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Gullermo Ichua

Trabajaba en el Balneario de Urberuaga de maletero, desde que era un cr铆o. En su juventud, una viruela negra le dej贸 ciego y, por eso, colegas y clientes del establecimiento de Aguas Termales le conoc铆an con el apodo de Ichua (hoy escrito Itsua). Algunos sab铆an que se llamaba Guillermo y nadie ten铆a conocimiento de su apellido. Hab铆a llegado al mundo en la villa de Markina y hablaba un castellano rampl贸n y tan plagado de errores que a los clientes les hac铆a gracia.
Guillermo Ichua, que reparti贸 su vida entre las 煤ltimas d茅cadas del siglo XIX y las primeras del XX, conoc铆a los alrededores de Urberuaga como la palma de su mano. Puesto que una vez hab铆a sido vidente, reconoc铆a a la gente por el sonido de sus zapatos, el eco de su voz e incluso, por intuici贸n. Ol铆a la llegada de la lluvia y se enternec铆a cuando de lejos percib铆a el murmullo de la trikitrixa.
En cierta ocasi贸n, en fiestas del Carmen como las que se celebran ahora en numerosos pueblos y barrios de nuestro pa铆s, el balneario se vaci贸 porque los veraneantes se dirigieron a Markina, a disfrutar de sus limonadas y sus partidos de pelota. Un grupo de se帽oritas rezagadas acudi贸 al gerente, entonces Rafael Alonso, para que un coche les llevara a la villa de la cuenca del Artibai y, el propietario, sin ning煤n tipo de indecisi贸n, le llam贸 a Ichua para que hiciera de cochero.
Las j贸venes volvieron al atardecer al balneario encantadas de la excursi贸n, cuando una de ellas se percibi贸 de la ceguera de Guillermo: 鈥溌anto Dios, hemos viajado conducidas por un ciego!鈥, dicen que grit贸 la se帽orita. A lo que Ichua, que ten铆a un gran desparpajo, respondi贸: 鈥淪i, se帽ora, y guiados mucho mejor que otros que tienen buena vista鈥.
Este y otros episodios hicieron sospechar a los paisanos que Guillermo Ichua no era ciego del todo, o que en algunas 茅pocas percib铆a ciertos rayos de sol, o que su memoria era prodigiosa y recordaba con detalle todos los caminos y vericuetos que conoc铆a antes de que la viruela negra hiciera estragos en su organismo. Yo, que no me relacion茅 con Ichua, entre otras razones porque nac铆 bastante despu茅s de que 茅l hubiera muerto, pienso que m谩s bien, se hac铆a el ciego. Es s铆, con mucho estilo.
La herencia de Guillermo Ichua ha estado tan extendida que por eso me he tomado la molestia y el empe帽o en recordar, aunque muy someramente, su figura. Un personaje simp谩tico, sin duda. Entre la picaresca y el enga帽o.
Las cegueras aparentes, sin embargo, no se enquistaron en el sanatorio de Urberuaga y en la persona de Ichua. Volaron en el tiempo hasta nuestros d铆as, y anidaron entre nosotros, como un cuco invasor. Esta sociedad, y cuando m谩s arriba de la pir谩mide la proporci贸n se multiplica, muestra su ceguera un d铆a s铆 y otro tambi茅n, en un gran ejercicio de hipocres铆a. Vemos lo que ocurre a nuestro alrededor y actuamos como ciegos. Pero, en realidad, vemos.
Jos茅 Saramago, recientemente fallecido, construy贸 un elogio a la ceguera, una f谩bula gigante de una sociedad que va siendo minada por un virus maligno que, poco a poco, va sumiendo a los vecinos en el mundo de las tinieblas. Quiz谩s sea demasiado atrevido en mi afirmaci贸n, pero sospecho que Saramago pretend铆a convencernos, con su elogio, que la ceguera no era un recurso literario, sino m谩s bien una cuesti贸n pol铆tica, quiz谩s sociol贸gica.
Herman Hesse hab铆a ido probablemente m谩s lejos al recrear la rebeli贸n de un grupo de ciegos, internos en un hospital, que intentaron opinar sobre los colores. La escenificaci贸n de la insurrecci贸n de los ciegos, a quienes por cierto el jefe del hospital acus贸 falsamente de llevar una camisa de color rojo, me recuerda a Rebeli贸n en la granja, de George Orwell, una cr铆tica feroz al estalinismo, donde, por una vez y al contrario que en los cuentos de hadas, los malvados son los animales y los ingenuos los humanos.
En la cercan铆a, la ceguera es un estadio tan extendido que, habitualmente, nuestros partidos, sindicatos y agentes pol铆ticos se acusan mutuamente de no ver la realidad. Quiz谩s haya parte de raz贸n en las acusaciones e intervenciones. Todos somos culpables y todos inocentes, en la misma medida aunque m谩s de uno me dir谩, con raz贸n, que en una y otra circunstancia, los niveles son notorios, incluso determinantes.
Pero no deseo llevar este art铆culo por esos caminos, sino enfilarlo hacia las veredas como las que hollaba Guillermo Ichua de quien todo el mundo sospechaba que ve铆a y, a pesar de ello, era el ciego de Urberuaga. A esa hipocres铆a social tan extendida que apenas deja hueco a la duda. Esa hipocres铆a social reflejada en todo lo que sabemos de sobra.
La lista se me antoja enorme y, despu茅s de hacer un peque帽o resumen, me quedo con algunos de los especialmente difundidos. Creo que, adem谩s son compartidos por la mayor铆a, independientemente de ser lectores de Saramago, Orwell o Hesse.
Porque todos sabemos que las elecciones no son libres, que en las comisar铆as los malos tratos est谩n a la orden del d铆a, que en la familia real son ligeros de cascos y que el celibato impuesto a los agentes de la iglesia crea monstruos. Y, a pesar de ello, nos dicen que el sistema electoral es irreprochable, que las sedes policiales son limbos inmaculados, que los borbones son ejemplo de familia y, para terminar, que los curas pederastas son excepci贸n.
Ceguera inducida, hipocres铆a supina.
Sabemos, por descontado, m谩s a煤n desde la sentencia del Tribunal Constitucional espa帽ol a cuenta del Estatuto de Catalu帽a, que los pilares de la democracia espa帽ola est谩n anclados en lo m谩s rancio del franquismo y de sus instituciones seculares. Sabemos que precisamente esa democracia tan alardeada es una gran excepci贸n en la Historia de Espa帽a y que durante cientos de a帽os, los modelos de gesti贸n pol铆tica han sido totalitarios y excluyentes. Y, a pesar de que hasta los m谩s fachas reivindican ese pasado absolutista los ciegos nos presentan un escenario pretendidamente tolerante.
Y, tal y como Slavoj Zizek nos lo explica en su Elogio de la intolerancia, que no de la ceguera, las pol铆ticas expansionistas (en su caso analiza la de Israel), se basan en el victimismo. El caso de EEUU y su explotaci贸n del 11-S es el modelo. El espa帽ol, con respecto a las del terrorismo, paradigm谩tico. No deja de ser un s铆ntoma que temas tan dispares como desarrollo auton贸mico, tortura, mapa viario o normalizaci贸n ling眉铆stica dependan de ese paraguas que se llama Lucha Antiterrorista.
Sabemos, tambi茅n, que el capitalismo privatiza los beneficios y socializa las p茅rdidas, que crea pobreza, hambre y, nuevamente, exclusi贸n. Sabemos que el capitalismo es, por definici贸n, corrupto, fraudulento y que todos los que han hecho fortuna a trav茅s de sus v铆as marcadas son, en realidad, ladrones. De guante blanco o de guante negro, pero siempre ladrones. Y, sin embargo, las loas, las mentiras y, sobre todo, su apoyo medi谩tico (el empresario se paga su propia campa帽a de imagen con sudor ajeno), nos lo presenta como el 煤nico escenario posible.
Sabemos que los medios de comunicaci贸n, precisamente, est谩n, en una mayor铆a aplastante, al servicio de proyectos generalmente econ贸micos. Trasnacionales. Que la mitad de lo que cuentan es pura propaganda, cuando no publicidad encubierta, y mucho del resto inter茅s en crear una opini贸n determinada. Y, sin embargo, nos largan monsergas de 茅tica, abundan en conferencias sobre moral y crean foros culturales. Como si no supi茅ramos, del primero al 煤ltimo de los mortales, que todo es un camelo.
Guillermo Ichua fue un hombre de su tiempo, un c谩lido personaje que ve铆a personas, olas y nubes a pesar de su ceguera. Un vidente con pretensiones de ciego. M谩s de cien a帽os despu茅s, los Ichua se han convertido en una plaga, en un ej茅rcito humano como ariete al cambio, a la sombra de esa reflexi贸n de Erasmo que a帽ad铆a que ceguera era sin贸nimo de locura y de demencia. Esperemos no haber llegado a tanto.

I need Spain

Hac铆a unos meses que me hab铆a jubilado y, tras la muerte de mi esposa y la marcha de mi hija, que ya me hab铆a hecho abuelo, decid铆 recorrer Europa, con tranquilidad, reconociendo que quiz谩s fuera el 煤ltimo viaje de mi vida. Cruc茅 el oc茅ano, desde Santiago de Chile, con el prop贸sito oculto de encontrar el origen de mi apellido, Achega, que seg煤n me hab铆an dicho proven铆a de Espa帽a, de su regi贸n vascongada, para m谩s se帽as.
Recorr铆a yo las calles y canales de 脕msterdam, ahora revueltas con el tema del mundial de f煤tbol y el 茅xito de la selecci贸n holandesa, cuando encontr茅, en un escaparte de la calle Prins Hendrikkade, a la derecha de la Iglesia de San Nicol谩s, un cartel que me llam贸 la atenci贸n. El d铆a estaba plomizo, el viento del mar apenas ingresaba por los diques de contenci贸n y la luz cegaba los ojos de los transe煤ntes. El escaparate ten铆a un peque帽o toldo que ofrec铆a una sombra al paseante, as铆 que me acerqu茅 a observar el cartel.
El anuncio llamaba la atenci贸n. Sobre un fondo azul y verdoso, del color que ha tomado recientemente para su nuevo logo una caja de ahorros vasca, seg煤n supe m谩s adelante, se alzaba la entrada de un caser铆o centenario. Un caser贸n vasco. Frente a su fachada, un muchacho, fortach贸n y tocado de una gorra de mielero, echaba un trago de agua del botijo que alzaba. Un par de cerdos, de pata negra como los de Guijuelo, acompa帽aban a la escena. Del portal贸n, colgaba un letrero visible con la siguiente leyenda: 鈥淏ienvenido a Carpetovetonia. Gure etxea es la de ustedes tambi茅n鈥. Una estampa de tipismo.
La caseta del perro estaba adornada con los colores rojo y amarillo, supongo que debido a que, en esta sociedad globalizada, el aldeano del botijo ser铆a forofo del equipo de f煤tbol del Galatasaray. Un contraste inteligente que incorpora a los pa铆ses m谩s desfavorecidos en las escenas de los m谩s equilibrados. La ponderaci贸n crom谩tica del cartel me pareci贸 soberbia, m谩s a煤n cuando semejante escenario estaba ornado con una leyenda con letras en oro: 鈥淚 need Spain. Hollidays in Bilbao, Vitoria, San Sebastian, Burgos and Logro帽o. The north麓s toreros鈥.
La curiosidad es parte de nuestra vida, as铆 que entr茅 en el establecimiento, una vieja tienda dedicada al turismo, pensando que, quiz谩s por fin, pudiera encontrar una respuesta a mi origen. Por lo que sab铆a, Bilbao era la ciudad de los vascos. Un aroma a fragancia, a flor de azahar, me invadi贸 de pronto. El ambiente estaba a mi favor. Mi holand茅s no es muy fluido, as铆 que con unas palabras bien encauzadas en ingl茅s pude entenderme.
Sal铆 media hora despu茅s con un billete de avi贸n para 24 horas m谩s tarde, con destino a Bilbao. La ilusi贸n se me dibuj贸 en el semblante. Estaba m谩s feliz que unas casta帽uelas. Por fin iba a tener la oportunidad, gracias precisamente a una campa帽a del Gobierno Vasco, de conocer la patria chica de mis antepasados espa帽oles. Apenas pude conciliar el sue帽o esa noche.
Eran las 11 de la ma帽ana del d铆a siguiente cuando aterrizaba en el aeropuerto de Bilbao, en Lujua. Una magn铆fica estructura, como esa gaviota que simboliza uno de los dos partidos pol铆ticos espa帽oles, esperaba a nuestro aparato, un Airbus de 煤ltima generaci贸n. El d铆a era magnifico, nada que ver con la lluvia que me hab铆a augurado el comerciante holand茅s.
Una pareja de la Guardia Civil me salud贸 efusivamente, nada m谩s descender del avi贸n, y cuando se帽al茅 el objeto de mi viaje, me acompa帽aron a una oficina en la que me regalaron un kit con productos del pa铆s. Creo que ni siquiera se molestaron en comprobar mi pasaporte. Luego tuve la oportunidad de observar, ya en el hotel, la bolsa de bienvenida: un chorizo, dos polvorones, una botella en miniatura de vino seco, una banderita espa帽ola con los colores de la regional en el reverso, por cierto parecida a la inglesa, y un cd con canciones de un cantautor del pa铆s. A煤n no lo he escuchado pero s茅 que se llama Manolo Escobar. Seguro que me gustar谩.
En el hotel, en una de los lados de la Gran V铆a, recibir铆a una serie de atenciones que jam谩s olvidar茅. Pusieron a mi disposici贸n toda una serie de folletos explicativos de la historia de este pueblo honesto y trabajador, el sudor de sus obreros venidos de los 煤ltimos rincones de Espa帽a a levantar su econom铆a, aquellos grandes marinos que engrandecieron la historia de los nobles reyes espa帽oles y sobre todo, el buque insignia, un equipo de f煤tbol, el Athletic, compuesto exclusivamente por once rudos jugadores de impecable pedegree espa帽ol. Demostrando que la raza, sin malear, no se descompone.
La t铆pica comida vasca, moderna como sus cocineros que se han encallecido en los fogones de medio mundo, es una mezcla de combinaciones muy atrevidas. Callos, cocido, cordero y magras, junto a los productos cl谩sicos del mar, pulpo, flet谩n o bonito, por supuesto del norte, mezclados con hierbas y brebajes que estos magos de la mesa guardan en lo m谩s rec贸ndito de su armario. Estos secretos pasan de madres a hijas, de padres a hijos, como el elixir de la juventud que destila este maravilloso pueblo.
Por las calles del viejo Bilbao, se puede saborear el sano esp铆ritu de camarader铆a que reina entre los vascos, el apego a sus tradiciones y a su cultura, las canciones en boga entre los m谩s viejos, como ese 鈥淒esde Santurce a Bilbao鈥 que escuch茅 en una tasca repleta de tapas y trofeos taurinos. Como dijo Santiago Est茅vez, 鈥渓a grandeza de la Espa帽a moderna y de sus gestas naci贸 en Bilbao鈥.
Un simp谩tico taxista ind铆gena, con sombrero cordob茅s y una medalla de la Virgen del Roc铆o, me dej贸 en la Plaza Moyua. Descend铆 y entr茅 en el Gobierno Civil, cuna de las libertades hist贸ricas vascas, donde un condescendiente funcionario acudi贸 de inmediato en mi ayuda. 鈥淕ood morning鈥, me dijo, sin duda confundido por mis cabellos largos y, aunque canosos, a煤n rubios. Me gust贸 la destreza del funcionario, su conocimiento de idiomas y su elegancia. 驴Qu茅 m谩s puede pedir un extra帽o que busca a sus antepasados?
Expuse mi caso con detalle, las dudas que me asaltaban sobre el origen del apellido Achega y cosas por el estilo. Y el funcionario, diligente como he dicho donde los haya, me deriv贸 a los archivos de la Iglesia, instituci贸n dif铆cil de comprender sin el apoyo de los vascos, fieles servidores de Dios y su Ley. Durante a帽os, centenares de misioneros y santos vascos han recorrido el mundo catequizando y cristianizando infieles.
Y gracias a la ayuda del clero supe que, seg煤n las 煤ltimas investigaciones ling眉铆sticas, mi apellido no ser铆a Achega sino, en origen, Lechuga. Con el tiempo, y seg煤n los profesores universitarios m谩s refutados, muchos apellidos con clara cacofon铆a hispana se fueron haciendo extra帽os, sobre todo los que sobrevivieron en Am茅rica, al pairo de un apuntador que escrib铆a lo que o铆a cuando desembarcaban los emigarntes del barco que les hab铆a dejado en el Nuevo Mundo.
Volv铆 a la sede del Gobierno Civil y con una determinaci贸n encomiable, los funcionarios del centro, se ofrecieron voluntariamente a cambiarme mi identificaci贸n y pasaporte, a帽adiendo mi verdadero apellido, descubierto gracias a esa visi贸n que tuve aquella ma帽ana, paseando por una calle perdida de 脕msterdam. Ahora iba a ser un ciudadano m谩s honorable a煤n, con un ostentoso 鈥淕enaro Lechuga鈥 en la primera p谩gina del pasaporte. Un Genaro Lechuga, de ascendencia espa帽ola, sana y regionalmente vascongada, que ya pod铆a codearse con cualquiera.
Todo eso gracias a esos anuncios que, estrat茅gicamente, hab铆a colocado el Gobierno Vasco por Europa: 鈥淚 need Spain鈥. Ya solo falta que, a la vuelta, en mi escala prevista en Londres, tuviera la fortuna de encontrarme con Mister Bean, el actor que encarna las esencias de la Vieja Albi贸n. Mister Bean o lo que es lo mismo Mister Alubia y, yo el flamante y nuevo Mister Lechuga. Se que la Providencia propiciar谩 el encuentro. Y, por supuesto, les tendr茅 al corriente.

I need Spain

Hac铆a unos meses que me hab铆a jubilado y, tras la muerte de mi esposa y la marcha de mi hija, que ya me hab铆a hecho abuelo, decid铆 recorrer Europa, con tranquilidad, reconociendo que quiz谩s fuera el 煤ltimo viaje de mi vida. Cruc茅 el oc茅ano, desde Santiago de Chile, con el prop贸sito oculto de encontrar el origen de mi apellido, Achega, que seg煤n me hab铆an dicho proven铆a de Espa帽a, de su regi贸n vascongada, para m谩s se帽as.
Recorr铆a yo las calles y canales de 脕msterdam, ahora revueltas con el tema del mundial de f煤tbol y el 茅xito de la selecci贸n holandesa, cuando encontr茅, en un escaparte de la calle Prins Hendrikkade, a la derecha de la Iglesia de San Nicol谩s, un cartel que me llam贸 la atenci贸n. El d铆a estaba plomizo, el viento del mar apenas ingresaba por los diques de contenci贸n y la luz cegaba los ojos de los transe煤ntes. El escaparate ten铆a un peque帽o toldo que ofrec铆a una sombra al paseante, as铆 que me acerqu茅 a observar el cartel.
El anuncio llamaba la atenci贸n. Sobre un fondo azul y verdoso, del color que ha tomado recientemente para su nuevo logo una caja de ahorros vasca, seg煤n supe m谩s adelante, se alzaba la entrada de un caser铆o centenario. Un caser贸n vasco. Frente a su fachada, un muchacho, fortach贸n y tocado de una gorra de mielero, echaba un trago de agua del botijo que alzaba. Un par de cerdos, de pata negra como los de Guijuelo, acompa帽aban a la escena. Del portal贸n, colgaba un letrero visible con la siguiente leyenda: 鈥淏ienvenido a Carpetovetonia. Gure etxea es la de ustedes tambi茅n鈥. Una estampa de tipismo.
La caseta del perro estaba adornada con los colores rojo y amarillo, supongo que debido a que, en esta sociedad globalizada, el aldeano del botijo ser铆a forofo del equipo de f煤tbol del Galatasaray. Un contraste inteligente que incorpora a los pa铆ses m谩s desfavorecidos en las escenas de los m谩s equilibrados. La ponderaci贸n crom谩tica del cartel me pareci贸 soberbia, m谩s a煤n cuando semejante escenario estaba ornado con una leyenda con letras en oro: 鈥淚 need Spain. Hollidays in Bilbao, Vitoria, San Sebastian, Burgos and Logro帽o. The north麓s toreros鈥.
La curiosidad es parte de nuestra vida, as铆 que entr茅 en el establecimiento, una vieja tienda dedicada al turismo, pensando que, quiz谩s por fin, pudiera encontrar una respuesta a mi origen. Por lo que sab铆a, Bilbao era la ciudad de los vascos. Un aroma a fragancia, a flor de azahar, me invadi贸 de pronto. El ambiente estaba a mi favor. Mi holand茅s no es muy fluido, as铆 que con unas palabras bien encauzadas en ingl茅s pude entenderme.
Sal铆 media hora despu茅s con un billete de avi贸n para 24 horas m谩s tarde, con destino a Bilbao. La ilusi贸n se me dibuj贸 en el semblante. Estaba m谩s feliz que unas casta帽uelas. Por fin iba a tener la oportunidad, gracias precisamente a una campa帽a del Gobierno Vasco, de conocer la patria chica de mis antepasados espa帽oles. Apenas pude conciliar el sue帽o esa noche.
Eran las 11 de la ma帽ana del d铆a siguiente cuando aterrizaba en el aeropuerto de Bilbao, en Lujua. Una magn铆fica estructura, como esa gaviota que simboliza uno de los dos partidos pol铆ticos espa帽oles, esperaba a nuestro aparato, un Airbus de 煤ltima generaci贸n. El d铆a era magnifico, nada que ver con la lluvia que me hab铆a augurado el comerciante holand茅s.
Una pareja de la Guardia Civil me salud贸 efusivamente, nada m谩s descender del avi贸n, y cuando se帽al茅 el objeto de mi viaje, me acompa帽aron a una oficina en la que me regalaron un kit con productos del pa铆s. Creo que ni siquiera se molestaron en comprobar mi pasaporte. Luego tuve la oportunidad de observar, ya en el hotel, la bolsa de bienvenida: un chorizo, dos polvorones, una botella en miniatura de vino seco, una banderita espa帽ola con los colores de la regional en el reverso, por cierto parecida a la inglesa, y un cd con canciones de un cantautor del pa铆s. A煤n no lo he escuchado pero s茅 que se llama Manolo Escobar. Seguro que me gustar谩.
En el hotel, en una de los lados de la Gran V铆a, recibir铆a una serie de atenciones que jam谩s olvidar茅. Pusieron a mi disposici贸n toda una serie de folletos explicativos de la historia de este pueblo honesto y trabajador, el sudor de sus obreros venidos de los 煤ltimos rincones de Espa帽a a levantar su econom铆a, aquellos grandes marinos que engrandecieron la historia de los nobles reyes espa帽oles y sobre todo, el buque insignia, un equipo de f煤tbol, el Athletic, compuesto exclusivamente por once rudos jugadores de impecable pedegree espa帽ol. Demostrando que la raza, sin malear, no se descompone.
La t铆pica comida vasca, moderna como sus cocineros que se han encallecido en los fogones de medio mundo, es una mezcla de combinaciones muy atrevidas. Callos, cocido, cordero y magras, junto a los productos cl谩sicos del mar, pulpo, flet谩n o bonito, por supuesto del norte, mezclados con hierbas y brebajes que estos magos de la mesa guardan en lo m谩s rec贸ndito de su armario. Estos secretos pasan de madres a hijas, de padres a hijos, como el elixir de la juventud que destila este maravilloso pueblo.
Por las calles del viejo Bilbao, se puede saborear el sano esp铆ritu de camarader铆a que reina entre los vascos, el apego a sus tradiciones y a su cultura, las canciones en boga entre los m谩s viejos, como ese 鈥淒esde Santurce a Bilbao鈥 que escuch茅 en una tasca repleta de tapas y trofeos taurinos. Como dijo Santiago Est茅vez, 鈥渓a grandeza de la Espa帽a moderna y de sus gestas naci贸 en Bilbao鈥.
Un simp谩tico taxista ind铆gena, con sombrero cordob茅s y una medalla de la Virgen del Roc铆o, me dej贸 en la Plaza Moyua. Descend铆 y entr茅 en el Gobierno Civil, cuna de las libertades hist贸ricas vascas, donde un condescendiente funcionario acudi贸 de inmediato en mi ayuda. 鈥淕ood morning鈥, me dijo, sin duda confundido por mis cabellos largos y, aunque canosos, a煤n rubios. Me gust贸 la destreza del funcionario, su conocimiento de idiomas y su elegancia. 驴Qu茅 m谩s puede pedir un extra帽o que busca a sus antepasados?
Expuse mi caso con detalle, las dudas que me asaltaban sobre el origen del apellido Achega y cosas por el estilo. Y el funcionario, diligente como he dicho donde los haya, me deriv贸 a los archivos de la Iglesia, instituci贸n dif铆cil de comprender sin el apoyo de los vascos, fieles servidores de Dios y su Ley. Durante a帽os, centenares de misioneros y santos vascos han recorrido el mundo catequizando y cristianizando infieles.
Y gracias a la ayuda del clero supe que, seg煤n las 煤ltimas investigaciones ling眉铆sticas, mi apellido no ser铆a Achega sino, en origen, Lechuga. Con el tiempo, y seg煤n los profesores universitarios m谩s refutados, muchos apellidos con clara cacofon铆a hispana se fueron haciendo extra帽os, sobre todo los que sobrevivieron en Am茅rica, al pairo de un apuntador que escrib铆a lo que o铆a cuando desembarcaban los emigarntes del barco que les hab铆a dejado en el Nuevo Mundo.
Volv铆 a la sede del Gobierno Civil y con una determinaci贸n encomiable, los funcionarios del centro, se ofrecieron voluntariamente a cambiarme mi identificaci贸n y pasaporte, a帽adiendo mi verdadero apellido, descubierto gracias a esa visi贸n que tuve aquella ma帽ana, paseando por una calle perdida de 脕msterdam. Ahora iba a ser un ciudadano m谩s honorable a煤n, con un ostentoso 鈥淕enaro Lechuga鈥 en la primera p谩gina del pasaporte. Un Genaro Lechuga, de ascendencia espa帽ola, sana y regionalmente vascongada, que ya pod铆a codearse con cualquiera.
Todo eso gracias a esos anuncios que, estrat茅gicamente, hab铆a colocado el Gobierno Vasco por Europa: 鈥淚 need Spain鈥. Ya solo falta que, a la vuelta, en mi escala prevista en Londres, tuviera la fortuna de encontrarme con Mister Bean, el actor que encarna las esencias de la Vieja Albi贸n. Mister Bean o lo que es lo mismo Mister Alubia y, yo el flamante y nuevo Mister Lechuga. Se que la Providencia propiciar谩 el encuentro. Y, por supuesto, les tendr茅 al corriente.

I need Spain

Hac铆a unos meses que me hab铆a jubilado y, tras la muerte de mi esposa y la marcha de mi hija, que ya me hab铆a hecho abuelo, decid铆 recorrer Europa, con tranquilidad, reconociendo que quiz谩s fuera el 煤ltimo viaje de mi vida. Cruc茅 el oc茅ano, desde Santiago de Chile, con el prop贸sito oculto de encontrar el origen de mi apellido, Achega, que seg煤n me hab铆an dicho proven铆a de Espa帽a, de su regi贸n vascongada, para m谩s se帽as.
Recorr铆a yo las calles y canales de 脕msterdam, ahora revueltas con el tema del mundial de f煤tbol y el 茅xito de la selecci贸n holandesa, cuando encontr茅, en un escaparte de la calle Prins Hendrikkade, a la derecha de la Iglesia de San Nicol谩s, un cartel que me llam贸 la atenci贸n. El d铆a estaba plomizo, el viento del mar apenas ingresaba por los diques de contenci贸n y la luz cegaba los ojos de los transe煤ntes. El escaparate ten铆a un peque帽o toldo que ofrec铆a una sombra al paseante, as铆 que me acerqu茅 a observar el cartel.
El anuncio llamaba la atenci贸n. Sobre un fondo azul y verdoso, del color que ha tomado recientemente para su nuevo logo una caja de ahorros vasca, seg煤n supe m谩s adelante, se alzaba la entrada de un caser铆o centenario. Un caser贸n vasco. Frente a su fachada, un muchacho, fortach贸n y tocado de una gorra de mielero, echaba un trago de agua del botijo que alzaba. Un par de cerdos, de pata negra como los de Guijuelo, acompa帽aban a la escena. Del portal贸n, colgaba un letrero visible con la siguiente leyenda: 鈥淏ienvenido a Carpetovetonia. Gure etxea es la de ustedes tambi茅n鈥. Una estampa de tipismo.
La caseta del perro estaba adornada con los colores rojo y amarillo, supongo que debido a que, en esta sociedad globalizada, el aldeano del botijo ser铆a forofo del equipo de f煤tbol del Galatasaray. Un contraste inteligente que incorpora a los pa铆ses m谩s desfavorecidos en las escenas de los m谩s equilibrados. La ponderaci贸n crom谩tica del cartel me pareci贸 soberbia, m谩s a煤n cuando semejante escenario estaba ornado con una leyenda con letras en oro: 鈥淚 need Spain. Hollidays in Bilbao, Vitoria, San Sebastian, Burgos and Logro帽o. The north麓s toreros鈥.
La curiosidad es parte de nuestra vida, as铆 que entr茅 en el establecimiento, una vieja tienda dedicada al turismo, pensando que, quiz谩s por fin, pudiera encontrar una respuesta a mi origen. Por lo que sab铆a, Bilbao era la ciudad de los vascos. Un aroma a fragancia, a flor de azahar, me invadi贸 de pronto. El ambiente estaba a mi favor. Mi holand茅s no es muy fluido, as铆 que con unas palabras bien encauzadas en ingl茅s pude entenderme.
Sal铆 media hora despu茅s con un billete de avi贸n para 24 horas m谩s tarde, con destino a Bilbao. La ilusi贸n se me dibuj贸 en el semblante. Estaba m谩s feliz que unas casta帽uelas. Por fin iba a tener la oportunidad, gracias precisamente a una campa帽a del Gobierno Vasco, de conocer la patria chica de mis antepasados espa帽oles. Apenas pude conciliar el sue帽o esa noche.
Eran las 11 de la ma帽ana del d铆a siguiente cuando aterrizaba en el aeropuerto de Bilbao, en Lujua. Una magn铆fica estructura, como esa gaviota que simboliza uno de los dos partidos pol铆ticos espa帽oles, esperaba a nuestro aparato, un Airbus de 煤ltima generaci贸n. El d铆a era magnifico, nada que ver con la lluvia que me hab铆a augurado el comerciante holand茅s.
Una pareja de la Guardia Civil me salud贸 efusivamente, nada m谩s descender del avi贸n, y cuando se帽al茅 el objeto de mi viaje, me acompa帽aron a una oficina en la que me regalaron un kit con productos del pa铆s. Creo que ni siquiera se molestaron en comprobar mi pasaporte. Luego tuve la oportunidad de observar, ya en el hotel, la bolsa de bienvenida: un chorizo, dos polvorones, una botella en miniatura de vino seco, una banderita espa帽ola con los colores de la regional en el reverso, por cierto parecida a la inglesa, y un cd con canciones de un cantautor del pa铆s. A煤n no lo he escuchado pero s茅 que se llama Manolo Escobar. Seguro que me gustar谩.
En el hotel, en una de los lados de la Gran V铆a, recibir铆a una serie de atenciones que jam谩s olvidar茅. Pusieron a mi disposici贸n toda una serie de folletos explicativos de la historia de este pueblo honesto y trabajador, el sudor de sus obreros venidos de los 煤ltimos rincones de Espa帽a a levantar su econom铆a, aquellos grandes marinos que engrandecieron la historia de los nobles reyes espa帽oles y sobre todo, el buque insignia, un equipo de f煤tbol, el Athletic, compuesto exclusivamente por once rudos jugadores de impecable pedegree espa帽ol. Demostrando que la raza, sin malear, no se descompone.
La t铆pica comida vasca, moderna como sus cocineros que se han encallecido en los fogones de medio mundo, es una mezcla de combinaciones muy atrevidas. Callos, cocido, cordero y magras, junto a los productos cl谩sicos del mar, pulpo, flet谩n o bonito, por supuesto del norte, mezclados con hierbas y brebajes que estos magos de la mesa guardan en lo m谩s rec贸ndito de su armario. Estos secretos pasan de madres a hijas, de padres a hijos, como el elixir de la juventud que destila este maravilloso pueblo.
Por las calles del viejo Bilbao, se puede saborear el sano esp铆ritu de camarader铆a que reina entre los vascos, el apego a sus tradiciones y a su cultura, las canciones en boga entre los m谩s viejos, como ese 鈥淒esde Santurce a Bilbao鈥 que escuch茅 en una tasca repleta de tapas y trofeos taurinos. Como dijo Santiago Est茅vez, 鈥渓a grandeza de la Espa帽a moderna y de sus gestas naci贸 en Bilbao鈥.
Un simp谩tico taxista ind铆gena, con sombrero cordob茅s y una medalla de la Virgen del Roc铆o, me dej贸 en la Plaza Moyua. Descend铆 y entr茅 en el Gobierno Civil, cuna de las libertades hist贸ricas vascas, donde un condescendiente funcionario acudi贸 de inmediato en mi ayuda. 鈥淕ood morning鈥, me dijo, sin duda confundido por mis cabellos largos y, aunque canosos, a煤n rubios. Me gust贸 la destreza del funcionario, su conocimiento de idiomas y su elegancia. 驴Qu茅 m谩s puede pedir un extra帽o que busca a sus antepasados?
Expuse mi caso con detalle, las dudas que me asaltaban sobre el origen del apellido Achega y cosas por el estilo. Y el funcionario, diligente como he dicho donde los haya, me deriv贸 a los archivos de la Iglesia, instituci贸n dif铆cil de comprender sin el apoyo de los vascos, fieles servidores de Dios y su Ley. Durante a帽os, centenares de misioneros y santos vascos han recorrido el mundo catequizando y cristianizando infieles.
Y gracias a la ayuda del clero supe que, seg煤n las 煤ltimas investigaciones ling眉铆sticas, mi apellido no ser铆a Achega sino, en origen, Lechuga. Con el tiempo, y seg煤n los profesores universitarios m谩s refutados, muchos apellidos con clara cacofon铆a hispana se fueron haciendo extra帽os, sobre todo los que sobrevivieron en Am茅rica, al pairo de un apuntador que escrib铆a lo que o铆a cuando desembarcaban los emigarntes del barco que les hab铆a dejado en el Nuevo Mundo.
Volv铆 a la sede del Gobierno Civil y con una determinaci贸n encomiable, los funcionarios del centro, se ofrecieron voluntariamente a cambiarme mi identificaci贸n y pasaporte, a帽adiendo mi verdadero apellido, descubierto gracias a esa visi贸n que tuve aquella ma帽ana, paseando por una calle perdida de 脕msterdam. Ahora iba a ser un ciudadano m谩s honorable a煤n, con un ostentoso 鈥淕enaro Lechuga鈥 en la primera p谩gina del pasaporte. Un Genaro Lechuga, de ascendencia espa帽ola, sana y regionalmente vascongada, que ya pod铆a codearse con cualquiera.
Todo eso gracias a esos anuncios que, estrat茅gicamente, hab铆a colocado el Gobierno Vasco por Europa: 鈥淚 need Spain鈥. Ya solo falta que, a la vuelta, en mi escala prevista en Londres, tuviera la fortuna de encontrarme con Mister Bean, el actor que encarna las esencias de la Vieja Albi贸n. Mister Bean o lo que es lo mismo Mister Alubia y, yo el flamante y nuevo Mister Lechuga. Se que la Providencia propiciar谩 el encuentro. Y, por supuesto, les tendr茅 al corriente.

Fetiches

El 煤ltimo acuerdo espa帽ol sobre las reglas del juego para poder participar en los desaf铆os electorales deja muy tocado el escenario pol铆tico. Hace tiempo que asistimos a un juego restrictivo de la pol铆tica, a un equilibrio de mayor铆as a costa de eliminar al adversario, por las buenas o por las malas. El futuro pol铆tico, unido a la letan铆a que van a deber de firmar los electos, y quiz谩s tambi茅n los electores, es una idiotez que s贸lo puede proceder de Espa帽a, cuna de monstruos, corruptos, dictadores, reyezuelos y vendedores de relojes. Pero una idiotez que, no lo dudemos, ser谩 avalada por las expresiones supremas del Estado, forofos de patriotismo antes que jueces de toga.
Los vascos somos para espa帽oles, y en menor medida para franceses por eso de la lejan铆a de Par铆s, una especie de fetiche, del que se espera determinadas respuestas y acciones en el teatro de la vida. Hagamos lo que hagamos, de nosotros aguardar谩n amores imposibles. Somos fetiches adecuada e hist贸ricamente sufridos, como los t贸temes de madera de las tribus polin茅sicas que cada uno sirve para satisfacer una necesidad. Es obvio que los vascos no somos fetiche sexual, aunque como perjudicados, somos destino de los complejos f谩licos de nuestros vecinos. Y no me refiero a deseos amorosos, por cierto, sino hostiles.
Me resulta sorprendente la conformaci贸n de ese universo vasco que, golpe a golpe, a帽o a a帽o, han ido creando en el inconsciente colectivo espa帽ol sin otra base cient铆fica que el fanatismo, pol铆tico, religioso, cultural e incluso deportivo. No me excedo. A veces, escuchando a un catedr谩tico universitario, tengo la impresi贸n de que me encuentro en una taberna de Chamber铆 y viceversa. La l铆nea entre la falacia y la intelectualidad es tan fina que se me antoja dif铆cil distinguirla.
Nos dicen los expertos que los ni帽os tienen dificultades para discernir entre el mundo real y la fantas铆a. M谩s arriba no hay duda. Los adultos estamos anclados definitivamente en Hollywood. No es un problema psiqui谩trico, aunque quiz谩s tenga ramalazos propios y un 鈥渆specialista鈥, como m谩s adelante lo abordar茅, ya lo redujo. Ni siquiera una discusi贸n relativa a la caracterizaci贸n de culturas. Es una cuesti贸n meramente pol铆tica, hasta en los detalles m谩s nimios.
Y para no tener que divagar me voy a referir a algunos recientes ejemplos. El primero de ellos, en Donostia, donde tras el estrepitoso fracaso de Tabacalera como proyecto cultural, el eterno alcalde Od贸n Elorza apunt贸 a una falta de comprensi贸n de los donostiarras hacia el centro como causa del fiasco. Vamos que los donostiarras 茅ramos una especie de subnormales culturales que no entend铆amos ni de tendencias, ni de vanguardias.
Con motivo de la muerte de la ni帽a Bego帽a Urroz, manipulada 50 a帽os despu茅s, convirti茅ndola en v铆ctima de ETA, la construcci贸n f铆lmica ha superado con creces mentiras hist贸ricas del franquismo. No basta con que las razones sean de tebeo, la transformaci贸n evidente hasta el punto que medios ligados a la gansada informativa se hayan hecho eco de ello, no basta con la l贸gica de los hechos. El escenario es el impuesto, las intenciones las expresadas, sean veraces o no.
Ese deseo freudiano nos ha llevado hasta las m谩s altas cotas de la estupidez. Ahora, como apuntaba al comienzo del art铆culo, son las necesidades para que 鈥淓spa帽a contin煤e perteneciendo a los espa帽oles鈥. Las f贸rmulas no har谩n sino continuar modelos anteriores. Ante la avalancha de militantes opositores por infiltrar el aparato franquista, los expertos obligaron a los ciudadanos con cargos pol铆ticos y administrativos, a jurar a favor de los llamados 鈥淧rincipios del Movimiento鈥, el dec谩logo franquista. Dicen, aunque no me lo creo, que por eso lo hizo el monarca que nos saluda por Navidad en la tele. Un infiltrado de lujo.
Durante la transici贸n, los cargos electos que acud铆an al Parlamento de Madrid y a alguna otra instituci贸n, deb铆an jurar el apoyo a la Constituci贸n espa帽ola, la misma que alenta a los milicos a arrasar a vascos y catalanes, con napalm, gas sar铆n o pimientas de Bangla Desh, seg煤n se tercie y tengan en humor los del Estado Mayor. 驴Por qu茅? Porque consideraban que los vascos m谩s comprometidos no lo har铆an. Se equivocaron y lo hicieron por 鈥渋mperativo legal鈥.
Con estas experiencias, ahora las f贸rmulas van a ir m谩s lejos. No se va tratar de condenar el 鈥渢errorismo鈥, que quiz谩s lo haga m谩s de uno de mil amores, pensando en salivar a quienes ordenaron asesinar a miles de ni帽os en Iraq, entre cientos de ejemplos posibles. Ni de repudiar a ETA, sino, probablemente, de renegar de todo lo que este pueblo haya conseguido en los 煤ltimos 50 a帽os a trav茅s de enfrentar un proyecto de izquierdas y abertzale con el Estado.
Y si alg煤n d铆a en una esquina de Bilbao, el m谩s avispado de clase descubre una f贸rmula que planee sobre las frases que haya que jurar (驴por el honor de qui茅n?), un juez o un pol铆tico, que m谩s da, nos contar谩 una milonga de este estilo: 鈥淎 pesar de lo que el Sr. tal jure tal, me consta que est谩 mintiendo y que, en el fondo, piensa diferente a lo que ha prometido鈥. 驴Locura? Al tiempo.
Quienes peinamos canas conocemos la labor del m茅dico Vallejo-N谩jera, jefe de los servicios psiqui谩tricos del Ej茅rcito espa帽ol, que 鈥渁naliz贸鈥 a centenares de presos y, tras su labor, public贸 unas conclusiones que fueron la biblia de los servicios represivos. Espa帽a sac贸 pecho con Vallejo-N谩jera. En s铆ntesis, el psiquiatra fascista dec铆a que los marxistas (l茅ase vascos, catalanes, opositores, disidentes, etc.) eran 鈥減sic贸patas de todos los tipos, preferentemente antisociales鈥. A los revolucionarios los llamaba 鈥渆squizoides m铆sticos pol铆ticos鈥 e 鈥渋mb茅ciles sociales a esa multitud de seres incultos, torpes, sugestibles, carentes de espontaneidad鈥︹. En fin, me hierve la sangre leyendo y tomando notas sobre semejante experimento de un Menguele con patillas y bigote fino. Resumiendo en exceso dir铆a que las conclusiones de Vallejo-N谩jera apuntaban a que los observados eran unos degenerados antisociales. Me suena la cantinela.
M谩s de uno me echar谩 en cara que lo que voy a decir es una sobrada. No lo creo y por eso lo digo. En Espa帽a, como en tiempos de Vallejo-N谩jera, a煤n nos ven a los vascos precisamente como unos degenerados, ciudadanos de segunda categor铆a, a los que hay que civilizar con una serie de leyes y normas, excepcionales eso s铆, pero necesarias para conducirnos a buen puerto. Necesitamos ser lobotomizados por nuestro bien y por el de la sociedad espa帽ola a los que sus dirigentes no pueden decepcionar.
Y no puede decepcionar porque durante a帽os, d茅cadas, siglos, los vascos hemos conformado un universo virtual, asumido por sociedades de todo tipo, falso a todas luces, pero necesario para quien desde la metr贸poli, necesitaba cohesionar a sus propios seguidores. Y esa cohesi贸n la damos nosotros, los hijos de Aitor o de Amaia, estemos unidos o no a un fusil Remington, como los carlistas, a un M谩user como los maquis del Bazt谩n o a una pistola Astra como la de Txabi Etxebarrieta. Y si la p贸lvora nos repele, es lo mismo, estaremos ligados a letras, cultura, ikastolas o incluso Altos Hornos y ser谩 suficiente. Siempre ser谩 suficiente. Seremos excepcionales por gui贸n.
Es por eso que cuando un vasco no se considere espa帽ol, ser谩 un 鈥渋mb茅cil social鈥 porque Espa帽a ha construido ese cosmos patrio en el que las piezas est谩n talladas y untadas al tablero. El ambiente m谩s all谩 del Ebro no puede permitir la decepci贸n, repito. Sus muertos valen diez. Los nuestros uno. Su idioma es excepcional, el nuestro incapaz de formar universitarios鈥 as铆 hasta la eternidad. Por eso continuaremos siendo fetiches para dar satisfacci贸n a la masa: 鈥淛uro solemnemente amor y fidelidad a mi apreciada Espa帽a鈥︹. Y, por si acaso, a la m谩quina de la verdad.