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DONDE EL MAR DESBARATA SUS RELOJES

Todos los d√≠as mueren cientos, miles de hombres, mujeres y ni√Īos, sobre todo ni√Īos, como consecuencia de la especulaci√≥n alimentaria, de la injusticia en el reparto, de la din√°mica capitalista, de los resultados de la bolsa de Nueva York o de la de Bilbao. Todos los d√≠as, cada minuto, cada segundo.
Nos hemos acostumbrado a la muerte de los otros, muertes evitables, mirando a la luna, con la complacencia de que uno no elige donde nace, que N√≠ger, Sud√°n o Bangladesh son pesadillas lejanas, objetivos caritativos, o de oeneg√©s. Pero que nosotros estamos en otra. Que no despisten nuestra lucha, que ya tenemos nuestros cinturones de marginalidad, que la precariedad en el trabajo abarata los salarios. Que ya lo dijo Marx, que el lumpen no es revolucionario, ni consciente de su explotaci√≥n. Incluso, el propio Marx acu√Ī√≥ el t√©rmino proletario, los que no tienen m√°s propiedad que su prole.
Inmersos en esa din√°mica, reivindicamos un √°mbito solidario, un planeta mejor, un cambio global, una alternativa al capitalismo… del mundo. Hasta las multinacionales lo hacen. Anuncios por doquier. Nos olvidamos, sin embargo, de lo que el periodista argentino Mart√≠n Caparr√≥s llam√≥ OtroMundo, cerca de mil millones de personas, tan humanos como nosotros en sus capacidades subjetivas, desaparecidos en ciernes, pobres de solemnidad, la fam√©lica legi√≥n de la Internacional.
Seguimos con los viejos esquemas de la Revoluci√≥n Industrial, del obrero de Glasgow, Chicago, Nairobi, Daca o La Arboleda. Esquemas v√°lidos probablemente hace cien a√Īos o ciento cincuenta a√Īos. El margen de supervivencia era muy similar en los tenebrosos barrios londinenses descritos por Dickens que en las colonias africanas de la Europa victoriana. La esperanza de vida de un minero de Gallarta no pasaba de los 25 a√Īos, ni la de sus hijos, mal alimentados y, en consecuencia, sin expectaiva de crecimiento sano. La mortandad infantil, juvenil, era compa√Īera cotidiana. La parca.
Había trabajo, en unas condiciones pésimas. Y había campos, terrenos ínfimos a veces. La economía de subsistencia era eso, precisamente. Supervivencia. Todo aquello concluyó. El mundo asistió a una de las revoluciones mayores, sino la mayor, de toda su historia. El planeta era incapaz de dar de comer a 500 millones de personas pero un siglo después era susceptible de alimentar a 5.000 millones de humanos. La Revolución Verde.
Pero la rapacidad, la injusticia, el negocio abortó la posibilidad de completar el ciclo. En lo que va de siglo decenas de millones de seres humanos han muerto sin lógica mientras Amancio Ortega o Carlos Slim ganan millones de euros al día, explotando a espuertas. Desde la crisis financiera de 2008, el planeta gastó 20 billones de euros para salvar a su sistema bancario. Para acabar con la miseria de una vez se necesitaría, lo dice la FAO, la décima parte, dos billones.
Un capitalismo que crea centro y periferia, ricos y pobres, y que difumina las culpas. Un gigantesco monstruo que hace desvanecer las responsabilidades, que no quiere saber que es eso del colt√°n necesario para los tel√©fonos m√≥viles o esta etiqueta de camisetas reivindicativas, muy ca√Īeras eso s√≠, con origen en Pakist√°n o Filipinas cuna de una explotaci√≥n gigantesca.
Nos hacemos trampas a nosotros mismos, removemos la baraja una y otra vez para que finalmente salga la carta que deseamos. Y aunque organismos criminales como el Banco Mundial nos diga que el cinco por ciento más pobre de la Unión Europea tiene más ingresos promedio que el cinco por ciento más rico de cualquier país africano o la mayoría de los asiáticos, no acabamos de creerlo.
O sea que la inmensa mayoría de los africanos o cualquier otro país del OtroMundo sabe que si alcanza a la Unión Europea va a ser un poco más rico que si se queda en su país. Es decir, que la migración del siglo XXI, la que conocemos, la que nos llega, es la de quienes quieren dejar de ser pobres absolutos, para ser pobres relativos. Pobres en Europa que es como decir mejorar económicamente su situación. Para entendernos.
En esta disquisici√≥n de la que huimos, ya que conocemos nuestra responsabilidad en la construcci√≥n hist√≥rica y actual del mundo, lo √ļnico que nos importa es nuestro grado de tolerancia, el nivel que podemos aguantar de desigualdad. Pero no en el mundo, sino en casa, en Gasteiz o en Biarritz. Y enga√Īarnos: que la miseria y el hambre de Niamey o Abuja es estructural, que los migrantes tienen costumbres excluyentes de g√©nero (que las tienen)…
Nos incomoda, sin embargo, que se mueran antes de tiempo, antes de esos límites marcados por una esperanza de vida europea que dobla a la africana. Sobre todo cuando tenemos la certeza de que no van a tener una segunda oportunidad, porque el paraíso cristiano o la yanna islámica son eso, fábulas. Nos hemos modernizado hasta en las creencias.
Nos incomoda que la casualidad agrupe cifras (tanto va el c√°ntaro a la fuente). Nos incomoda porque el goteo acostumbra. No es lo mismo examinar en alg√ļn informe (que probablemente no lo leamos jam√°s), que un ni√Īo muere cada cinco minutos en N√≠ger de una simple diarrea, absurda muerte en Europa, que recibir la imagen con una voz en off que recuerda c√≥mo un millar de africanos se han ahogado cuando se acercaban a las costas italianas en un barco abarrotado.
Nos incomoda que sean 1.500 los ahogados en apenas una semana, intentando alcanzar la pobreza europea, pero apenas prestamos atenci√≥n cuando nos dicen que en los √ļltimos a√Īos ya son 25.000. Porque la cifra queda diluida en d√≠as, semanas, meses y la distancia afloja la emoci√≥n. Nuevamente excusas.
Una migraci√≥n, por lo dem√°s, espoleada por quienes dominan el mundo. Como el hambre. A los ricos les llegar√° fuerza barata para muchos trabajos que, por cierto, los locales nos negamos a realizar. Una mano de obra que, adem√°s, es susceptible de romper una solidaridad obrera ya resquebrajada en los √ļltimos a√Īos.
Una migración que está reformulando también, sin que seamos capaces de percibirlo, todo el mundo laboral. Que ya lo hizo y lo sigue haciendo con la expansión de algunas de nuestras perlas nacionales, las cooperativas. Que se deslocalizaron precisamente para aprovechar la falta de esa legislación que reivindicamos en casa, con huelgas generales si hace falta.
Una cr√≥nica de ida y vuelta que va minando la organizaci√≥n obrera en Europa, que resquebraja la solidaridad y que augura, como est√° sucediendo estos d√≠as en Sud√°frica, un choque cultural, ideol√≥gico y nuevamente humano. Pens√© que jam√°s lo ver√≠a. Pero ha sucedido: excluidos por el apartheid hasta hace unos a√Īos en Sud√°frica, expulsan en 2015 a sus hermanos de Zimbabwe que cruzan la frontera. Ni siquiera la pobreza se puede repartir.
Podríamos encontrar decenas de justificaciones, espacios para comprender la migración. Alguno llegaría a disculpar los muros de Melilla, de Grecia, quizás no tanto el de Cisjordania o la valla electrificada en Río Grande. No conozco coartadas a las agresiones de la Guardia Civil, a sus disparos con pelotas de goma a quienes nadaban en Ceuta. Hasta ahí parte de la escenificación social.
Pero no nos equivoquemos y envolvamos con retóricas místicas el sentido real de las migraciones contemporáneas, las que nos llegan. No es la pobreza, la mala repartición, la injusticia lo que les mueve. La causa principal es nuestra riqueza, aunque para muchos de nosotros sea relativa. Una riqueza, la nuestra, que sabemos perfectamente, lo es gracias al OtroMundo.
Y no vienen a saquearla, por cierto. √önicamente a compartirla. Desconozco, como dice la Internacional, si nos encontramos en la “lucha final”. Me siento, sin embargo, como apunta el estribillo de dicha canci√≥n, parte de ese “genero humano”. Una humanidad que Pablo Neruda tambi√©n describi√≥ en ese poema sobre la migraci√≥n, una de cuyas l√≠neas he traido al t√≠tulo de este art√≠culo como recuerdo de la tragedia.

Las venas abiertas

Mi compa√Īera dice que tengo buena memoria para los rencores. Quiz√°s sea cierto. Los elogios me ponen en guardia, sobre todo cuando se refieren a quienes nos dejan recientemente. No pude menos que agrietarme el √°nimo cuando o√≠ a Rajoy alabar a Nelson Mandela en su muerte. Y nuevamente me revienta el entusiasmo leer algunos twits y noticias en esta semana de la desaparici√≥n f√≠sica de dos referencias sociales y literarias de la √ļltima parte del siglo XX, G√ľnter Grass y Eduardo Galeano. Ser√° cosa de la edad.
Estrech√© la mano, por cortes√≠a, de G√ľnter Grass en 1999, cuando visit√≥ el estand vasco en la feria del libro de Francfort. Ese a√Īo le acababan de dar el N√≥bel de Literatura y unos d√≠as despu√©s el Pr√≠ncipe de Asturias (hoy Princesa por complejo hispano), aprovechando el tir√≥n medi√°tico. Hab√≠a le√≠do la mayor√≠a de sus libros. Le tom√© una foto con nuestro escritor Anjel Lertxundi, entonces invitado. Una instant√°nea que luego perd√≠, o al menos no la he encontrado hasta hoy.
And√°bamos peleando entonces con el PEN Club, la asociaci√≥n mundial de escritores, que hab√≠a llevado a la Feria su denuncia anual de autores encarcelados y represaliados. Ten√≠amos unos cuantos escritores vascos en prisi√≥n o en el exilio y el ahora pretendidamente progre Baltasar Garz√≥n estaba en las portadas por cerrar Egin. Diez a√Īos m√°s tarde, los tribunales decidieron que el cierre hab√≠a sido ilegal, pero Garz√≥n y su soporte entonces, Aznar, ya se hab√≠an “atrevido”, como remarc√≥ el entonces presidente espa√Īol, a clausurar un medio de comunicaci√≥n que no segu√≠a la l√≠nea del r√©gimen.
Mi colega Gari Berasaluze anduvo listo, como es habitual, y le entreg√≥ a Grass, aprovechando la ocasi√≥n, una versi√≥n reci√©n traducida al alem√°n de uno de nuestros escritores represaliados, Joseba Sarrionandia. Le explic√≥ someramente qui√©n era. Creo que se trataba de “Ni ez naiz hemengoa”. No s√© lo que hizo G√ľnter Grass con aquel libro. Tampoco voy a especular. Pero un N√≥bel siempre llama la atenci√≥n.
A comienzos del siglo XXI, el grupo Prisa, fruto en parte de aquella sorpresiva transformaci√≥n de falangistas en socialistas y hoy intervenido por fondos norteamericanos pero entonces con capital mayoritariamente espa√Īol, toc√≥ a corneta. Hab√≠a una posibilidad de que el unionismo espa√Īol fuera hegem√≥nico, electoralmente, en Vascongadas. Para conseguirlo hab√≠an ilegalizado a la izquierda abertzale. Recordar√°n, Rosa D√≠ez, Redondo Terreros, Mayor Oreja, Carlos Iturgaiz… S√≥lo nombrarlos suscita lo que los ingleses denominan “goose bumps” y los espa√Īoles llaman “piel de gallina”.
Se puso de moda eso de ser intelectual y apuntar a los vascos, tanto por arriba como por abajo, lo que deb√≠an hacer, c√≥mo pensar, lo que nos incumb√≠a votar. Salieron varios manifiestos contra el derecho de autodeterminaci√≥n, a favor de la sacrosanta unidad de Espa√Īa, en defensa de la Constituci√≥n mon√°rquica espa√Īola… Incluso, en las elecciones municipales de 2003, un grupo de estos intelectuales de la cuadra Prisa pidi√≥ el voto para el PP-PSOE. Los vascos √©ramos unos racistas y ten√≠amos una iglesia que no nos merec√≠amos, dec√≠an.
Entre los firmantes, G√ľnter Grass, el hojalatero sin tambor. Espa√Īol como el que m√°s, a pesar o gracias, vaya usted a saber, de su nacimiento en D√°nzig (hoy Gdansk), ciudad alemana, tambi√©n polaca. Grass, Nobel de Literatura, dec√≠a que los espa√Īoles deb√≠an esconder sus costumbres en el Pa√≠s Vasco, tal era el nivel de terror. Compart√≠a manifiesto con Paul Preston, Vargas Llosa… Avalaban la ilegalizaci√≥n de la izquierda abertzale, la invisibilidad para al menos 458 concejales de listas prohibidas a √ļltima hora.
Aquel manifiesto, como algunos de esa √©poca, me dej√≥ at√≥nito. Semejante ejercicio de servilismo a una edad madura conmueve. Negativamente. Grass hab√≠a reafirmado su antig√ľedad en las SS, cuando joven. Cuando al parecer no hab√≠a otra oportunidad que seguir a Hitler. Reivindicaba su reconciliaci√≥n con el pasado, al subirse a la socialdemocracia de Willy Brant, el padrino de Felipe Gonz√°lez.
Todos estos a√Īos he tenido la sospecha del destino de aquel libro de Joseba Sarrionandia que Berasaluze regal√≥ a Grass. Sobre todo a partir de su alineaci√≥n con lo m√°s predemocr√°tico e involucionista del Estado espa√Īol, Vargas Llosa and company, desde ese 2003. Pero ya he comentado unas l√≠neas antes que no iba a especular.
A Eduardo Galeano le invitaron a participar en la caza al vasco. Declinó la invitación, al contrario que otros escritores latinoamericanos como Carlos Fuentes, Bryce Echenique o Carlos Monsivais, con los que, a mi pesar, había compartido horas de lectura. Bien por Galeano, pensé. Había logrado resistir la presión implacable de la casta cultural y política.
Enfin… Pero no todo es ayer. Tambi√©n existe un anteayer. Despert√© de la inocencia infantil con Martin Luther King, me hice adolescente con Franz Kafka y George Orwell que tuvieron un impacto pol√≠tico en mi conciencia mayor que el que habr√≠an ocasionado las obras completas de Lenin. ¬°Cu√°ntas veces recuerdo los vericuetos que deb√≠amos recorrer para hacernos con un pu√Īado de letras!
Cruc√© la barrera de la ingenuidad con “Las venas abiertas de Am√©rica Latina”. De Eduardo Galeano. A principios de la d√©cada de 1970. Hace poco supe que uno de los √ļltimos regalos de Hugo Ch√°vez antes de su desaparici√≥n fue la donaci√≥n de este libro a su enemigo secular, EEUU, representado en su presidente Barack Obama. Galeano fue rotundo cuando lo supo: “fue un gesto generoso, pero un poco cruel”. Obama no lo entender√°, a√Īadi√≥.
Conoc√≠ a Eduardo Galeano en las v√≠speras de aquel fastuoso e insultante V Centenario del que llamaron descubrimiento de Am√©rica. Unas celebraciones que llegaban para apuntalar el papel de la Conquista a trav√©s de una ideolog√≠a neocolonial. Un esc√°ndalo que la llamada izquierda socialista y comunista espa√Īola empuj√≥ y gestion√≥ para escarnio de la dignidad.
A partir de entonces he tenido la oportunidad de encontrarlo, en cercanía física, hecho irrelevante cuando se trata de un escritor, de compartir incluso algunos proyectos editoriales. Eduardo Galeano ha sido uno más en esa casa inmensa que forjamos poco a poco a nuestro alrededor, en ese escenario de lucha y compromiso que abrimos en el camino de la vida.
Hace unas semanas volvi√≥ el m√°s joven de mis hijos de un viaje inici√°tico por Sudam√©rica, el estilo del que hizo en motocicleta el Ch√© Guevara. Las comparaciones son una pedanter√≠a. √önicamente refer√≠a el viaje, para su comprensi√≥n. Aunque mi hijo nos extra√Ī√≥ a su vuelta con una barba como la de aquel que la canci√≥n dec√≠a era argentino y cubano. Su libro de cabecera hab√≠a sido el de las “Venas abiertas de Am√©rica Latina”. Sent√≠ un punto de orgullo, casi animal, por razones de continuidad sangu√≠nea.
Otro de mis hijos, en esta ocasi√≥n el mayor, me envi√≥ un whatsapp instantes despu√©s de conocer la muerte de Galeano. Un whatsapp estremecido si es que esas herramientas son capaces, a pesar de su frialdad, de transmitir emociones. Ley√≥ “Las venas abiertas” en prisi√≥n, y hab√≠a recibido el impacto de las letras disparadas por Galeano como si se tratara de un chute de oxigeno, de esos que se han puesto de moda en las discotecas m√°s exc√©ntricas. Galeano le hab√≠a abierto las puertas de un continente desde el fondo de una celda en Alcal√°-Meco.
Volv√≠ a la evocaci√≥n, a la transmisi√≥n, a ese inmenso tesoro que tenemos la especie humana de razonar, racionalizar y transmitir, consciente o inconscientemente, nuestra mochila a las generaciones posteriores. Volv√≠ a emocionarme por la lectura de mis hijos, como lo hab√≠a hecho, ya hace cuarenta a√Īos, cuando Eduardo Galeano se present√≥ en mi casa y en la de los m√≠os, con aquel acopio de ideas y razonamientos que conformaron y solidificaron mi esp√≠ritu.
Se han ido G√ľnter Grass y Eduardo Galeano. El primero no me despert√≥ jam√°s simpat√≠as. Y Galeano, por razones obvias, ha sido uno m√°s de nuestra casa, uno de los nuestros. Que la tierra le sea leve.

NIRE ABERRIA (AMERRI EGUNA)

Hace ya muchos a√Īos al otro lado del Atl√°ntico que uno de mis autores favoritos, aquel de las uvas de la ira, el mismo que viaj√≥ a Mosc√ļ con el fot√≥grafo Robert Capa, escribi√≥ una obra de las llamadas menor, “Viaje con Charly”. John Steinbeck menguaba ya su vida y volv√≠a cuando a√ļn no sab√≠amos que el retorno tambi√©n era posible.
Tom√≥ una destartalada furgoneta, arranc√≥ con ella y su perro Charly, y march√≥ a recorrer su pa√≠s, despiezado en m√ļltiples comunidades, a veces irreconocible, otras previsible. Encontr√≥ lo que buscaba, se perdi√≥ en lo que desde√Īaba. Conoci√≥ a quien no desea salir en las im√°genes literarias e hizo una descripci√≥n de su tierra, no tanto de arbustos, lodos y pe√Īas, sino de semblantes. De gentes.
En general, la representación era la de las sombras que habían cruzado la vida sin estruendo, supervivientes que llegaban al límite de su existencia, perdedores en su mayoría si el significado del término se mide en demarcación económica. Hombres y mujeres cuyo rastro en la historia había sido completar su pertenencia a eso que llamamos humanidad. Con aderezos puntuales guardados por el autor.
No me gusta entrar en las alcobas de otros, ni apuntarme en fiestas ajenas, pero si alg√ļn d√≠a me piden una definici√≥n de mi patria, recuperar√≠a el libro de Steinbeck para, siguiendo su estela, copiar su estilo y, con humildad, describir todas y todos aquellos que he conocido. Ya por referencias, ya en la brecha. Los que han valido la pena. Que han sido muchos.
Y cumplimentar la primera l√≠nea de esa definici√≥n se√Īalando que el color de la tierra, el virar del r√≠o, la altura de los cerros, el borde de las hojas de roble o la cubierta astron√≥mica del flysch de la costa me acogen pero no me perturban. Que los restos de las f√°bricas oxidadas, los acueductos centenarios, las torres que sobreviven erguidas y las pinturas del paleol√≠tico me fortalecen pero sin asentar mis huesos que por cierto comienzan a registrar en escala richter el peso de los a√Īos.
Porque los que de verdad me emocionan, como garabateaba en su cuaderno de viaje allí tan lejos mi admirado Steinbeck, son hombres y mujeres con los que he coincidido en este breve soplo de tiempo que es la vida, en este territorio que llamamos Euskal Herria. Ellas y ellos son razón. Definición.
Antes, avanzar que mi patria superior, como la de cualquiera, es este planeta que envejece lentamente, que calentamos con esa locura que llamamos progreso, que se pierde en un sistema en el que uno de sus mundos está cargado de anillos, que se difumina en una galaxia inescrutable entre millones. Una localización azul que quizás ni exista.
Mi tierra, como debería ser en los cinco continentes, es mía cuando convierto una metáfora en cuento, no sé si ficción, tampoco realidad. Cuando recuerdo que recuerdo. Pero tengo constancia, demasiado, que es robada cada día, por especuladores, ladrones de conciencias, malhechores y banqueros y por ello la anhelo tanto en la lejanía como en la cercanía. Por eso me gusta matizarla.
Mi patria, que debería llamar matria porque de donde nace la vida es del vientre de la madre, desciende de lo universal para quedarse en esos proyectos que también emocionaron a mis antepasados con los que, precisamente, me une la firmeza de los mismos. Y así cumplimento la segunda línea del cuestionario, confirmando que no es el color de la tierra lo que me emociona, sino, como relataba, el coraje de la gente que la habita.
Le√≠, hace a√Īos tambi√©n, a Jean Haritxelhar, su descripci√≥n de lo que era ser vasco. Coincid√≠ en su apreciaci√≥n de que nosotros, briznas de ese pa√≠s rebelde e imaginado con intensidad como marcar√≠a Marc Legasse en un pasacalles, no tenemos ciudadan√≠a, sino nacionalidad. A√Īadir√°n que es sentimiento, sensaci√≥n. Lo desconozco. No me atrevo a sentenciar y, por eso, prefiero divagar. Pero s√© que soy vasco.
Y ser vasco hoy es tener conciencia de pueblo. Es la patria activa.
Me dirán que soy un malintencionado, que la patria es un ente político, administrativo, ni activo, ni pasivo, adquirido por nacimiento, deseo o necesidad. Que efectivamente la pertenencia a una comunidad, la que ahora daría ese derecho a decidir, es una percepción natural. Hasta prepolítica. Que soy demasiado trivial. Quizás.
Me recordar√°n, tambi√©n y no sin raz√≥n, que escribir sobre la patria es un anacronismo para una sociedad cuyas √©lites aspiran a modificar cadenas de nucle√≥tidos, a romper la barrera del tiempo. Que “el todo por la patria” bajo el que nuestra tierra fue arrasada y miles de nuestros abuelos pasados por las armas, condiciona cualquier reflexi√≥n. Que, como cantaba Georges Brassens, alentar la flojera nacional genera mala reputaci√≥n.
Todo eso es cierto, como también que, inmersos en un torbellino del que no nos podemos apear, la neutralidad es una quimera. Los neutrales, la sociedad silenciosa, fueron la base de las mayores atrocidades cometidas en nombre de razones innombrables. Hasta los que dicen que no tiene patria, la tienen seguramente con mayor intensidad que el resto. Porque esos silenciosos o bulliciosos neutrales pertenecen a la comunidad oficial, a la que siempre gana.
Al contrario que la de los manuales, mi patria cercana se forjó a golpes. Propios y, sobre todo, ajenos. No es, como me la quieren enlatar en los libros de texto, en los documentales televisivos. O al menos no es la que me ha acopiado el bagaje vital. Es una patria que se refleja en una celda, en un cuarto destartalado a miles de kilómetros de donde vivo. En una forja, en un agujero de conspiradores, en un tablado de bertsolaris.
Mi patria la llenaron contrabandistas, mugalaris, vagabundos bajo las estrellas como aquellos que inmortalizó Jack London, que animó Agustín Xaho. La colmaron adolescentes que llenaron de pólvora el zurrón, jóvenes que rompieron la pluma con la intensidad de sus cartas de amor, aprendices de revolucionarios y profesores sin alumnos que hicieron de su recorrido un ejercicio de sobriedad.
Mi patria la conforman hombres y mujeres an√≥nimos, de quienes jam√°s tendr√© noticias siquiera de su eco, de su √©poca, que se alzaron contra jauntxos, patronos, pajes y capataces. Que se rebelaron incluso contra esos reyes que ahora, por su cuna navarra, parecen compa√Īeros de la historia. Que huyeron de los sables y de los tricornios, que escaparon de los canallas que violaron a sus madres o a sus esposas. Que fueron torturados, que marcharon al exilio, que perdieron sus pertenencias.
Es evidente que moldeo mi patria con aliento y no con piedras. Con alpargatas. Con semblantes. Con todos ellos conformo un pasado repleto de deudas, de una intensidad que jamás podré agradecer ni siquiera si fuera creyente y la eternidad estuviera reservada para hacer descargo de compromisos. La justicia es de este mundo.
Reivindico un pasado cercano con miles de (com)patriotas con los que siento un profundo orgullo por haber compartido, y seguir haci√©ndolo, un proyecto com√ļn, indefinido probablemente en sus detalles, acoplado en su universalidad. Una cr√≥nica tremenda en ocasiones, con un coste humano excepcional para la brevedad en nuestro paso por este escenario tantas veces descrito. Esa es mi patria.
La misma que anuncia un futuro con m√ļltiples aristas. La patria no ser√° pr√≥spera, alegre, floreciente… y esas leyendas que se escriben o se dictan a la voz de su amo. Lo presiento y adelanto. En la patria, afirman tambi√©n, cabe todo, no existen los bandos, el sol amanece por igual. Sigo discrepando de ello. Por tanto, una patria complicada.
Sin embargo, me agarro a la vida con Charly, y sigo sosteniendo que mi patria es un tanto especial, pero es la de los míos. La misma que dejamos, inciertamente, a nuestros hijos y a nuestros nietos para que ellos la desbrocen en la medida que lo hicieron nuestros antepasados. Y seguir plantando árboles que no veremos crecer para que los que nos precedan disfruten, como apunta el dicho, de su sombra.