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Bildukist√°n

Desayunar con tus brindis al sol, Od√≥n Elorza, se est√° convirtiendo en un cl√°sico. Como antiguo alcalde donostiarra pareces no haber descubierto, a√ļn, que las cosas tienen un principio y un final, que la caducidad es, afortunadamente, un fin en si mismo y que los remakes s√≥lo son posibles en la ficci√≥n. Talante rencoroso el tuyo. La verdad es que me has sorprendido.
Las criticas que has vertido sobre ciudadanos que no te han votado, sobre supuestos cegatos en tu propio partido y, en mayor medida, las que has lanzado al nuevo equipo que te sustituye en la alcaldía no dejan de asombrarme. Y no porque la crítica política no sea de interés si viene del vecino, sino porque la tuya va creciendo de tono hasta llegar al estadio en el que uno ya no sabe si mirar hacia otro lado o qué. No pareces, sin embargo, excesivamente receptivo. Lo que de todas maneras necesitas urgentemente es una cura de humildad.
En línea con muchos de tus colegas, no haces sino ver gigantes donde no hay otra cosa que molinos de vientos (ande o no ande caballo grande, como los personajes de Cervantes que agrandaste con la remodelación en el paseo de ídem). Inventas un enemigo y lo cargas de argumentos que sólo proceden de tu imaginario. De nuevo los cuernos y rabos inquisitoriales. Qué poco ha cambiado la historia a pesar del twiter, los ipads y los viajes extrasiderales.
Uno de tus √ļltimos art√≠culos alcanza ya la cota del delirio y, en el mismo, al margen de otras lindezas, acusas a tus sucesores en el consistorio de ideologizar con las ense√Īanzas de Mao (¬°flip!) tu bella ciudad (¬Ņte pertenece?) al borde del Cant√°brico. ¬ŅMao Zedong? Pod√≠as haber citado al Ch√©, Fidel, Argala o Monz√≥n‚Ķ pero ¬ŅMao y la China de Deng Xiaoping? ¬ŅQui√©n te aconseja Od√≥n?
Y de paso que nos estiras los ojos m√°s de lo que dicta la realidad comparas la nueva tonalidad de Donostia con la de los bantustanes sudafricanos o los campos b√©licos al borde del precipicio: Afganist√°n, Kurdist√°n, etc. Alarmismo y, al contrario que esa imagen que has pretendido transmitir en los √ļltimos tiempos, un gran ejercicio de xenofobia y ombliguismo. Donostia, opinas, ya no es Donostia, ni siquiera tu San Sebasti√°n de la capitalidad cultural o de la santidad de Munilla, sino algo horrible: Bildukist√°n. S√≠, Bildukist√°n, han le√≠do bien. ¬°Ay Od√≥n, qu√© bajo has ca√≠do!
Bildukist√°n para degradar como aquel sanguinario C√°novas al que dedicaste un antiest√©tico espacio que luego se desmoron√≥. La comparaci√≥n con los negros en taparrabos, la descalificaci√≥n por un supuesto ‚Äúprovincianismo‚ÄĚ, aquel ‚Äúcavern√≠colas‚ÄĚ que dedicaron en el siglo XIX los liberales a los que llevaban boina y hablaban en euskara. Si hasta beben jugo de manzana y comen txistorra como dir√≠a Lancre, despreciando los churros universales de Chambery. Ay, Od√≥n.
Los insultos y ep√≠tetos que dedicas a los que no piensan como t√ļ te est√°n haciendo un flaco favor. ¬ŅNo te lo han dicho? La historia te juzgar√°, muy a tu pesar, por las pataletas de estas semanas, no por tu gesti√≥n, bastante criticable por cierto desde mi humilde punto de vista, en tus 20 a√Īos al frente del Casino donostiarra (no se me mal interprete, lo de Casino viene a cuento por eso de que el Ayuntamiento utiliza los viejos locales del juego y diversi√≥n de la llamada Belle √Čpoque). El presente es tan fugaz que ya nadie recuerda que el gran Unamuno sac√≥ la cara a Sabino Arana.
En fin… si el instinto primario te arrastra, lo que transmites, después de aliviarte una y otra vez, es un mensaje político. Eso es lo interesante de tu discurso, a pesar de parecer la parte secundaria. Porque la ensombreces con adjetivos. Le dedicaré también unas líneas.
Un Tercer espacio. Este mensaje pol√≠tico, por lo anticuado, ya no cuela. Tu tercera v√≠a es la repetici√≥n de la de siempre, vieja como tu discurso, Od√≥n. Supongamos que la primera, siguiendo tu estela, es la espa√Īola pura y dura (a la que llamas ‚Äúnacionalismo espa√Īol poco imaginativo‚ÄĚ) y la segunda, de nuevo seg√ļn tu letra, la de los ‚Äúradicales vascos‚ÄĚ, bildustanitas. ¬ŅLa tercera? La tuya. Odonista (¬Ņhedonista?).
Somos mayores, Od√≥n. Recuerdo tu entrada en el Ayuntamiento. De manual. Utilizando prebendas, coche oficial, para iniciativas privadas (viaje de bodas). Seguro que clonaste aquello de all√° donde fueras haz lo que vieras. Y luego te curtiste junto a Gregorio Ord√≥√Īez, a quien achacabas tu cambio dr√°stico. Fue tu escusa para borrar las iniciativas populares y aliarte con especuladores, constructores, hosteleros y esos que han edificado la ciudad del XXI. En clave espa√Īola.
¬ŅQu√© se puede decir de un liberado de la pol√≠tica vasca, como t√ļ, incapaz de aprender euskara en tantos a√Īos de mandato? A pesar de tu promesa al poco de comenzar tu andadura ¬ŅNo sabes que pr√°cticamente la totalidad de los menores donostiarras de 35 a√Īos, conocen el euskara y la mayor√≠a de ellos incluso lo hablan con fluidez? ¬ŅNo merece el vascuence el respeto de la igualdad? ¬ŅSabes cu√°ntos de esos menores de 35 a√Īos te han votado para la reelecci√≥n?
¬ŅCavern√≠cola? No me doy por aludido. Ya no te pido cari√Īo hacia el euskara, que ya s√© que no lo expandes, sino respeto. No te pido el calor por la tricolor del que jam√°s has hecho gala. No te pido ya nada, Od√≥n, excepto que no nos tomes por tontos a todos aquellos que no hemos sabido comprender tu exclusivismo, como el de Tabacalera. ¬ŅRecuerdas que nos achacaste a los donostiarras que no entend√≠amos de aquello nada de nada?
Insisto. Tu tercera v√≠a es un camelo. Tu partido comparte gobierno en Gasteiz con la derecha m√°s facha de Europa. Tu partido comparte gobierno en Iru√Īea con la derecha m√°s retr√≥grada de Europa. Tu partido ha despojado a los pobres para enriquecer m√°s a√ļn a los acaudalados, banqueros. Tu partido mata en tierras lejanas en nombre del dinero, del petr√≥leo. Tu partido ampara torturas en nombre de la raz√≥n de Estado (aunque he de reconocer que de tu boca han salido las escasas cr√≠ticas a las mismas. Al C√©sar lo que es del C√©sar). Tu partido ha contaminado el concepto de izquierda. Tu partido‚Ķ
No tengo mucho que recordarte sino incitar a la lectura de tus textos, en facebook y en tus entrevistas para se√Īalar que la tercera v√≠a que propones es la misma que act√ļa como si insertara una pica en Flandes. Desde los churros, hasta los colores de la rojigualda. Eliminando todo aquello que pueda incitar a la duda sobre la espa√Īolidad de lo que ahora llamas Bildukist√°n. Verg√ľenza ajena siento con el Museo de San Telmo, vanguardia ideol√≥gica de tu pensamiento, Od√≥n. ¬ŅExistieron alguna vez los vascos?
Porque a pesar de lo que puedas ahora decir, tu proyecto de ciudad, tu proyecto de país, ha estado fuertemente ideologizado. También. No precisamente con introductores del pensamiento socialista, Lafargue, Perezagua, Amilibia o Meabe. Sino con un proyecto neoliberal, excluyente y elitista. Quizás por ello no renovaste mandato. Quizás por ello has concitado el descontento de tus convecinos.
Como conclusión te trasladaré una idea con el propósito de que me entiendas. A veces soy un poco rebuscado, quizás en las líneas anteriores. Ya sé que las impresiones y emociones son muy particulares, que no son eternas y que, incluso, pueden ser extravagantes. Durante tu mandato, Odón, me he sentido extranjero en mi tierra, en mi patria chica. Me dirás que el problema era mío. Es cierto. Pero ahora, que sigo viviendo en el mismo lugar, me siento más integrado en la que he considerado mi ciudad desde siempre. Una ciudad, lo sé perfectamente, plural.
Integrado en esta Donostia, San Sebasti√°n para tu gusto (est√°s en tu perfecto derecho), pero jam√°s en esa Bildukist√°n que se√Īalas. Siento un gran aprecio por donostiarras, naturales o de adopci√≥n, como Elvira Zipitria, Jes√ļs Larra√Īaga, Mario Salegi, Dominica Artola, Bilintx, Casilda Hern√°ez, Ferm√≠n Isasa, Faustina Carril, o incluso por el entra√Īable Txantxillo. Bastante m√°s, por cierto, que por Mao o por ese tal Rubalcaba al que apelas en uno de tus √ļltimos escritos para asistir en tu rescate. Espero que no lo haga como nos tiene acostumbrados. De madrugada y tumbando la puerta.
Que tengas un buen día.

La estrategia de la tensión

La idea, por lo visto dise√Īada en la d√©cada de los 70 en los despachos de la tenebrosa red Gladio, es sencilla. La tensi√≥n generada por diversos acontecimientos, atentados, huelgas, confabulaciones, etc., obliga a los sectores m√°s reaccionarios a tomar decisiones dr√°sticas, despu√©s de desprestigiar, en la totalidad, a su enemigo pol√≠tico. Detr√°s de la misma, militares y servicios secretos. Y detr√°s de ellos, obviamente, los due√Īos del dinero y de las fronteras.
Los libros de estrategia militar y pol√≠tica citan a la red Gladio como promotora de esta iniciativa, pero en realidad, la idea es tan vieja como la vida misma. Los golpistas de 1936, al igual que Hitler en 1939, airearon el peligro comunista para lanzar sus tanques contra el pueblo. Fernando el Cat√≥lico adujo un pacto secreto de Iru√Īea con Francia para invadir Navarra y el triangulo del terror (Bush, Blair y √Ānsar, ¬Ņo se escribe Aznar?, ya de tantos chistes he perdido la noci√≥n de la realidad) destrozaron Iraq a cuenta de unas inexistentes armas de destrucci√≥n masiva.
La tensi√≥n, con otros enunciados, es algo que nos resulta familiar. Al poco de nacer ETA, uno de sus primeros ide√≥logos de la teor√≠a revolucionaria, Jos√© Luis Zalbide, ya se√Īal√≥ que a toda acci√≥n armada o propagand√≠stica le seguir√≠a una represiva, de cualquier calibre. Zalbide, por cierto asesor del actual alcalde de Zaragoza cuando fue ministro espa√Īol del Interior, incidi√≥ en lo que aportaron los de su generaci√≥n: la capacidad para responder de nuevo a la represi√≥n y aumentar la espiral de la tensi√≥n. El dicho se√Īala que en r√≠o revuelto los pescadores aumentan sus posibilidades, aunque la experiencia nos remarca que quienes a menudo salen beneficiados son los inmovilistas.
La estrategia de la tensi√≥n, fomentada por el Estado espa√Īol, tuvo su pico a la muerte de Franco. Cientos de atentados contra intereses y personas abertzales. Directamente o bajo siglas fantasmas, el objetivo era el mismo. Generar el ambiente necesario para ligar soberan√≠a vasca con guerra. Dar la impresi√≥n de que los mastines estaban a punto de abandonar la perrera si se produc√≠a un paso m√°s all√° del permitido por esos poderes f√°cticos omnipresentes. Como Dios. Como en el 23F.
Cuando Barrionuevo, Vera, Galindo y compa√Ī√≠a se lanzaron a la caza del refugiado, el fin perseguido por los socialistas era tambi√©n sencillo: generar tensi√≥n en territorio franc√©s y obtener, de esa forma, la implicaci√≥n de sus gestores en su estrategia pol√≠tica. Lo lograron, a cambio tambi√©n de cientos de millones en armamentos e infraestructuras. La tensi√≥n tuvo sus frutos.
En los √ļltimos tiempos, ETA anunci√≥ un alto el fuego ‚Äúpermanente, general y verificable‚ÄĚ. La tensi√≥n generada por su actividad, en principio, quedaba relegada a m√≠nimos, despu√©s de los dos a√Īos del anuncio. Sin embargo, a nadie se le escapa que la decisi√≥n de ETA no es del agrado de todos. La tensi√≥n, con todos los matices que se quiera, sirve de argumento a Espa√Īa para avanzar en su cohesi√≥n y apretar las tuercas a la disidencia.
Se podr√≠a apuntar que se puede crear tensi√≥n de la nada para mantener el mismo escenario de siempre. Es cierto y en ese punto estamos, seg√ļn mi impresi√≥n. Los resultados de las √ļltimas elecciones municipales y forales, las previsiones m√°s cercanas y, sobre todo, el poder de la maquinaria represiva, un estado dentro del estado, que no quiere perder su hegemon√≠a, presentan aparentemente una atm√≥sfera irrespirable (para los espa√Īoles).
Lo hicieron ya en los momentos de debilidad operativa de ETA cuando era dif√≠cil de justificar el larvado estado de excepci√≥n: supuesto acoso a la lengua espa√Īola, las ikastolas como centros de formaci√≥n terrorista, teor√≠as conspirativas entorno al 11M‚Ķ Los ejemplos nos llevar√≠an al infinito. Los informes policiales en los juicios de la √ļltima d√©cada nos muestran un medio que, los que lo conocemos, sabemos inexistente. Irreal.
Hoy por hoy, las evidencias del futuro político de nuestro país pasan por unas coordenadas más o menos compartidas por un sector amplio de la población. Es evidente que, como sucede en otros procesos políticos, si el camino se hace con transparencia, humildad y determinación, la suma será importante. Trascendental. Y las expectativas parecen confirmar ese camino. No existe en Europa otro proceso con más probabilidades de éxito que el nuestro.
Por eso, la estrategia de la tensi√≥n estatal, seg√ļn manual militar y pol√≠tico, va a tener un largo recorrido. Tengo un amigo que continuamente me repite la idea de que Espa√Īa tiene una sala de m√°quinas que dicta en cada momento y a cada sector econ√≥mico y pol√≠tico lo que debe hacer y decir. Una especie de Gobierno en la sombra, de Trilateral. Un n√ļcleo cerrado y secreto que marca las pautas de la humanidad espa√Īola. Nunca lo he cre√≠do aunque de hacerlo, este ser√≠a el momento. La unanimidad contra los soberanistas izquierdosos (separatistas) es notoria.
Desde Vocento hasta el √ļltimo edil espa√Īol de cualquier pueblo vasco, desde Prisa (estamos asistiendo al Barber√≠a m√°s desbocado de su historia period√≠stica) hasta los unionistas donostiarras (alguien les deber√≠a explicar las leyes f√≠sicas y la teor√≠a de la gravedad), la ofensiva por la tensi√≥n es espectacular. Pero no ha hecho sino comenzar.
Entre tantas noticias al respecto, me ha llamado poderosamente la atenci√≥n las declaraciones de un tal Mariano Casado, secretario general de la Asociaci√≥n Unificada de Militares (espa√Īoles). Como es sabido, el alcalde Juan Karlos Izagirre ha solicitado una reuni√≥n con la ministra hispana de Defensa, a cuenta de la propiedad militar de dos fincas en Donostia. Pues bien, Casado que se prodiga en los √ļltimos tiempos en declaraciones sobre presencia espa√Īola en Libia, Afganist√°n e Iraq, ha contestado antes que la propia ministra: ‚ÄúLa presencia de las Fuerzas Armadas en el Pa√≠s Vasco es incuestionable, porque es parte del territorio nacional, mal que le pese a algunos‚ÄĚ.
Estrategia de la tensi√≥n. La lectura es clara. Si en un tema local y secundario, que ya fue negociado y avanzado por el PSOE, los militares entran como un elefante en una cacharrer√≠a, ¬Ņqu√© suceder√° cuando de verdad se planten las bases para un refer√©ndum de autodeterminaci√≥n? Euskal Herria en llamas. El conflicto de los Balcanes de los 90 ser√° una nimiedad comparado con lo que har√° la Brunete en el gran Bilbao. Acojono general.
En este escenario, la lectura de los sectores soberanistas en 2011 es la misma que hicieron los sindicatos UGT y CNT cuando la izquierda gan√≥ las elecciones en febrero de 1936: hay que desactivar la tensi√≥n y no caer en provocaciones. La derecha en Espa√Īa (incluso la que se arropa de progre) no es democr√°tica. Por eso, ojo.
Y esta derecha ampliada si no tiene argumentos, los fabrica. No hubiera sido la primera vez y, desgraciadamente, tampoco ser√° la √ļltima. La industria de las pruebas falsas es bien pujante, siempre ha sido pujante en una Espa√Īa que, en el discurso, parece medieval. Tengo la impresi√≥n, y por eso lo apunto con nueve letras, que los ataques a las placas en recuerdo de los socialistas M√ļgica y J√°uregui han sido prefabricados. Para ocultar las acometidas sostenidas e ininterrumpidas contra decenas de s√≠mbolos abertzales o populares. Para llevar el debate a otro lugar. Para dimensionar y matizar las v√≠ctimas.
Espa√Īa lo est√° anunciando. Quiere tensi√≥n. Necesita tensi√≥n para torturar, para apalear presos, para elaborar informes estramb√≥ticos sobre la existencia de armas de destrucci√≥n masiva en los despachos de la alcald√≠a de Lasarte, Laudio o Lesaka (hasta en las tres ‚Äúl‚ÄĚs encontrar√°n una se√Īal. Necesita tensi√≥n para decir que Espa√Īa es una, grande y libre, democr√°tica. ¬ŅPor qu√© repiten con tanta insistencia que Espa√Īa es una democracia si es tan evidente? Para evitar que los vascos digan ‚Äúgood bye‚ÄĚ.
La tensi√≥n ir√° en aumento en la medida que el desapego a Espa√Īa vaya desbrozando su camino. Lo dijo Felipe Gonz√°lez hace unos a√Īos: la democracia (espa√Īola) se defiende en los despachos y en las cloacas. Cargaremos con las provocaciones, aunque el hedor sea infame. Pero jam√°s abandonaremos nuestras convicciones, ni a los nuestros.

Marcianos en la Aste Nagusia de Donostia

Tom√© un vuelo de Doha (Qatar) a Madrid hace unos d√≠as y me encontr√© con un avi√≥n repleto de peregrinos chinos de Hong Kong, jesuitas para m√°s se√Īas, con destino a la capital espa√Īola. Eran la avanzadilla de esos centenares de miles que aclamar√°n al rey de la cristiandad en la ciudad del equipo merengue. Soport√© sus c√°nticos, sus rezos en voz alta, sus extravagancias. En fin, despu√©s de siete insoportables horas de vuelo supuse, equivocadamente, que se trataba del pasaje ex√≥tico del mes.
Llegu√© a Donostia al inicio de la Aste Nagusia y comprob√© el espacio ganado a la intolerancia, el asentamiento de La Flamenca y un ambiente destapado. La calle rezumaba novedad. Y vaya que novedad. No tuve que recorrer demasiadas aceras para percibir que, horror, los j√≥venes de Hong Kong me hab√≠an acompa√Īado y que, con ellos, miles de peregrinos cat√≥licos de todas las latitudes.
Peregrinos que disfrutaban de ‚Äúsuelo espa√Īol‚ÄĚ y de la brisa marina antes de desplazarse al horno madrile√Īo. Pronto comprob√© que los ex√≥ticos eran precisamente los chinos. El resto eran calcaditos, en su mayor√≠a. Pelo corto, rapado al estilo marine norteamericano, rubios en muchos casos. Con banderas de Francia, Italia, Croacia, Chile, Suecia, Noruega (temor a los cat√≥licos noruegos)‚Ķ y el Vaticano.
La pasada noche, precisamente, el exotismo lleg√≥ a su paroxismo. Me encontraba en una esquina de la antigua calle Ikatz, junto a una pintada que dec√≠a ‚ÄúRazinger ped√≥filo‚ÄĚ, cuando a lo lejos se divisaron dos banderas y un estruendo como de marcha militar. Los j√≥venes cat√≥licos, con su bandera del Vaticano al frente. En la boca del lobo.
Silbidos, frases ingeniosas‚Ķ pero como se dice ahora, con respeto. Flipante. Un grupo de 40 muchachos, de no m√°s de 20 a√Īos, m√°s blancos que la ostia divina y bien vestidos, recorrieron el coraz√≥n de una calle atestada de vasquitos. A paso ligero. Al final una bandera francesa.
La edad tiene sus gestos. Me puse las gafas de ver y pude comprobar que el que portaba la bandera tricolor llevaba una camiseta con el lema ‚ÄúCorsica Nazione‚ÄĚ. Uno de mis compa√Īeros lo tuvo claro: ‚Äúes la √ļltima vez que tomo drogas‚ÄĚ. Yo, que hace tiempo que lo hice, llegu√© a pensar, sin embargo, que Tim Burton se hab√≠a decidido a filar la segunda parte de ‚ÄúMars Attacks!‚ÄĚ.

La dimensión de lo real

Hace muchos a√Īos, tantos como 75, un hombre sin nombre echaba en Bilbao una carta al buz√≥n. Le hab√≠a puesto su sello correspondiente, en c√©ntimos de peseta, y se march√≥ a su casa, agobiado por las noticias que le llegaban de la guerra fraticida. El destinatario de su misiva viv√≠a en Donostia, apenas a un centenar de kil√≥metros al este de la capital vizca√≠na.

Pasaron los días, las noches, las estaciones. Llovió, nevó, abrasó en agosto, sin estridencias, y aquella maldita guerra concluyó con un vencedor, el fascismo, y muchos perdedores, el pueblo llano. Un buen día de 1949, por decir algo, el destinatario donostiarra recibió en su buzón la carta de su amigo bilbaíno. Habían pasado 4.147 días. Un matemático lo habrá captado de inmediato: la carta había avanzado a una media de 3,14 metros al día. Como un caracol. Pero al final, los caracoles llegan también a su destino. El tiempo no es capaz de derrotar una amistad.

Poco m√°s tarde, en 1953, el primer ministro chino Zhou Enlai (creo que en nuestra √©poca lo escrib√≠amos Chou En-lai), se encontraba en Ginebra para participar en las negociaciones abiertas al objeto de poner fin a la Guerra de Corea, seg√ļn an√©cdota que recoge Slavoj Zizek. Cito al esloveno a prop√≥sito porque tengo la impresi√≥n de que fue un a√Īo m√°s tarde, 1954, y no para lo de Corea sino para buscar la paz en la guerra de Indochina (Francia y Vietnam). En fin, no tiene mayor trascendencia porque es un escenario secundario de mi relato.

El principal, en cambio, es el de mi inter√©s. Un cort√©s periodista franc√©s le pregunt√≥ entonces a Zhou por su opini√≥n sobre la Revoluci√≥n francesa que, para los vagos en eso de las fechas, les recordar√© que fue en 1789. Y el entonces primer ministro chino le contest√≥ ‚ÄúTodav√≠a es demasiado pronto para pronunciarse‚ÄĚ. ¬ŅLa parsimonia china? No lo creo. Zhou ten√≠a raz√≥n. Lo ef√≠mero, lo coyuntural, lo simb√≥lico nos abruma. Quiz√°s por nuestra condici√≥n pasajera, por eso de que nuestra fecha de caducidad la llevamos en la frente. Lo real, lo inmutable, con todas las reservas, se nos escapa. Pero lo real es el aire que respiramos y nos hace ser como somos.

Definir la realidad en los tiempos que corren puede parecer una pedantería. Al menos en el llamado Primer Mundo (el nuestro), donde el universo de los ricos, en comparación con el resto de la humanidad, es superior al de los pobres. La sociedad surgida del efecto Hollywood marca las pautas incluso en la ideología, convirtiéndola en dominante. Hoy estamos apegados a lo virtual y por ello la definición de un término, el simbólico, y otro, el real, se hace complicada.

A√ļn as√≠, voy a tomar algunas ideas prestadas para definir lo real como aquello que sobrevive en el tiempo a lo simb√≥lico. A los embates de lo virtual, de las ingerencias externas e internas. Quiz√°s no necesite remontarme, como el periodista ginebrino, a la Revoluci√≥n francesa. Pero por ello, precisamente, he colado los dos ejemplos anteriores. No soy fil√≥sofo y tampoco he accedido a lo que dec√≠an al respecto Kant, Heidegger o Habermas. Pido disculpas a aquellos acad√©micos que consideren mis l√≠neas una intromisi√≥n. No pretendo dar lecciones a nadie, ni mucho menos.

Para delimitar mi posici√≥n echar√© mano de un ejemplo que, en los √ļltimos tiempos, parece tener gran trascendencia: nuestra bandera. Las banderas tras las que nos hemos agolpado los vascos se revistieron de colores diversos. El s√≠mbolo patrio fue rojo, pero tambi√©n acarre√≥ la flor de lis borb√≥nica y decenas de otros detalles hoy olvidados. En los √ļltimos cien a√Īos, sin embargo, las aspas verdes y blancas sobre el fondo rojo que idearon los Arana sirvieron para unirnos como nunca. No tengo constancia de que los balleneros de Donibane Lohizune salieran a la mar con una bandera del Reino de Navarra, pero si a su equipo de rugby, como el de Baiona o el de Biarritz, tomar la ikurri√Īa como color propio en la competici√≥n pasada.

Quiero expresar con este ejemplo, y que nadie se me enfade por una nimiedad, que, siguiendo la definici√≥n elegida, aquello que ha sobrevivido a lo simb√≥lico, decenas de colores y banderas que utilizaron nuestros antepasados en los √ļltimos siglos, ha sido el pueblo vasco, lo real. Lo real es pues nuestra voluntad, nada que ver con el celof√°n que la reviste.

Tenemos decenas de símbolos pegados a nuestra piel. Laburus, chapas reivindicativas, colores patrios deportivos, centros de peregrinación (Amaiur, Leire, Guggenheim, Sartaguda, Itxasu…), modelos culinarios, acordeones, lencería, abecedarios. Otros ya desaparecidos, como el fervor mariano, la txapela o la afición a la pelea de carneros. Los moldes del tiempo. Lo fundamental permanece y, en esencia, nuestros hijos, con todos los cambios culturales que queramos, son como los hijos de los padres de hace veinte o treinta generaciones.

No tiene m√°s inter√©s lo virtual, desde mi humilde opini√≥n. El celof√°n ha sido, a menudo y desde la perspectiva de este siglo XXI que nos acoge, una chifladura. Y vuelvo a solicitar clemencia. ¬ŅNo les parece que ese carlismo que nos mantuvo vivos durante el siglo XIX es uno de los mayores esperpentos pol√≠ticos de nuestra historia? ¬ŅApoyar una l√≠nea din√°stica hasta el punto de matar y morir por ella? El pa√≠s, nuestro pa√≠s, era carlista. Sin fisuras. Era lo simb√≥lico. Y sirvi√≥ para cohesionar lo real, aunque parezca mentira.

Si me remoto en el tiempo o en el territorio, las extravagancias han sido notorias. Tambi√©n los aciertos. ¬ŅY qu√©? ¬ŅAfectaron a la columna vertebral del pa√≠s o, por el contrario, sirvieron para mantener la llama? Sirvieron para lo que sirvieron y tuvieron el recorrido que tuvieron. Tenemos a√ļn hoy pr√≠ncipes que reivindican el trono de Navarra, expertos que descubren la cuna de la egiptolog√≠a, el cristianismo y no s√© qu√© m√°s a trav√©s de cuatro piedras. Extraterrestres. Nuestros, a pesar.

Hoy, las corrientes que se nos cruzan en el patio cotidiano están cargadas de electricidad. A veces sueltan un chispazo, otras dejan marca, incluso queman. Razón de ser. Sabemos lo que es la electricidad y por eso no debemos preocuparnos por sus efectos. Fuera de los hilos existe vida. Y espero que la metáfora no la sientan excesivamente rebuscada.

Al grano. Tenemos unos mimbres excelentes, una juventud encomiable y un espíritu de comunidad que no lo encuentro entre los vecinos, cercanos y lejanos. Es lo real. La voluntad de mantenernos en lo nuestro, de sobrevivir a lo simbólico y lo virtual, ha logrado que hayamos escrito los pasajes más hermosos de la historia europea del siglo XX. Sin sorna. Tenemos nuestros jauntxos, ladrones, especuladores y Tíos Tom. Cómo no tenerlos. Pero, asimismo, tenemos trovadores y poetas. Y no son políticos profesionales.

Hace unas semanas, o√≠ a un periodista alem√°n afirmar, despu√©s de los resultados de las elecciones municipales y forales, que la comarca de Debagoiena es el territorio m√°s de izquierdas de Europa. Ser√° probable. Habr√≠a que estudiar detalladamente el mapa electoral del Viejo Continente. A bote pronto tiene pinta. Y no es por casualidad que en todos sus municipios haya ganado Bildu por mayor√≠a absoluta. La cuna de decenas de proyectos, algunos estrat√©gicos para nuestro pa√≠s. ¬ŅAlguien piensa que el resultado es efecto de una coyuntura? ¬ŅO por el contrario hunde sus or√≠genes en una din√°mica sostenida?

Esa es una dimensión real de nuestro proyecto. La raíz.

Esa es la dimensi√≥n que evitan quienes se oponen a que nos podamos expresar tal y como somos. La batalla de lo virtual, de lo cercano es importante, interesante dir√≠a yo. Pero no es la batalla. La de verdad es la de la supervivencia, la que supera a lo simb√≥lico. Debemos incidir en el fondo, en el espacio y en lo que nos une. ¬ŅUrgencias? ¬ŅApremios? S√≥lo uno, el de los aquellos que llevan en sus espaldas el peso del castigo. ¬ŅEl resto? Que se lo pregunten a Zhou.

Clandestinos

Llueve en el exterior, lentamente como si las gotas tuvieran reparo en alcanzar las losas del pavimento. Las cortinas est√°n corridas, andas descalzo por la habitaci√≥n cuando te levantas para cambiar de postura. En la lejan√≠a se oye un alboroto y, autom√°ticamente, aguzas el o√≠do esperando un detalle que te ponga en alerta. Hace unos a√Īos, cuando eras novel en estas cuestiones, cualquier ruido te pon√≠a ojo avizor. Ahora sabes que hay que esperar. Alg√ļn d√≠a, una de las falsas alarmas no lo ser√°. Y entonces todo se habr√° acabado. Lo intuyes, pero no quieres pensar en ello.
Lo has sabido desde siempre. Lo has llevado en tu zurr√≥n. Con esas miles de evocaciones que te acompa√Īan en tu deambular sin destino herm√©tico. Porque sabes que tu objetivo no est√° entre calles, ni en avenidas ni mansiones, grandes o peque√Īas. Tu destino est√° en otra parte. Y en ninguna. Tu estrella no destila brillo alguno. No puede. Ni debe. Perteneces al mundo de los que no existen y quiz√°s, no existir√°n jam√°s. Tu destino est√° en la lucha. En la utop√≠a. En el √©xito. Nunca en el olvido.
Y por eso conf√≠as en los tuyos, ant√≠dotos del olvido. Tienes una fe ciega en todos y cada uno de quienes se adelantaron y probablemente te preceder√°n. Tu vida est√° cruzada de dudas, de indecisiones, pero jam√°s has titubeado sobre la fidelidad de los tuyos. Es tu mayor caudal y, en los d√≠as en los que el mundo se torna de tonalidades grises, tu √ļnico asidero. Tu cord√≥n umbilical con la causa.
Nadie te hab√≠a arengado sobre la clandestinidad. En las cr√≥nicas √©picas, y a pesar de todo m√°gicas, que te refer√≠an tus compa√Īeros de militancia, los horizontes naturales condensaban colores m√°s vivos, sonidos m√°s po√©ticos que los del eco del silencio que te atenazan ahora. La soledad es tu compa√Īera, en demasiadas ocasiones la √ļnica compa√Īera. Soledad con siete letras, soledad que la has sufrido hasta agotarla.
Cu√°ntas noches has tenido que pasar al raso, contando los minutos para que se hiciera la luz. Agazapado tras los setos de un parque, echado en el coche del aparcamiento de un supermercado, evitando la linterna del vigilante. En una habitaci√≥n desconocida. Cu√°ntas noches aguantando el sue√Īo, enemigo como el uniformado que sigue tus huellas, maldiciendo aquella cita fracasada por precauci√≥n, aquel coche que se grip√≥ en una cuesta inofensiva.
Y en estas veladas interminables, el recuerdo de los tuyos se convierte, como su fidelidad, en el mayor de los alivios. C√≥mo no evitarlo. Tu ni√Īez se agolpa en detalles, en juegos, en canciones, en gritos. El cuenco de leche que te preparaba tu madre mientras te mesaba los cabellos, las historias de ese padre que nunca conociste, que muri√≥ lejos de casa. Ese padre que, sin presencia, te desbroz√≥ el camino, te dio la vida a trav√©s de ella y de sus amigos, responsables de mantener viva la llama de su memoria.
Esos recuerdos del caser√≠o, cuando os juntabais hermanos y primos para honra de tus mayores. Cuando compart√≠as cama y miedos, al anochecer como ahora. Pero entonces los miedos, los de tu prima a la que ya sacabas un palmo, no eran los mismos. El ulular de la lechuza atra√≠a a las brujas que aterrizaban con su escoba, a los sacamantecas que aplastaban la hojarasca con sus botas de gentiles, a los duendes que se llevaban a las ni√Īas traviesas.
Y os juntabais todos en la misma cama para haceros fuertes frente a las sombras que os acechaban. Sombras y miedos que hoy, desde tu escondite, no dejan de provocarte m√°s de una sonrisa. Expresiones que a nadie puedes contar, a nadie puedes relatar. Sobre todo cuando te embarga la melancol√≠a. Hay que ser fuerte en medio de la zozobra. ¬°Cu√°ntos a√Īos sin verlos, sin saber de ellos, de sus hijos, de sus penas y de sus alegr√≠as!
Recuerdos de militancia, recuerdos de situaciones y escenarios que ya nadie te podrá robar. Ni aunque te cuelguen de grilletes, ni aunque te den picana. Porque con esos amigos de vida y muerte ofreciste una razón contundente al futuro. La razón de llegar hasta el final en la intención de decir, como cantaba el bardo, que somos quien somos. Hombres y mujeres que anidaron en tu corazón y en el de todos nosotros.
Lo s√©. Lo sabemos. Callamos, call√°is con l√°grimas que no escribimos. Que dejamos deslizar hasta que se esfuman entre los meandros m√°s rec√≥nditos de nuestra tierra, esa misma que a√Īor√°is con m√°s intensidad que la de un amor adolescente. Callamos las l√°grimas de esos ojos que nos han ense√Īado la vida y que una vez se entristecieron al conocer la muerte. Sangre de nuestra sangre.
Ahora, los miedos que te atenazan son otros. Los primeros en casa, en la ya vieja y para ti nueva casa. Tienes tanto miedo a que alguna distracci√≥n tuya, a que alg√ļn movimiento mal valorado, suponga un peligro para tus compa√Īeros que, a veces, la responsabilidad te ahoga. La militancia clandestina crea lazos imborrables, tan duraderos que no hay viento que los derribe. Por eso te asusta el fracaso de tu tarea.
Miedo, tambi√©n, a los uniformados, disfrazados de lecheros, de vendedores ambulantes, de hombres de negocios, de punkies o de criadores de sapos. Cientos, miles de disfraces posibles que, a veces, ahondan en tus paranoias. Porque sabes que bajo la cesta de la compra, dentro del bolso de marca o de piel de cocodrilo, en la pernera del pantal√≥n, bajo el sobaco, esconden una pistola con una bala en la recamara. Pistolas dise√Īadas para matar, para hacer valer el orden establecido. Ese mismo orden contra el que est√°s luchando.
Y sabes del poder del arma porque t√ļ llevas una.
Llevas d√≠as con las persianas de una casa que no conoces, con un vecino que √ļnicamente aparece los domingos, cerradas. Consumiendo comida enlatada, que por cierto sabe a serr√≠n, para mantener esa sensaci√≥n eterna de que tu refugio est√° vac√≠o. Agazapado junto a la ventana de la cocina, robando ese rayo de luz que se filtra impertinente, para leer l√≠nea a l√≠nea, las p√°ginas de un libro que lo conoces de anta√Īo. Porque lo que no puedes saborear en la cazuela, lo disfrutas desde el papel. Has manoseado sus tapas como si fueran la piel de una mujer hermosa.
Y si conocieras la vida clandestina de su autor, Miguel Bonasso, te sentir√≠as identificado con sus experiencias montoneras. Ya lo haces a trav√©s de sus letras: ‚ÄúEl terror desciende con el techo de tu propia casa. Te acompa√Īa en todas tus salidas a la calle, Por la noche, de regreso en la guarida, ves una pel√≠cula sobre la resistencia francesa y lo que antes te parec√≠a una haza√Īa hoy te resulta trivial. Te has pasado el d√≠a burlando controles, razzias y “pinzas”, compartiendo el territorio con ellos: los horribles‚ÄĚ.
Los horribles, los mercenarios. Ellos, el enemigo.
Tus emociones, sin embargo, son otras. Es cierto que sientes admiraci√≥n por compa√Īeros a los que jam√°s viste. Es notorio que tus sue√Īos se colorean con los destellos m√°s agudos. Es notorio que siempre percibiste el calor de los tuyos. Pero jam√°s buscaste notoriedad. No vas a escribir un libro y sabes que alg√ļn d√≠a, la clandestinidad concluir√°. Tampoco es eterna. Tu nombre es el de todos y el de nadie. S√≥lo los tuyos lo deletrean con certeza.
En ellos está precisamente tu fuerza. En su solidaridad que es la tuya. Por eso te hiciste clandestino. A tu pesar. Huyendo de los horribles. Defendiendo la casa de tu madre de las hienas. Construyendo este nuestro país, que a pesar de tantas ingratitudes, que a pesar de tantos sufrimientos, que a pesar de los pesares, un día será libre. Un día en el que podrás correr la cortina, pasear por el piso en zapatillas y encender la luz a cualquier hora del día. Porque la libertad entrará precisamente por esa ventana que entre todos estamos convencidos que la vamos a abrir.