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I believe in you

Hay un pueblo al norte de Garazi en el que brota un arroyo que tiene nombre de valle, Harana. Las madrugadas son estrelladas cuando en verano suspira el viento del sur y desde las lomas del Baigura, en las noches m√°s claras, los brazos de Centauro y Perseo de la V√≠a L√°ctea abrazan las sombras del Pirineo. Desde el oto√Īo, la humedad se pega a la hierba mientras los helechos cubren las cunas de la vida m√°s diminuta, hasta que en primavera salen las mariposas de su letargo. Esas mismas mariposas cuyo nombre en euskara, pinpilinpauxa, fue elegido el m√°s hermoso entre miles.
Maddi naci√≥ en ese pueblo al norte de Garazi, Heleta, el mismo d√≠a que una rumana llamada Nadia, gimnasta a√Īos depsu√©s, y una americana de nombre Michaela a quien el futuro le deparar√≠a convertirse en una refutada violonista. Maddi creci√≥ con la sonrisa en sus labios, rodeada de amigos de juegos y algo m√°s. Nadie supo de ella, no tocaba el viol√≠n, ni se colgaba de una barra, hasta que, con 24 a√Īos, se fug√≥ de la c√°rcel de Pau, en compa√Ī√≠a de Gabi. Un a√Īo m√°s tarde, detenida por los gendarmes, perd√≠a su preciosa vida arrollada por el tren. No s√© que fue de Nadia, ni de los acordes de Michaela, pero guardo el recuerdo de Maddi envuelto entre los brazos de Centauro y Perseo con permiso de la lluvia compa√Īera.
Aqu√≠ estamos en un trozo de tierra, sin m√°s defensas que las trincheras naturales de los nuestros, con la esperanza de la llama que arde, ya que m√°s vale ser rescoldo que marchitarse. Aqu√≠ estamos, sintiendo los √ļltimos h√°litos de Mertxe Mart√≠n, refugiada en un falso refugio porque dej√≥ de serlo. ‚ÄúVamos a ver juntos donde se hace el Sol‚ÄĚ, recit√≥ Gabiela Mistral. En Astigarraga. Mertxe, 16 a√Īos apenas, enturbiada por la niebla matutina antes de ser recuerdo en nuestro recuerdo, mirada con brillo. Rematada por miserables con apellido fascista.
Supe por aquel hijo que no tuvo, que de sobrevivir habr√≠a concluido en una mazmorra lejana, cubierta la sangre con arena, como en una plaza de toros, y quiz√°s, mancillada por funcionarios de gorra de plato. Supe por aquella hija a la que no lleg√≥ siquiera a so√Īar que, parca en palabras, no tuvo reparo en coger un fusil y subir hasta el parapeto m√°s intrincado y, por tanto, m√°s inseguro. Y supe, por ellos, que su sangre de ni√Īa se desliz√≥ entre los caminos hollados por adultos.
Conoc√≠ a Maite desde que estudiaba en el colegio de monjas, que luego abandon√≥. Cuando tocaba la guitarra y el piano, y se instru√≠a en el instituto de Txurdinaga. Conoc√≠ sus inquietudes, sus ansias de correr hasta la meta en el menor tiempo posible. Sus ganas de cerrar siglos de ingnominias y su fe en sus compa√Īeros. Fiel a ellos, a s√≠ misma. Hasta que, junto a Rafa, perdi√≥ la vida.
Su admiraci√≥n por el euskara que aprendi√≥ como tantas otras. Su respeto por los suyos, tal y como recitaba Maialen Lujanbio: ‚ÄúGogoratzen naiz lehengo amonen zapi gaineko gobaraz. Gogoratzen naiz lehengo amonaz gaurko amaz ta alabaz‚ÄĚ, Amerria, la patria de la madre. Y tal como cantaba Maialen, un d√≠a, al estilo de las brujas de Zugarramurdi o quiz√°s de las de Anboto, las veremos llegar, ‚ÄúEuskal Herriko lau ertzetara itzuliko gara gabaz‚ÄĚ.
Mar√≠a, la madre de √Āngel, recibi√≥ de su hijo el calor imposible, la intranquilidad eterna unas horas antes de que fuera ejecutado aquel 27 de setiembre de hace ahora demasiados a√Īos para llorar, apenas unos cuantos para olvidar. La otra Mar√≠a, la madre de Jon, no viaj√≥ a Barcelona antes de que matar√°n a su hijo ese mismo d√≠a, aunque record√≥, con detalle, los meses en el que lo arrop√≥ en su vientre. Ambas se conocieron en la espera y en la despedida. ‚ÄúDeja que cure el dolor de la oscuridad‚ÄĚ, cantaba Mercedes Sosa.
Rosi y Marisol, como las madres de √Āngel y Jon, se unieron por el dolor. O mejor. O peor, sus familias se unieron por el dolor. Murieron al reventarles la bomba destinada al INEM, en Sestao. Rosi, de Barakaldo, Marisol de Ermua. En la lista de la precariedad, en las colas de los desamparados, trabajo, sudor y l√°grimas. El hierro, el acero que forjaron hombres‚Ķ y mujeres que desaparecieron de los libros y reaparicieron en las luchas, siempre con modestia.
‚ÄúNo s√© c√≥mo irme ni c√≥mo llegar ‚Äďle dir√© cada vez que intento cruzar un espejo- el mundo del otro lado me dice que es demasiado tarde‚ÄĚ, versaba Ana Wajszczuk de su amada Varsovia. Y me surge la duda, en la calidez de mis escondites y plagada de vientos que llegan desde el Serantes, si entre las ruinas de Euskalduna, o entre las lumbres de siderita de Gallarta no habr√° miles de espejos con los rostros de Rosi y Marisol, reptiendo hasta el infinito su deseo de terminar con tanto canalla. Y la duda me anima a seguir adelante.
Dime Bakartxo que sigues esperando a la cita, nerviosa, alterada por el retraso. Dime que todo lo que pas√≥ despu√©s es un mal sue√Īo. Porque quiero recordar tu sonrisa junto a la brisa que entra desde Monp√°s e invade todo ese barrio al que dieron el nombre de un empresario taurino, como si sus credenciales econ√≥micas fueran suficientes para dejar huella en la piedra.
Dime Bakartxo que ni Luis Mari, ni Satza acudieron a la cita, que todo aquello no es sino el eco de otros tiempos de guerra, el olor √°spero de la p√≥lvora, el sonido insoportable del traquetear de la pistola. Dime que sigues tomando ese caf√© cargado con unas gotas de leche fr√≠a y que al abrir las ventanas de tu casa te emocionas a√ļn con los cantos infantiles de las ni√Īas de la ikastola vecina. Dime que esa ventana no se ha cerrado jam√°s.
Y cuando me lo digas, te contar√© los sue√Īos de Lutxi, los m√≠os. El espanto de la tragedia que asol√≥ su peque√Īo pueblo al borde de los desagues de Urrunaga, cuando decenas de ni√Īas de otra escuela como las que Bakartxo admiraba, dejaron de ser ni√Īas para convertirse en pesadilla. Bombas sin nombre, pero con el apellido de insignes familias fascistas.
Te contar√© los sue√Īos que me trajo Lutxi de Nicaragua, de su revoluci√≥n sandinista, de sus mujeres, del color del ma√≠z y del sabor del maracuy√°, de las grietas en las mansiones centenarias y de las iguanas subiendo por las paredes de la tienda de campa√Īa. Te contar√© los sue√Īos de amor de Lutxi, de amor por su pueblo, y recitaremos juntos aquellos versos de Gioconda Belli: ‚Äú¬ŅTe acord√°s de la √ļltima vez que cre√≠mos poder iluminar la noche?‚ÄĚ. Lutxi, que cay√≥ en Trintxerpe.
Y as√≠, con los sue√Īos de Lutxi, desde la ventana abierta de Bakartxo, escribiremos letras de amor, de recuerdo y de esperanza. Recitaremos poemas de Maya Angelou, Anais Nin, Alice Walker, Madeleine Jauregiberri o Itxaro Borda. Y como escribi√≥ Sorne Unzueta, nacida con el XIX en Abando: ‚ÄúZer dauko gau honetan, neure herriak? Ikusten dot inoiz baino argiagoa‚ÄĚ. ¬ŅQu√© sucede en mi pueblo al que veo m√°s l√ļcido que nunca?
Hay un pueblo al sur, al este, al norte y al oeste de Garazi, en el que brotan decenas de arroyos con nombre de mujer. Cuando las noches son claras, y el viento se desliza por los valles m√°s bajos, el cielo se despeja y en su negritud, nos ense√Īa los c√ļmulos, las galaxias, las constelaciones‚Ķ repletas de estrellas con nombre femenino, Andr√≥meda, Vega, Casiopea, Hadar‚Ķ Estrellas a las que una vez, con atrevimiento, pusimos los ep√≠grafes de nuestra tierra, desde que Mertxe subi√≥ a aquella trinchera destartalada, olvind√°ndonos de nomenclaturas acad√©micas.
Hay un pueblo al sur del Adur, al norte del Ebro, viejo y arrugado, joven y activo, sostenido por manos de mujer y por brazos de madre. Que se apega a un trozo de tierra y que canta en una lengua milenaria. Que, a pesar de que se ha vuelto descreido, sigue una senda ya trazada. ‚ÄúZugan sinesten dut‚ÄĚ, dec√≠a el poeta, ‚ÄúI believe in you‚ÄĚ, entonaba una cantante australiana. Me resisto a pronunciarlo en castellano, ‚ÄúCreo en ti‚ÄĚ, porque resuena como si viniese de un valle b√≠blico. Aunque fuese Elah, donde David venci√≥ a Goliat, prefiero el nuestro, como el del arroyo de Heleta, Harana, donde un gesto de Maddi fue suficiente para convencernos hasta la eternidad.

Pre-SOS

Hace unos pocos a√Īos suspir√© en las antiguas mazmorras de Ezkaba, llenas de moho y humedad, oscuras como las guaridas de monstruos legendarios. Suspir√© por un recuerdo pasado que me transport√≥ el presente m√°s punzante. Primero con unos mecheros y alguna cerilla y luego con una linterna de esas que guardamos en el coche para casos de emergencia, fueron aflorando, en los muros calcinados, viejos escritos, tablas de multiplicar y dividir, poes√≠as, borrones, dibujos insinuantes, incluso c√≥digos indescifrables.
En paredes bajo tierra, presos con tuberculosis procedentes de mil presidios lejanos, eran encerrados sin saber si hab√≠an descendido al √ļltimo de los infiernos descrito por Dante o al m√°s sofisticado y, nunca imaginado, centro de tortura del Ministerio de Gobernaci√≥n. Con los pulmones cansados de la vida, la humedad los encharcaba hasta anunciar, con esputos colorados, la cercan√≠a del fin.
Entonces, las frases se hac√≠a m√°s emotivas, el trazo del lapicero m√°s sinuoso y la letra descend√≠a, acogotada por el v√©rtigo del final. Ah√≠, bajo la tierra tenebrosa construida un lejano d√≠a para defender la vieja Iru√Īea, los padres ten√≠an un √ļltimo recuerdo para sus hijos, inocentes a√ļn, los j√≥venes para sus amores m√°s exclusivos, mientras una sensaci√≥n, fr√≠a y electrizante, les atravesaba el espinazo moribundo.
Recorr√≠ con emoci√≥n una a una las frases, sin entender muchas de ellas, guardadas en corazones olvidados. Frases de guerra y de paz, de tristeza y de alegr√≠a. De infortunio, casi todas. Pas√© de una mazmorra a la otra, en silencio, con el sonido de las gotas que, dentro del presidio, hubieran hecho, en unos miles de a√Īos, el camino a las estalactitas. Esperando encontrar nuevas sensaciones, letras de corte diferente. Esperanza en la nada.
Aquellos d√≠as atisb√© a comprender, aunque fuera en una m√≠nima medida, el sentido de la c√°rcel, de la privaci√≥n de libertad, de la soledad en la celda cuando se cierran los pestillos, de la enorme distancia a recorrer entre la puerta de entrada y la de salida, por mucho que ambas sean las dos caras de una misma moneda. ‚ÄúLas cuatro paredes de la celda que, sin remedio dan el mismo n√ļmero‚ÄĚ tal y como vers√≥ C√©sar Vallejo. Supe que no hay peor pesadilla.
Aquellos d√≠as escrib√≠ en mi cartilla de desenga√Īos que cada minuto que pasa con uno de nuestros presos entre rejas es un minuto m√°s a la suma de fracasos personales. M√≠os y de los m√≠os. Aquellos d√≠as sent√≠ la agon√≠a de una madre en lo m√°s hondo de mi alma. De esa alma que no existe pero que, de vez en cuando, palpita entre nuestros dedos nerviosos, en nuestro cerebro que siente o en nuestros tobillos de cristal. Nadie sufre como el que padece la lejan√≠a.
Guard√© las fotos de todas y cada una de las frases en el fondo de cuadros modernos, fotograf√≠as digitales. Oscuras a falta de focos, temblorosas por el recuerdo. Las descargu√© en mi ordenador port√°til, el que me acompa√Īa en la bolsa con libros y peri√≥dicos, bol√≠grafos y papeles en blanco. Las guard√© tambi√©n en el disco duro de la computadora familiar, junto a otras miles de fotograf√≠as que me acercan a mi pa√≠s y a los que quiero.
Una noche, oscura y desgraciada como las de Ezkaba, entraron en casa los guardianes de los hambreadores y desempleadores, que dir√≠a Roque Dalton. Se llevaron a parte de la familia, lo que m√°s duele, y esos ordenadores que guardaban los recuerdos de aquellos sin reconocimiento. Las fotos, entre centenares, de aquellas hileras de letras llegadas desde el m√°s all√° que escribieron, hace 70 a√Īos, los presos de Ezkaba.
Meses m√°s tarde, como si alguien hubiera marcado la hora del juicio final, unas brochas an√≥nimas, pagadas desde alg√ļn ministerio b√©lico, borraban las √ļltimas se√Īales de aquel libro de la vida y condenaban definitivamente a muerte a quienes guard√°bamos con tanto cari√Īo entre nuestras pertenencias m√°s √≠ntimas. Las paredes de las mazmorras volvieron a ser blancas, como si una bomba de neutrones hubiera insuflado la vida a las piedras y la muerte a las flores.
Han pasado algunos a√Īos, dec√≠a, y de vez en cuando recuerdo algunas de aquellas frases. El tiempo, sin embargo, las va borrando, con su inexorable fuerza motriz, paciente, sin pausa. Una especie de desasosiego me embarga y me resisto a lo que parece inevitable. Una bruma envuelve el pasado y lo cubre con el manto del olvido. Me resisto.
Pero a veces sucumbo a la letra de Benito Lertxundi, de ese ‚Äúherri neketsu hontan‚ÄĚ, ese pueblo sufrido que ha recogido miles de afrentas como las padecidas por los presos de Ezkaba hace tantos a√Īos que mis nietos, cuando los tenga, no tendr√°n siquiera suelas en sus zapatos para transitar hacia atr√°s el camino recorrido. Los hijos y las hijas de la libertad son tantos que la deuda se hace enorme. ¬ŅCu√°ntas d√©cadas de libertad merecemos despu√©s de tantos siglos de transitar por veredas rodeadas por guardianes embozados?
La existencia de presos, vuelvo a repetir esa idea que machaconamente me asfixia, es consecuencia de un fracaso. El fracaso de quienes no estamos presos. Algunos amigos me dicen, en cambio, que no es así, exactamente. Por eso quiero encontrar razones a la sinrazón, colores alternativos al blanco y negro. Consuelo. No por mí, pellejo de pellejo, sino por tantos otros que irradian un brillo exclusivo.
‚ÄúNosotros saludamos a quien lucha por nosotros, a quien est√° preso por nosotros, a quien ha muerto por nosotros‚ÄĚ, escrib√≠a Bartolom√© Vanzetti. Letras impresas. Recuerdos m√°s recientes. C√≥mo no inmortalizar a Josu Zabala, Jos√© Luis Cano, Gregorio Maritxalar, en el exterior, asesinados por pedir la abolici√≥n de la muerte en vida, la amnist√≠a. A Joseba Asensio, Juan Karlos Alberdi, Mikel Zalakain‚Ķ presos que nos dejaron, a los que las cuatro paredes de C√©sar Vallejo se les multiplic√≥ hasta el infinito.
He hablado de estas cuestiones durante horas con un preso oiartzuarra reci√©n salido de prisi√≥n, despu√©s de‚Ķ 25 a√Īos. Me avergonzaba mirarle a la cara, contarle mis peque√Īeces, incluso citarle las letras de mi nombre. Me abrasaba su memoria, su pasado, su futuro. Mi responsabilidad, nuestra responsabilidad. Todos somos presos de algo, de alguien. Pero unos y unas de todo. De todos.
Las frases desaparecidas de Ezkaba sobrevolaron por la conversaci√≥n. No pude evitarlo. La uni√≥n con el exterior es lo que mantiene el coraz√≥n del preso vivo. El proyecto pol√≠tico. El zurr√≥n de los antepasados, la convicci√≥n. Ideas deshilachadas. Algunas, demasiadas. Sentimientos, quiz√°s. Puros sentimientos. ¬ŅY si nos pasan una brocha blanca sobre todo ello?
No quiero perderme en pensamientos ret√≥ricos. No puedo permitirme el lujo de vivir lo que otros no han podido hacer. No puedo recuperar los 25 a√Īos de mi amigo oiartzuarra. Ni los 15 o los 10 de otros colegas, ni siquiera los meses preventivos de tantos, las condenas interminables de quienes entraron en prisi√≥n el siglo pasado, de quienes ya estaban cercados por muros infranqueables cuando Nelson Mandela recobr√≥ la libertad, hace ya m√°s de dos d√©cadas.
No quiero justificar mis inseguridades, mis vacilaciones cuando hay amigos bajo rejas por haber luchado, precisamente, porque no hubiera rejas. Por pedir amnistía, por ayudar a escapar de las torturas, por abrir la puerta de su habitación a un clandestino. Por ser clandestino. No puedo lamentarme del lamento. Ni gritar en silencio. Ni siquiera justificar ausencias.
Le√≠ hace poco unas letras, no como las de Ezkaba, tan cercanas y tan lejanas, que me dieron un impulso. Siempre detr√°s de la prueba. ¬ŅEl que necesitaba? ¬°Qui√©n sabe! Quiz√°s el consuelo que buscaba. ‚ÄúLa cuerda cortada puede volver a anudarse, vuelve a aguantar, pero est√° cortada‚ÄĚ, dec√≠a Berltolt Brecht.
Volv√≠ a la prisi√≥n abandonada de San Crist√≥bal esa misma noche. Salte la verja, en medio de la oscuridad, evitando las luces de la ciudad que se extend√≠an debajo. Sent√≠ la humedad, como la sintieron 70 a√Īos atr√°s aquellos presos y, con un estilete y una linterna me propuse recuperar las frases que nos hab√≠an robado, la memoria de los nuestros.
No sé cómo fue, ni quien propagó la noticia. A las cinco de la madrugada éramos decenas, cientos probablemente, trabajando con paciencia en la recuperación de nuestra pared. Al amanecer, la mayoría de los grafitis habían vuelto a brillar. Un estilete, voluntad y determinación. Así de sencillo, para sacar a nuestros presos de esos presidios milenarios. Y quizás así afloje ese desasosiego que no me deja, en ocasiones, siquiera respirar.

Nacionalismo Historico

Hay un concepto en boga que no me acaba de convencer. Y un sentimiento de propiedad que no comparto en absoluto. Desde diversos foros y columnas medi√°ticas se lanza el mensaje de los militantes del ‚Äúnacionalismo hist√≥rico‚ÄĚ para designar a hombres y mujeres del PNV. Del resto de grupos abertzales se diversifican las opiniones, con proclamas en general despectivas. Otras veces paternalistas. Incluso tachando al resto de usurpadores.
Es evidente que las elecciones municipales y forales de mayo de este a√Īo pusieron patas arriba la escenificaci√≥n de fuerzas de cada sector de nuestro pa√≠s. Fueron elecciones, es cierto, y como tal sujetas a determinadas circunstancias coyunturales. Pero dejaron en evidencia que el mapa pol√≠tico dibujado en los √ļltimos a√Īos estaba trucado. No eral real, ni siquiera por proximidad.
Entre las numerosas lecturas electorales una de ellas est√° marcando la agenda en el mundo abertzale: la hegemon√≠a pol√≠tica, es decir la referencia. La escasa diferencia de votos entre el PNV y Bildu, al igual que ocurriera hace 25 a√Īos entre el PNV y Herri Batasuna, nos promete un escenario enconado. Las situaciones no son las mismas, los protagonistas, en cambio, similares.
El PNV, hegem√≥nico electoralmente en el mundo abertzale, ha sentido el aliento en el cogote y, al margen de una l√≠nea de acoso hacia sus contrincantes pol√≠ticos, ha reivindicado el concepto de ‚Äúnacionalismo hist√≥rico‚ÄĚ para reclamar, como lo ha hecho recientemente Jos√© Manuel Bujanda, que ‚Äúvenimos de antes‚ÄĚ. Una propiedad. El mismo autor se√Īala que ‚Äúllegados hasta aqu√≠ es bueno que marquemos territorio‚ÄĚ, despu√©s de se√Īalar la presencia de Bildu en las instituciones como ‚Äúgraciosa‚ÄĚ. Un poco de humildad.
Lo que pod√≠a resultar una ocurrente reflexi√≥n de un asiduo comentarista pol√≠tico jeltzale se transforma en corriente de opini√≥n tras la lectura de decenas de mensajes similares. La conversi√≥n del partido H1! en corriente de pensamiento gener√≥ un flujo parejo: el nacionalismo hist√≥rico est√° en cuesti√≥n, en peligro casi, por la emergencia de la izquierda abertzale (‚Äúautodenominada‚ÄĚ en la mayor√≠a de las anotaciones jelkides, ‚Äúmundo‚ÄĚ en otras, con clara intenci√≥n peyorativa).
Me resulta infantil el argumento de ‚Äúyo lo vi antes‚ÄĚ, ‚Äúyo llegu√© antes‚ÄĚ, ‚Äúnadie me va a ense√Īar de patriotismo‚ÄĚ, etc. El pasado es patrimonio de todos, si el proyecto es colectivo. Siento la biograf√≠a del lehendakari Agirre como parte de mi bagaje, al igual que el exilio de Manuel Irujo, jeltzales de pro como es sabido, pero tambi√©n la pluma del socialista Tom√°s Meabe o las reflexiones del anarquista Isaac Puente.
Es sumamente peligroso reclamar propiedades intelectuales. Pertenecemos a todos y a nadie. Lo exclusivo, por definición, es un distintivo atípico. Ajeno. Quienes hablen de guetto quizás podrán reivindicar genoma propio, a lo más herencia. Pero cuidado, la herencia notarial comparte la asunción de beneficios y también de deudas. Habría que recordar, en esta línea, que fracasos jeltzales, y de otros sectores, están en el origen del nacimiento de nuevas corrientes. Entre ellas la de la izquierda abertzale de 1930 o de 1960.
El ‚Äúnacionalismo hist√≥rico‚ÄĚ de Sabino Arana primero y Kizkitza despu√©s, es un proyecto de reacci√≥n. Leg√≠timo como cualquiera, pero siempre con el paso cambiado. Seg√ļn sus primeros protagonistas, la causa primera del nacimiento del ‚Äúalberdi‚ÄĚ fue una reacci√≥n natural al surgimiento del socialismo en Bizkaia. Igual raz√≥n fue la de SOV, hoy ELA, ante el empuje de UGT.
La izquierda abertzale, en cambio, nació con un proyecto muy definido. A veces hiperideologizado, demasiado elaborado, pero en su interior, sumamente sencillo. Nada que ver con la gestión jeltzale, con la administración de residuos. Un proyecto nítido de construcción nacional. El PNV lo conoce desde su inicio y, por ello, achaca precisamente a la existencia de ETA su falta de concreción, su falta de decisión soberanista. ETA sería la razón primera de su tibieza reivindicativa.
Desde el nacimiento de ETA y de la moderna izquierda abertzale, la funci√≥n del PNV ha tenido una l√≠nea determinada de contenci√≥n. Ya Ajuriagerra, m√°ximo dirigente jeltzale, ofreci√≥ una de las perlas m√°s desafortunadas para se√Īalar su incoveniencia: ‚Äúen la clandestinidad la deslealtad se paga con la cuneta‚ÄĚ, como si la izquierda abertzale fuera un hijo ileg√≠timo del PNV. La deserci√≥n en masa hacia ETA de EGI, las juventudes del PNV, a comienzos de los 70, fue solo la expresi√≥n de las prolongadas ‚Äúvacaciones‚ÄĚ jeltzales. Recuerdo con cari√Īo a Joseba Elosegi, el √ļnico preso del PNV en el franquismo tard√≠o, gudari en el 36, quien por cierto luego recal√≥ en EA.
En tiempos m√°s recientes, la impronta de Urkullu hab√≠a sido precedida de la de su colega Josu Jon Imaz: ‚Äúla tarea hist√≥rica del nacionalismo vasco (PNV) es la de ser el abanderado en la deslegitimaci√≥n de ETA, de Batasuna y de su mundo. Tengo que decir con fuerza, que sus fines no son los nuestros y que eso que ellos llaman su patria no es la nuestra‚ÄĚ. M√°s claro el agua.
Ser√≠a casi espont√°neo hacer una lista con el contenido del significado de la patria jeltzale. Sencillo con un simple repaso a la hemeroteca de las √ļltimas d√©cadas. Miembro fundador de la democracia cristiana internacional, no cabr√≠a otra reflexi√≥n que la que est√°n adivinando. Por encima del sabor de la tierra, por encima de la lengua y el colorido de las escuelas, por encima de todos los s√≠mbolos est√° la pasta. Nada nuevo bajo el sol.
Por eso, el conjunto de las escisiones rese√Īables del PNV lo han sido por su izquierda. En la derecha ocupan demasiado espacio como para animar a la deserci√≥n. Estos d√≠as se cumplen 25 a√Īos de la de EA, cuando para frenar su empuje y el de la izquierda abertzale, la direcci√≥n jeltzale se ali√≥ en Gasteiz con el PSOE. Un soplo de vida a la legitimaci√≥n del Estado ante una incontrolada aventura soberanista.
M√°s profunda que la de EA, desde mi modesto punto de vista, ha sido la marcha de ELA. El sindicato abertzale ha estado pegado a la historia del PNV como dos amantes incombustibles. Desde su nacimiento, la direcci√≥n de ELA y la del PNV eran dos ramas de un mismo tronco. Hasta los a√Īos 90 y los tiempos de la mayor√≠a sindical vasca. La ruptura de ELA con el PNV ha sido hist√≥rica. La apuesta de la direcci√≥n jeltzale por el dinero y sus tent√°culos, por las contrarreformas laborales, por los marcos hispanos de relaciones, etc. dieron a ELA tantos argumentos que la marcha de la casa originaria se produjo sin estridencias. Todav√≠a hoy me pregunto cu√°ndo fue.
¬ŅPodemos afirmar que ELA, EA, o incluso la izquierda abertzale no son parte del nacionalismo hist√≥rico? No me atrever√≠a con tanto. Es notorio que las fuentes de la izquierda abertzale no provienen de Sabino Arana, ni de los batzokis. O no en exclusiva. Que el magma del que bebieron fue bastante m√°s amplio que el ofrecido por los seguidores de Kizkitza. Y ese, precisamente, es el problema, el grave problema del PNV. Su crecimiento/decrecimiento lo es a cuenta de ese que denomina ‚Äúgracioso mundo‚ÄĚ de Bildu.
Sin embargo, los crecimientos naturales de ese ‚Äúmundo abertzale‚ÄĚ no excluyente, por cierto, lo son por varias esquinas. Sus nichos m√°s amplios. No as√≠ los del PNV que s√≥lo tiene un r√≠o para pescar. Y as√≠ lo har√° hasta las elecciones auton√≥micas. Todos los huevos en una misma cesta. Como si el contrincante pol√≠tico estuviera en casa y no en el patio.
Josu Jon, al que hay que agradecerle su sinceridad, se√Īalaba que la izquierda abertzale se disolver√≠a como un azucarillo. Antes de las elecciones de mayo. Koldo San Sebasti√°n, a√Īad√≠a, despu√©s de las mismas, que se iba a sentar con una copa de pachar√°n para observar esa disoluci√≥n qu√≠mica. Demasiada prepotencia, como si no conocieran el pa√≠s, ese mismo pa√≠s que consideran en propiedad.
Excepto en la etapa independentista de Sabino Arana, la labor del PNV ha estado marcada por el rescoldo fuerista: el pacto con la Corona. Incluso Ibarretxe, disidente de la línea oficial, aludió en su Plan a un refrendo del Borbón. Este pacto con la Corona no ha sido otro que el de la validación del Estado en Euskal Herria, la permanente legitimación de los límites, leyes, decretos y demás que Madrid ha impuesto a los vascos.
Hoy, precisamente, est√° en juego el fin de un proceso hist√≥rico, no de un ‚Äúnacionalismo hist√≥rico‚ÄĚ. Un proceso centenario. El fin del pacto con la Corona. Y ese es el quid de la cuesti√≥n. No son las siglas lo que cuentan, sino los contenidos de cada propuesta. Y la cuenta atr√°s ha comenzado.

Recuerdos del futuro

Al abrigo de los aires que circulan por nuestras calles adoquinadas, van abri√©ndose puertas de estancias que han estado cerradas durante a√Īos y que, de improviso, nos recuerdan la vida y la muerte. He conocido el desasosiego permanente adherido a las piedras de los muros de c√°rceles y escondrijos, pero tambi√©n la alegr√≠a de fiestas ef√≠meras y kalejiras repletas de juventud. A pesar del siniestro, hemos sobrevivido, eso s√≠, con una carga repleta de a√Īoranzas.
Y de zozobras. También de satisfacciones.
La esperanza en el futuro nos ha mantenido vivos. Se fueron derrumbando con estr√©pito algunos de nuestros m√°s fervientes espejos, en Nicaragua, en El Salvador, en Chile, incluso en Berl√≠n, y nos quedamos desamparados, acogidos por el eco de canciones revolucionarias y los cap√≠tulos de libros de intrigas. Tal y como nuestros padres so√Īaron con Vietnam (crear uno, dos, tres Vietnam en el mensaje a la Tricontinental del Ch√© en 1966), con las revueltas de los estudiantes en Par√≠s en 1968 o la de los indios metropolitanos en Italia, tambi√©n por aquel entonces, la victoria colectiva estaba a la vuelta de la esquina.
Simultáneamente, supimos de los sioux y los cherokees alcoholizados en sus reservas, de los horrores de la nomenclatura en nombre del pueblo, de las miserias de los hijos comunistas de aquellos míticos resistentes, del reparto de la tarta en cuanto los más radicales de la tierra alcanzaron la silla del poder. De Stalin, de Pol Pot, de Roger Debray, de Michel Labeguery… Nos dio un vuelco al corazón la extensión de la corrupción en tiempos del Daniel Ortega sandinista.
Nos deslizamos por la senda de la incomprensi√≥n cuando Francia dio cobertura a los grupos parapoliciales, cuando desde pa√≠ses supuestamente amigos (Venezuela entre ellos) expulsaban a refugiados, cuando la Argelia del Frente de Liberaci√≥n Nacional, tantas veces recordado, dio p√°bulo a las pretensiones espa√Īolas, a√Īadiendo que no era neutra en eso de las negociaciones, sino que apostaba abiertamente por Madrid.
A nuestra generaci√≥n le toc√≥, como a la que vivi√≥ la victoria del fascismo, conocer los sinsabores de la llamada democracia. De la constituci√≥n espa√Īola, de la OTAN y de la realpolitik de quienes se llamaban socialistas, que se jactaban de encarcelar a m√°s vascos que nadie. Que ilegalizaban partidos y que elogiaban tricornios y banqueros por igual. Que, nos dec√≠an los m√°s ancianos, repet√≠an mensajes que hace a√Īos hubieran supuesto falangistas.
Un buen d√≠a comprendimos que est√°bamos solos. Bueno, casi solos. Que no era c√≥mo cuando el Juicio de Burgos, solidarios espoleados por la prensa antifranquista en una Espa√Īa sociol√≥gicamente franquista. Que el pasado hab√≠a desaparecido en cuanto varios tuvieron oportunidad de agrandar los bolsillos y aparecer en las primeras p√°ginas de los diarios de Murdoch o en las televisiones de Valerio Lazarov.
Cuando nuestros equipos viajaban fuera de nuestros l√≠mites les abroncaban, agred√≠an a sus seguidores. Pinchaban las ruedas a los coches de nuestros amigos por llevar los colores de la tricolor o el s√≠mbolo de la oveja latxa. Insultaban a quienes portaban la ikurri√Īa, aunque lo hicieran en un acto de apoyo al jefe de la cristiandad, y nos robaban en los parkings vigilados de las prisiones, en donde salud√°bamos a nuestros hijos e hijas.
Los de izquierdas y derechas nos llamaban fan√°ticos desde p√ļlpitos recubiertos de p√≥lizas al portador, los columnistas progres apelaban a la modernidad, mostrando sus zapatos fashion y carcaje√°ndose de nuestras abarcas. El fin de la historia vino a decir Fukuyama, que es lo mismo que el de las ideolog√≠as que proclama Od√≥n Elorza o el de los derechos civiles de Jaime Mayor (Oreja) o Alfredo P√©rez (Rubalcaba). Nada importa, ni futuro, ni pasado. S√≥lo gestionar el dinero y la naci√≥n, el euro y Espa√Īa, los bonos del estado y Francia. Y la silicona en las tetas de la artista de moda.
Dec√≠a que casi solos. Nobleza obliga. En todo el mundo encontramos amigos. Algunos, como en Brescia, en Bolzano, en Barcelona, en Madrid, en Lille, en Frankfurt, en Londres‚Ķ en Uruguay. Amigos y amigas, compa√Īeros y compa√Īeras. Tambi√©n sangre de nuestra sangre, en euskal etxeas, gaztetxes. Eran y son la excepci√≥n, los que valen la pena.
En esa soledad retornamos a nuestros palacios de invierno y descubrimos que el tesoro estaba en casa. Que no hemos hecho sino lo √ļnico que pod√≠amos hacer. Como le o√≠ en cierta ocasi√≥n a Marc L√©gasse, abriendo la ventana de su terraza en Sokoa y aspirando el salitre del puerto de Donibane Lohizune: ‚Äúen este escenario lo extra√Īo hubiera sido no ser abertzale. Estamos predestinados a ser lo que somos‚ÄĚ. Algo similar nos contaba el ondarrutara Fran Aldanondo, √ļltimo preso del franquismo, muerto por la Guardia Civil en 1979: ‚ÄúSomos hijos del tiempo (eguraldia). No podemos ser de otra manera‚ÄĚ.
Es cierto. Nuestros padres sufrieron destierro, nuestros abuelos cárcel. Nuestras abuelas lloraron en la oscuridad las ausencias y nuestras madres guardaron en el bolso tantas cosas que perdieron la memoria de adónde iban y qué portaban. No podíamos ser de otra manera y nadie, desde el exterior, nos lo iba a recordar.
Aprendimos, sin embargo, una gran lecci√≥n. Cuando volvimos a casa comprobamos, con estupor, que los nuestros eran m√°s que aquellos que nos hab√≠an ayudado a cruzar la muga o nos abrieron la puerta de su casa en una carga policial. Los nuestros, y es una de las razones por las que jam√°s abandonar√© este maravilloso barco, son la mayor√≠a. Una mayor√≠a que, en aras a no s√© qu√© cuento chino, ha sido abandonada a la suerte de la historia, es decir ha sido borrada del mapa de la lucha por un mundo mejor. ¬ŅPor qu√©? Porque ese mundo mejor, esa defensa patria es pecado. Mortal.
Rehaciendo el camino me he encontrado con socialistas, republicanos, anarquistas, abertzales, incluso carlistas (¬Ņqui√©n lo iba a decir?) que finalmente componen mi bagaje. La mochila de mi vida, de nuestra vida sobre todo de la de aquellos que adquirieron mayor compromiso. Creo que fue Txabi Etxebarrieta quien se√Īalaba que ‚Äútodos deb√≠an dar un poco para que algunos no lo dieran todo‚ÄĚ. Muchos, demasiados sin embargo, lo dieron todo.
Ahora aquellos que se borraron del mapa cuando Murdoch y Lazarov firmaron sus talonarios, que aprovecharon la gesti√≥n de lo p√ļblico para colocar a los suyos, que expulsaron a la disidencia‚Ķ ahora que todos ellos exigen una rectificaci√≥n de la historia y un arrepentimiento cristiano de lo vivido, ahora‚Ķ es hora de recordarles que no tienen m√°s legitimidad para exigir que la del l√°tigo. Porque sin l√°tigo no son nada.
Es hora de recordar, por ejemplo, que olvidaron a sus muertos, que ningunearon a los suyos, que nos zancadillearon a quienes abríamos la puerta a la recuperación de la memoria. A Cándido Saseta no lo repatrió la casualidad, a los centenares de fusilados en Ezkaba, socialistas la mayoría, no los dignificó la Fundación Ramón Rubial. A los obreros masacrados en Gasteiz en 1976, cuyo recuerdo es apaleado por la Ertzaintza, les niegan su condición de víctimas. Hijos también de víctimas.
‚ÄúPagar√°n su culpa los traidores‚ÄĚ, apunta la canci√≥n aquella que recuerda a Salvador Allende. La traici√≥n es de ellos y se consum√≥ hace muchos a√Īos. Hombres sin pasado, hombres si escr√ļpulos, se arrepintieron de los suyos y por eso los hicimos nuestros. En Ferraz, en Managua, en Santiago, en Bolonia, en Par√≠s‚Ķ taparon los muros de las paredes. Ahora quieren que nos arrepintamos de los nuestros, y por extensi√≥n de los suyos, que reneguemos de nuestro pasado. Desfachatez la suya.
Creemos en el futuro. Firmemente. Y por eso recordaremos con orgullo el camino recorrido. ¬ŅEquivocaciones? ¬ŅQui√©n marca la l√≠nea? La vida es una apuesta. Y quien no apuesta no se equivoca. Ayer, hoy y ma√Īana. Somos lo que somos gracias a todos los que, ahora, nos quieren borrar. ¬ŅArrepentimiento? ¬°Qu√© poco nos conocen!