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Los nuestros

Pasan por la pantalla de mi vida recuerdos agolpados de escenas y situaciones que se recrean en ellas mismas, sorbos dulces de aquellas y aquellos que dejaron entre mis escasas pertenencias la huella de su existencia. Corren, como caballos al galope, las figuras difuminadas de sus sombras sin destino final, a lo mejor como dec√≠a la canci√≥n, hacia el para√≠so de los hijos de la libertad. Cierro la ventana de mi cuarto para refugiarme en la melancol√≠a y recostarme con las ilusiones de los m√≠os, a los que jam√°s conoc√≠ pero los siento en mis entra√Īas como parte de algo que a duras penas logro explicar.
Me abrasa su ausencia. La vida es apenas un suspiro, quiz√°s sue√Īo como nos dej√≥ grabado aquel barroco escritor. Que el vivir s√≥lo es so√Īar. Tambi√©n impulso, entusiasmo. Hace poco le le√≠ a Punset en una frase redonda: ‚Äúsi la vida fuera eterna no pondr√≠amos en ella la misma intensidad‚ÄĚ. Siempre he pensado, como Baroja, a quien tengo por respaldo en estos primeros d√≠as oto√Īales cuando los vientos atizan las hojas m√°s avezadas, que la vida es una lucha o quiz√°s, al rev√©s, qu√© m√°s da, que la lucha es por la vida.
He nacido en una tierra que me ha seducido sin casi percibirlo, a la que siento respirar desde las primeras horas de la ma√Īana, bien es cierto que en ocasiones con dificultad. Una tierra rojiza y verde, p√°lida y negra, martilleada por los embates marinos antes de que las cuentas existieran, corro√≠da por vientos g√©lidos, erosionada por la huella intangible de las abarcas de mis antepasados, las herraduras de los caballos, las ruedas traqueteantes de los carruajes de los mercaderes y, tambi√©n, por las orugas de los carros de combate y las trincheras.
Una tierra que ha acogido a miles de hombres y mujeres a los que no ver√© jam√°s. Ni siquiera a trav√©s de la leve melod√≠a que proviene del eco de sus traves√≠as. M√°s lejos quedar√°n a√ļn aquellos que no llegaron a mi generaci√≥n. Ni√Īos, ancianos, adolescentes, adultos a los que, a pesar del abismo, me une ese certificado extendido y a la vez comprimido que ensanchan los rincones y las sendas de mi pa√≠s.
Me emociona sentir su c√°lida presencia a mi alrededor, desbrozando mis dudas y compartiendo ese barranco que se estira cada ma√Īana. Me emociona dirigirme a mis hijos y hacerles part√≠cipes de esos mismos hijos e hijas de la libertad que eligieron la lucha, al modo que la cantaba Mercedes Sosa. Sin m√°s complicaciones que el compromiso de un camino lleno de penalidades. La vida misma. Y siento, con angustia, que aquello que vali√≥ tanto la pena, depende de esa transmisi√≥n. De que nosotros y quienes nos preceden sigamos llenando el cuenco del destino.
Y el otro d√≠a, que homenajeamos en Donostia a las mujeres que hab√≠an sufrido la represi√≥n franquista, not√© como, a pesar de la costumbre, se me entrecortaba la voz al traer al escenario a una adolescente de 16 a√Īos, Mertxe Mart√≠n, que en un parapeto en Astigarraga, cargada de un fusil que pesaba m√°s que ella, perdi√≥ su vida por una bala traicionera cuando ese fascismo que no se ha ido, acosaba las puertas de la capital. La muerte azul que cantaba Ferm√≠n Valencia cuando nos tra√≠a el amargo eco de la violaci√≥n y muerte de Maravillas.
Un recuerdo me trae el siguiente, el de aquel joven, quiz√°s un a√Īo o dos mayor que Mertxe, atrapado en el caser√≠o Antsuategi, en Elgeta, con un l√°piz como todo bagaje de m√°s de 60 a√Īos de desamparo, bajo toneladas de tierra. Un joven del que entonces ni hoy sabemos su nombre y cuya √ļnica traza en la vida fue la de ese l√°piz que nos acerca a sus sue√Īos destartalados. Y siento, a pesar de no tener m√°s noci√≥n de su existencia que la textura de su carboncillo, que ese joven de Antsuategi es uno m√°s de mi familia, de esa familia cuyos l√≠mites nunca he sabido manejar.
De otros, tambi√©n, desconozco si sus cabellos eran del color del oro, ni siquiera del carb√≥n. La √©pica √ļnicamente existe en los libros de colores. Antonio Ymaz, de Lazkao, y Juli√°n Irizar, de Ormaiztegi, dejaron sus √ļltimos suspiros en las cercan√≠as de Estella, defendiendo la causa de un pretendiente extra√Īo, cuya promesa de no vender nuestro pa√≠s fue suficiente para seguirlo. Como dir√≠an Etxamendi y Larralde, en su memorable Otxagabia, sus flores adornaron los cementerios del futuro.
El recuerdo se convierte en pesadilla en un instante, cuando desde el fondo del horizonte me llega el rumor de una tonadilla que advierto de inmediato. El Partisano, de Leonard Cohen. La historia de un guerrillero an√≥nimo, ubicado por el autor canadiense en la Francia ocupada: ‚ÄúCuando atravesaron la frontera me advirtieron para que me rindiera, pero no pod√≠a hacerlo‚ÄĚ. Es la historia de Francisco Etxeberria, el √ļltimo de nuestros maquis, natural de Etxarri Aranatz, que prefiri√≥ poner fin a su vida antes que caer en manos de la Guardia Civil que cercaba en Oiartzun el caser√≠o que le ocultaba. ‚ÄúTienen, por eso no lloran, de plomo las calaveras. Con el alma de charol vienen por la carretera‚ÄĚ, escribi√≥ de los agentes Garc√≠a Lorca.
Cohen cantaba al guerrillero que dejaba atr√°s a su mujer y a sus hijos, como Ken Zazpi a los oprimidos y no deja de producirme una extra√Īa sensaci√≥n de que la vida es un plus a algo que sigo sin entender. ‚ÄúDime, laztana, que todo va a cambiar y que ma√Īana estar√°s conmigo‚ÄĚ, escucho a Ken Zazpi y siento una terrible opresi√≥n con la evocaci√≥n de Enrique Korta, que no lleg√≥ a conocer a su hijo, o de Fernando Barrio, que lo conoci√≥, o de Justo Elizaran, a quien mataron unos mercenarios pagados por los que sabemos y cuyos, hijos, a√Īos despu√©s, fueron encarcelados tras esos mismos barrotes que atenazan nuestro pasado y presente.
Jam√°s se me borrar√° de la memoria la sonrisa de Maddi Heguy como tampoco la de Luzia Urigoitia, ambas desaparecidas, a un lado y al otro de la muga, bajo circunstancias tan extra√Īas que se hicieron oficiales d√°ndonos a atender de inmediato que lo gubernativo, por definici√≥n, acoge autom√°ticamente a la duda y al descr√©dito. La tierra est√° sorda, nos recordaba hace poco Enrique Villarreal, cantante de Barricada.
Y en este recorrido alterado por la turbaci√≥n de los recuerdos no puedo menos que estremecerme con aquella √ļltima reflexi√≥n de un chaval de Zalamea de la Serena llegado a Zarautz en la ruta del hambre: ‚Äúma√Īana cuando yo muera no me veng√°is a llorar, nunca estar√© bajo tierra, soy viento de libertad‚ÄĚ. Aquel joven de pelo ensortijado y pantalones vaqueros, con una camiseta del Che Guevara. Ese Che universal que, en melod√≠a de Pablo Milanes, ‚Äúmataba canallas con su ca√Ī√≥n de futuro‚ÄĚ.
Ten√≠a 17 a√Īos cuando lapidaron a Txiki y a Otaegi y no me olvidar√© jam√°s ni del lugar, ni de la hora, ni de quien me transmiti√≥ la noticia. Desgraciadamente me ha sucedido en decenas de ocasiones, con otras tantas malas noticias. El otro d√≠a, bajaba de Mandubia hacia Azpeitia y despu√©s de Matxinbenta par√© el coche en Nuarbe. No soy cristiano, pero sent√≠ una llamada, como las que relataba Jack London. La llamada de los m√≠os, de los nuestros. Y me acerqu√© al cementerio a dejarle a √Āngel unas pocas flores que arranqu√© de un prado cercano.
‚ÄúPuedo escribir los versos m√°s tristes esta noche‚ÄĚ comenz√≥ en una ocasi√≥n Pablo Neruda. Y s√© que puedo hacerlo porque el desasosiego ahonda entre la soledad y los recodos de la memoria. Cientos de nombres, de inquietudes, de golpes de aire, anidan en los pliegues m√°s hondos de nuestra piel. Puedo hacerlo pero no quiero.
La mochila de mi vida, escasa y con cuatro trapos, un par de libros y miles de recuerdos propios y, sobre todo, ajenos, est√° forrada de rojo y, en su exterior, ba√Īada en el verde de la esperanza. Llegamos donde estamos, gracias al compromiso de una avalancha de, a veces, an√≥nimos amigos y, otras, cercanos colegas, que nos dejaron en ese avenida de contiendas y luchas.
Una avenida por un mundo mejor, no por la eternidad como entienden los fanáticos religiosos. Por un mundo libre de tiranos, de especuladores, etc. La lista sería tan larga que más de uno de esos, de los nuestros, esbozaría una sonrisa de complacencia. Sí, efectivamente, existen tantos motivos que no merece la pena enumerarlos. Un día, probablemente, seremos libres. De cualquiera de las maneras habrá valido la pena.

Nost√°lgicos

Hay un pueblo llamado Bidania, colgado a las faldas de Hernio, que acoge a la casa en la que antiguamente se reunían los representantes de los pueblos de Gipuzkoa, antes incluso de que los bárbaros llegaran a América. En las laderas del monte que centra el viejo territorio guipuzcoano, dicen que se batieron romanos y várdulos, moldeando un escenario tan sangriento que los supervivientes dieron lugar al poblado conocido como Errez-il, precisamente de la conjunción en la sencillez de la muerte. Un pueblo milenario, como si se hubiera echado a dormir al margen de lo que pasaba a su alrededor.
Pero no hay que fiarse de los escenarios apacibles. Desde comienzos de 1950 la muerte esquiv√≥ a Bidania, provocando la estupefacci√≥n de unos y otros. Parec√≠a como si una extra√Īa epidemia se hubiera asentado en la comarca. Una plaga que afectaba a los vivos y que, como consecuencia de los virus que la transmit√≠an, no permit√≠a que nadie del pueblo falleciera. Fuera cual fuera la edad, fuera cual fuera la enfermedad.
Cuando los meses comenzaron a correr y el vecindario percibi√≥ que nadie mor√≠a, el ambiente en Bidania se enrareci√≥. ¬ŅPor qu√©? Si nadie dejaba el mundo de los vivos, mejor que mejor. No fue as√≠, sin embargo. No era normal, ni siquiera serio. La pesadumbre se apoder√≥ de todos los vecinos. Los enfermos que sanaban eran mirados de mala manera y los sanos que no enfermaban se defend√≠an diciendo que no era por ellos que el clima se deterioraba.
Hasta que en las postrimer√≠as de 1950 expir√≥ un anciano de 89 a√Īos y todos los vecinos de Bidania experimentaron una radiante satisfacci√≥n. Todo volv√≠a a su sitio. Se celebraron fiestas en memoria del fallecido y retorn√≥ la concordia social. No era de extra√Īar porque la verdad es que Bidania hab√≠a pasado un a√Īo muy amargo, parad√≥jicamente, debido a la salud de sus vecinos.
Un tiempo despu√©s, la cercana y a la vez lejana Eibar experiment√≥ tambi√©n un terrible sobresalto, con una epidemia de gripe que acogot√≥ a Gipuzkoa y se ceb√≥ especialmente en la villa armera. Eibar, en plena expansi√≥n humana y urban√≠stica, contaba con cerca de 20.000 almas. Seg√ļn las estad√≠sticas provinciales, cada dos d√≠as fallec√≠a alguno de sus vecinos y las parroquias ta√Ī√≠an entonces a muerto. Los redobles recordaban a qu√© familia pertenec√≠a el finado.
Con la gripe, severa como hacía tiempo no se conocía, los muertos ascendieron rápidamente de forma alarmante. Dos, tres y hasta cinco diarios. Las campanas rompían el silencio y alertaban a los vecinos de la rigidez de la muerte como si un martillo rompiese sus conciencias de cristal. El recuerdo del destino universal carboniza.
Y una ma√Īana sombr√≠a por el recuerdo, las autoridades decidieron que las campanas ya no deb√≠an doblar a muerto. Dejaron a Hemigway hu√©rfano y espantaron el espanto, silenciando las defunciones a pesar de que el filo de la guada√Īa segu√≠a acechando desde las lomas del Urko y del Kalamua. La muerte, a pesar del mutismo, continuaba cabalgando a lomos del caballo de la gripe y cada d√≠a arrancaba a los enfermos del mundo de los vivos.
Historias de muertos en el mundo de los vivos, historias de almas marchitas a la espera del censo en el que Gogol se adelantó a Kafka. Ahora, decía Gogol, encajando la muerte en la estadística, me acerco indiferente a cualquier pueblo desconocido y considero sin interés su apariencia vulgar. Una descripción perfecta de la eternidad, de la muerte.
Nostalgia de las tinieblas donde nada se mueve.
En el mundo de los vivos también suspiran los muertos, los nostálgicos, aquellos que nacieron con el epitafio de su tumba marcado en la frente, antes siquiera que pudieran destetarse.
Cuando muri√≥ Franco, los medios de comunicaci√≥n sellaron el substantivo ¬®Nost√°lgico‚ÄĚ para adjetivar, valga la incoherencia, a los que desterraban el futuro y suspiraban por mantener, durante el mayor tiempo posible, los c√≥digos falangistas en la entonces llamada joven democracia espa√Īola. Ol√≠an a naftalina, no iban con los tiempos, se refugiaban en la historia y perd√≠an el tren de la modernidad. Estaban pasados de rosca. La movida madrile√Īa, en todos los sentidos, arrasaba.
Desde el congreso del Reino, alg√ļn diputado los tild√≥ de inmovilitas, y toda la corte pol√≠tica y medi√°tica, acompa√Ī√≥ a la nostalgia, por si no era suficientemente, la explicaci√≥n inmovilista. Pr√°cticamente todos est√°bamos de acuerdo en que Silva Mu√Īoz, Mart√≠n Villa o Fraga Iribarne, pertenec√≠an a la corte fara√≥nica. Estaban m√°s secos que los lagartos del Kalahari.
Pasaron los a√Īos, nos hicimos un poco m√°s viejos y nos acercamos al mundo en el que Ch√≠chikov comenzaba a extender sus redes. Y descubrimos, a veces con horror, que los nost√°lgicos no eran Fraga and company, sino que eran legi√≥n. Se hab√≠an introducido en la sociedad, en los medios de comunicaci√≥n, en las escuelas, en los foros de opini√≥n. Lo hab√≠an hecho a trav√©s de las alcantarillas, del aire acondicionado, del conducto del agua.
Pero, ¬Ņy si no se hubieran ido nunca? Tuve esta inquietante visi√≥n cuando mis hijos empezaron a crecer y trajeron los libros de texto a casa. Los inmovilistas estaban anclados desde las primeras p√°ginas. Recib√≠ un repentino sobresalto cuando enferm√© gravemente y me qued√© pegado a la televisi√≥n durante varios meses. Aquellas cadenas parlantes no se diferenciaban demasiado de la UHF de mi tiempo.
Y, con aflicci√≥n por mi parte, tuve la constataci√≥n de que los nost√°lgicos dominaban el escenario pol√≠tico, cuando mi m√©dico me aconsej√≥ comprar gafas para cerca y, tambi√©n, para lejos. Entonces, gracias a los vidrios de refuerzo no me qued√≥ demasiado margen para el error. Espa√Īa huele entera a alcanfor, sustancia para que lo viejo se mantenga libre de esos temibles cambios que vuelan con el paso del calendario.
Espa√Īa hiede a naftalina porque exalta su religi√≥n, celebra conquistas y esclavismos, medita sobre el futuro desde la caspa, con un eco que me produce verg√ľenza ajena. Como la de esos paisanos que se cubren de negro en las dos localidades fronterizas guipuzcoanas para ridiculizarse con ese label de ‚ÄúBetiko‚ÄĚ. Espa√Īa huele a muerto porque su pol√≠tica es la de C√°novas y Sagasta, la de reyes viciosos medievales, validos y favoritos que amasan la masa en tiempos r√©cord. Que nada se mueva.
En estas √ļltimas semanas, el escenario pol√≠tico vasco ha sufrido un revolc√≥n, objetivamente. La declaraci√≥n de ETA ha sido parte sustancial del mismo. Los inmovilistas, sin embargo, no han visto m√°s all√° de los guiones dise√Īados por nost√°lgicos del UHF y la eterna canci√≥n ganadora de Eurovisi√≥n: La, la, la. Sin palabras, s√≠labas sin m√°s significado que la ausencia.
Nos dicen que nada cambia, que nada cambiar√°. ¬ŅPueden ampliar un poco m√°s el an√°lisis, por favor? De lo contrario pensaremos que esos se√Īores del bigotito fino estilo Errol Flyn, han llegado c√≥modos a esta situaci√≥n, hacen negocio con conflictos internos o externos, depende de la posici√≥n nacional, y que el escenario dise√Īado, como el de las armas de destrucci√≥n masiva, sirve para ama√Īar todo: educaci√≥n, memoria, elecciones, econom√≠a y lo que llegue.
Pensaremos que todo es manipulaci√≥n, y creo que acertar√≠amos, y que el √ļnico objetivo es que nada se mueva. Que Pelayo, Camacho, L√≥pez, Barcina, Queipo de Llano, Ares, Santa Teresa, Casinello, C√©sar Vidal, los Reyes Cat√≥licos, el Fary, Amedo, Manolete, Alonso, Caama√Īo, Pizarro o Mola son personajes de una pel√≠cula de dibujos inanimados con los cr√©ditos atascados en las fechas. Pensaremos, sin demasiada imaginaci√≥n, que Espa√Īa va de v√≠ctima, de Mosc√ļ, de ETA, de las Azores, de la P√©rfida Albi√≥n, del √°rbitro que dej√≥ sin se√Īalar el penalti a Salinas, qu√© m√°s da, y que en ese escenario, desde Trafalgar, se mueve como gato panza arriba.
Los haraganes de la pol√≠tica ¬Ņmuertos vivientes o vivos moribundos? No tengo respuesta.

La cadena de mando

Hace unos d√≠as hemos recordado en Donostia el 197 aniversario de la quema de la ciudad por una horda de soldados ingleses ebrios que dirigidos por generales ilustres de salones y clubes del Londres chic hicieron buena la orden de un fan√°tico militar espa√Īol, Javier Casta√Īos, que veng√≥ de esa manera su animadversi√≥n hacia todo lo vasco. Los ingleses no tuvieron que tomar clases especiales para saquear y violar a su antojo ya que llegaban del subcontinente hind√ļ donde hab√≠an saqueado y violado a su antojo. Un ej√©rcito colonial de exterminio, racista, con mayor pedegree que las Wehrmacht.
Lo injusto de la historia ha quedado reflejado en este episodio, de manera palmaria, donde los verdugos han sido recordados con vehemencia a través de monumentos en Westminster, calles en Portugalete e incluso un cementerio en Donostia, en el que reposan los restos de aquellos ingleses y de los que les precedieron defendiendo la causa liberal en la Primera Guerra Carlista, como si una cuerda extensa quisiera desterrar lo efímero de la vida y su recuerdo.
Las mujeres y las ni√Īas que fueron violadas, y sus vientres atravesados por bayonetas empapadas en ron, ni siquiera tuvieron un nombre. El juez que hizo de testigo de aquellos hechos no se atrevi√≥ a transcribir su apellido por temor a mancillar el recuerdo de sus padres o, llegado el caso, de sus hijos. No hay peor humillaci√≥n que perder la honestidad de semejante manera.
En una ciudad pr√°cticamente deshabitada, la √ļnica calle que se salv√≥ es la que en la actualidad lleva el nombre del d√≠a de la tragedia, 31 de Agosto. Poco m√°s de 30 casas, cuatro iglesias y una c√°rcel, municipal como las de aquella √©poca. Las iglesias fueron descanso de la tropa en invierno y las casas refugio para los oficiales de las compa√Ī√≠as espa√Īolas, llegadas tras el saqueo, desde Galicia y Castilla. Los oficiales espa√Īoles arribaron con esposas, hijos y dem√°s parientes, desalojando a los inquilinos que sufr√≠an una vejaci√≥n m√°s.
Aquellos supervivientes del horror, aquellos despose√≠dos de su honor, aquellas j√≥venes mancilladas, aquellos a los que hab√≠an echado de sus viviendas, se concentraron en la c√°rcel, √ļnico lugar libre, valga la paradoja. Los prisioneros franceses, tratados con educaci√≥n por los ingleses, rivales por lo visto pero no enemigos como los donostiarras, hab√≠an sido expulsados en barcos desde Pasajes. Los heridos sanaban o mor√≠an en un hospital extramuros, acondicionado en el convento de San Francisco. La c√°rcel, por tanto, estaba vac√≠a y por eso fue ocupada por unos 300 hombres, mujeres y ni√Īos, sin techo.
En una de las celdas m√°s oscuras de esa c√°rcel, la menos habitable, una joven llamada Mari Cruz Allaflor, (relato su nombre porque en una ciudad en la que hasta el juez se averg√ľenza de citar apellidos femeninos dada la magnitud de la profanaci√≥n, encontrar uno es toda un tesoro) atendi√≥ a unas ni√Īas a las que todos los d√≠as intentaba dar clases de lectura y escritura. Una estrella fugaz en medio de la miseria.
En el exterior, mientras tanto, el caos. Una epidemia de malaria, producto del abandono de zanjas y marismas, mat√≥ m√°s donostiarras que el propio incendio y saqueo. Seg√ļn los informes de entonces, un tercio de la poblaci√≥n. Nos podemos imaginar, sin mucho esfuerzo, el escenario. Lo hemos visto en los campos de exterminio nazis, en el Gulag sovi√©tico, en Gernika‚Ķ Hambre, muerte y olvido.
Sin embargo, la inquina no descansa. El gobernador militar espa√Īol de Gipuzkoa, cuyo nombre no quiero citar porque no merece m√°s que desprecio, se apercibi√≥ que la c√°rcel hab√≠a sido ocupada por los ‚Äúsin techo‚ÄĚ. Su competencia era otra, pero ya se sabe que los militares obedecen impulsos patrios, designios de dioses y poco m√°s. Y la mand√≥ desalojar.
El Ayuntamiento donostiarra de entonces ya hab√≠a pleiteado, si es que la palabra sirve para expresar la idea de ‚Äúpegarse una y otra vez contra un muro‚ÄĚ, con el gobernador a cuenta de la parentela de los oficiales. Que est√©n en casas particulares por orden superior, vale, se acata, pero que se traigan de Ourense, Valladolid o Madrid a la prole para desalojar a los vecinos, clama al cielo. Ni caso. En esta ocasi√≥n, m√°s de lo mismo. Para qu√© desalojar la c√°rcel si no hay prisioneros, si una de las celdas, adem√°s, est√° siendo utilizada como escuela.
El gobernador ni siquiera se molest√≥ en rebatir los argumentos municipales. Aqu√≠ mando yo. Ordeno y mando que dec√≠an los bandos militares. Y la c√°rcel municipal donostiarra, √ļnico refugio para los pobres de solemnidad de entonces, sede de una precaria y con la perspectiva rom√°ntica escuela de ni√Īas, fue clausurada. Antes vac√≠a que ocupada por parias, por los an√≥nimos forjadores de la historia. Una aberraci√≥n desde cualquier punto de vista.
El estilo de aquel gobernador de infausto recuerdo seguro que provocar√° en el lector la evocaci√≥n de otras situaciones similares. Somos peque√Īas islas apretadas en tribus donde lo universal se vuelve familiar. La historia se atasc√≥ en un bucle eterno. Cada √©poca revive hasta el hast√≠o aquello que ya contaban nuestros antepasados en medio de piedras circulares en los tiempos del bronce.
Me lleg√≥ el recuerdo de la maestra Mari Cruz, del gobernador y de todas aquellas ni√Īas a las que no dejaron ser mujeres, leyendo cr√≥nicas recientes de este pa√≠s. La cadena de mando no ha dejado de funcionar, como en el cierre de la c√°rcel, en medio de nuestro viaje hacia las estrellas y de la ya intuida modificaci√≥n masiva de genomas. Perdonen la intromisi√≥n, pero aqu√≠ mandan los de siempre, a pesar del celof√°n. Cuando joven, les dec√≠amos poderes f√°cticos. Ahora, con la democratizaci√≥n del espacio pol√≠tico, son ‚Äúlobbys‚ÄĚ, ‚Äúgrupos de presi√≥n‚ÄĚ, eufemismos al uso.
Aquellos poderes f√°cticos entonces eran, por orden alfab√©tico, Banca, Ej√©rcito e Iglesia. Las cosas han cambiado, los curas y los militares, en su mayor√≠a, han abandonado los consejos de administraci√≥n de las grandes firmas espa√Īolas. Pero su influencia, siento decirlo tan abiertamente, sigue intacta. De la Banca dir√≠a, incluso, que dirige los designios de Espa√Īa y Francia, y por extensi√≥n, los nuestros. Banqueros pusieron a Sarkozy en el Eliseo, banqueros ordenaron la reforma laboral a Zapatero, banqueros marcan ritmos pol√≠ticos, deportivos y culturales. As√≠ de triste.
De la Iglesia cat√≥lica qu√© decir. Esa secta en la que se ha convertido, seg√ļn el √ļltimo apeado, el franciscano Joxe Arregi, tiene tanto poder como para marcar lo que un Gobierno socialista, s√≠ han le√≠do bien, tiene que decir en materia de educaci√≥n, sexualidad o moral. Si yo fuera un marciano reci√©n llegado a Otxate, pensar√≠a que me est√°n tomado el pelo aquellos que me calientan la oreja advirti√©ndome del poder de los de la sotana. Llevo viviendo ya unos a√Īos al norte de Otxate y se que esos marcianos que entran de otra dimensi√≥n por las puertas intergal√°cticas de Trevi√Īo est√°n demasiado perdidos como para saber de la misa la mitad.
Y de los militares qu√© decir. Marcan buena parte de la pol√≠tica exterior de Espa√Īa y de Francia, manejan los hilos de sus ex colonias como si la descolonizaci√≥n fuera un cuento chino y, sobre todo, sirven de voceros a una industria, la armament√≠stica, que necesita de guerras reales o ficticias, de cobayas humanos, de primeros y terceros mundos, de desigualdades e injusticias para poder ejercer su labor.
La cadena de mando, tradicionalmente militar (la Iglesia cat√≥lica no es sino el Ej√©rcito vaticano, un caballo de Troya extranjero en nuestra tierra), modernamente empresarial (bancaria que es quien mueve los hilos de inversiones, prestamos o cierres), sigue tan vigente que cada vez estoy m√°s convencido que la evoluci√≥n darviniana s√≥lo es algo √ļnicamente biol√≥gico. Social, cultural y pol√≠ticamente siguen dominando quienes poseen el fuego.