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Carta a un torturador

La semana pasada me dirig√≠ a una de tus v√≠ctimas. Entonces fue la carta a un torturado. Hoy me hab√≠a prometido tomar la pluma para cambiar las tornas y enviarte unas letras. Carta a un torturador. Me repugna hacerlo, me cuesta un mundo acercarme al papel y m√°s a√ļn rellenar unas cuartillas. Como si el pliego rechazara cualquier familiaridad con una de las ocupaciones m√°s nauseabundas del universo.
Cuando conceb√≠ ambas ep√≠stolas, supuse que la primera, la de aquel que aguantaba tus excesos y, sobre todo, tus frustraciones, ser√≠a m√°s complicada. Y que esta segunda, ser√≠a seguramente, m√°s sencilla. El odio mueve al mundo. Finalmente ha sido al rev√©s. Es m√°s f√°cil ponerse del lado de quien padece que de quien obtiene resultados del sufrimiento de los dem√°s. Por m√°s que lo intento me resulta imposible encontrar un resquicio de juicio a tu actividad. ¬ŅQui√©n ampara a los verdugos? Nadie. Todos lo son, los sois, en silencio. El √ļltimo conocido por estas tierras, el del garrote vil del franquismo, se colg√≥ de un √°rbol.
¬ŅC√≥mo empezar, adem√°s? Las citas, los ambientes sobran. Y si los hay son s√≥rdidos, oscuros, repletos de espectros y fantasmas por doquier. No puedo adornar, tampoco, mi reflexi√≥n con sonidos naturales, con letras de canciones mel√≥dicas, con met√°foras de la vida y de la muerte. Porque el torturador se desterr√≥ del g√©nero humano desde el mismo momento que aplic√≥ su primera picana. Desde entonces, un estigma tan visible como los galones militares, cubre tu frente.
No te conozco. Pero he o√≠do hablar tantas veces de ti que, desgraciadamente, tu voz me resultar√≠a familiar. En el autob√ļs, en la taberna, en cualquier lugar donde se percibieran sonidos audibles. No s√© si es una voz grave, o, por el contrario, aflautada, como aquella que acompa√Īaba al Caudillo que destroz√≥ la vida a nuestros padres. Si tiene altibajos o es pausada. Lo ignoro y no me importa. S√©, en cambio, que es la voz de un torturador y, aunque no soy ducho, es una voz que se ausculta a distancia.
S√© tambi√©n que ser reconocido por la voz te pone nervioso. Porque sabes que esos compa√Īeros tuyos, a veces tan est√ļpidos, los que m√°s escr√ļpulos tienen, o esos otros que han pasado por tus manos, s√≥lo tienen tu voz. Y no es poco. Porque los que han sufrido tus torturas no la olvidar√°n jam√°s. La llevan pegada en lo m√°s interno de su ser.
Me comentan que el otro d√≠a llevaste a tu hija al cine, a ver ‚ÄúGru, mi villano favorito‚ÄĚ y que, despu√©s de comprarle unas palomitas, disfrutasteis durante casi dos horas de esa intimidad que tu trabajo te roba. Te enterneci√≥ comprobar como aplaud√≠a a los buenos, aunque fueran villanos, y aullaba con los malos. Y le prometiste volver pronto a ver otra pel√≠cula. Quiz√°s no lo hagas demasiado pronto.
Y por eso, dicen, tienes apariencia humana. Falso. Hace ya muchos a√Īos que lo humano no se define por un aspecto o un genoma, ahora que sabemos que compartimos con monos e insectos la mayor√≠a, sino por su trayectoria social. Y la tuya, perdona el tuteo quiz√°s deber√≠a tratarte de usted, es antisocial. Ant√≥nimo de lo humano.
Porque en tu sombra se agolpa el poso de quienes crearon las primeras mazmorras, violaron a nuestras jóvenes, quemaron a nuestras madres, asaltaron nuestras casas. En nombre de tus dioses, imaginarios y reales como el sueldo que recibes de ese Estado que te ampara, nos hemos tragado siglos de mentiras, asesinatos en masa, fanatismos que concluyeron en limpiezas étnicas e ideológicas. Tus manos están manchadas de sangre. Pero no de ayer o anteayer, sino de siglos de ignominias. Así te despreciamos.
Y por eso, me resulta infinitamente incomprensible que puedas cruzar la calle como todos, abrir el paraguas cuando llueve o llevar a tu hija al cine y sentir lo que los dem√°s tambi√©n profesamos por nuestros hijos, ternura y cari√Īo. No puedo creer que seas capaz de hacer sentir a alguien, a tu pareja quiz√°s, el deseo de las caricias cuando horas antes has llegado a meter el palo de una escoba a otra mujer por el mismo lugar que una vez pari√≥.
Me dijeron tambi√©n, que en esa casa que compartes con tu familia, no hay espejos. Porque no puedes mirarte a los ojos. Nadie puede aguantarte la vista porque la tuya, esa en la que guardamos secretos, a√Īoranzas y recuerdos, desapareci√≥ aquella primera vez que abandonaste el g√©nero humano. Porque tus ojos inexistentes son los de un buitre que examina desde el cielo las tierras en busca de presas. Carro√Īa, supones. Mal supones. Tus presas son lo √ļnico vivo de tu entorno. Y, como dir√≠a el poeta, aunque nadie te mate eres cad√°ver y aunque nadie te pudra est√°s podrido.
Mario Benedetti te defini√≥ de manera precisa y se preguntaba ‚Äúqu√© cangrejo monstruoso atenaz√≥ tu infancia, qu√© paliza paterna te gener√≥ cobarde, qu√© tristes sumisiones te hicieron despiadado‚ÄĚ. Es intrascendente. Fantaseas con tu obligaci√≥n, con el desempe√Īo de la m√°xima responsabilidad que puede recibir un funcionario: la defensa de la patria. Todo por ella, dec√≠a en alg√ļn cartel cuartelero.
Ese es precisamente tu apoyo. Lo necesitas cada d√≠a. Y lo guardas como oro en pa√Īo: ‚ÄúProcedi√≥ estrictamente a sus deberes en el cumplimiento de la misi√≥n que desempe√Īaba‚ÄĚ. Deber. Estricto. Cumplimiento. Misi√≥n. Palabras que retumban en tu cabeza cada vez te metes de lleno en la faena que te ha sido encomendada. Porque sabes que el trabajo est√° repartido y tu no haces sino completar esa cadena que mantiene el estado putrefacto de las cosas. Y que ni siquiera hay que ser c√≠nico para negarlo. Lo saben, lo sabemos, lo sab√©is. Tu trabajo est√° distribuido.
Por eso eres minucioso. Cuando te llega una detenida la desnudas, la pones contra la pared, la examinas con tus manos de b√°rbaro, como si estuvieras en un prost√≠bulo. Pero ahora no pagas, te pagan por ello. Te excitas con los lamentos, los ruegos. Y escupes tus entra√Īas gangrenadas dejando una estela pestilente. Te felicitan y te hinchas de orgullo.
Y cuando son ellos, apuras hasta que los detenidos se mean encima, como ni√Īos. Porque ya eres un experto. La bolsa, la ba√Īera‚Ķ lo que sea. El repertorio, como buen profesional, es extenso. No hace falta leer en manuales clandestinos, ni recibir en Fort Baag o en Bagdad cursillos especiales de tormentos y suplicios. No hace falta a pesar de que instructores sobran. La experiencia es la madre de las ciencias. Y ya son unos cu√°ntos a√Īos. Nadie te dijo que pararas.
¬ŅHay que detenerla tortura?, especulas sin embargo una y otra vez, cuando en alg√ļn medio se hacen eco de tu actividad. C√≥mo concebirlo siquiera cuando aqu√≠ nada ha cambiado, piensas. Los mismos rojos de mierda, los separatistas de siempre, los terroristas que ahora se esconden tras el pa√Īuelo palestino, esas zorras que salen de la cocina para enredarlo todo, esos j√≥venes insolentes que quieren cambiar el escenario. C√≥mo vas a abandonar semejante responsabilidad. Te piden a voz en grito que no flaquees, que el futuro depende de la humillaci√≥n del enemigo. Y lo haces a conciencia.
Es tu destino. Lo sabes. Y te conf√≠as a ese Dios supremo al que por cierto no cuchicheas hace a√Īos. Ese Dios en el que fuiste educado, en su temor. En su templanza, cuyos representantes en la tierra te marcan el camino de la rectitud. Y te sientes nuevamente respaldado. Porque, como se apunta en los Evangelios, perteneces a ese reba√Īo de los elegidos. Un reba√Īo que es tu fuerza y la de quienes te acogen. Por eso jam√°s has tenido siquiera la vacilaci√≥n de desvelar tus secretos, tu actividad como torturador. Porque nunca pensaste que fueran siquiera pecados veniales.
Pero no te equivoques. Nosotros somos el mundo. Lo tuyo son molinos de viento. Y cuando te llegue el d√≠a del √ļltimo viaje y est√© al partir la nave que nunca ha de tornar, como versaba Machado, nos alcanzar√° entonces la justicia de los justos. Te acoger√° la tierra, indignamente, porque la decencia ser√° la de los torturados y la deshonra la tuya. El viento se har√° un poco m√°s c√°lido, la brisa nos refrescar√° el semblante e incluso avanzaremos una sonrisa. Y ya no estar√°s para sentir ese descomunal desprecio que se adosar√° al epitafio de tu tumba por los siglos de los siglos.

Carta a un torturado

Aupa compa√Īero:
No te conozco, pero reconozco en ti a todos los que hab√©is pasado por el mismo escenario. No s√©, por tanto, c√≥mo tratarte. En singular o en plural, en masculino o en femenino. Me parec√≠a que llamarte ‚Äúestimado‚ÄĚ quedaba un poco lejano, que decirte ‚Äúquerido‚ÄĚ, en estos momentos, sonar√≠a fatuo y que no comenzar por un saludo ser√≠a descort√©s. Perd√≥name la ignorancia, pero intuir√°s que no todos los d√≠as abro mi pluma dirigi√©ndome a un torturado.
Quiero ser franco, a pesar de la distancia. Pensaba que la tortura era cosa del pasado, de la Inquisición, del franquismo, ligada a las SS y a la Gestapo, a la historia. Creía que quienes torturaban eran lejanos dictadores africanos, como Idi Amin, codiciosos de diamantes o colmillos de marfil y despiadados criminales como Saddam Hussein que eliminaban a sus disidentes en el potro. O que las del tormento fueron crónicas acabadas de dictadores como Pinochet o Videla, antiguallas políticas superadas por impulsos democráticos. Incluso que la tortura era cosa de soldados gringos afectados por la cocaína y el bourbon en desiertos babilónicos.
Llegu√© a creer, asimismo, que el recuerdo de la tortura era un recurso literario, como aquel de Mario Benedetti, que cruz√≥ la raya de la vida hace bien poco: ‚ÄúAlguien limpia la celda de la tortura, lava la sangre pero no la amargura‚ÄĚ. Tengo una vaga idea de cuando Jean Paul Sartre nos acongoj√≥ con la obra de teatro titulada ‚ÄúMuertos sin sepultura‚ÄĚ, las discusiones de un grupo de resistentes detenidos a punto de ser torturados. Y tambi√©n percibo los ecos de Henri Alleg que escribi√≥ un libro titulado ‚ÄúLa cuesti√≥n‚ÄĚ, eufemismo de la Inquisici√≥n sobre la tortura, denunci√°ndola en Argelia, cuando la ocupaci√≥n francesa.
Pero a ti todo esto te la trae el pairo. Te la fuma, en expresi√≥n m√°s moderna. ¬ŅDe qu√© me habla este tipo que ni conozco, pensar√°s? ¬ŅDe historia, de literatura? ¬ŅA m√≠ que me han partido los huesos, que me han destrozado el alma? ¬ŅTortura? Hoy y aqu√≠. Tienes raz√≥n, compa√Īero. Tienes raz√≥n.
Pero es que, vuelvo a repetir, no s√© c√≥mo comenzar. Quiz√°s deber√≠a acercarme a ti, en tus pesadillas, cuando el sudor te empapa y rememoras la sesiones que nunca finalizaban, cuando principiaban a preguntarte por tus amigos, por tu familia, por tu mujer, por tus hijos y, autom√°ticamente, como una m√°quina, uno de ellos, de los innombrables, abr√≠a esa caja que tanto hab√≠as temido desde el mismo instante de la detenci√≥n. ¬ŅC√≥mo acercarme compa√Īero, sin que parezca pretencioso?
Lo intentaré.
Lo intentar√© a trav√©s de la l√≥gica, porque de lo contrario nos volver√≠amos todos locos. S√© que cada sesi√≥n, es distinta y que, pasados los d√≠as, has encontrado eso que al principio te costaba aceptar. Que buscaban tu punto d√©bil, un agujero negro, que les cost√≥ averiguarlo y que, al final, cuando lo hicieron, penetraron hasta el fondo. Y que tus gritos fueron entonces desgarradores, ya que tu debilidad hab√≠a sido tu fuerza hasta que comenz√≥ la picana. Porque tu fuerza era la de todos, la de tu compa√Īera, la de aquellos momentos que guardabas hasta la eternidad entre tus recuerdos m√°s vanidosos.
Momentos que te los han envenedado para siempre.
Y s√© que ser consciente de ello te produce un desasosiego mayor que la propia picana. Te gustar√≠a no haber nacido. Te revienta mostrar tu debilidad, ense√Īarla a desconocidos que siempre, hasta en el mejor de los mundos posibles, seguir√°n siendo tus mayores enemigos. Por eso, precisamente, porque encontraron ese resquicio que te llev√≥ hasta el infinito de la angustia. Tu novia, tus amigos, tu madre, tus secretos que ya no lo ser√°n jam√°s. Sabes, y eso te asusta, que nunca m√°s volver√°s a tener un espacio privado.
Cruzaste el surco, y tu vida se convirti√≥ en una piltrafa, lanzada contra la pared del calabozo una y otra vez, hasta que los √ļltimos rescoldos de tu cabeza estallaron en mil pedazos. Como si te hubieran desnudado una y otra vez, ante los ojos de un p√ļblico que aplaud√≠a con tus v√≥mitos. Un p√ļblico repugnante, inmundo, simiente de hombres est√©riles e impotencias hist√≥ricas. Un p√ļblico del que no sab√≠as qui√©n aplicaba la electricidad, quien recog√≠a los excrementos, qui√©n aplaud√≠a y quien miraba a otro lado, por la ventana de la indiferencia. ¬°Se parec√≠an tanto!
Y maldices una y otra vez ese d√≠a que cruzaste por la puerta del fort√≠n, esposado, con las mu√Īecas sangrantes, bajo una capucha que te robaba la vida y te introduc√≠a en un mundo de tinieblas que ni Dante hubiera imaginado. Maldices mil veces la indecisi√≥n de esconderte, la intuici√≥n del terror a la vuelta de la esquina sin haber cerrado la puerta.
Te atormentas una y otra vez con los nombres que salieron de tu boca. Ya ni recuerdas con exactitud quien pudiste guardar y quien voló. El corazón se acelera en la soledad de la noche, cuando, de repente, suena un grito inexistente de ése a quien creíste haber delatado. Grita, gime, llora desde la lejanía, como el llanto de un neonato reproducido en un disco sin fin.
Pero es que la sensaci√≥n de dolor, el miedo que a pesar de lo sufrido a√ļn podr√≠a ser peor, era indescriptible. ¬ŅC√≥mo explicarlo? El latigazo de la corriente que empezaba por los test√≠culos y conclu√≠a brincando en el espinazo, ¬Ņc√≥mo describirlo? ¬ŅC√≥mo en la sexta ocasi√≥n? El abatimiento, la vida que se va en un instante, la asfixia, la muerte azul, ¬Ņc√≥mo relatarlo sin desear no haber existido?
Lo siento, compa√Īero. Siento revivirlo pero si lo he hecho lo era para chillarme a m√≠ mismo la injusticia de la vida. ¬ŅQui√©n reparte de modo tan desproporcionado? ¬ŅQui√©n juega a los dados de forma tan despiadada? Nunca lo sabremos. Quiero que sepas que tus noches en vela son las nuestras, que tus desasosiegos los esparcimos por el suelo de la solidaridad y que el desprecio a tus verdugos es el mismo que sentimos por ellos y que lo alimentaremos eternamente, generaci√≥n tras generaci√≥n. Son la hez de la tierra.
No hay héroes, colega. No hay héroes.
Los que ten√≠amos, compa√Īero, nos los arrebataron los a√Īos y, ahora, cuando nuestros hijos disfrutan de sus aventuras, de sus amores y de sus conquistas, nos enojamos porque una vez tambi√©n cre√≠mos en ellos. Y, sin embargo, no nos atrevemos a expulsarlos, porque quiz√°s, la inocencia es un valor. Pero sabemos de sobra que los superhombres no son de este planeta. Extra√Īos.
No hay hombres de hierro. Tampoco.
Ni nadie sobrevive a la tortura. Nadie. Lo cual no es un consuelo, sino una constatación. La constatación de que volvimos a ser humanos. Y como tales, retornamos a las sendas de las oportunidades. Nadie vuelve a ser como antes y, en ese temor, todo vuelve a ser como era. Excepto la identificación del monstruo, del verdugo, de la escoria de la civilización. Lo inhumano está en el torturador, no en el torturado.
No puedo m√°s que mostrarte toda mi ternura. Mi ternura y mis letras. ‚ÄúLa ternura de los recuerdos se va extendiendo por todas partes; si nos diluimos en ella ser√° imposible mirar a alguien con los duros ojos de la realidad‚ÄĚ, nos sorprend√≠a El√≠as Canetti. No tengo letras tan hermosas, y en mi torpeza, s√≥lo puedo mostrarte el apoyo de mi grupo, de nuestro grupo, de todos los que fuimos y somos.
Y a√Īadirte, con cierto desparpajo, que en estas cuentas no hay fracasos sino desenga√Īos. Que quiz√°s me juzgues por la interrupci√≥n. Con derecho. La torpeza es, precisamente, mi punto d√©bil. No he podido evitar escribirte. Porque la resonancia de tus voces era tan intensa que ni siquiera los viejos muros de mi casa, piedra sobre piedra, pudieron ocultarlos. Cr√©eme, si te digo, que a estas alturas, tus zozobras son las m√≠as. Saldremos adelante. No tengo duda.

Udalbiltza: atrapados en el bucle de la historia

En el verano de 1934 se produjo un movimiento municipalista entre los vascos que no volvi√≥ a tener parang√≥n hasta hace poco m√°s de diez a√Īos, cuando en el Euskalduna de Bilbao se present√≥ la asociaci√≥n conocida como Udalbiltza. Dicen que las comparaciones son odiosas, pero m√°s de una vez me he parado a pensar que aquellos alcaldes vascos republicanos que sufrieron detenci√≥n, c√°rcel, exilio y en alg√ļn caso muerte, por exigir, entre otras cosas, elecciones provinciales (s√≠ han le√≠do bien) son los antecesores de este grupo de alcaldes que hoy en 2010, esperan una sentencia de la Audiencia Nacional espa√Īola por pretender, entre otras cosas, una profundizaci√≥n democr√°tica.
El animador Garz√≥n y el entonces ministro del interior Acebes, ordenaron en 2003 la detenci√≥n de 21 cargos electos vascos, por, seg√ļn palabras del ministro, ‚Äúllevar a la pr√°ctica la formaci√≥n de grupos de electos‚ÄĚ. Pecado nefando, por lo visto, para la exquisita democracia espa√Īola, ‚Äúel miedo al rebuzno libertario del honrado pueblo‚ÄĚ que dir√≠a Valle Incl√°n.
Entonces, como ahora, hab√≠a situaciones de excepci√≥n. Las de ahora ya las conocen. En 1932, Madrid cre√≥ la figura del Gobernador General de las Provincias Vascongadas y Navarra, con sede en Bilbao, cuyo primer titular fue un tal Calvi√Īo, as√≠ como un juez especial para el mismo √°mbito, con sede en Pamplona, que tuvo a un tal Dom√≠nguez de primer juez.
Hace 75 a√Īos la derecha gobernaba la Rep√ļblica como en 2003 el Reino de Espa√Īa. No as√≠ cuando la creaci√≥n del supergobernador y el superjuez en 1932, ya que las izquierdas pusieron el nombre al Gobierno. En 1934 y en 2003, la izquierda espa√Īola no gobernaba pero ante los atropellos judiciales y policiales, mir√≥ hacia otro lado. Prieto y Zapatero de la mano.
La especificad política vasca en el contexto europeo tiene en los municipios y en su gestión uno de los elementos predemocráticos más fascinantes de la historia del Viejo Continente. Nuestros antepasados, con todas las deficiencias que se quiera, crearon un modelo político de gestión que superó la barrera de su época durante siglos y que con el tiempo, demostró ser un oasis en medio del desierto que ofrecían nuestros vecinos.
Más de uno me dirá que, con excepciones, la mujer no participaba en aquel modelo, que los propietarios hacían valer su poder, que la iglesia pintaba más de lo necesario… Evidente. No fue la Arcadia. Pero las comparaciones nos explican que la lucha contra el analfabetismo, la extensión de la red vial, la defensa de la tierra o la solidaridad con los menos pudientes eran razones de peso en la gestión municipal vasca y excepción en el medio europeo.
Por ello, cuando desde 1931 los habitantes de los cuatro territorios vascos al sur de los Pirineos intentaron conseguir cotas de soberan√≠a hasta entornes negadas y enquistas en los conciertos econ√≥micos, su medio natural fue el municipal. Los ayuntamientos fueron el lugar original para el debate pol√≠tico. Fueron unas elecciones municipales las que echaron al rey espa√Īol Alfonso XIII, abuelo del Borb√≥n brib√≥n actual, al exilio, junto a la Duquesa de Alba y cientos de familias hoy de sobra conocidas que volvieron por la puerta grande.
El movimiento municipalista de 1934 fue resuelto, como tantas y tantas situaciones pol√≠ticas, por la Guardia Civil. A falta de argumentos, la fuerza intimida. El que fuera ministro de Justicia del Gobierno de la Rep√ļblica, el navarro Manuel Irujo, nos dej√≥ en uno de sus libros una descripci√≥n detallada de lo que le ocurri√≥ en aquel verano de 1934, preludio sin duda de lo que ocurrir√≠a un par de a√Īos despu√©s. Pone la carne de gallina.
En aquel agosto de 1934, los alcaldes vascos, abertzales y republicanos en su mayor√≠a, hab√≠an creado la llamada Comisi√≥n Municipal Vascongada. El tiempo pasa, que dice la canci√≥n. Hoy le llamar√≠amos Udalbiltza. Quisieron celebrar unas elecciones que los gobernadores prohibieron. Aunque no lo fue tanto, la prensa francesa dijo que se trat√≥ de un ‚Äúmovimiento separatista‚ÄĚ. La Guardia Civil reprimi√≥ todas las iniciativas, sobre todo en Navarra (¬Ņpor que Navarra siempre es cabeza de puente para la represi√≥n?) y abort√≥ un intento de Asamblea Municipal a celebrar en Zumarraga. Igualito que en 2003.
Para evitar que los electos se reunieran, el gobernador civil de Gipuzkoa ordenó que la Guardia Civil custodiara todas las viviendas de los alcaldes y los mantuvieran en arresto domiciliario. En Oiarztun, el alcalde Feliciano Beldarrain, como en otros lugares, fue arrestado. Y para protestar por semejante atropello, Manuel Irujo y Telesforo Monzon, se dirigieron a su vivienda. Airadamente exigieron el levantamiento del arresto.
La Guardia Civil no tuvo reparos. ¬°Carguen!, dijo el sargento. Los agentes descerrajaron sus fusiles. ¬°Apunten!, los guardia civiles levantaron sus fusiles. Un silencio sepulcral. Terror en los semblantes de los presentes. La manifestaci√≥n se disolvi√≥. No era para menos. Esa misma Guardia Civil, a pocos kil√≥metros de Oiartzun, en Trintxerpe, hab√≠a matado a 7 j√≥venes que se manifestaban pidiendo pan, tres a√Īos antes. La democracia en la punta del fusil.
El alcalde Feliciano Beldarrain march√≥ al exilio, al igual que los dos protagonistas, Monzon e Irujo. Beldarrain muri√≥ en Kanbo, sin poder celebrar de nuevo sus entra√Īables Sanestebanes. La Guardia Civil fue homenajeada y los veraneantes de la costa guipuzcoana, muchisimos en aquel caluroso verano, se manifestaron en Zarautz por la espa√Īolidad de este pedazo de tierra.
Quien piense que estoy exagerando la historia est√° equivocado. Tampoco supon√≠a yo hace unos a√Īos que aquel movimiento municipalista tuviera tanta trascendencia, hasta que hace poco me top√© de bruces con el expediente de Florencio Markiegi Olazabal, alcalde de Deba y uno de los promotores, junto a decenas de cargos electos, de la llamada Udalbiltza de 1934, la Comisi√≥n Municipal Vascongada.
Cuando los franquistas se adue√Īaron de Gipuzkoa y Bizkaia, Florencio Markiegi sigui√≥ su periplo hasta Santo√Īa, mientras sus hijas Leire y Nekane, junto a su esposa, se refugiaban en Donibane Lohizune. El grueso del Ej√©rcito republicano vasco fue detenido en Santo√Īa y el 6 de septiembre de 1937, un tribunal militar juzgo a 25 vascos, entre ellos al alcalde de Deba.
Markiegi fue condenado a muerte y ejecutado en octubre del mismo a√Īo. Fue acusado de ser alcalde de Deba durante el ‚Äúperiodo separatista‚ÄĚ, es decir durante la rebeli√≥n municipalista del verano del 34 y la del verano del 36. Porque esos hechos, dec√≠a la sentencia, ‚Äúconstituyen un delito de adhesi√≥n a la rebeli√≥n, penado y definido en el p√°rrafo segundo del art√≠culo 238 en relaci√≥n con el 237 del C√≥digo de Justicia Militar, con el agravante de peligrosidad definido en el art√≠culo 173 del mismo cuerpo legal‚ÄĚ.
La democracia en la punta del fusil.
S√© de sobra que intentar imbricar √©pocas diferentes para adecuar un mensaje, m√°s a√ļn si es pol√≠tico, es fuente de manipulaciones. S√©, tambi√©n, que los actores de entonces y los de ahora, se mueven por circunstancias, como dir√≠a Ortega, diferentes. Es sin embargo, muy notorio que, muchos de aquellos actores siguen teniendo entonces una relevancia extraordinaria: jueces, fiscales, polic√≠a, guardia civil.
No entiendo, en cambio, ese temor a que el pueblo que diría Valle Inclán, la ciudadanía del postmodernismo socialista o el electorado en el que nos encasilla la derecha más rancia, cuando nos deja votar, pueda expresarse con libertad. No entiendo cómo Florencio Markiegi pudo ser condenando a muerte y ejecutado por promover una iniciativa democrática, ni como un juez como Garzón, pretendidamente icono de la defensa de causas republicanas, pudo cargarse otra iniciativa democrática. A veces tengo la impresión que, tanto en este tema como en otros, estamos atascados en el bucle eterno de la historia del abuso y la intolerancia de nuestros opresores.