Archives for : mayo2008

Elites

A veces tengo la impresión de que los que andamos en el mundo del libro, tanto escritores o críticos como lectores o editores, no somos sino un sector más o menos acotado de una sociedad que se mueve en otros derroteros. De que la mala conciencia general al respecto se salva con una sobrevaloración de todo el mundo editorial en los medios que no se corresponde con la realidad. Soy testigo directo de libros que no han llegado al millar de ejemplares vendidos y que, sin embargo, han tenido más eco mediático que las víctimas de un terremoto en Pakistán o la hambruna en Somalia. Dicen, además, que el 50 por ciento de la población jamás ha leído un libro ni tiene intención de hacerlo. Y contamos en el mercado vasco (euskara, castellano, francés) con cerca de 90.000 novedades anuales a las que prestar atención.

Dentro de este argumento, me sorprende la facilidad con la que creamos mitos sociales que, a la postre, sólo son conocidos de nombre por una élite y con detenimiento por esos cuatro gatos que tocan el tambor. La mayoría sabe de la vida y milagros de Julen Guerrero, Ane Igarteburu, Miguel Indurain o Ainhoa Arteta pero poco o nada de la de, por ejemplo Agustín Xaho.

Y pongo este ejemplo porque me viene como anillo al dedo para concluir la soflama. Jean-François Bladé dijo que Xaho ha sido el mejor mentor que ha tenido jamás al País Vasco. Tiene calles en Baiona y Donibane Lohizune, una placa en Atharratze, una pastoral compuesta por Jean-Michel Bedaxagar… En 1976 Jean-Louis Davant eligió a Agustín Xaho como discurso de entrada en Euskaltzaindia. En fin, reconocido y, teóricamente, conocido. Hasta le han sacado unas camisas con su nombre.

Hace unas semanas fui al fútbol con una de esas camisas en las que aparece la imagen de Xaho. Fue un partido intenso desde el inicio. En el descanso, con la complicidad creada entre los que espoleábamos al equipo de casa, un vecino se me acercó y me inquirió por el nombre del de la camiseta. Le respondí que Xaho. Y acto seguido me preguntó: “Y, ¿en qué equipo juega?”. Real como la vida misma y como el equipo al que animábamos.

La Guera Justa

Permítanme comenzar este artículo con una cita histórica que, aunque la crean anacrónica, tiene su desarrollo a lo largo de mis reflexiones. La recojo de la Agencia Efe, de junio de 1941: “Se ha cometido un atentado en París contra miembros de la Gendarmería. Los autores de este atentado no han sido detenidos. En el caso de que en un plazo de diez días no hubiesen sido identificados los autores de la agresión, diez personas pertenecientes a los medios en los que los autores del atentado vivían serán fusilados y un gran número de ellas condenadas a trabajos forzados”.

Recuperemos el siglo XXI de manera fugaz.

Los bilbainos recuerdan al fascista Rafael Sánchez Mazas a quien, por razones que no alcanzo a descifrar, el Ayuntamiento de la Villa mantiene su nombre para denominar un paseo desplegado junto al de la benefactora Casilda. Alguien me dijo que, bueno… Sánchez Mazas era “también” literato y que por cuestión de la profesión, sus pecados quedaban redimidos. Quizás por la misma razón, y en previsión de posteriores remodelaciones históricas, Franco escribió el guión de una película llamada “Raza” y Hitler ensambló frases de su arenga pública, el “Mein Kampf”. Sus letras quedarían exentas del juicio y apartadas del foso de la criminalidad y, así, ambos se sentarían plácidamente a la diestra del Señor. Eran literatos.

Juguemos por tanto a subnormales y revisemos los perfiles de tan honorífico bilbaino de adopción que, entre sus perlas, acuñó el término (o reacuñó, valga la expresión, y valga, asimismo, la paternidad de ese viejo concepto) de “Guerra Justa”. Y por lo que parece, al igual que sus ilustres y crueles contemporáneos, lo hizo para sus herederos: “La Guerra Justa –dijo el falangista en mayo de 1940- es el cimiento de la cultura (española)”. Por descontado, la limpieza ideológica, las razias en retaguardia, la eliminación y humillación del oponente y, en definitiva, el desentendimiento absoluto de los valores democráticos, se convierten en las pautas de esa Guerra Justa, de su Guerra Justa.

En este contexto inevitable, la venganza (me atrinchero en la lectura de partes de guerra, editoriales, comentarios y alguna que otra audición de “El cocidito madrileño”) es la consecuencia más notoria de la Guerra Justa. Todas las tropelías a las que alcanza nuestra memoria están repletas de crónicas de represalia, de venganza. En los años 60, algún ilustrado teórico reinventó el concepto de “acción-represión-acción”, emulando a los resistentes franceses que se enfrentaron al ocupante nazi (extranjero o patrio). Se equivocaba en la expectativa. Las venganzas fueron terroríficas, tal y como citaba al comienzo del artículo. El zuberotarra Clement Jaureguiberry ordenó detener la actividad del maquis en Zuberoa, en 1944, porque las represalias a sus actos eran infinitas, incluido un bombardeo sobre Maule con numerosas víctimas. Para los alemanes era la Guerra Justa. Porque cuando se trata de una guerra todo vale, al estilo del informe de la Universidad de Valladolid tras la masacre de Gernika en abril de 1937: “Pensar que la guerra iba a detenerse por razones sentimentales solo podía caber en la mente de los dirigentes vascos”.

Al igual que lo sugiriera Sánchez Mazas, los gobiernos españoles han forjado su cultura política en la extensión de la Guerra Justa. Sin límites, ni siquiera los del llamado régimen democrático. Fueron episodios de la Guerra Justa los muertos por exigir la amnistía en los años 70; los deportados, mutilados y asesinados bajo siglas camufladas en los 80; los torturados de los 90 (y de tantas otras décadas) y los ilegalizados del nuevo siglo. Junto a esta guerra-represión contra un enemigo interno (que según las últimas estimaciones ha causado en medio siglo 400 “irrelevantes” víctimas mortales), también pusieron en marcha otras contra contrincantes externos, cuyas víctimas son aún más irrelevantes, si cabe. Matar guineanos, marroquíes, libios, afganos, libaneses, iraquíes… es casi un deporte. Esos damnificados no tienen nombre, ni familia, en general profesan una religión inútil y, para más escarnio, hablan lenguas poco literarias. Ladran, dirían siglos atrás. La de estos no-natos, además, es la guerra injusta si es que su protesta merece ser catalogada en el álbum bélico.

En cuanto a la segunda parte, la de la venganza, los episodios son repetitivos hasta la saciedad. El último, el de Ino Galparsoro, encarcelada en un puro acto de represalia, no de justicia. Como el suyo cientos. Cerraron Egunkaria en Andoain, después de que ETA matara a tiros a un periodista del Foro de Ermua en la misma localidad, metieron a la cárcel a los procesados del 18/98 por centrar su defensa en cuestiones políticas y no técnicas como habían sido advertidos… Ahora hace 60 años, en 1948, Laureano Cerrada intentó acabar con la vida del dictador en Donostia. Fue el atentado más serio de cuantos se realizaron contra Franco. Meses después de la muerte del tirano, Laureno Cerrada caía abatido por tiros desconocidos, en París. Larga mano la del fascismo.

La Guerra Justa es el quid de todas las cuestiones. Justifica desmanes, violaciones, venganzas. (“lo nuestro son errores, lo de ellos crímenes” que diría Martín Villa). Sus autores reciben el aplauso de la sección de Coros y Danzas, mientras sus ejecutores la soldata con el IPC revisado anualmente. La Guerra Justa abona la manipulación mediática, la contribución de paranoicos como agentes sociales y… la concesión de una calle en Bilbao al fascista Sánchez Mazas. La Guerra Justa es, precisamente, justa y, gracias a ella, nos marca los límites de la ética. ¿Retórica? Para nada. Por si no se habían enterado, también hay una ética justa y, por extensión, otra injusta. La buena, la ungida por el halo divino, es la justa a la que, por cierto, estos días, han convertido en literatura.

En fin, no me digan que les he dejado de avisar. Cuando flaqueen y sueñen que vivimos entre seres humanos, recuerden la frase de Sánchez Mazas y, sobre todo, no olviden el informe de la Universidad de Valladolid.