√≠do a la memoria, por ejemplo, los centenares de vascos que murieron, muchos de ellos ni√Īos evacuados en 1937 y pocos a√Īos m√°s tarde adolescentes, en Dachau, Auschwitz, Treblinka o Mauthausen. Es cierto que son como una aguja en un pajar, entre esos seis millones de cad√°veres. Pero los cercanos, por razones obvias y reivindicando una ciudadan√≠a planetaria, me producen mayor congoja. Su recuerdo me abrasa.

Estos vascos gaseados fueron calificados como pol√≠ticos (un tri√°ngulo equil√°tero invertido, de color rojo, con la S en el medio o la F si eran continentales, que llevaban cosido en su atuendo) o como ap√°tridas (tri√°ngulo invertido de color azul). Tambi√©n desparecieron en los campos de exterminio los llamados asociales (tri√°ngulo negro), los gitanos (marr√≥n), testigos de Jehov√° (morados), homosexuales (rosa) y detenidos de derecho com√ļn (verdes). Un abanico realmente excepcional. Ellos fueron v√≠ctimas del Holocausto, junto al pueblo jud√≠o.

No hay que olvidar ni a unos ni a otros, como tampoco el origen de aquella tragedia. Primero fue la ideolog√≠a que, entre otras cosas, se sustentaba en la exclusi√≥n. Y para ello, para hacer efectiva esa exclusi√≥n, el r√©gimen alem√°n se hizo fuerte con un sistema de leyes de excepci√≥n que avalaron sus tesis. Merece la pena recordar que el primer decreto de excepci√≥n nazi llev√≥ el nombre de ‚ÄúLey para la Protecci√≥n del Pueblo‚ÄĚ (1933) al que m√°s tarde se le a√Īadi√≥, en eso de la protecci√≥n, la coletilla ‚Äúy del Estado‚ÄĚ.

Y traigo a colaci√≥n esta circunstancia, junto a la de las v√≠ctimas y su omisi√≥n, por una raz√≥n sencilla. El nazismo tuvo una cobertura legal, como el franquismo, que justific√≥ una ideolog√≠a. Y la exclusi√≥n, la excepci√≥n (presente y muy presente en la Europa del siglo XXI), fue su base. Las v√≠ctimas del Holocausto de la mitad del siglo XX fueron numeros√≠simas. Pero as√≠ como de muchas de ellas nos hemos olvidado ya que, comparativamente, no fueron tantas como la de los jud√≠os, no podemos perder de vista que, en esa misma medida, hemos omitido las victimas de las exclusiones modernas porque, en comparaci√≥n con 1945, su n√ļmero no es significativo. Triste an√°lisis. Aunque exista el Everest, el pico m√°s alto de la tierra, existen tambi√©n otros montes, altos y bajos, nevados o secos. Y tan interesantes como el que m√°s.