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Espa√Īa y el perd√≥n

Recibo con alborozo el env√≠o e incursi√≥n del art√≠culo de √ďscar Rodr√≠guez, secretario general del grupo parlamentario Socialistas Vascos, titulado ‚ÄúEspa√Īa y el perd√≥n‚ÄĚ, en un diario progresista, lo que me lleva a la impresi√≥n de que el cierre de medios de comunicaci√≥n ha pasado a la historia y, por el contrario, nos encontramos en una √©poca de extensi√≥n democr√°tica. No as√≠ con el contenido del mismo, que me parece, y no me voy a andar con rodeos, un insulto a la inteligencia.
√ďscar Rodr√≠guez encadena una tras otra dos cuestiones. La primera la de la construcci√≥n de la realidad. Las respuestas lo son a las preguntas que s√≥lo √©l ha construido. Y la segunda, la de los falsos silogismos, un ejercicio tan viejo como la vida misma y muy de moda entre los que entienden la pol√≠tica de una manera restrictiva. √ďscar es feo, √ďscar es socialista, luego todos los socialistas son feos. No es cierto que todos los socialistas sean feos, y lo sabemos desde Arist√≥teles.
La cuesti√≥n de la petici√≥n de perd√≥n a Gernika por el bombardeo que sufri√≥ en 1937 no es, tal y como dice usted, se√Īor √ďscar, ‚Äúdelirante‚ÄĚ, ‚Äúde l√≥gica absurda‚ÄĚ, ‚Äúdisparate‚ÄĚ, ‚Äúfuera de justicia‚ÄĚ, etc. Herzog, el presidente alem√°n, lo hizo en 1997. Y, por ello, no fue encerrado en un manicomio. David Cameron acaba de pedir perd√≥n por el Blody Sunday, el papa por los abusos sexuales de sus ministros, etc. Pedir perd√≥n, atributo de cristianos, musulmanes, pacifistas y otros grupos ideol√≥gicos, no es sin√≥nimo de desvar√≠o.
No puede poner usted una argumentaci√≥n como √©sta en su titular: ‚Äúcualquiera que lea con rigor los libros de historia‚ÄĚ, para luego derivar con una serie, como he dicho, de falsos silogismos. La lectura hecha con rigor no es distintivo de nada, si el libro de historia es una mentira ramplona. Pongamos por caso que el libro le√≠do es de Salas Larrazabal o P√≠o Moa, por ejemplo. Ya me dir√°.
Hechas estas apreciaciones previas, me gustar√≠a se√Īalarle algunos errores muy de bulto en su argumentaci√≥n. Primero. En 1937, cuando el bombardeo de Gernika, hab√≠a no uno sino dos gobiernos. Uno republicano y otro fascista. Ambos en el Pa√≠s Vasco, al igual que en Espa√Īa. Finalmente, como es sabido, el fascista triunf√≥ y sigui√≥, al menos, hasta la muerte del dictador en 1975. Espa√Īa, por cierto, no se qued√≥ sin gobierno, fuera de su gusto o no.
Segundo. Se√Īala que ‚Äúel actual Gobierno de Espa√Īa es heredero del Gobierno de la Rep√ļblica‚ÄĚ. Perm√≠tame que discrepe. Los s√≠mbolos del Estado que gobierna, valga la redundancia, son los franquistas (bandera, himno, moneda hasta la llegada del euro, etc.). Las Cortes franquistas votaron su transformaci√≥n y provocaron un proceso de ‚ÄúReforma‚ÄĚ del Estado, que no de ‚ÄúRuptura‚ÄĚ. Y la mayor es evidente: Monarqu√≠a y Rep√ļblica. Un Borb√≥n, lo sabr√°, con parte de su biograf√≠a muy ligada a Franco y los suyos, es el jefe del Estado espa√Īol, nada que ver con la Rep√ļblica.
La tercera y √ļltima de las cuestiones que me resulta dif√≠cil de digerir es la de la Invasi√≥n en 1936. Cr√©ame que soy un lector empedernido y no he encontrado semejante argumento en esos libros de historia a los que usted tambi√©n parece haber consultado. Fue, efectivamente, una guerra civil. Pero descompensada. No puede ser m√°s que una frase de mal gusto eso de que ‚Äúa lo mejor las instituciones vascas tuvieran que pedir perd√≥n por el apoyo de muchos vascos al levantamiento franquista‚ÄĚ.
El fascismo, a√ļn existiendo, fue minoritario entre los vascos. Hubo ministros vascos franquistas y conserjes de escuela, sin duda. Como hoy en d√≠a hay un buen n√ļmero de herederos de aquellos matarifes que, adem√°s, se jactan de ello chulescamente. Entonces recibieron el apoyo, nada despreciable, de Hitler y Mussolini, entre otros. Sin ellos, quiz√°s el resultado hubiera sido distinto. Ciencia ficci√≥n. Hubo una invasi√≥n de una ideolog√≠a ajena y de un Ej√©rcito que la impuls√≥.
Result√≥, y no fue casualidad, que a partir de entonces, todos los viejos fantasmas de un Estado acomplejado en el Pa√≠s Vasco, con deudas de siglos, explotaron con la victoria del franquismo. Prohibi√≥ el euskara hasta en las l√°pidas de los cementerios (si eres espa√Īol habla en espa√Īol), consider√≥ al ‚Äúseparatismo vasco‚ÄĚ como el peor de los pecados, envi√≥ al ‚Äúautonomismo‚ÄĚ a presidio, clausur√≥ ikastolas, cerr√≥ todos los medios de comunicaci√≥n que no le eran afines e incluso minti√≥ sobre qui√©n hab√≠a ordenando la destrucci√≥n de Gernika.
La impresi√≥n de la invasi√≥n no lleg√≥ con la guerra. Navarros, por cierto, estaban en la vanguardia del Ej√©rcito franquista que asedi√≥ el Bilbao republicano. Forzados. Hoy sabemos que la mitad de los navarros muertos en el bando franquista eran republicanos. El que desertaba era ejecutado. La impresi√≥n de la invasi√≥n lleg√≥ con el cambio de nombre a las calles, con el paseo de la Virgen del Roc√≠o por la capital vizca√≠na y el secuestro de la de Bego√Īa. La invasi√≥n lleg√≥ con la designaci√≥n de Gernika para celebrar el D√≠a de la Raza (espa√Īola), con el ‚Äúregalo‚ÄĚ de todos los trofeos que hab√≠a conseguido el Athletic al tirano.
Espa√Īa era un imperio que alardeaba de ello. De sus conquistas, de sus invasiones por todo el mundo. ¬ŅQui√©n que no comulgara con el r√©gimen fascista se iba a sentir, en este peque√Īo pa√≠s, de otra forma que invadido? Yo tuve esa sensaci√≥n como otros muchos cuando, medios que sobrevivieron a la muerte de Franco, nos defin√≠an como ‚ÄúViejo pa√≠s de arraigada catolicidad que con sencillez patriarcal y primitiva y arresto joven sinti√≥ comunidad de destino con los otros pueblos de Espa√Īa‚ÄĚ. ¬ŅQu√© nos ha dado Espa√Īa en estos √ļltimos a√Īos para sobreponernos a la dictadura? Usted, tendr√°, sin duda, la respuesta. Yo tambi√©n.
En fin, me podría alargar sobremanera con datos y situaciones de sobra conocidos. No lo voy a hacer. Podría, asimismo, destripar sus frases para evidenciar contradicciones, incluso abrir la puerta a la expresión de ese filósofo vasco que no quiere citar (Savater si no estoy equivocado) y que deja un cierto tufillo a colonia, no de perfume por cierto, sino de metrópoli. No lo voy a hacer, como digo, porque me molesta más lo que no dice que lo que dice.
El olvido de las v√≠ctimas del franquismo del que hace gala su grupo, tanto en los gobiernos auton√≥micos como en el central, es una afrenta que me llega hasta los huesos. Me estremece. Y, desgraciadamente, el argumento que utiliza es el mismo que repite para negar el perd√≥n a Gernika: ‚Äúnosotros no fuimos‚ÄĚ. Lo s√©. Lo sabemos. Pero se√Īor √ďscar, usted no est√° en un patio de recreo, sino en tareas de gobierno, representando a un Estado que tiene deudas contra√≠das. Deudas gigantescas incluso con gentes de su propio partido al que han lanzado al agujero del olvido. Son cobardes porque saben que la derecha con la que aqu√≠ gobiernan no se anda con chiquitas. En 1936 les diezm√≥. ¬ŅVolver√≠an a hacerlo? Tambi√©n s√© la respuesta.
Me duele sobremanera que despreciara a quienes buscan la reparaci√≥n del bombardeo de Gernika, o de las victimas del franquismo, simplemente porque muchos de ellos no se sientan espa√Īoles. O siquiera liberales, o de derechas. Me duele que el peso siga cayendo del mismo lado un a√Īo tras otro, como una losa que finalmente acabar√° con el recuerdo y la ilusi√≥n de los nuestros, por excelencia. Como sucedi√≥ con los j√≥venes que murieron en Cuba defendiendo el imperio espa√Īol, como los que murieron en Sidi-Ifni o en los hornos de Mathausen. Y que, gracias a esas pol√≠ticas inexistentes de memoria, hayan desaparecido de la historia y, en cambio, los generales que les llevaron a aquella locura que se llamaba Espa√Īa sigan lustrando de bronce parques y alamedas.
No le molesto m√°s. Quiz√°s he sido demasiado ardiente en mi exposici√≥n y me he andado por las ramas. Es probable. Para remediarlo y que me entienda le contar√©, brevemente, algo que me ha ocurrido recientemente. Hace ahora un a√Īo particip√© en la investigaci√≥n y exhumaci√≥n de 7 fusilados republicanos enterrados en las cercan√≠as del Puente de Hierro de Donostia. Unos d√≠as despu√©s, un grupo de familiares me invit√≥ al acto de homenaje en el mismo lugar del crimen. El acto, sin embargo, fue entorpecido por agentes auton√≥micos que impidieron el acceso a numerosas personas. Los previsores pudimos llegar y yo mismo hice uso de la palabra. Con nostalgia, no lo pude evitar. Hace unas semanas lleg√≥ la multa, desde el departamento de Interior. Y suspir√© por la insensibilidad ajena, la del poder, la del Gobierno.
¬ŅEntiende ahora lo que le quiero transmitir?

Reconocimiento social

Concurr√≠an los √ļltimos a√Īos del dictador y, a pesar de que el r√©gimen se mostraba m√°s fiero y grave que nunca, al menos con los vascos, su memoria temblaba. Los art√≠fices de la dictadura, no s√≥lo el jefe sino toda una corte de aduladores y, como dec√≠amos entonces, ‚Äúchup√≥pteros‚ÄĚ, se hab√≠an pasado a√Īos y a√Īos calzando las sandalias al recuerdo de los suyos y prohibiendo sistem√°ticamente el de los dem√°s.
Han pasado muchos a√Īos, pero las formas me vienen como flashes repetidos en las noticias de los √ļltimos d√≠as: quiebra del menhir y el cr√≥nlech que notifica del centro geogr√°fico de Euskal Herria, rotura de la placa que recuerda a un m√©dico torturado y fallecido a continuaci√≥n, limpieza a conciencia de s√≠mbolos espa√Īoles en Navarra que llevaban medio siglo comidos por la vegetaci√≥n‚Ķ la reacci√≥n tiene prisa en definir sus mitos, como si el mundo acabara ma√Īana.
La memoria espa√Īola de la √ļltima √©poca franquista se estremec√≠a y, en consecuencia, jugaba como si el sedimento social fuera cosa impositiva, es decir que con tres o cuatro flechazos iba a lograr un reconocimiento que no exist√≠a. Recuerdo que a las publicaciones sobre la verdad del bombardeo de Gernika, le sigui√≥ una convocatoria del D√≠a de la Raza (espa√Īola) en la villa vizca√≠na, presidida por el entonces pr√≠ncipe J. C. Borb√≥n. Poco despu√©s, Augusto Unceta, hoy v√≠ctima del terrorismo, le regal√≥ a Franco la medalla de oro y brillantes de Gernika.
En esos estertores de la dictadura me llam√≥ la atenci√≥n, sobremanera, ese homenaje a los muertos y v√≠ctimas franquistas de los cuatro territorios vascos peninsulares que organiz√≥ Manuel Urbizu, alcalde de Zegama, intentando marcar su h√°bitat y, de paso, el de los dem√°s. Meses antes de la muerte del innombrable, la inteligencia homenajeaba a los que consider√≥ deber√≠an pasar a la posteridad como s√≠mbolo del vasco-espa√Īolismo: Ramiro Maeztu y V√≠ctor Pradera, ambos muertos por grupos republicanos en 1936.
En esta oleada de homenajes casi póstumos, hasta las cooperativas vascas, tan de la tierra, tan arraigadas con el entorno, distinguían a Licinio de la Fuente, ministro de trabajo de un Gobierno filo-fascista. Un grave error. Porque los homenajes, las reparaciones, eran humo. Debajo de toda esa capa de pompa y boato se encontraba el abismo. La sociedad vasca estaba hasta el gorro de falsos testimonios.
En febrero de este a√Īo se han cumplido 30, exactamente, de uno de los viajes m√°s ins√≥litos que he conocido en la historia de mi pa√≠s. Tras las investigaciones de algunos aficionados a historiadores, ante la pasividad de los titulares, y junto a la iniciativa de familiares de victimas navarras de 1936, se organiz√≥ una partida de dos autobuses. Los promotores conoc√≠an el destino, pero no qu√© iba a suceder. Y el destino era uno de los lugares m√°s t√©tricos de nuestros vecinos espa√Īoles, el llamado Valle de los Ca√≠dos, antes Cuelgamuros.
Result√≥ que en 1959 hab√≠an llegado al gran osario de la sierra madrile√Īa 144 restos humanos, procedentes de Aber√≠n, Arandigoien, Ayegui, Cadreita, Iru√Īea, Milagro, Murillo, Ribaforada y Tudela. Se trataba de sindicalistas y militantes republicanos que hab√≠an sido fusilados en 1936, de forma clandestina, y enterrados en fosas a la vera del camino.
En 1959, el ministerio de Gobernaci√≥n espa√Īol, predecesor del de Interior, cometi√≥ una de las mayores fechor√≠as de las que se ha tenido conocimiento. Puesto que el mausoleo ideado por Franco no pudo rellenarse con los cad√°veres de los combatientes franquistas, el r√©gimen decidi√≥ que lo har√≠a con los republicanos que hab√≠a fusilado y escondido en las cunetas.
En 1980, las familias de los navarros afectados supieron de la tropel√≠a y alquilaron los dos autobuses que les llevaron a Cuelgamuros. Volvieron con los restos de los suyos. En un acto ins√≥lito. Jam√°s alguien ha podido repetir aquella haza√Īa. Los restos estaban mezclados, pero no importaba. Recuperaban las esperanzas y las ilusiones, aunque tambi√©n, no hay porque negarlo, las pesadillas.
Vivos y muertos regresaron como h√©roes. En la catalogaci√≥n moderna, los expertos anuncian una y otra vez que verdad, justicia y reparaci√≥n son los objetivos de la deuda de la sociedad con las v√≠ctimas. Los navarros que viajaron al Valle de los Ca√≠dos fueron victimas, de la infamia y del Estado. No conocieron la verdad y adem√°s fueron enga√Īados. La justicia pas√≥ de lado, la de los fascistas fusil√≥ a sus padres. Y reparaci√≥n‚Ķ ni una peseta, ni un euro. Es m√°s, la b√ļsqueda de los suyos les aliger√≥ los bolsillos.
Pero tuvieron Reconocimiento Social. De lo que jam√°s hablan ONGs u organismos de derechos humanos. Algo intangible, que pertenece a la colectividad, pero que alivia penas y levanta admiraciones. Vali√≥ la pena. Reconocimiento a su sufrimiento, a sus idas y venidas, a su desasosiego, a las vejaciones que han sufrido durante a√Īos por parte de un Estado prepotente, alineado con los verdugos, insolente con las v√≠ctimas e insensible a cualquier atropello que ponga en entredicho la solidez democr√°tica de sus instituciones.
En cambio, las v√≠ctimas de la Rep√ļblica, como las del terrorismo, encontraron la verdad. Tuvieron su Causa General, inducida o falseada a veces, pero la vieron descrita al detalle. Hubo justicia, con muchos matices, porque a estas alturas sabemos de sobra que los que la impartieron eran parte del problema, actores interesados. Y, sobre todo, reparaci√≥n. Antes, las v√≠ctimas recib√≠an estancos, puestos en la Polic√≠a Municipal, prebendas de todo tipo. Desde hace unos a√Īos, otras victimas han sido resarcidas con grandes cantidades econ√≥micas.
Pero no han tenido ese Reconocimiento Social que ahora buscan denodadamente desde las alturas, a golpe de porra si hace falta. Y ese Reconocimiento Social lo tienen otros que ellos, desde sus posiciones de Estado, deprecian eternamente, desde siempre y en todas las épocas, invariablemente.
Ahí surge el conflicto.
Y determinadas víctimas no tienen Reconocimiento Social porque la falta de credibilidad de su trayectoria o de quienes la apoyan no tiene bases sólidas. Así es imposible que surja espontáneamente un soporte social.
El √ļltimo ejemplo es palmario. ¬ŅPor qu√© agentes auton√≥micos retiran los carteles de recuerdo por Gladis del Estal, muerta hace 31 a√Īos por un guardia civil, agente del Estado? El objetivo es, evidentemente, limpiar la mancha del Estado, dejar inmaculada su actuaci√≥n. Y genera, justamente lo contrario. Ese sentimiento, como hace 30 o 70 a√Īos, de que los aparatos del Estado hacen lo que les viene en gana, incluso niegan y esconden sus propios cr√≠menes.
El ejemplo posterior quiz√°s sirva para ilustrar mis impresiones a quienes tengan algunos a√Īos m√°s. En el a√Īo de 1942 un resistente vasco, m√©dico de Gasteiz y de nombre Luis √Ālava, fue fusilado en Madrid. Hab√≠a sido acusado de recoger informaci√≥n de los movimientos fascistas en el Pa√≠s Vasco y trasladarlos a los Aliados contra Hitler durante la Segunda Guerra mundial.
Aquel proceso fue el paradigma de dos sistemas enfrentados a muerte: el fascismo contra la democracia. La √©poca de los campos crematorios. Las cunetas, la muerte a paladas. Luciano Conde-Pumpido era entonces magistrado. Tal y como aparece en la documentaci√≥n recuperada del proceso del resistente, Conde-Pumpido firm√≥ la sentencia a muerte de un compungido Luis √Ālava. Su nieto, C√°ndido, dirige la Fiscal√≠a General del Estado. ¬ŅQu√© credibilidad tiene un Estado asentado en una historia semejante?
El recorrido de Emilio √Ālava, el hermano de Luis, fue diferente. Deportista de elite, en 1952 qued√≥ segundo defendiendo los colores espa√Īoles en una de las competiciones de tiro en las Olimpiadas de Helsinki. Desde entonces honor y gloria. Un club deportista lleva su nombre en Gasteiz. Vayan a la hemeroteca de ABC y lean los piropos que le lanzan. Luis, en cambio, no tiene siquiera un nombre en el callejero gasteiztarra. Un Conde-Pumpido cort√≥ sus alas.
En este magma ambiental e hist√≥rico, el Reconocimiento Social se ha convertido en la √ļnica respuesta que nos queda a infamias, tradiciones e injusticias. La verdad nos la robaron. En la justicia no podemos confiar, a nuestro pesar. Y la reparaci√≥n ya la encontraremos. El reconocimiento al coraje, luchas y proyectos de tantas y tantos compa√Īeros es nuestro valor a√Īadido. Que es, precisamente, la identificaci√≥n con su trayectoria.