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SINDICALISMO EN CRISIS

Repensar la acción sindicada de la clase obrera, y por extensión de la trabajadora, es una reflexión que requiere actualizarse, espoleada en el Primer Mundo por los efectos de la crisis financiera que arrastró a los estados a rescatar a su sector bancario, equilibrando su balanza con la deflación del supuesto estado de bienestar. La crisis abrillantó las carencias de los sindicatos y aireó lo que ya era evidente: la participación de una gran parte de la representación de los trabajadores en el entramado del poder capitalista. Su legitimación.
Han pasado 25 años desde el ascenso al poder del tándem Thachter-Reagan, que tomó velocidad de crucero con la caída del Muro de Berlín y el final de la Guerra Fría. Una generación completa. Con todos los errores del autodenominado bloque socialista, sobre todo hacia el interior, el equilibrio se desbarató. Carta blanca.
El sindicalismo europeo decimonónico tuvo un carácter eminentemente ofensivo frente a las condiciones inhumanas y esclavistas que ofreció el capital desarrollado a partir de la Revolución Industrial. La tensión revolucionaria se mantuvo durante décadas hasta ¿cuándo? ¿Dónde está la frontera del paso de ofensivo a defensivo? Tengo la impresión de que la última propuesta global fue la de la semana de 35 horas. Al margen de centenares de experiencias sectoriales.
Como en el resto de Europa, en Euskal Herria, el sindicalismo histórico estuvo pegado a la acción política que cristalizaban los partidos. En ocasiones siguiendo el modelo leninista, el de la internacional socialista, el católico. Partidos políticos y sindicatos cruzaron sus propuestas y se contaminaron mutuamente. Tengo dificultades para establecer los límites de cada uno.
A la muerte de Franco o en esa época, sin embargo, el sindicalismo vasco se reinventó. Se articuló un sector nuevo, independentista y de clase, que hasta entonces no había tenido relevancia. Al contrario de lo que sucedió en los Paisos Catalanes, por ejemplo, donde el sindicalismo independentista y revolucionario apenas tuvo incidencia.
A pesar de la extraordinaria vitalidad del movimiento obrero de las décadas de 1960 y 1970, del asamblearismo e incluso la acción directa, la tendencia sindical fue equiparándose, como en otros aspectos de la vida político-social, a la europea: búsqueda de un espacio político-sindical definido, anclarse en él, y convertirse en referencia, a lo más en poder fáctico frente al poder. Es decir, capacidad de negociación.
Ese modelo sindical, con aciertos y errores, ha llegado hasta nuestros días con notables signos de agotamiento. En sus estructuras organizativas y operativas (federaciones). En la visibilidad social que ofrece a sus protestas (huelga o pancarta). Incluso en su función estratégica, a rebufo siempre de esa implacable ofensiva neoliberal que deja multitud de frentes abiertos y obliga a los sindicatos a una dinámica casi exclusivamente coyuntural. En su aspecto más negativo, sobre todo en los sindicatos constitucionalistas (españoles), el agotamiento se ha convertido en una perversión funcional. Uno ya no sabe si se trata de un sindicato, un fondo de inversiones o de una gestoría.
En el inicio de este agotamiento está sin duda la propia sociedad y la definición de sus clases. La clase obrera fue el motor sindical y, sin embargo, hoy el concepto se mezcla con el de clase trabajadora, incluso asalariada. El medio en el que surgieron los sindicatos históricos vascos sería irreconocible hoy en día, al igual que el de los nuevos (1960-1970) o el de la consolidación (1990). Las inercias conducen a errores. Hay que actualizar el sujeto.
Los sindicatos son la herramienta histórica de organización de los trabajadores con un puesto en una empresa o fábrica. El concepto del trabajo, por la misma reinvención capitalista y por su ofensiva neoliberal, ha cambiado radicalmente. En los últimos años, la sociedad vasca se ha terciarizado, ha perdido su carácter fabril y hoy, hombres y mujeres, forman parte por igual del mundo del trabajo.
Uno de cada cinco trabajadores potenciales está en paro. Más de 200.000 autónomos, trabajadores por cuenta propia, son sus propios patronos, al igual, al menos en la teoría, que decenas de miles de cooperativistas que poseen la propiedad de sus negocios. Un número indeterminado de trabajadores se escurre en la economía sumergida, mientras que otros tantos, migrantes en su mayoría, ni existen en las estadísticas.
En resumen, ¿estamos atascados en un modelo sindical que representa únicamente al 25% de la clase trabajadora en su sentido más amplio? Lo intuyo, pero científicamente lo desconozco. Por ello es tarea urgente un amplio y profundo estudio de nuestra sociedad, del mundo del trabajo, no del que anhelamos, sino del real. Y ya que necesitamos de audacia para salvar el futuro, como decía Danton, permítanme añadir que este estudio debería comenzar de cero, para evitar contaminaciones e inercias. Venimos de donde venimos, pero a los historiadores nos deberían enviar a un balneario para evitar eso de “cualquier tiempo pasado fue mejor”.
La segunda gran cuestión que me sugiere la reinvención del sindicalismo tiene que ver con los propios modelos de producción. Un tema complejo en el que es necesaria la implicación, hombro con hombro, de diferentes agentes sociales. Sabemos, lo conocemos en primera persona, cuáles son las tendencias: deterioro del empleo, feminización del paro y la marginalidad, trabajo doméstico, aparición de un sector de la clase trabajadora que apuesta por la competitividad y la promoción interna en la empresa, desideologización de los cuadros sindicales, etc. Cuestiones ligadas a la propia transformación de la sociedad a través del auge capitalista y sus consecuencias inmediatas: individualismo y consumismo.
Esta reinvención tiene que estar ligada al cambio. Un cambio que tiene que ser revolucionario. De lo contrario como decía aquella vieja canción de Sex Pistols, “no hay futuro para tí, no hay futuro para mí”. El sistema es insostenible. El proyecto económico capitalista está mostrando, asimismo, síntomas de agotamiento. Pero por su propia naturaleza jamás echará el freno. Stephen Hawking puso, incluso, fecha de caducidad al planeta.
Para que se me entienda. ¿Qué debemos hacer ante una hipotética y drástica reducción de puestos de trabajo en la factoría de Landaben (Volkswagen) en Iruñea? Conocemos a la perfección la cadena de los combustibles fósiles, transporte, viales… Vanguardia del desarrollismo más irreflexivo. En Bizkaia, son numerosas las empresas que generan excesos en dióxidos de azufre y nitrógeno, plomo… Zorroza y Erandio son paradigmas contaminantes. ¿Defenderíamos esos puestos en situaciones en crisis? Una gran paradoja.
El grupo corporativo Mondragón nos ha dado una gran lección, en sentido negativo, en el tema que planteo. Su crecimiento, a pesar de sus condicionantes originales, se realizó en términos netamente capitalistas, incluso con deslocalizaciones. En lo fundamental bajo dos premisas: abaratar costes (tanto de materias primas como de sueldos) y evitar leyes restrictivas, tanto con el medio ambiente, como con la fiscalidad. Y entrar, como señalaban, en la liga de los grandes donde los escrúpulos, lo sabemos todos, no existen. Aquellas medidas, no tan abiertamente expuestas como las he planteado pero a fin de cuentas todos somos adultos y conocemos el escenario, fueron aprobadas por las asambleas de cooperativistas, donde, a buen seguro, había afilados de los sindicatos constitucionalistas y vascos.
Sé que no voy a corriente, que el sindicalismo se ha enquistado, quizás no tenía otra alternativa, en la defensa del puesto de trabajo y en el enfrentamiento a reformas laborales y reivindicaciones sectoriales. Pero echo en falta un sindicalismo político. Radicalmente político. Porque quien domina ese mundo que eufemísticamente llamamos “político” es la economía. Y lo será mientras el capitalismo guíe nuestra existencia.