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Impunidad

La credibilidad de un sistema democrático no se mide por la periodicidad de sus consultas electorales o la extensión de sus ayudas sociales, sino por otras cuestiones a las que desde las alturas se les intenta dar un valor menor. Sabemos que los sistemas son corruptos por naturaleza, con muy escasas excepciones por supuesto, que el dinero todo lo puede y cosas por el estilo.
Las deficiencias son notorias, pero no se habla de ellas. Nos envuelve un silencio general, c√≥mplice. Se conoce, se intuye, pero no se profundiza. Entre estas carencias est√°, sin duda, la de la Justicia. El adagio de que ‚Äútodos somos iguales ante la ley‚ÄĚ es un camelo. No hay duda. ¬ŅAlguien en su sano juicio supone que alg√ļn miembro de la familia real sufrir√° prisi√≥n por el caso Palma-Arena?
Recuerdo, no hace mucho que con Bot√≠n, el hombre m√°s influyente de Espa√Īa, la justicia hizo una hip√©rbole escandalosa. S√≥lo han pasado unos a√Īos (diciembre de 2007) desde que el fiscal retir√≥ las acusaciones contra Emilio Bot√≠n (hace unos meses se han abierto otras por fraude fiscal), quedando √ļnicamente las de la popular. El Supremo desestim√≥ el procesamiento por no existir acusaci√≥n ni fiscal ni particular.
Sin embargo, para Egunkaria, en la misma situaci√≥n, el argumento no fue v√°lido. Los directivos del diario en euskara fueron procesados y juzgados. ¬ŅSe imaginan a Emilio Bot√≠n entre rejas? Yo tampoco. Se imaginan al ex director del Fondo Monetario Internacional (Strauss Kahn) en una celda de tres metros de ancho por cinco de largo?
Tenemos una ristra interminable de agravios comparativos. Comenzando por Barrionuevo, Vera, Rodr√≠guez-Galindo y concluyendo por Su√°rez, Mart√≠n Villa o Urralburu. ¬ŅEn qu√© prisi√≥n cumplieron condena los autores materiales de los disparos que terminaron con la vida de cinco obreros en Gasteiz? Y aquel pol√≠tico llamado Fraga que ocult√≥ los expedientes de sus funcionarios criminales, ¬Ņen qu√© pa√≠s se exili√≥ para que Espa√Īa no pudiera pedir su extradici√≥n?
¬ŅD√≥nde se encuentran los funcionarios que encubrieron la muerte de Jon Anza? ¬ŅQui√©n arranc√≥ dos muelas a Jos√© Luis Geresta antes de su muerte? ¬ŅEn que cuartel se esconden los autores de esos 200 asesinatos de ciudadanos vascos en controles, ametrallamientos, discotecas, comisar√≠as? ¬ŅQui√©n firma sus n√≥minas y les env√≠a christmas por Navidad?
La tortura, asimismo, es recurrente. En Espa√Īa no puede ni debe existir la tortura. Con un conflicto abierto como el vasco, a pesar de su negaci√≥n p√ļblica, la tortura es cuesti√≥n de Estado. Y como tal se trata, con varias premisas en juego. No hablar, no comentar y apoyarla desde las instancias que importan, es decir desde las instituciones que definen el Estado.
Hace un buen tiempo escrib√≠ que en la guerra del Rif, siento el retroceso, los espa√Īoles se mostraron al mundo como un pueblo extremadamente violento, construyendo del terror toda una liturgia. De aquellos mandos militares formados en el norte de √Āfrica surgi√≥ una casta que durante la guerra civil cambi√≥ moros por rojos y continu√≥ la sangr√≠a. Nos parec√≠a inhumano, sorprendente el sadismo que emple√≥ el franquismo con su enemigo interior, rojos y separatistas. No era, sin embargo, novedad. Ven√≠a de su actividad africana.
Como anunciaba, escrib√≠ que aquella sarracina fue posible gracias a un apoyo medi√°tico sin fisuras y a la impunidad de los funcionarios que la ejerc√≠an. Ya s√© que es m√°s de lo mismo, pero no por ello pierde actualidad. El grupo Vocento, en su versi√≥n vasca m√°s amable, sacaba de portada la absoluci√≥n de los guardia civiles condenados por torturas por la Audiencia Provincial de Gipuzkoa y llevaba la noticia al interior, sustituyendo en el titular los nombres de Igor Portu y Mattin Sarasola por los de “los etarras de la T4″. Una evidencia de la estrategia africana: el fin justifica los medios.
Cuando Joxe Arregi muri√≥ torturado en 1981 en una comisar√≠a madrile√Īa, a 30 a√Īos de los hechos que nos ocupan, la entonces reci√©n estrenada democracia espa√Īola reaccion√≥ de manera id√©ntica a la que niega las torturas a Portu y Sarasola. Joxe Arregi, en titular de un diario hoy propiedad de Vocento, sin nombre y muerto en Carabanchel, era “un etarra que hab√≠a participado en 6 atentados”. El ministerio de Justicia hispano alumbr√≥ una nota en la que dec√≠a lo que repetido en 2011: “las heridas de Arregui se las produjo en el momento de su detenci√≥n”.
Si √©sta es la primera premisa, la del apoyo medi√°tico, la segunda es la clave de que la tortura, y con ella la vulneraci√≥n sistem√°tica de derechos humanos, persista en el escenario ib√©rico: la impunidad. Impunidad con may√ļsculas que sirve para que funcionarios civiles y militares cometan todo tipo de fechor√≠as porque su fin, desactivar la disidencia, justifica los medios (tortura sistem√°tica).
Hay un “modelo espa√Īol de impunidad” como ya denunci√≥ Nizkor, una asociaci√≥n de derechos humanos y a la vez asesor√≠a jur√≠dica para numerosos organismos que representan a las v√≠ctimas en Am√©rica Latina, Europa y Estados Unidos. En esta l√≠nea, les aconsejo el excelente trabajo del jurista Louis Joinet sobre la impunidad en una subcomisi√≥n de la ONU. Joinet define la impunidad como “la inexistencia, de hecho o de derecho, de responsabilidad penal por parte de los autores de violaciones de los derechos humanos, as√≠ como de responsabilidad civil, administrativa o disciplinaria, porque escapan a toda investigaci√≥n con miras a su inculpaci√≥n, detenci√≥n, procesamiento y, en caso de ser reconocidos culpables, condena, incluso a la indemnizaci√≥n del da√Īo causado a sus v√≠ctimas”.
La justicia no es igual para todos. La impunidad es el ejemplo palmario.
Lo sé, lo sabes, lo sabe, lo sabemos, lo sabéis, lo saben: la tortura es sistemática por su apoyo mediático y por la impunidad de quienes la ejercen.
Los jueces, a pesar de lo que digan, tambi√©n lo saben. Otro ejemplo palmario es el del juez estrella Garz√≥n. Conocida su aversi√≥n a lo vasco y a los vascos. Jam√°s abri√≥ diligencias ante las decenas de denuncias sobre tortura que recibi√≥ de detenidos a los que ni siquiera pod√≠a entender tras su paso por comisar√≠a. En 2009, siendo juez de la Audiencia Nacional, abri√≥ diligencias destinadas a esclarecer los cr√≠menes y desaparecidos del franquismo. En estas diligencias, por las que el juez, entre otras circunstancias, fue retirado de las mismas, podemos leer la clave a la que me refer√≠a: “los m√©todos se institucionalizaron gracias al sistema de impunidad impuesto por quienes lo dise√Īaron y al miedo desarrollado en las v√≠ctimas”.
Perfecto Garzón. Pero la aplicación debería ser universal.
Recuerdo, y es que esto de la memoria es, a veces, como una pesadilla, que el propio Garz√≥n abri√≥ diligencias para determinar las responsabilidades de los servicios secretos espa√Īoles en la muerte de tres mendigos utilizados como cobayas. Experimentos cuya objetivo era aplicarlos a militantes de ETA.
Algunos medios airearon el nombre de un nuevo “Doctor Mengele” (Diego Figuera Aymerich), hombre reputado en la medicina espa√Īola (cuando falleci√≥ en 2003 las necrol√≥gicas laudatorias inundaron los medios espa√Īoles), como responsable de los experimentos. El “Informe Jano”, que era el proyecto, desapareci√≥ del mapa y Garz√≥n cerr√≥ su investigaci√≥n: existe el proyecto, pero no hemos encontrado a los culpables.
Jam√°s han existido fisuras en el aparato estatal. Me ha costado encontrar la cita, guardada finalmente en un viejo cuaderno de notas, pero al final la b√ļsqueda ha valido la pena. Lo recog√≠ de un art√≠culo escrito en Cambio 16 nada menos que en 1982. Su autor fue Ricardo Utrilla y el texto es de una lucidez extraordinaria: “Habr√° que recordar hasta la saciedad que la democracia es, por definici√≥n, mas fr√°gil y vulnerable que la dictadura; y que por tanto, exige para mantenerse m√©todos y actuaciones mas rigurosas que las propias de un r√©gimen totalitario”.
Mientras haya impunidad, Espa√Īa estar√° m√°s cerca de un r√©gimen totalitario que de una democracia.

AMAIUR, EL DESAFIO DE UN SIMBOLO

Hace unos meses, cuando los calores apretaban de veras, volv√≠ a un lugar recurrente. Compart√≠ habitaci√≥n, mesa y recog√≠ unos pocos apuntes en mi cuaderno de notas que llevo pegado al bolsillo de la cazadora. La vida es demasiado corta y la memoria fr√°gil. Siento la necesidad de apuntalar recuerdos y marcar con may√ļsculas nombres, territorios y espacios en los que he dejado una brizna de m√≠ y en los que he tropezado con una muestra de otros.
La verdad es que llevamos un a√Īo fren√©tico, desigual, repleto de momentos de esperanza y tambi√©n algunos de zozobra. No me hagan demasiado caso porque tiendo a relatar con m√°s bonanza la hojarasca del oto√Īo que la frescura de la primavera. Me emocionan las hojas del roble desperdigadas por la ladera. Me ahogan los p√©talos de la violeta. Cuesti√≥n del clima o, como me se√Īalan los m√°s cercanos, de la edad. La nostalgia es un bal√≥n de ox√≠geno para los que sufrimos los avatares estacionales.
Lo sent√≠ ya en el coche, escuchando sonidos de otras √©pocas, melod√≠as que apenas se perciben entre el fragor del motor a mil revoluciones. Lo sent√≠, porque sin percibirlo cuando en soledad arranco al asfalto decenas, centenares de kil√≥metros, en esta ocasi√≥n el viaje con varios colegas que no llegaban a los 30 a√Īos de edad, me hizo desterrar a Lertxundi, Martikorena o Ferm√≠n Valencia, para echarme en brazos de Berri Txarrak, Zea Mays o Gatibu. Un descubrimiento.
Y as√≠, como viene siendo habitual en los √ļltimos a√Īos, durante las dos primeras semanas de agosto, un grupo de j√≥venes y no tan j√≥venes, repito por inercia, nos juntamos en el castillo de Amaiur para ir desbrozando su historia. Un ejercicio me dir√° alguien que in√ļtil, por eso de lo breve de la vida que apuntaba antes, con permiso de Quevedo o de Mikel Urdangarin. ¬ŅHabr√° cosas m√°s interesantes?
La duda circula. M√°s a√ļn, cuando en esta ocasi√≥n ni siquiera sac√°bamos lumbre a restos humanos, a huesos que alguna vez tuvieron una vida arrebatada por acometidas y verdugos. Amaiur, su castillo, es eso, una fortaleza de cantos y guijarros. Aparentemente son piedras, cercadas, dentro de las cuales aparecen todo tipo de utensilios, incluso armas. Pero son, creo, algo m√°s. Las piedras de Amaiur, del color rojizo del Bazt√°n, a√ļn destilan el sonido del fragor de la batalla.
El tiempo pasaba por delante con lentitud. A poca distancia, en la playa o en el monte, centenares de turistas corr√≠an el verano, como los galgos su carrera. A nosotros, en cambio, cada jornada se nos hac√≠a larga, muy larga. Cada temporada eclipsa a la anterior. A los pocos d√≠as de haber comenzado la tarea, ya ten√≠a la impresi√≥n de que pasar√°n cientos de a√Īos, como los que nos preceden, antes de que concluyamos definitivamente las excavaciones.
No era, sin embargo, una impresi√≥n negativa. La quietud era patente. El lugar ha quedado resguardado de la mirada del presente, excepto cuando sopla el viento norte desde Otsondo o el del este desde Gorramendi. Amaiur es un s√≠mbolo, el s√≠mbolo. Quiz√°s sea una apreciaci√≥n excesivamente personal, pero cada vez que cruzo bajo el dintel de su antigua entrada, tengo la impresi√≥n de entrar en un lugar m√≠tico, casi sagrado, como si lo hiciera en Santimai√Īe, en Ekain o, quiz√°s, en los laberintos del fuerte de Ezkaba. Respeto por la quietud y por la historia.
Es la quietud de la clausura. La quietud que une pasado con posterioridad, que apenas conoce el presente. Qué digo. Que desconoce el presente de manera casi insultante. Muchas veces he reflexionado sobre ello. La quietud centenaria tiene que ver con su inclusión en el futuro. Los abuelos de nuestros abuelos ya lo tenían por símbolo y las visitas a sus ruinas marcaron a generaciones. El monumento a la independencia navarra, a la unión con las provincias hermanas, es toda una declaración de intenciones.
Probablemente por ello, en Amaiur fueron esparcidas las cenizas de amigos, compa√Īeros, como si el lugar acogiese a la eternidad. Por eso esa sensaci√≥n que, aunque personal, la comparto con todos los que han hecho posible esa cohesi√≥n que a√ļn hoy nos mantiene como uno de los pueblos por excelencia de Europa. Vivimos tambi√©n del pasado porque creemos en el futuro.
S√© que suena ret√≥rico pero lo siento una y otra vez, como en ese coche que nos llevaba a Amaiur por las carreteras del Bazt√°n, con la m√ļsica bulliciosa de Esne Beltza en detrimento de las baladas de Txomin Artola. Jam√°s he conocido una cr√≥nica tan especial como la de Amaiur, j√≥venes reci√©n salidos de la secundaria, parados universitarios, maestros en su periodo vacacional, prejubilados del metal, revueltos entre la piedra y el musgo, alrededor de una taza de caf√© humeante cuando las campanas de la parroquia cercana anuncian ya el cambio de d√≠a.
En ese escenario, nunca me he sentido viejo, ni joven. Creo que perdí, incluso, el sentido de la orientación. Era, soy, parte del decorado. Parte de la historia que estamos construyendo. Parte de ese camino que abrieron nuestros antepasados y seguirán nuestros nietos. Ni siquiera recuerdo mi nombre. Quizás me venga a la memoria el de mis abuelos, el de mis hijos, el de esos jóvenes que desbrozaban el foso del viejo castillo para aligerar el eco de sus defensores. Nuestro patrimonio inmaterial.
Cada a√Īo nos depara una sorpresa de las que dif√≠cilmente olvidaremos. Este a√Īo, junto al aljibe y el desbrozamiento del per√≠metro, hemos encontrado centenares de recuerdos materiales. Entre ellos un kaiku de madera. Cuando lo desenterramos, con el mimo y la paciencia que lo hace un arque√≥logo, no pod√≠amos dar cr√©dito a lo que ve√≠amos. Quienes tenemos algunas peque√Īas nociones de nuestro suelo conocemos los efectos del tiempo, la humedad, la lluvia y las estaciones.
Aquel kaiku de Amaiur ten√≠a m√°s de 400 a√Īos y a pesar de estar tallado, como todos, en madera, se conservaba casi perfectamente. Si fuera religioso dir√≠a que se trataba de un milagro. Como aficionado y curioso de la historia puedo decir, sin dejar lugar a la equivocaci√≥n, que se trataba de una excepci√≥n. Los milagros no existen. Jam√°s sobrevive la madera tantos a√Īos en un suelo hostil a la conservaci√≥n como el vasco, como el de Bazt√°n.
Relat√© el descubrimiento a mis cercanos y quise a√Īadir la met√°fora que el hallazgo me suger√≠a. Ya s√© que es f√°cil caer en la elocuencia, incluso en la √©pica narrativa, pero no puedo menos que asombrarme de todo lo que es posible con voluntad. Y en este caso es como si las ruinas del castillo, s√≠mbolo de la defensa de la independencia navarra, tuvieran vida, en estado latente, esperando que alguien la descubriera para anunciarse.
Solo ha hecho falta que poco a poco un grupo de voluntarios desbrozara el sendero de las ruinas para que √©stas hayan cobrado existencia y vayan ense√Īado lo que contienen. Sab√≠amos desde Gabriel Aresti que la piedra respiraba. √önicamente ha hecho falta acercar el o√≠do a sus poros para descubrir que su coraz√≥n palpitaba. ¬°Qui√©n lo hubiera dicho hace s√≥lo un pu√Īado de a√Īos!
Pronto se cumplir√°n 500 a√Īos de la conquista del llamado Cat√≥lico. Un poco menos de la defensa del castillo de Amaiur. M√°s de uno pensar√° que tantos a√Īos son suficientes para aparcar sus ecos en los libros de historia que estudiar√°n cuatro especialistas. Que el sonido de los versos que reflejan aquella cr√≥nica ya ha descendido a las llanuras para disolverse como la nieve invernal en primavera.
Más de uno llegará con las botas gastadas, sin ánimo para continuar por caminos tan viejos, arrugados. Quizás se pierda entre pasajes bélicos y aventuras trasnochadas. No lo sé. Sin embargo, Amaiur no es un relato del pasado. Amaiur, su castillo que va aflorando sin prisa en la quietud del tiempo, es un proceso de futuro. Es una historia que todavía suspira, que gime y grita a la vez. Amaiur, como su kaiku, palpita en afinidad con un pueblo que aspira, en el siglo XXI, a convertirse en un estado más en ese escenario europeo del que forma parte desde siempre.

LA BATALLA DEL RELATO

Nuevamente nos encontramos en un escenario envenenado por su parcelaci√≥n. Como si la historia empezara desde el preciso momento en que ETA anunci√≥ el cese definitivo de la violencia (la suya). No hay olor a p√≥lvora, dicen. Por tanto ahora toca ganar la “batalla del relato”, eufemismo que esconde una vieja cr√≥nica, la manipulaci√≥n de la historia.
No somos necios. La batalla del relato ha estado en el parte de operaciones de siempre. El aragon√©s Fernando convenci√≥ a la cristiandad del apoyo papal para conquistar Navarra, ahora hace medio milenio, con documentos falsos. La verdad es que los dise√Īos pueden ser diferentes, los nombres adecuados a cada √©poca, pero el meollo es el mismo. No hay objetividad, sino objetivos. La cuesti√≥n permanente es la de la defensa del estatus. Los que apuestan por la unidad de Espa√Īa, por ejemplo, se permiten el lujo de manipular con mucho descaro. Porque la mayor√≠a de los resortes que utilizan les son adictos.
Conocemos la verdad y el relato que, en muchas ocasiones, es realmente burdo. Se sustenta en opiniones, no en hechos contrastados. Por eso no le concedemos demasiada importancia. Pero el relato necesita efectivamente de una confrontación y una atención permanente. No hay que infravalorarlo por muy tosco que sea. Bush invadió Iraq con una mentira histórica, la de las armas de destrucción masiva.
Franco bombarde√≥ Gernika por su simbolismo, a√Īadiendo primero que los vascos guardaban arsenales b√©licos bajo las cestas que conten√≠an berzas y lechugas. Como nadie le crey√≥, entonces neg√≥ la mayor, el bombardeo. As√≠ durante medio siglo. Aznar convenci√≥ al Consejo de Seguridad de la ONU de que ETA estaba detr√°s de la masacre de Madrid, el 11 de marzo de 2004, con una cinta de la Orquesta Mondrag√≥n olvidada en un coche. Los guardaespaldas atrapados por las hipotecas de sus mansiones burguesas, lanzan la primicia: tregua y cese de ETA son una trampa para el rearme.
La Guardia Civil coopera como nadie: “Euskal Herria” es una invenci√≥n de ETA. ¬ŅQui√©n es Johanes de Leizarraga? ¬ŅOtro terrorista? ¬ŅEl confesor de la reina navarra? Las ikastolas son “escuelas del separatismo”. ¬ŅSe ha detenido alg√ļn supuesto experto de esos a leer esos textos tan espa√Īoles y franceses que aprenden en euskara nuestros nietos? Me da la impresi√≥n de que, sin menospreciar a nadie, son textos que valen para un infante en Cuenca, Mah√≥n o Laudio. Pero nos hemos tragado lo de la extranjeridad.
Ya sabemos que una mentira repetida mil veces se convierte en verdad. Aunque sea la m√°s estramb√≥tica del mundo. Iglesia, reyes, instituciones… viven de repetir mil veces la misma mentira. Son capaces de mantenerlas durante siglos. Los vascos, por lo que parece, jam√°s hemos tenido una autonom√≠a mayor a la actual. ¬ŅD√≥nde est√° el estado de Navarra? ¬ŅLos fueros? ¬ŅLa acu√Īaci√≥n de moneda y el Ej√©rcito propio del lehendakari Agirre? El Estatuto alabado por L√≥pez-Basagoiti ha sido la causa de la desaparici√≥n de ETA. La l√≥gica m√°s simple se√Īala justo lo contrario. ¬ŅNo tienen verg√ľenza? Parece que no.
La l√≠nea hispana ha sido espectacular. Recuerdo aquellos tiempos en los que Manuel Fraga, presidente del partido que va a administrar el pr√≥ximo gobierno de Madrid, dirig√≠a un llamado Ministerio de Informaci√≥n (o de desinformaci√≥n). Goebels, Himmler y Heydrich compon√≠an la noticia, igual que Fraga. Acomodando lo que hiciera falta, en funci√≥n de un objetivo: no dejes que la realidad te estropee un buen titular. El titular no ha variado en los √ļltimos siglos. Supongo que lo adivinan.
Fraga pas√≥ de ser ministro de (des)Informaci√≥n de Franco a ser el primer ministro del Interior de la monarqu√≠a democr√°tica. Y en ese tr√°nsito, la escritura del relato que acompa√Ī√≥ a su generaci√≥n franquista, fue hecha al detalle. Es paradigm√°tico que Informaci√≥n e Interior se encontraran en la misma senda. Desaparecieron toneladas de documentaci√≥n represiva y convirtieron fascistas en dem√≥cratas. De la noche a la ma√Īana. Fraga fabric√≥ su relato de la masacre de Gasteiz, de Montejurra, etc. dejando el list√≥n muy alto. Ni siquiera Franco hoy es un dictador sanguinario sino el “anterior jefe del Estado”. (¬ŅC√≥mo lo llamar√°n despu√©s de la muerte de Juan Carlos I? ¬ŅEl anterior jefe de Estado del jefe de Estado anterior?).
A quienes ahora hacen una diferencia entre las respuestas a ETA, y en general al separatismo vasco en los a√Īos de la dictadura, con las de la monarqu√≠a parlamentaria les invitar√≠a a pasarse por la biblioteca m√°s cercana y pedir unos cuantos diarios de ambas √©pocas. Obviamente y a ser posible de Madrid, o de esas picas que los madrile√Īos han insertado en nuestra tierra (para que la met√°fora no sea demasiado difusa, del grupo Vocento, entre otros). Los argumentos son id√©nticos. No tenemos derecho los vascos a ser estado por razones obvias: Espa√Īa es una unidad de destino en lo universal. ¬ŅCorresponde la frase a Franco, Fraga, Rubalcaba, Rajoy o Cayo Lara? Adiv√≠nenlo.
El list√≥n de Franco lo superaron gentes que, te√≥ricamente, no eran franquistas. La sensaci√≥n sobre la Transici√≥n, el Golpe de Estado de febrero de 1981, y de tantas y tantas otras cr√≥nicas, es lamentable. Hoy presentan al rey Borb√≥n, como el h√©roe de la democracia, el salvador de la occidentalizaci√≥n espa√Īola y el marginador de las pol√≠ticas africanistas. Falso pero funcional. El relato permanente.
En esa l√≠nea, el GAL ha sido una creaci√≥n propiciada por un sector marginal y desconocido del Estado, y no una fase de esa guerra sucia (parapolicial) que ha pasado por distintas etapas, entre las que se encuentran las torturas sistem√°ticas. El Estado es quien tiene realmente un registro verdaderamente “pol√≠tico-militar” del escenario (el resto somos/son aficionados).
La construcci√≥n de un estado como el espa√Īol ofrece muchas complicaciones a quienes quieran hacerlo desde par√°metros democr√°ticos. Por eso sabemos lo que van a construir. Lo har√°n por inercia que es como conocer de antemano la atm√≥sfera del futuro. Y eso es precisamente lo que va a suceder en los pr√≥ximos a√Īos. No soy adivino, ni creo en las profec√≠as. Llevo sin embargo unos cuantos a√Īos en mis espaldas, que me dan experiencia.
Por eso, porque el relato de la guerra civil, del franquismo y de la Transici√≥n ha sido √ļnico y matizado por la salvaguardia de los mismos valores que hoy en d√≠a cohesionan a la sociedad espa√Īola, no tengo muchas dudas en el nuevo (viejo) relato que nos van a mostrar, en esta historia nuevamente de “vencedores y vencidos”, esa patria de ilustres padres, los Habsburgo y los Borbones.
Va a ser nuevamente tosca, burda, manipulada hasta la saciedad, lindando con la intolerancia del otro en todos sus matices… falto de credibilidad. Pero eso no es lo importa. Lo importante es que ser√° repetida mil veces, dos mil si hace falta hasta convencer a quienes tienen que convencer, que sus instituciones siempre han sido democr√°ticas, aunque las ba√Īeras de los cuarteles hayan estado revestidas en sangre. Que su historia es la m√°s florida de Europa, si hace falta salpicada con unas dosis de lucha de clases. Y que los que alientan la leyenda negra son malos espa√Īoles, merecedores del castigo eterno.
El relato que nos viene ofrecer√°, en s√≠ntesis, la descalificaci√≥n pol√≠tica. Jam√°s habr√° tenido ETA voluntad pol√≠tica. Jam√°s la sociedad vasca que fue su colch√≥n y su cantera tuvo derecho a la expresi√≥n, como as√≠ fue, porque sus m√©todos estaban contaminados. Jam√°s el derecho de autodeterminaci√≥n podr√° ser ejercitado por otro pueblo distinto al espa√Īol. Porque el √ļnico sujeto con derechos hist√≥ricos es el espa√Īol.
Y en ese relato de buenos y malos, los buenos ser√°n las v√≠ctimas de ETA elevadas como ya lo han sido hoy en d√≠a, a la categor√≠a de h√©roes, como en su d√≠a los fueron los “m√°rtires de la cruzada”. Independientemente de su condici√≥n. Y para ello har√°n lo que mandan los c√°nones, los manuales de contrainsurgencia: demonizar al enemigo, deshumanizarlo. Y nos volveremos a encontrar como en los √ļltimos 100 a√Īos, que la disidencia siempre tiene cuernos y rabo, no sabe amar y ser amado, pensar y ser pensado. Y que sus (nuestras) razones s√≥lo pueden estar entre rejas o, en el mejor de los casos, en un manicomio.

Amaiur, más que un símbolo

AMAIUR, M√ĀS QUE UN S√ćMBOLO

Como viene siendo habitual en los √ļltimos a√Īos, durante las dos primeras semanas de agosto, un grupo de j√≥venes y no tan j√≥venes, nos juntamos en el castillo de Amaiur para ir desbrozando su historia. Aparentemente son piedras, dentro de las cuales aparecen todo tipo de utensilios, incluso armas. Pero son algo m√°s. Las piedras de Amaiur, del color rojizo del Bazt√°n, a√ļn destilan el sonido del fragor de la batalla.
El tiempo pasa delante de nosotros con lentitud. Cada jornada se hace larga, muy larga y cada temporada se acumula con la anterior. A los pocos d√≠as de haber comenzado la tarea, tengo la impresi√≥n de que pasar√°n cientos de a√Īos, como los que nos preceden, antes de que concluyamos definitivamente las excavaciones.
No es, sin embargo, una impresi√≥n negativa. La quietud es patente. El lugar ha quedado resguardado de la mirada del presente, excepto cuando sopla el viento norte desde Otsondo o el del este desde Gorramendi. Amaiur es un s√≠mbolo, el s√≠mbolo. Quiz√°s sea una apreciaci√≥n excesivamente personal, pero cada vez que cruzo bajo el dintel de su antigua entrada, tengo la impresi√≥n de entrar en un lugar m√≠tico, casi sagrado, como si lo hiciera en Santimai√Īe, en Ekain o, quiz√°s, en los laberintos del fuerte de Ezkaba. Respeto por la quietud y por la historia.
Así pues, la quietud centenaria tiene que ver con su inclusión en el futuro. Los abuelos de nuestros abuelos ya lo tenían por símbolo y las visitas a sus ruinas marcaron a generaciones. El monumento a la independencia navarra, a la unión con las provincias hermanas, es toda una declaración de intenciones.
En Amaiur fueron esparcidas las cenizas de amigos, compa√Īeros, como si el lugar acogiese a la eternidad. Por eso esa sensaci√≥n que, aunque personal, la comparto con todos los que han hecho posible esa cohesi√≥n que a√ļn hoy nos mantiene como uno de los pueblos por excelencia de Europa. Vivimos tambi√©n del pasado porque creemos en el futuro.
Cada a√Īo nos depara una sorpresa de las que dif√≠cilmente olvidaremos. Este a√Īo, junto al aljibe y el desbrozamiento del per√≠metro, hemos encontrado centenares de recuerdos materiales. Entre ellos un kaiku de madera. Cuando lo desenterramos, con el mimo y la paciencia que lo hace un arque√≥logo, no pod√≠amos dar cr√©dito a lo que ve√≠amos. Quienes tenemos algunas peque√Īas nociones de nuestro suelo conocemos los efectos del tiempo, la humedad, la lluvia y las estaciones.
Aquel kaiku de Amaiur ten√≠a m√°s de 400 a√Īos y a pesar de estar tallado, como todos, en madera, se conservaba casi perfectamente. Si fuera religioso dir√≠a que se trataba de un milagro. Como aficionado y curioso de la historia puedo decir, sin dejar lugar a la equivocaci√≥n, que se trataba de una excepci√≥n. Jam√°s sobrevive la madera tantos a√Īos en un suelo hostil a la conservaci√≥n como el vasco, como el de Bazt√°n.
Relat√© el descubrimiento a mis cercanos y quise a√Īadir la met√°fora que el hallazgo me suger√≠a. Ya s√© que es f√°cil caer en la ret√≥rica, incluso en la √©pica narrativa pero no puedo menos que asombrarme de todo lo que es posible con voluntad. Y en este caso es como si las ruinas del castillo, s√≠mbolo de la defensa de la independencia Navarra, tuviera vida, en estado latente, esperando que alguien la descubriera para anunciarse.
Solo ha hecho falta que poco a poco un grupo de arque√≥logos vaya desbrozando las ruinas para que estas hayan cobrado existencia y vayan ense√Īado todo lo que contienen. Sab√≠amos desde Gabriel Aresti que la piedra respiraba. √önicamente ha hecho falta acercar el o√≠do a sus poros para descubrir que su coraz√≥n palpitaba.
Pronto se cumplir√°n 500 a√Īos de la conquista del llamado Cat√≥lico. Un poco m√°s de la defensa del castillo de Amaiur. M√°s de uno pensar√° que tantos a√Īos son suficientes para aparcar sus ecos en los libros de historia que estudiar√°n cuatro especialistas. Que el sonido de los versos que reflejan aquella cr√≥nica ya ha descendido a las llanuras para disolverse como la nieve invernal en primavera.
Más de uno llegará con las botas gastadas, sin ánimo para continuar por caminos tan viejos, arrugados. Quizás se pierda entre pasajes bélicos y aventuras trasnochadas. No lo sé. Sin embargo, Amaiur no es un relato del pasado. Amaiur, su castillo que va aflorando sin prisa en la quietud del tiempo, es un proceso de futuro. Es una historia que todavía suspira, que gime y grita a la vez. Amaiur, como su kaiku, palpita en comunión con un pueblo que aspira, en el siglo XXI, a convertirse en un estado más en ese escenario europeo del que forma parte desde siempre.