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Yo (me) acuso

 

Estudi√© desde los p√°rvulos hasta el antiguamente llamado preuniversitario en un colegio religioso que, obviamente, emit√≠a educaci√≥n religiosa. Cat√≥lica para m√°s se√Īas. Form√© parte de esa comunidad que hist√≥ricamente llev√≥ a la hoguera a su disidencia, cre√≥ un tribunal llamado Inquisici√≥n para someter a la humanidad y se lucr√≥ con el comercio de esclavos. En la √©poca franquista cant√© en esa misma escuela, canciones fascistas, me insubordin√© contra algunos profesores rompiendo el principio de obediencia y particip√© en varias pruebas deportivas auspiciadas por Falange.

¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬† Recuerdo que, m√°s o menos, cuando Oswald mat√≥ a John Kennedy, entr√≥ en casa el primer televisor. Era en blanco y negro y de una sola cadena, sin el UHF que luego conocimos. Cuando conclu√≠an las emisiones, ta√Ī√≠an el himno nacional espa√Īol y r√°pidamente tanto mi padre como mi madre, dependiendo de quien estuviera m√°s cerca, corr√≠an a rebajar el volumen. M√°s tarde apagaban directamente el aparato, actividad que tanto mis hermanos como yo aprendimos al vuelo.

¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬† Mi padre hab√≠a acompa√Īado al suyo en diez a√Īos de destierro, tras la guerra civil. Mi abuelo era de los que pegaban ikurri√Īas, entonces ilegales, en los coches y repart√≠a, con m√°s miedo que alma, volantes firmados por la Resistencia Vasca, un eufemismo para ocultar a EAJ-PNV. Mi madre lleg√≥ a Donostia desde Albacete, donde hab√≠a nacido. Acuciada por la posguerra y el hambre. Recuerdo, asimismo, que de vez en cuando nos acerc√°bamos hasta Baiona e incluso hac√≠amos alg√ļn viaje largo, a Par√≠s, donde resid√≠an sus primos, en el exilio. Nunca me lo dijo pero, con la edad, supe que eran comunistas.

¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬† Reconozco que a pesar del excelso pedegree de infancia, asist√≠ en brazos de mi madre a una manifestaci√≥n en contra del monopolio de la leche, encarnado en Gurelesa y que ya, entonces, el gobernador nos llam√≥ ‚Äúagitadores llegados de otras provincias‚ÄĚ, sin duda en alusi√≥n a mi madre y a otras como ella. Compr√°bamos clandestinamente a una baserritarra de Urnieta la leche y con mi padre, mi hermana y yo, presenciamos varios Primeros de Mayo donde, indefectiblemente, la Polic√≠a Armada cargaba a lo bestia. Mi padre era enlace sindical del sindicato vertical, de esos ut√≥picos que pensaban que el sistema se pod√≠a derribar desde su interior.

¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬† Conoc√≠ a la que ser√≠a mi compa√Īera y madre de mis hijos en la Asociaci√≥n de Vecinos del barrio. Me ganaron sus encantos. Y la cuadrilla de su padre, toda una generaci√≥n que para m√≠ entonces alcanzaba la categor√≠a m√≠tica. Su padre hab√≠a hecho la guerra en Eusko Indarra, primer batall√≥n de ANV. Sali√≥ de la c√°rcel despu√©s de muchos a√Īos, acusado, hace muy poco que lo hemos sabido, de quemar una iglesia en Santander. Marcos Azcarate, comandante del Saseta del PNV, detenido por ayudar a ETA, era su compa√Īero del alma. Y los s√°bados, nos llegaba el frescor de F√©lix Liquiniano, anarquista de pura cepa, fundador del grupo Dinamita que si no entr√≥ en el grupo de los elegidos de la historia fue porque ya lo hab√≠a hecho Durruti. En verano se sumaba Manolo Chiapuso, libre de sus clases de la Sorbona. El historiador y organizador del anarquismo vasco.

¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬† En la Asociaci√≥n de Vecinos compart√≠ reuniones con gentes del PTE, ORT y PCE, m√°s de uno en la lista negra de Tejero del 23-F. Tambi√©n con j√≥venes alguno de los cuales lleg√≥ a formar parte de la direcci√≥n de ETA, despu√©s de dejar el seminario. Alg√ļn trotskista, con el que confabulamos m√°s de una vez, concluy√≥ sus pasos en el Foro de Ermua. Mao√≠stas pocos y muy viscerales. Apenas tuve relaci√≥n con ellos, pero lo supl√≠ con un viaje a Pek√≠n donde visit√© el mausoleo de Mao y descubr√≠ embalsamado al l√≠der chino.

¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬† Fue en aquella √©poca cuando, tras denuncias y altercados, me reun√≠ en secreto con constructores que nos quer√≠an despedazar el barrio. Un d√≠a me quemaron el coche, despu√©s de enviarme alguna que otra carta amenazante. Fue la primera vez. La segunda, a√Īos m√°s tarde, salt√≥ por los aires. Tuve la mala fortuna de dejarlo aparcado junto a un banco que dinamit√≥ esa noche un comando de un grupo ya desaparecido llamado Iraultza.

¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬† En el barrio, tambi√©n, nos reunimos varias veces con Jes√ļs Eguiguren, el que llegar√≠a a ser m√°s tarde presidente del Parlamento vasco. Conoc√≠a perfectamente los recodos del sistema, la Ley d¬īHont y cosas por el estilo. Hoy no nos saludamos por la calle, sobre todo desde que su partido, el socialista, alcanz√≥ el poder y cometi√≥ tantas tropel√≠as. Lo de la guerra sucia, la OTAN, la corrupci√≥n, las centrales nucleares y el bombardeo de Tr√≠poli me pareci√≥ horroroso. Indigno de gente civilizada.

¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬† A√ļn as√≠, y como no soy sectario, hace bien poco tuve una estrecha relaci√≥n con un compa√Īero pol√≠tico suyo, Od√≥n Elorza, ahora multado por el Tribunal Supremo por favorecer intereses empresariales particulares. Fue a cuenta del homenaje y del libro que el propio Ayuntamiento dedic√≥ a Sunti Amilibia, √ļltimo eslab√≥n de una estirpe de socialistas y comunistas estrechamente ligados a la historia donostiarra. El √ļltimo Amilibia fue, adem√°s, dirigente batasuno.

¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬† En esto de las relaciones no puedo negar la mayor como ya lo coment√© en alg√ļn art√≠culo anterior. Las responsabilidades en el Galeuzca de editores me llevaron a cenar t√™te √† t√™te con Fraga Iribarne. Lo hice por deferencia a los anfitriones gallegos. Cruc√© cuatro frases con el responsable de la masacre del 3 de Marzo en Gasteiz y de Montejurra, y otras tantas con sus guardaespaldas. Mis amigos me echaron en cara que Fraga representa lo m√°s terror√≠fico del franquismo, y as√≠ debe de ser. Y me afearon mi conducta.

¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬† Sin embargo, he seguido reuni√©ndome con los m√°s variopintos personajes, muchos de ellos relacionados con la vida p√ļblica y el trabajo por cuenta ajena. En estos a√Īos he coincidido en diversos escenarios con Ibarretxe, el denostado del refer√©ndum soberanista, a quien Ans√≥n llam√≥ ‚ÄúNapoleoncito de pitimin√≠‚ÄĚ y ‚Äúdiminuto s√°trapa de ocasi√≥n‚ÄĚ, con Madrazo, Ercoreca, Arana, Anasagasti‚Ķ decenas de hombres y mujeres que emergen en los medios de comunicaci√≥n todos los d√≠as representando a las m√°s diversas ideolog√≠as. Coincid√≠ con Mar√≠a San Gil, cuando el Ayuntamiento donostiarra nos concedi√≥ la Medalla de Oro a la asociaci√≥n en la que coopero en la recuperaci√≥n del patrimonio material e inmaterial vasco.

¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬† Siento las emociones de manera que quiz√°s no debiera. Visit√© el pasado a√Īo la ciudad de Hiroshima, donde perecieron decenas de miles de sus habitantes en agosto de 1945, tras el lanzamiento de una bomba nuclear a la que tuvieron el cinismo de llamar Litle Boy. Ya s√© que Hiroshima era territorio enemigo, parte de ese imperio totalitario que el emperador Hirohito deseba construir al estilo del de Hitler en Europa. Pero no pude dejar de derramar unas l√°grimas, junto a mi hijo que me acompa√Īaba, por aquellas v√≠ctimas. Concurr√≠ al cementerio jud√≠o de Gurs, al museo del Holocausto de Par√≠s y, siendo un defensor de la causa palestina, sent√≠ el escalofr√≠o del horror y la tristeza de la vida.

¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬† No vaya a pensar usted, sin embargo, que todas estas relaciones tienen una √ļnica direcci√≥n. Admir√© al Ch√© Guevara y en Cuba llegu√© a relacionarme con Armando Hart, ministro de Cultura. Prologu√© la biograf√≠a de un pantera negra, Malcolm X, famoso ya en EEUU desde su emisi√≥n ‚ÄúEl odio que produce odio‚ÄĚ. Segu√≠ el triunfo sandinista y visit√© hace ya muchos a√Īos los centros comunales de los despose√≠dos zapatistas. Me enorgullezco de tener como amigo al ex montonero Miguel Bonasso y reconoc√≠ no hace mucho la cuesta de las Achupallas, donde el dictador Augusto Pinochet sufri√≥ un atentado a manos del FPMR y una especie de escalofri√≥ me recorri√≥ la espalda, al sentir el arrojo de aquellos militantes revolucionarios que despreciaron su vida para matar al tirano.

¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬† Asist√≠ en Arrasate al funeral de Txomin Iturbe, muerto en Argel en un accidente, y declarado dirigente de ETA en unas negociaciones que ese grupo realiz√≥ con el Gobierno espa√Īol. Tambi√©n al de Josu Muguruza en Bilbao, muerto por un grupo parapolicial en el hotel Alcal√° de Madrid. Hace un par de meses, asimismo, concurr√≠ a la representaci√≥n en el mon√°rquico Victoria Eugenia donostiarra de la obra ‚ÄúLa taberna fant√°stica‚ÄĚ del dramaturgo Alfonso Sastre. La actuaci√≥n, sobria y agradable, estuvo apadrinada por el Patronato de Cultura del Ayuntamiento socialista guipuzcoano. Leo, sin embargo, que el autor es un astuto etarra y me sorprende que su obra teatral haya sido permitida. Yo no tuve la culpa.

¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬† En fin, se√Īor√≠a. Mis relaciones antiguas y presentes son un c√ļmulo de esperpentos. Me he encontrado y relacionado con antisistemas, delincuentes, terroristas, inquisidores, revolucionarios y estafadores. En el extranjero, en mi pueblo, en mi barrio‚Ķ en mi familia. He contaminado y he sido contaminado. Mea culpa. Espero, por otro lado que usted los retir√© a todos de la arena pol√≠tica. De un plumazo. Aunque cuando lo haga, ¬Ņa qui√©n podr√© votar? Ya me dir√°.

Aresti y Aldecoa

Con Aresti sucede, a menudo, que tenemos una especie de mala conciencia y, en los aniversarios, le dedicamos ese reconocimiento que en vida no tuvo. No esta mal para nosotros, los vivos, que aplacamos as√≠ los remordimientos, aunque para el mundo de la nada, el suyo, no tiene mucha raz√≥n de ser. De Aldecoa, otro tanto. En fin… cosas de la vida.

 

Con la llegada del nuevo milenio se celebr√≥ el 25 aniversario de la muerte de Aresti. Poco m√°s de un mes antes, se ajustaron los 30 a√Īos de la muerte del gasteiztarra Ignacio Aldecoa. Ambos fueron contempor√°neos pero entre ellos, y a pesar de la √©poca, hay un sinf√≠n de abismos. Me quedo con uno de ellos que surgi√≥, precisamente, de los aniversarios.

 

Guardando el orden cronológico, se ha dicho que Aldecoa ha sido un escritor de posguerra. Sus textos están impregnados de un ambiente estricto y cansino, como el presente en el que estuvieron escritos. Me atrevería a decir que fueron párrafos del fatalismo. Sus personajes eran, en cualquier circunstancia, personajes del pasado, cargados de melancolías y perdidos en el anonimato de la vida. Dijeron que su estilo era el del realismo social.

 

Aresti, nacido ocho a√Īos despu√©s de Aldecoa, es la antitesis del gasteiztarra. Las diferencias no son s√≥lo de ocho a√Īos, que, desde la perspectiva parecen ocho siglos, sino las de idiomas, culturas y sociedades. Jam√°s se ha dicho que Aresti fuera un poeta de posguerra, como se dijo de Aldecoa, porque parece que en esa definici√≥n hay una indulgencia: ‚ÄúEl pobre no pudo escribir otra cosa‚ÄĚ. Jon Kortazar ha llegado a decir, sobre Aresti, que ‚Äúsu obra se dirigi√≥ contra el r√©gimen franquista‚ÄĚ. Tampoco pienso que fuera para tanto, es decir que tengamos que encasillarlo como un escritor exclusivamente pol√≠tico. Me quedo, para √©l, con el pensamiento de Koldo Izagirre: ‚ÄúAresti es una referencia obligada de la poes√≠a en euskara, una referencia tan importante como Iparragirre, que consigui√≥ una excepcional expresividad, adem√°s de conectar con el pueblo euskaldun en una √©poca de grandes contradicciones y confusi√≥n”.

 

Pregunta: ¬ŅQui√©nes son el Aldecoa y el Aresti de nuestros d√≠as?