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Adelgazar las palabras para escucharte

Comienzan a desnudarse las ramas de los robles que a√ļn cercan los caminos m√°s sombr√≠os de mi pueblo, ah√≠, apartado de los ruidos molestos que llegan de la autopista de d√≠a, y de las luces que confunden de noche. El viento sube transportando entre sus brazos las humedades del rompeolas, lejano pero audible. El eco de un ladrido, no me atrevo a calibrar su cercan√≠a, me recuerda que no somos los √ļnicos.
Me abruma la sensaci√≥n de dejarme algo cada vez que estrujo las teclas del ordenador. No puedo sino dirigir la mirada una y otra vez hacia la ventana, esperando que por sus aristas penetren, de repente, los colores de la ausencia. Quiero enga√Īarme y admirar la blancura del azulejo del olvido, pero no hago sino ahondar en el destierro. Alguien me pas√≥ un mensaje debajo de la puerta. Es mejor olvidar. Ni siquiera lo he intentado.
“No quisieron decirnos el sitio donde te encuentras y por eso tu tumba es todo nuestro territorio”, cantaba Carlos Mej√≠a Godoy, rasgando su guitarra cuando los sandinistas avanzaban hacia los palacios de Somoza. Azota la lluvia los cristales, despu√©s de unas semanas de bochorno, y con el golpeo de las primeras gotas recuerdo aquello que me atormenta al destapar el ordenador.
Llegué a Laudio, a contar relatos de calabozos, patíbulos, hambre y penurias y, tras la charla, como suele ser habitual en otras muchas ocasiones, nos juntamos alrededor de una mesa. Una botella de vino y poco más. La memoria fluye. La memoria se hace selectiva, pasajes de mujeres que eran sorprendidas hablando euskara por la calle y, como castigo, enviadas durante un mes a limpiar los urinarios del cuartel de la Guardia Civil.
El recuerdo nos hace fuertes, incr√©dulos de cr√≥nicas televisivas y construcciones gigantescas de f√°bulas. La primera persona del singular y del plural nos cauteriza ante la mentira, nos revuelve el sentimiento con im√°genes dolorosas de ertzaintzas golpeando a diestro y siniestro en el aeropuerto de Hondarribia cuando llegaban los restos de Lasa y Zabala, nuestros Joxi y Josean, arrancadas sus u√Īas en sede gubernamental.
Pero no es la del desprecio eterno la sensaci√≥n que me abruma, sino la de la ausencia. Ayer me cruc√© con aquel superviviente que recibi√≥ el tiro de gracia y salv√≥ su vida, no ya por esos milagros, malintencionados casi siempre, sino por esas casualidades casuales de la naturaleza. Porque quien dispar√≥ lo hizo a matar. Un movimiento reflejo le llev√≥ el brazo a la sien. En Irun hace ya m√°s de 35 a√Īos.
Me cruc√© con Carlos, dec√≠a, con el mar en el horizonte, con la brisa del norte meciendo las gaviotas nacidas esta primavera y, sin tener noci√≥n de por qu√© los recuerdos se mezclan de manera tan traicionera, volv√≠ a las horas intempestivas de Laudio, a la √ļltima conversaci√≥n sobre aquel joven de apenas 19 a√Īos, Jon, que, ya en la clandestinidad, muri√≥ reventado por la propia bomba que transportaba junto a su alma gemela, Joxe, de Amezketa, tizado por un color de piel cobrizo.
Y un recuerdo me llev√≥ a otro. Detesto el verbo borrar, me niego a declinar sus tiempos. Hodei y Egoitz, rotos como aquellos de hace a√Īos en un recodo similar. Un paraje maldito por generaciones, entra√Īas donde se coc√≠an las malvades del hierro y de las minas del √ļltimo siglo. Carlos segu√≠a vivo y quer√≠a creer que el resto tambi√©n, que a √ļltima hora el destino daba un quiebro y hab√≠a obviado la ruta. La oportunidad.
Poemas clandestinos, marchas nocturnas, un cigarro entre los labios que han besado poco antes. O que quiz√°s no lo hicieron jam√°s. La juventud atrapada, la estela invisible del asfalto, la vigilia acechante. Eternos indocumentados, que escribi√≥ Roque Dalton. “Ez duzu etsi ta ez duzu etsi nahi”, complementaba Txikia.
Cruc√© la noche desde Goikogane y me adentr√© en las faldas de Anboto, junto al eco de las lechuzas que guardaban el sue√Īo de Mari. A lo lejos me lleg√≥ el murmullo del aliento de Jes√ļs Mari, tambi√©n con 19 a√Īos, y de Alberto, acribillados al retirar su coche. Y, por un momento, cre√≠ sentir el crujido de los aviones rompiendo la pereza de las nubes que un infortunado d√≠a de marzo bombardearon Durango. La muerte est√° cosida a la vida.
Me abruma la sensación de dejarme algo cada vez que comienzo a golpear las teclas del ordenador, como si las palabras huyeran entre las oquedades, como si el perfume a salitre que me falta cuando me escurro tuvieran la culpa de sostener ese faro tan visible que ciega.
Al otro lado de las cimas, de esa ermita custodiada por un meteorito que busca y encuentra parejas, entre magias y sortilegios, percibo el sonido del agua calma, alg√ļn sapo cancionero y una luna delicada como el cari√Īo. En Otxandio me narran las ocurrencias de aquella joven recogiendo algod√≥n a miles de kil√≥metros, en los campos inconclusos de Telica, cerca del volc√°n con nombre quiz√°s africano, Momotombo, aunque en Centroam√©rica.
Luzia ten√≠a por nombre y recibi√≥ en Trintxerpe un tiro como el que Carlos pudo esquivar. Es para llorar que buscamos nuestros ojos, dej√≥ escrito Vicente Huidobro. La letra de una canci√≥n se filtra entre las teclas: “Begiak itxi eta amets egiten duzu kolore artean esnatuaz”. Trintxerpe, obreros llegados del fin del mundo, madres que aprietan a sus hijos entre sus pechos, para trasmitirles la frecuencia del latido de su coraz√≥n. √Čpica del pasado. Y del presente.
Escondo la voz bajo las piedras y los helechos que atenazan Mendixuri, Mendittipi, Mendiaundi… los montes de nuestra tierra que jalonan ese rasgo en el mapa, esa frontera en las hojas de ruta de los carabineros. Las piedras no tienen alas, las chimeneas se pelean por los rescoldos del fuego.
Una fuga para alcanzar los montes, desde Segovia, escondidos en los bajos de un cami√≥n, con el miedo en el bolsillo y tambi√©n en la respiraci√≥n que se vuelve ingrata. Auritz, en el camino de peregrinos. Jam√°s hab√≠a conocido las rocas perforadas por los siglos, los cantos apagados de los ruise√Īores del bosque, las piruetas encendidas de las lib√©lulas azules. Catal√°n y, como tantas veces, un tiro traidor. Oriol.
Laudio, Durango, Getxo, Donostia, Tolosa, Gasteiz, Orereta, Irunberri, Pasaia, Sestao, Iru√Īea, Hernani, Baiona, Loiu, Hendaia, Auritz… lugares familiares que acogen a tantos de los nuestros, estr√≠as en la tierra, brotes de maiz, estrofas de futuro. Nombres extra√Īos tambi√©n, Herrera de la Mancha, Togo, Busot, Argelia, La Habana.
Cuando abro el ordenador sigo percibiendo que me falta algo y, sin embargo, sus archivos est√°n repletos de historias, de relatos, de ni√Īos convertidos en adolescentes, de adolescentes que llegaron a ser adultos. De j√≥venes y de mayores. La alarma me avisa de aniversarios, me alerta de amores que a√ļn perviven, de √°rboles marcados con iniciales milenarias, de avenidas desbrozadas por el valor de aquellos que, una vez, pens√©, fueron unos pocos y hoy s√©, son miles.
Aquella ma√Īana de aquel s√°bado 27 de septiembre encontramos a la muerte sentada al lado. Anunciada con antelaci√≥n, como en el relato de Garc√≠a M√°rquez. Agazapada en la punta de fusiles que disparaban venganzas. Aquel s√°bado de hace 37 a√Īos la vida sufri√≥ un apag√≥n. Txiki, √Āngel. Pero el viento hinch√≥ nuestros corazones. Tuvimos la certeza, yo al menos, de que la existencia es corta, y a la vez, larga.
“Para que tu me oigas, mis palabras se adelgazan a veces” dec√≠a Pablo Neruda. Txabi Etxebarrieta apenas hab√≠a cumplido 20 a√Īos, llevaba una pistola en el bolsillo, y en el zurr√≥n un libro de versos del poeta chileno. Con Neruda vivi√≥ sus tres a√Īos siguientes, hasta que muri√≥ en Benta Haundi.
Han pasado a√Īos, quiz√°s m√°s de los que hubi√©ramos imaginado. Y aqu√≠ seguimos, con el recuerdo de cientos, miles de reto√Īos haciendo lo que hemos sabido desde siempre, adelgazar palabras para que se nos oiga. Palabras que arrastramos para encontrar la cuna de la luz que ha movido a tantas y tantos compa√Īeros, la libertad de nuestro pueblo. La palabra.

Entre la quimera y el golpe de Estado

Apenas recordamos los inicios de la organización sindical entre nosotros y si lo hacemos parece fuera de lugar. Por definición, el movimiento obrero debe de ser dinámico y las experiencias y las luchas laborales nos recogen su historia y no tanto su desarrollo, como una faceta de la vida que, por lo que sucede alrededor, debería ser hoy la madre de la iniciativa política.
El Capital, tras el que se esconden nombres y apellidos con más responsabilidad en el fracaso de la humanidad que cualquier reyezuelo o dictador al pelo, lanzó hace ya tiempo una ofensiva sin precedentes para terminar con cualquier atisbo de justicia social. La colaboración de la izquierda política y sindical integrada precisamente en el sistema, la convierte en traidora a la Humanidad, en engranaje de esa mafia que ordena los destinos de miles de millones de personas.
Hace bien poco, la derecha autonomista vasca arm√≥ los presupuestos del Gobierno de Zapatero y su reforma laboral a cuenta del desarrollo pleno del Estatuto de Autonom√≠a de la CAV. Una burla. Ahora, cual camale√≥n, el PNV apoya las barbaridades del PP desde acuerdos estrat√©gicos en Kutxabank, diputaciones en Araba y Bizkaia o incineradoras comisionistas. Una apuesta integral. Sumisos ante los cuatro due√Īos de nuestras vidas.
La primera asociaci√≥n sindical que naci√≥ entre los vascos, clandestina por cierto, se llam√≥ Solidaridad. Un concepto extra√Īo para muchos de los que ahora se les llena la boca con las consonantes del abecedario timbradas con suavidad. Se ubic√≥ en Bilbao, antes de la m√≠tica huelga minera de 1890 que forj√≥, como el acero, nuestros dirigentes de clase, Facundo Perezagua entre ellos. Hab√≠a llegado de lejos Perezagua, pero no entr√≥ al trapo en las cuestiones que enzarzaban a Indalecio Prieto (antes mon√°rquico que soberanista) y sus colegas con los primeros abertzales. Perezagua percib√≠a d√≥nde estaba la clave de la dominaci√≥n. Dej√≥ p√°ginas entra√Īables en nuestra historia, llenas de dignidad y compromiso. Uno de los nuestros. Por eso fue expulsado del PSOE a las primeras de cambio.
La ofensiva actual del Capital, pone en juego nada menos que logros conseguidos a sangre y sudor desde los tiempos de Perezagua, hace ya cien a√Īos. La responsabilidad de los patronos es notoria, pero ya sabemos que son los primeros en defender sus palacios. Su voracidad es insaciable. Sus aspiraciones repugnantes por sustentarse en la miseria y marginalidad de gran parte de la sociedad. En la injusticia del mundo. Los grandes patronos vascos y sus aliados no se diferencian apenas, quiz√°s en el apellido (Ybarra, Urquijo, Ch√°varri, Echevarr√≠a, Huarte), de los de Leipzig o Harare. Ni de los de Madrid o Barcelona.
La crisis de Espa√Īa que nos est√° arrastrando tambi√©n a la periferia no ha sido una crisis del sector p√ļblico, como nos quieren hacer ver, sino el fracaso en las apuestas de los grandes bancos y de empresas privadas estrat√©gicas que se endeudaron como las dictaduras militares latinoamericanas hace 30 a√Īos, provocando aquella deuda externa impagable que denunciaron plumas tan √°giles como la de Eduardo Galeano.
Esas venas abiertas que han cruzado el Atl√°ntico y se han asentado en los surcos de nuestra piel, nos son familiares, por mucho que los medios y los sumisos, voceros oficiales y oficiosos de los bancos, nos quieran se√Īalar lo contrario. Son cientos de miles de millones de euros los que debe Espa√Īa a sus acreedores, pero de ellos s√≥lo una cuarta parte proviene del sector p√ļblico.
Y, sin embargo, aquellos logros por los que dejaron la piel en el asfalto los contempor√°neos de Perezagua, los obreros de Gasteiz en aquel 3 de marzo enlutado por las huestes de Manuel Fraga, los honrados trabajadores de Bandas de Etxabarri, los aguerridos langiles de Uni√≥n Cerrajera, los agazapados en las barricadas de Euskalduna, incluso las alpargateras de Azkoitia y Azpeitia y las ‚Äúgolondrinas‚ÄĚ de Isaba y Maule, est√°n a punto de desaparecer. En 1926 se regul√≥ en nuestra tierra el contrato de trabajo. En 2012 lo quieren inutilizar.
Espa√Īa quiere salvar su patio particular devolviendo favores a quienes, en las √©pocas del imperio, del fascismo, de la transici√≥n, incluso del GAL (que por cierto comenz√≥ cuando ETA abri√≥ una campa√Īa contra la gran banca) sostuvieron sus seis letras. Y lo va hacer rompiendo sus ra√≠ces humanas, su sociedad y, arrastrando en la apuesta, a las naciones perif√©ricas, a aquellas que llegaron a ser espa√Īolas por razones b√©licas, de conquista.
Con la excusa de pagar a los acreedores alemanes y franceses, el Gobierno del PP, al que abri√≥ la puerta el PSOE y aplaudi√≥ el PNV, va a desmantelar las prestaciones del Estado, forjadas en un siglo de luchas contra tiranos y d√©spotas. Va a escenificar el “que se jodan” de Andrea Fabra. Sin tapujos. Va a borrar a Perezagua de la historia.
Los empleados p√ļblicos ya han visto reducido su salario en un 13% (en dos reformas a trav√©s del impago de sus pagas), la sanidad va a tener un coste adicional al margen de los impuestos, los salarios van a menguar mientras el coste de la vida aumenta, las prestaciones sanitarias universales est√°n camino de desaparecer, se privatizar√°n las empresas p√ļblicas rentables (incluidas las cajas de ahorro vascongadas, ya cad√°ver la navarra), se reducir√°n las pensiones, se privatizar√° a gran escala la educaci√≥n… Nuestros hijos han nacido sin futuro.
Y, mientras tanto, los lacayos de los especuladores, esos mismos que aspiraban a convertirse en el Berlusconi de turno (poder, sexo y vinos espumosos) reivindicando el derroche como fin: con el TAV, los superpuertos ausentes, los circuitos de carreras fantasmas, las pasarelas de la imbecilidad porque en algo hay que gastar. Mientras, regalan corbatas a sus novios y fulares a sus novias de museos costeados desde nuestros bolsillos, hacen del fraude foral su tasación social, de la evasión de capital su garantía de futuro y de las basuras la financiación de sus estructuras.
Hace no mucho tiempo, cuando los que hoy dilapidan hasta el √ļltimo gramo de solidaridad que, con nuestros impuestos ofrec√≠a el Estado, se dec√≠a que el PNV gobernaba en la CAV (“Euskadi” en sus textos), como si la Autonom√≠a fuera un batzoki. No les faltaba raz√≥n, probablemente.
Hemos conocido oficinas de empleo con la foto de Sabino Arana al fondo del pasillo, ayuntamientos quebrados por las ínfulas de alcaldes acomplejados por el brillo del reloj del vecino, agentes con la porra floja y la pistola sin seguro que se sentían respaldados desde aquellos ejercicios místicos en Berrozi. Gente honrada, sin embargo, convivía en aquellos batzokis con desalmados especuladores que de saberlo habrían llenado de dinamita la cueva de Praileaitz. Pillos.
Y es que Espa√Īa, donde tambi√©n vive gente honrada, se ha convertido en un “chiringuito”, una Cueva de Alibab√° dirigida no por 40 ladrones sino por 17, los que componen el CEC (Consejo Empresarial para la Competitividad), las mayores empresas de Espa√Īa, las de la deuda astron√≥mica, las que controlan m√°s del 35% de su PIB. Esos a quien el rey alienta en su expolio, el mismo monarca que pide a Catalu√Īa unidad y no “quimeras”. Un CEC que dirige y sufraga la “Marca Espa√Īa”.
Espa√Īa es ese chiringuito literario pero real de rateros, pillos y cuatreros, como bien lo describi√≥ ya en √©poca lejana Miguel Cervantes. Los ladrones espa√Īoles dejan peque√Īos a los funanbulistas del batzoki, a los que aspiran a ser los √°ngeles de los anuncios. El fraude fiscal en Espa√Īa es de 241.000 millones de euros anuales, record Guiness, el 23% del PIB, el m√°s alto de Europa. Y seg√ļn la Fiscal√≠a Anticorrupci√≥n espa√Īola, en los √ļltimos 10 a√Īos los pol√≠ticos profesionales han robado 4.158 millones de euros.
La crisis financiera, que no era nuestra, ha destapado un golpe de Estado en toda regla. Manejado, como en 1981, por la monarquía borbónica, la misma que mandó en 1890 a las minas de Triano al Ejército de Su Majestad. Contra Perezagua y su generación. No han podido robarnos nuestro espíritu de rebeldía, a pesar de su insistencia, y van a por nuestra cartera.
Creo que fue Marx quien lo dijo. Quiz√°s estoy equivocado y fuera Perezagua. O alguno de los pasquines de los trabajadores de Bandas de Etxabarri frente a los esquiroles que la Guardia Civil llevaba en sus autobuses hasta la factor√≠a. Qu√© m√°s da. Es la raz√≥n para seguir en la pelea: “La libertad ha existido siempre, pero unas veces como privilegio de algunos, otras veces como derecho de todos”. Recuperemos la utop√≠a, la quimera, la libertad universal. Por ella, tambi√©n, saldremos a la huelga.

La acuarela de tu alma

Cesare Pavese escribi√≥ un soberbio poema “Vendr√° la muerte y tendr√° tus ojos, esta muerte que nos acompa√Īa desde el alba a la noche”. Xabier Lete hizo una magnifica traducci√≥n al euskara, “etorriko da zure soaz heriotza”, que music√≥ y cant√≥ con voz quebrada Paco Ib√°√Īez. Todos atisbaremos, pronto o tarde, esos ojos de la muerte y, entonces, dejaremos de ser nosotros para difuminarnos en el recuerdo. Perteneceremos al patrimonio, inmaterial, el de nuestros descendientes. La vida sigue.
Reconocer a los que nos han precedido, descubrir su huella y perdernos en sus razones y en sus sombras, con las que so√Īamos quiz√°s nosotros tambi√©n, nos permite articular el presente y, en cierta medida, ir desbrozando, como bien a√Īoraba Isaac Puente, el m√©dico anarquista de Maeztu, el futuro de nuestros hijos.
Por eso, cuando I√Īigo Urkullu y Patxi L√≥pez se enfadan al un√≠sono por la reivindicaci√≥n de un esp√≠ritu, el del lehendakari Agirre en tiempos de guerra, hecha por Laura Mintegi, est√°n exigiendo un derecho a la propiedad que no les corresponde. El del pasado, el del patrimonio colectivo, el de la intangibilidad de un pueblo que tiene en quienes les precedieron sus referencias.
El Gobierno republicano de Agirre no fue una opción elegida sino la traslación de un proyecto compartido a un conjunto de hombres que, por encima de todo, afrontaron la voluntad de defender lo poco que el ser humano posee: la vida de los suyos, su dignidad y sobre todo, su honestidad. Un aliento compartido en la defensa de una sociedad agredida en grado superlativo.
Aquellos hombres y mujeres honestos fueron fusilados, marcharon al exilio, sufrieron c√°rcel y, a pesar, hicieron de su vida un ejercicio de honestidad. Fueron hombres y mujeres justos, con independencia de su legado particular, de la letra peque√Īa de sus biograf√≠as, cuando las hubo. Nos pertenecen por derecho. Por patrimonio.
Por eso, me parece una respuesta muy maleducada la de estos dos se√Īores citados. Nuestro patrimonio colectivo no tiene nada que ver con una lista electoral, cerrada. Para eso est√°n los vivos, enclaustrados algunos en jaulas de oro, otros en calabozos con barrotes de hierro. Otros, errabundos que aspiran a la eternidad se mecen, junto a Alicia, desde sus hamacas en el Pa√≠s de las Maravillas.
Ch√≠chikov, la gran creaci√≥n de Nikolai G√≥gol, adquir√≠a espectros, iba de pueblo en pueblo comprando a los propietarios las almas de sus siervos muertos. Y registraba las transacciones como si se tratara de un comercio m√°s. Los propietarios enloquec√≠an ante la empresa y mostraban su codicia, la corrupci√≥n, incluso sus paranoias. Una s√°tira que a√ļn es v√°lida muchos a√Īos despu√©s.
¬ŅA qui√©n pertenecen los muertos, sus almas?
Ferm√≠n Valencia cant√≥ a Maravillas Lamberto, violada y asesinada en Larraga a sus 14 a√Īos, por una pandilla de falangistas y guardia civiles. Y entre su letra emocionada, “amapola del camino, te seguir√© donde vayas”, Ferm√≠n a√Īad√≠a: “la muerte no podr√° pintar de olvido la acuarela de tu alma”. Pintamos de colores, muchas veces productos de nuestra imaginaci√≥n, como un recurso m√°s para enfrentarnos a las situaciones m√°s complicadas y al desasosiego que acompa√Īa a una mala temporada.
Maravillas, nombre tan atractivo como sugerente, es patrimonio de nuestra generación, como tantas y tantos otros. Un pueblo no se elige, llega en el zurrón condimentado con unos aromas y fermentado con otros olores que empaparemos en nuestro devenir, en nuestro paso por la tierra, leve pero firme. Hacemos camino al andar con una mochilla llena de pertenencias intangibles, y repletas de pálpitos y, sobre todo, de humanidad. Paradoja donde las haya.
El talante de Agirre, integrador y siempre presto a incorporar antes que a descalificar, exasper√≥ a Manuel Irujo, compa√Īero inseparable y a Telesforo Monz√≥n, amigo desde su ni√Īez. Ambos despotricaban contra la permanente tendencia del lehendakari a consensuar sus acuerdos. Irujo le ech√≥ en cara su alianza con los norteamericanos, y acert√≥. Washington le llam√≥ fan√°tico por defender la independencia vasca a pesar de que su partido hab√≠a aportado decenas de cuadros para espiar a los comunistas.
Monz√≥n se rebel√≥ por su republicanismo “espa√Īol”. Y rompi√≥ con Agirre pronto. Un Agirre que le hab√≠a apoyado, en contra de todo su partido, cuando, despu√©s de un bombardeo sobre Bilbao, la multitud asalt√≥ las c√°rceles repletas de fascistas y mat√≥ a 224 presos. Su custodia, por ser consejero, depend√≠a de Telesforo Monzon. Cuando en 1960 falleci√≥ Agirre, su cad√°ver fue expuesto precisamente en la casa de Donibane Lohizune de Telesforo, luego sede de Anai Artea. Amigos a pesar.
Ese espíritu dialogante, alma viva de Agirre, le llevó a intentar mediar con los primeros voluntarios de ETA, perseguidos y calumniados por el PNV de Ajuriagerra que donde había compromiso vio competencia. Introdujo al comunista Astigarrabia en su Gobierno y el acercamiento llevó al consejero a ser repudiado por su partido. Una lista extensa.
Como Agirre, Irujo, Monzon y sus discrepancias… nuestra mochila colectiva se ha forjado con los hombres y mujeres que dieron esa raz√≥n a su existencia. Tom√°s Shankara, el presidente de Burkina Faso asesinado con la complacencia francesa, dec√≠a que “nuestra revoluci√≥n se basa en la totalidad de las experiencias del hombre desde el primer aliento de la humanidad”. En esas estamos.
Y en la misma medida, las mimbres que conforman y entrelazan este pueblo nuestro no s√≥lo se construyen con los juncos del Atturri, del Ebro o del Ibaizabal, sino y sobre todo con esa larga sombra, ese surco en el agua que recita E√Īaut Elorrieta: “Ta ez galdetu inoiz zer galdu genuen
negar egin genuenean malko haiei esker orain itsasoa gara”.
Hombres y mujeres a los que he conocido y he sentido que, ante ellos, la humildad era m√°s importante que la palabra. A Rosa (Luxemburgo) Larra√Īaga, educada en la URSS e hija de Jes√ļs Larra√Īaga el comunista ejecutado en Porlier que me hablaba susurradamente. A Casilda que aguantaba las l√°grimas cuando enterr√°bamos a su compa√Īero anarquista F√©lix Likiniano en Biarritz, en un acto en el que rompieron las m√°s elementales normas de clandestinidad los innombrables.
Al jeltzale José Mari Aristegi, profundamente religioso e hijo de Julián, fusilado en Hernani por las huestes de José Luis Vilallonga, el biógrafo del Borbón, a quien entregué la ficha de Ondarreta de su padre en capilla. A la hija del socialista Ramón Rubial, senadora en Madrid, a quien hice llegar el expediente penitenciario de su padre, perdido en un archivo militar gallego. A la ex portavoz del Gobierno de Ibarretxe, Miren Azkarate, a la que deslicé el informe militar y policial de su padre Marcos, detenido en su tiempo por ser correo de los nuevamente innombrables. A Fermín Martínez-Vergara, nieto del alcalde de Lodosa y fusilado en 1936 con quien comparto gratos momentos cada dos meses en una prisión francesa. Etarra, como otros.
¬ŅQu√© me une a los nombres que he citado anteriormente? Por mi parte, honestidad. Lo mismo que me anim√≥ a editar hace m√°s de una d√©cada cuando encontr√© el Diario de Agirre en la Biblioteca del Congreso (Washington) reci√©n donado, probablemente, por la CIA. Una copia del mismo la ten√≠a la familia, pero jam√°s tuvo intenci√≥n de darle luz.
¬ŅQu√© me une a todos ellos? Su recorrido vital. Mi patrimonio. Nuestro patrimonio. No tengo m√°s propiedad que sus recuerdos, que sus aspiraciones. Y aunque no comparta gran parte de su gastronom√≠a, de su ideario pol√≠tico, de sus plegarias, incluso de sus fobias, las coincidencias, los caminos en com√ļn son suficientes para incorporarlos a mi estela.
Las almas de G√≥gol ten√≠an un precio, alimentaron la codicia, fueron enlatadas entre los renglones de un asiento contable. No son almas de mi gusto. Tasadas. Augusto C√©sar Sandino, uno de los grandes revolucionarios latinoamericanos, dej√≥ escrito un manifiesto que empezaba de la siguiente manera: “El hombre que de su patria no exige un palmo de tierra para su sepultura, merece ser o√≠do, y no s√≥lo ser o√≠do sino tambi√©n cre√≠do”.
Quiero y necesito creerlos. Somos hombres y mujeres que aspiramos a ser libres, con humildad, recogiendo el testimonio intangible de decenas, miles de antepasados de los que ni siquiera conocemos su nombre. Sabemos por qu√© lucharon y con eso es suficiente. Son, al margen de sus apellidos, del color de sus ojos, de las hondonadas de su piel, del modelo de sus alpargatas, el √ļnico y gran patrimonio que nos llevaremos un d√≠a a ese palmo de tierra que ni siquiera exigimos. Ese palmo de tierra que sabr√°n defender las generaciones que nos suceder√°n.

MIEDO A LA LIBERTAD

En octubre de 1938, m√°s o menos cuando el primer premio de la Loter√≠a espa√Īola llegaba a Gasteiz y el poeta Fancis James fallec√≠a en Hazparne, un mago de la comunicaci√≥n como Orson Welles lograba sembrar de p√°nico las calles de Nueva York a trav√©s de una emisi√≥n radiof√≥nica. Poco antes se le hab√≠a ocurrido la brillante idea de dar verosimilitud a una novela de ciencia ficci√≥n escrita por H. G. Wells, “La guerra de los mundos”.
En s√≠ntesis, el “noticiario” radiof√≥nico desplegaba la imaginaci√≥n apuntando a una invasi√≥n de marcianos que, a las primeras de cambio, derrotaron a las aguerridas tropas estadounidenses gracias a un arma secreta, un rayo de calor, y al uso indiscriminado de gases venenosos.
La histeria provocada por Orson Welles se volvi√≥ a repetir en Quito (Ecuador), diez a√Īos despu√©s, con efectos m√°s devastadores, millones de sucres en desperfectos causados por el p√°nico y el enfado y cinco muertos, pasto de las llamas. En menor medida, la experiencia de 1938 fue repetida en otros puntos del planeta, hasta nuestros d√≠as. Sin tanto eco.
La lectura de la emisión radiofónica nos puso sobre la pista del tremendo impacto que tiene la expansión del miedo en las sociedades modernas y, sobre todo, de la herramienta que puede ser su propagación para perpetuar el poder. El miedo es una emoción primaria que está en el origen tanto de las religiones como de decenas de actividades humanas de lo más cotidianas.
Por miedo, más que por respeto, las revoluciones se quedan a las puertas de su materialización. Por miedo, Hitler sometió a media Europa y, por miedo al Gulag, la URSS estalinista mantuvo un sistema de elites en medio del desconcierto. El miedo a la tortura y a la desaparición hizo timorata a buena parte de su oposición a Franco que echó su historia por la borda en unas semanas.
El miedo es la principal causa de que Espa√Īa no se subleve por los cuatro costados, con cerca de 6.000.000 de parados y un futuro p√©simo para las pr√≥ximas generaciones. A una estrecha franja de la historia de Francia, en el verano de 1789, se la llama el “Gran Miedo” (Grande Peur), cuando la aristocracia alent√≥ del “peligro” de que hordas de hambrientos y vagabundos asaltar√°n los graneros.
Miedo a ser descubierto tuvo el beratarra Manuel Crist√≥bal, miembro de la ejecutiva del PCE en la clandestinidad, y a salir de su refugio cuando enferm√≥. Miedo a ser torturado y a se√Īalar a sus compa√Īeros y por eso prefiri√≥ no abandonar su escondite. Falleci√≥ de apendicitis, en 1957. En la misma medida la historia se reprodujo con Jos√© Luis Arrieta, Azkoiti, cuya agon√≠a la sufri√≥ en clandestinidad y falleci√≥ en 2001.
Hay otro miedo, el que surge de la política cotidiana. A ese me quiero referir, sin caer en el fondo de la historia que, la verdad, siempre da tanto para un roto que para un descosido. El miedo germina de un acto político cuya cualidad principal es la de coaccionar y dirigir la suma de voluntades políticas hacia un fin determinado. Los logros del acto político quedan en entredicho por la amenaza y entonces aparece la posibilidad de perder lo que hasta hace poco existía.
Para entendernos con un ejemplo. La √ļltima andanada de Deia que de un tiempo a esta parte se ha convertido en ariete de determinados movimientos de aquellos que comparten espacio abertzale. Los medios gestionados por el Gobierno vasco han pasado por un periodo de dr√°stica censura y de direcci√≥n pol√≠tica como no hab√≠a sucedido desde las √©pocas del franquismo. Todo el mundo arrima el ascua a su sardina, pero lo del t√°ndem PP-PSOE ha sobrepasado las expectativas.
Ante el m√°s que probable cambio a partir del resultado de las elecciones auton√≥micas, el citado Deia hace una lectura torticera de la propuesta ling√ľ√≠stica de la candidata Laura Mintegi para concluir que la getxotarra va a terminar, de alcanzar la lehendakaritza, con los medios en castellano de la Comunidad Aut√≥noma. Saben que no es cierto, pero ya han sobresaltado a la comunidad castellano parlante.
El objetivo principal de esta intencionada representaci√≥n y de otras similares es el de que la mayor√≠a aletargada despierte, la castigada por la crisis y, sobre todo, la que se muestra indiferente ante una clase pol√≠tica que ha cavado a√Īo tras a√Īo un foso que le ha ido alejando de la sociedad. Es, precisamente, al atizar el miedo, cuando esta clase pol√≠tica quiere recuperar su posici√≥n privilegiada de dominaci√≥n. Y no hace falta concluir un master en Cambridge para resumir que ese conclusi√≥n tiene como objetivo final el de la sumisi√≥n.
Los atentados islamistas del 11 de septiembre de 2001 en EEUU son el paradigma por excelencia en estos √ļltimos a√Īos. La expansi√≥n del miedo y la activaci√≥n de aquellos que se mostraban indiferentes logr√≥ el aval que Washington y Bush necesitaban para las invasiones de Afganist√°n, Iraq y el control de las fuentes del petr√≥leo. La confluencia de intereses impuls√≥ las teor√≠as conspirativas. Quiz√°s sin demasiado sustento, pero con apoyo indudable de los medios oficiales que distrajeron a la opini√≥n p√ļblica.
Desde que el 5 de septiembre de 2010 ETA anunciara el fin de sus “acciones armadas defensivas” hasta el 20 de octubre del a√Īo siguiente en el que la organizaci√≥n dec√≠a adi√≥s a las armas sin condiciones, el Gobierno espa√Īol ha alentado el fantasma primero de la ruptura y luego de la falsedad de las intenciones para moverse en un escenario en el que llevaba c√≥modo la √ļltima d√©cada. A los suyos y a la sociedad espa√Īola, en general, el mensaje del miedo le hab√≠a sido rentable, tanto para su cohesi√≥n como para movilizar a una sociedad que, en las dos d√©cadas anteriores no hab√≠a mostrado semejante grado de adhesi√≥n a sus tesis. Se pasaron en la frenada y ahora pagan el peaje.
La campa√Īa para las auton√≥micas aunque no formalmente, hace tiempo ya que ech√≥ a andar. Y todos los grupos del tripartito (PP, PSOE y PNV) han coincidido en hacer del miedo pol√≠tico el eje de su propuesta. Miedo a lo que supone un cambio radical en el podrido mundo de la pol√≠tica. Miedo a la profundizaci√≥n en espacios, como el de la soberan√≠a, que remuevan el cesto hist√≥rico. Miedo a las formas de quienes se pueden convertir en nuevos gestores.
Xabier Arzalluz fue uno de los ejemplos m√°s notorios cuando puso frente a la energ√≠a nuclear la otra opci√≥n, la nada: “Si se cierra Lemoiz, comeremos berzas y nos alumbraremos con velas”. Frase apocal√≠ptica y nada visionaria. Iberdrola, empresa propietaria de Lemoiz, tuvo en 2011 un beneficio neto de 2.805 millones de euros. Casi nada.
Estos días hemos asistido a nuevos episodios de este vieja práctica de acogotar al indiferente a través de mensajes apocalípticos. Todos ellos en la misma dirección. Un coronel, perdonen que no recuerde siquiera su nombre, ha amenazado con sacar los tanques a la calle, tal y como lo avala la Constitución, si las ansias independentistas de naciones peninsulares periféricas siguen su curso.
La AME (Asociaci√≥n de Militares Espa√Īoles) se sum√≥ a las andanadas del coronel para enviar un mensaje intervencionista con motivo de la concesi√≥n del tercer grado a Josu Uribetxeberria, el mismo que los medios espa√Īoles no saben pronunciar su apellido: “Es de suponer que, como compa√Īeros de los asesinados y garantes de la unidad e integridad indivisible de la Patria, los militares espa√Īoles saquen sus di√°fanas conclusiones y obren, en su momento, en consecuencia con respecto a unos gobernantes volubles que ponen los intereses de sus ideolog√≠as por encima de los de Espa√Īa‚ÄĚ.
Las redes echan humo en la misma l√≠nea. Od√≥n Elorza dice: “Bildu propone el conocimiento obligatorio del euskara”, “la gente aqu√≠ (se supone que en Madrid, donde trabaja), se r√≠e de los bildutarras por incapaces”, “El nacionalismo sigue con el rollo identitario y soberanista. El PSE a trabajar contra la crisis y las secuelas del terrorismo”. Markel Olano, en la oposici√≥n, tampoco se quedaba atr√°s: “la izquierda abertzale en su pose de izquierdismo radical trata de esconder una falta total de implicaci√≥n colectiva y personal en el apoyo a los excluidos de nuestra sociedad”. Ojo, si gana Mintegi los pobres ser√°n m√°s pobres, parece decir Olano.
Ejemplos a patadas. Y aunque el salto es notorio, la historia es tan vieja como la vida. Parece mentira que el bucle se repita hasta el infinito. No existe aparentemente remedio a esta enfermedad aunque me resisto a certificarlo. Porque más bien opino que ese miedo que intentan trasmitir los que se quieren perpetuar en el poder es, en realidad y como diría Erich Fromm, miedo a la libertad.

Entre Torrente y Mortadelo

He elegido este título sabiendo que no es el adecuado. Y lo he hecho porque con él desciendo a una impresión que se ha desplegado, como los vientos racheados marinos que levantan olas de varios metros, entre los ciudadanos de a pie. El tema es serio. El activista italiano Renato Curcio, calificó a los vascos que conoció del modo de cantarines y llenos de ironía. Dejemos llevarnos por los tópicos que nos caracterizan, para complacencia de quienes nos halagan.
El esc√°ndalo de C√≥rdoba en la identificaci√≥n de restos calcinados de dos ni√Īos, a los que la Polic√≠a Cient√≠fica espa√Īola identific√≥ como huesos de pollo, no nos deja perplejos a los vascos, como parece ser que lo ha hecho a la mayor√≠a de espa√Īoles. La Polic√≠a Cient√≠fica deber√≠a ser el eslab√≥n principal en la precisi√≥n de los escenarios, tal y como se repite machaconamente en diferentes seriales televisivos. No sucede lo mismo, por el contrario, en este lugar azotado por vientos saharianos y del Poniente que es Espa√Īa.
La impresi√≥n de chapuza y esperpento ha alcanzado uno de los cl√≠max m√°s intensos que conozco. Los que hemos denunciado que la Ley Antiterrorista, y por extensi√≥n la prolongaci√≥n de la detenci√≥n, est√° dise√Īada para limpiar los restos de un interrogatorio, hemos encontrado aqu√≠ una raz√≥n m√°s para pensar que, fuera las comisar√≠as, las fuentes de investigaci√≥n policiales son reducidas.
Ha debido ser, precisamente, un forense vasco, Paco Etxeberria, quien ha puesto el dedo en la llaga. En las biograf√≠as extendidas por los medios aparece su relaci√≥n con conclusiones en casos como el de Allende, V√≠ctor Jara o Joxi Zabala y Josean Lasa, incluso su participaci√≥n en la recuperaci√≥n de los restos de v√≠ctimas del fascismo, a trav√©s de Aranzadi. Pero la casi totalidad de medios obvia su compromiso e informes sobre torturados, como en el caso de Unai Romano. Tema tab√ļ.
El ministro del Interior, Fern√°ndez D√≠az, ha manifestado en referencia a la nueva interpretaci√≥n, ajena por cierto a la oficial, que ‚Äútodo escribano tiene un borr√≥n‚ÄĚ y se ha quedado tan ancho. Lo cient√≠fico es sin√≥nimo de exactitud. El resto es literatura, f√°bula, superstici√≥n. Y estas √ļltimas son, en general, las conclusiones de numerosos trabajos de la Polic√≠a. Al menos en la cercan√≠a.
No empezó el mundo ayer, como nos tratan de decir una y otra vez cuando se trata de la verdad. Primero fue con las carnicerías de la guerra civil. Los ganadores impusieron su código de olvido, como con el franquismo. La transición fue también cubierta con un manto. Hasta ayer, precisamente. El resto tenemos pasado. Pero los que cometen tropelías en nombre del Estado ninguna.
Pero no es así.
La ‚Äúequivocaci√≥n‚ÄĚ de C√≥rdoba no es la primera, ni ser√° la √ļltima. Y quiz√°s no sea tanta la pifia. Se que son atrevidas las siguientes l√≠neas, pero estos d√≠as la idea me ha revoloteado como una mosca impertinente. M√°s a√ļn cuando recientemente un militar ha visto rebajada por el Supremo su condena de violencia de g√©nero por sus galones en operaciones especiales, lejos del suelo peninsular. Al igual que el padre de los dos v√≠ctimas cordobesas. ¬ŅSer√° la reciente condici√≥n militar del sospechoso la que indujo a la Polic√≠a Cient√≠fica a certificar que eran huesos de pollo?
Dec√≠a que la lista de equivocaciones o mejor, de interpretaciones interesadas, es tan extensa, al menos en nuestro pa√≠s que recibe los vientos del Cant√°brico y m√°s al sur los del cierzo, que una muestra ser√° suficiente para refrescar la memoria. Que la tenemos, desgraciadamente, bien cultivada. Ya lo dijo Mart√≠n Villa, aquel flamante ministro que tambi√©n llen√≥ de borrones su paso por Interior: ‚Äúlo nuestro son equivocaciones, lo de ellos son cr√≠menes”.
Recuerdo que cuando Carrero Blanco muri√≥ en aquella explosi√≥n que ahora los falsarios atribuyen a una confabulaci√≥n de los servicios secretos de medio mundo, la Polic√≠a espa√Īola abati√≥ a uno de los participantes en el atentado, el donostiarra I√Īaki M√ļgica Arregi, Ezkerra. Imaginar√°n que no fue as√≠ y yo mismo lo puedo corroborar. Estuve con I√Īaki en las exequias de Artemio Zarco hace unos meses.
Esa Polic√≠a tan diligente difundi√≥ la nota de que en la explosi√≥n qued√≥ herido de muerte I√Īaki M√ļgica. Le realidad fue que el donostiarra hab√≠a sido presuntamente identificado en una de las calles colindantes a la Claudio Coello y abrieron fuego de inmediato. El infortunado se llamaba Pedro Barrios. S√≥lo ten√≠a 19 a√Īos y muri√≥ confundido con Ezkerra. Jam√°s hubo una rectificaci√≥n. El borr√≥n del escribano.
Entre tantos, recordar el caso Almer√≠a, en el que tres j√≥venes santanderinos fueron acribillados y como en C√≥rdoba, los guardias civiles quemaron los cuerpos para que no fueran reconocidos. Sobre estos sucesos jam√°s las autoridades de Interior han desmentido aquella primera e incre√≠ble nota oficial, en la que se afirmaba que los j√≥venes iban armados, indocumentados y perdieron la vida en accidente de circulaci√≥n despu√©s de que los n√ļmeros dispararan a las ruedas de su coche. M√°s le√Īa a la hoguera.
Un par de ejemplos, sucedidos en Espa√Īa para que no me llamen excluyente, entre un pajar lleno de comunicados oficiales, f√°bulas avaladas por una sed de venganza permanente que no tiene parang√≥n en Europa, quiz√°s en los l√≠mites continentales, en zonas marcadas por conflictos religiosos. Para nada cient√≠ficos.
Lo m√°s serio del tema viene dado por la constataci√≥n de que estos informes pretendidamente cient√≠ficos han servido como pruebas de cargo en decenas de juicios contra ciudadanos vascos. ¬ŅCu√°ntos de ellos se encuentran en prisi√≥n gracias a fabulas convertidas en textos con label? Me viene a la memoria, dichosa memoria, los j√≥venes acusados de matar a un concejal de Leitza que dos a√Īos despu√©s salieron en libertad sin cargos. Su inculpaci√≥n fue resultado de un trato perverso a las que sigui√≥ el correspondiente peritaje a√Īadiendo las pruebas pertinentes.
La pen√ļltima nota nos ha llegado estos d√≠as con el informe de la forense de la Audiencia Nacional, Carmen Baena, alias Marisol Valc√°rcel. Luego explicar√© lo del alias porque no s√≥lo somos los vascos sus due√Īos. Contradiciendo a los profesionales de la medicina de nuestro pa√≠s, a Instituciones y a lo que haga falta, Baena propon√≠a que la agon√≠a de Josu Uribetxeberria se materializara en prisi√≥n.
A Baena, y también al super estrella Garzón, le presentaron una querella criminal en 2011 por sucesos ocurridos en 2008. Fueron nueve detenidos que la inculparon de su inhibición en las torturas que sufrieron. La Audiencia Nacional es fuente de cualquier suerte de noticias. Otra de tantas: aquel juez que, tras un informe psiquiátrico, puso en libertad a un narcotraficante que, por supuesto, desapreció de la faz de la tierra.
He tenido la oportunidad de leer estos d√≠as la √ļnica novela de Carmen Baena, porque en sus ratos libres, que deben de ser muchos, se dedica a la literatura. Una met√°fora. Hace a√Īo y pico present√≥ su trabajo ‚ÄúDescansen en paz‚ÄĚ. Diecisiete euros. Dicen que en la primera novela todos nos desnudamos y la de Baena parece no ser excepci√≥n. Una forense adscrita a un juzgado madrile√Īo va contando, en cap√≠tulos estancos, sus experiencias. La forense se llama Marisol Valc√°rcel, el al√≠as que citaba, el alter ego de Baena que, por otro lado, no lo oculta.
Me ha llamado sobremanera la atenci√≥n el √ļltimo capitulo. No he podido sino ligarlo a lo que la que llamamos prensa canallesca ha escrito en los √ļltimos d√≠as. Un juez mantiene una tensa relaci√≥n con la forense Valc√°rcel a la que hab√≠a acosado descaradamente. ¬ŅCu√°nto de realidad, cu√°nto de ficci√≥n? La autora lo sabr√°. Una autora que no tiene, precisamente, buena fama.
¬ŅPor qu√© lo de la fama? Vuelvo al comienzo de este art√≠culo. En febrero de este a√Īo, el forense Paco Etxeberria fue entrevistado en las p√°ginas de este mismo peri√≥dico. Fue tajante en muchos aspectos, pero sobre todo en uno. Reproduzco literalmente: ‚ÄúLos forenses de la Audiencia Nacional son y han sido encubridores‚ÄĚ. Todos sabemos a qu√© se refer√≠a. Fr√≠os vientos del infierno, que dir√≠a Dante.