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Periko maitea

Para los que nacimos al mundo real en los estertores del franquismo, con ese uso de raz√≥n que se nos presupon√≠a, el nombre de Periko Solabarria ya se hab√≠a convertido en un icono. La generaci√≥n anterior a la m√≠a recog√≠a el eco de los gudaris de la guerra, de los huelguistas an√≥nimos y deportados en las protestas de 1951, del maquis del Irati y de las ikurri√Īas que colgaban en las catedrales.
La nuestra tuvo asimismo los suyos. Grabados en nuestra historia con pluma de cincelador. Telesforo Monz√≥n, Joseba Elosegi, que surg√≠an desde escenarios remotos con pie firme, Argala, Txabi Etxebarrieta, Jokin Gorostidi, Juanjo Etxabe… Otros tambi√©n. Entre ellos, humilde, en la obra con casco, antes con sotana, siempre en la segunda l√≠nea de la imagen, como si se tratara de un papel secundario en una pel√≠cula, Periko Solabarria. Colocando signos a los sin nombre.
Contaba en cierta ocasi√≥n que trabajando en el Puente de Rontegi, recibi√≥ la visita de un patr√≥n llegado de Madrid. Y ante las c√°maras, el empresario se atus√≥ el pelo, estir√≥ la corbata y sac√≥ pecho. “No es por usted”, le se√Īal√≥ un periodista, es por el obrero. El patr√≥n debi√≥ pensar que la revoluci√≥n le hab√≠a pillado sin saberlo. Se lo aclararon ante su cara de estupor: “Este se√Īor con casco y buzo es diputado en las Cortes de Madrid. El √ļnico que no trabaja en un despacho”.
Nos hemos acostumbrado a lo que debía ser excepción, a que los ricos lloren y a que los pobres se mueran de hambre, a que la injusticia se pierda entre las sombras y a que la justicia del dinero avance con solera por las portadas de los diarios. A que un camello, como diría Periko, entre por el ojo de una aguja. Y lo que es peor, a que los hombres y mujeres de verdad, la humanidad en su complejidad paradójicamente sencilla, se haya caído del abecedario.
Enlazando esta √ļltima afirmaci√≥n, durante mucho tiempo, quiz√°s toda una vida, me apodera un tremendo desasosiego. ¬ŅLograremos alguna vez rescatar la grandeza de los nuestros, de aquellos a los que la historia, a veces el futuro, cita √ļnicamente a pie de p√°gina, los engulle en una cifra? Una obsesi√≥n que me persigue y que s√≥lo resuelvo moment√°neamente encadenando frases, narrando sus energ√≠as. Trazando l√≠neas.
Para superar alguna letra de esa zozobra infinita, hace a√Īos escrib√≠ una novela que titul√© “Gallarta”, sobre las condiciones de vida de los primeros mineros de Triano, tratados como bestias, hacinados en barracas de las que no pod√≠an salir sino para transformar unos vales en alimentos y, obviamente, para extraer el que los trabajadores llamaban “mineral rubio”, hierro en las diccionarios. Excelente, dec√≠an, para forjar el acero.
Consulté decenas de libros, viajé a los lugares ya abandonados, reconocí herramientas, luego expuestas en el museo que se abrió con posterioridad, recogí índices de mortalidad, esperanzas de vida, salté alambres oxidados y recorrí veredas absorbidas por el calendario. Armé un libro lleno de letras que intentó plasmar pasiones, luchas, injusticias y sentimientos de hombres y mujeres que dejaron un halo fugaz en nuestra historia.
Una ma√Īana, Periko Solabarria me llam√≥, con timidez como lo hac√≠a, y me invit√≥, de su mano, a echar una mirada al pasado. Al suyo y al de los que le precedieron. Para conocer, a trav√©s de sus gestos, de sus palabras, de sus zapatos, el entorno de sus padres, el suyo cuando naci√≥. “Nos forjamos viviendo la vida, no en los libros”, me lanz√≥ con una voz casi imperceptible.
Y me llev√≥ a la casa donde germin√≥ y se cri√≥. A√ļn conserva, a modo de recuerdo, un n√ļmero, el 23, en lo alto del rellano. Un tejado arreglado ahora, una puerta pintada de verde descamisado, una ventana por donde apenas entraba la luz. Una sola planta. Y me cont√≥ lo que yo hab√≠a escrito, una familia numerosa, el padre en la mina, los inviernos largos, fr√≠os sobre todo desde que se escond√≠a el sol, un puchero en el fog√≥n. Sin electricidad, sin agua.
“¬ŅVes, al otro lado de la r√≠a?”, me dijo. “All√≠ viven los ricos. Pero antes todos est√°bamos en la margen izquierda. Lleg√≥ un momento que no nos soportaron en nuestra miseria. Se marcharon y edificaron villas lujosas y nosotros, cuando anochec√≠a, ve√≠amos desde lo alto, a lo lejos, las lucecitas de sus mansiones”.
En aquel atardecer, hermoso a pesar de los recuerdos, los √ļltimos vecinos de aquellas casas enmohecidas por el olvido, se acercaron a saludar a Periko. Su acento los delataba. Hab√≠an llegado de lejos, un d√≠a perdido en el horizonte, en la ruta del hambre. Cabellos encanados, semblantes arrugados. Pero una memoria, como la del entorno, que sudaba en gotas de acero. Hab√≠an compartido con Periko y su familia, la miseria.
Una miseria que crea, a trav√©s de la lucha, lazos eternos. Algunos trajeron la evocaci√≥n de su elecci√≥n: “Cuando vi tu apuesta pol√≠tica no tuve dudas. Vot√© siempre, y lo seguir√© haciendo, Herri Batasuna”. Aquella coalici√≥n que ayud√≥ Periko Solabarria a crecer, desde el tajo a pesar de su acta de diputado, llevaba varios a√Īos ilegalizada.
Nos forjamos viviendo la vida, no en los libros. Fue una cura de humildad y la sensaci√≥n de que “Gallarta”, la novela primeriza, la empezaba a rescribir entonces. Goethe apunt√≥ en cierta ocasi√≥n que los escritores viven en dos mundos. Pero el mundo literario es una ilusi√≥n. La vida, comprend√≠ despu√©s de la visita a la que me invit√≥ Periko, es la academia. El resto, pura fantas√≠a.
Participamos Periko y yo, junto a otras compa√Īeras y compa√Īeros, esa necesidad de un rescate que a veces nos da la impresi√≥n de que se eterniza y otras, en cambio, se acelera. A finales de 2009, despu√©s de tejer una tela complicada, d√°bamos las √ļltimas puntadas de lo que estaba a punto de presentarse en sociedad: Euskal Memoria. La memoria de los nuestros.
Periko estaba ilusionado. Lo est√°bamos todos. Dos noches antes de la puesta en largo, la puerta de mi casa se vino abajo. La Polic√≠a se llev√≥ a uno de mis hijos. Una redada contra la juventud rebelde. Debo reconocer que tuve alguna duda. La obligaci√≥n, la presentaci√≥n de un proyecto en el que hab√≠amos puesto mucha ilusi√≥n colectivamente, o, por el contrario, la sangre, el coraz√≥n, el desgarro por el secuestro. Por la ma√Īana me llam√≥ Periko. “Ni se te ocurra aparecer por aqu√≠ (firmas, papeleo, presentaciones). Tu lugar est√° en Madrid, frente a la Audiencia Nacional, al lado de tu hijo”. El resto, de momento, era fantas√≠a.
Cuando mi hijo sali√≥ de prisi√≥n, Euskal Memoria trotaba, nos hab√≠a hecho Periko de cicerone tambi√©n en Barakaldo. Volvimos con √©l a La Arboleda, a las minas del Carmen, a Gallarta… en una jornada memorable. Entre ellos, mi hijo y Periko, 60 a√Īos de distancia, tres generaciones. Y, sin embargo, uno y otro respiraban el mismo idioma, como si la tierra hubiera dejado de rotar.
Aquel día supe con certeza que Periko había roto fronteras, incluso alguna propia. Otros, seguramente, lo conocían antes. Yo lo supe entonces. Encerrado en una humildad asceta que contrasta sobremanera con el hedonismo de nuestra época, siempre se había negado a entrevistas, biografías, grabaciones. Fue cuestión de tiempo.
Por lo que s√©, esa confianza en la juventud, en el futuro, en el recambio, abrieron las puertas a sus secretos que, en realidad, no exist√≠an. Su vida era un libro abierto, pero sin letras impresas. S√≥lo esa juventud rebelde lo lograr√≠a. Puso la primera s√≠laba y el resto se desliz√≥ como el r√≠o hacia la mar. “Ez galdetu inoiz zer galdu genuen, itsaoa gara” que cantaba E√Īaut Elorrieta.
J√≥venes, imputados como √©l, en ese teatro que ha tenido lugar en la Audiencia Nacional hace unas semanas, han compartido con Periko sus √ļltimas confidencias. Las del compromiso. El futuro, como lo fue en mi √©poca, en la del franquismo, en la de la de los padres de Periko, en la de tantos otros que ni siquiera recordamos, est√° en manos de esa generaci√≥n que ya nos ha relevado y que un d√≠a, llenar√° de contenido esos sue√Īos y esperanzas que han dado sentido a nuestras vidas. En especial y en particular a la de Periko Solabarria.

Botín de guerra

La reciente sentencia del Tribunal Supremo en el Sumario 35/2002 por la que 107 sedes sociales de una determinada corriente pol√≠tica (izquierda abertzale) van a ser confiscadas, recuerda que esta pr√°ctica ha tenido un largo recorrido en el sistema judicial espa√Īol. Incautaciones, confiscaciones, embargo de bienes, expolios… han sido sin√≥nimos de una pr√°ctica habitual sostenida en cuestiones estrictamente pol√≠ticas.
En los √ļltimos a√Īos, el expolio ha estado integrado en esa doctrina que los expertos dieron en llamar C√≥digo Penal del Enemigo, siguiendo las reflexiones del penalista alem√°n G√ľnther Jakobs: “cabe anticipar potencialmente el comienzo del peligro”. El juez Garz√≥n, en su auto de octubre de 2002, marc√≥ la pauta de forma antol√≥gica: ‚ÄúAunque ETA no existiera, ni tampoco la Kale Borroka, o √©sta no se hubiera producido nunca, Batasuna constituye desde el punto jur√≠dico-penal una asociaci√≥n il√≠cita‚ÄĚ.
En esta línea, la confiscación no sólo de bienes, sino también de documentación, archivos o la permanente espada de Damocles sobre el relato, obedece, al margen de lucro del receptor que se sobrentiende, a una motivación más cruel, la de borrar la memoria histórica del grupo, de la izquierda abertzale, sus raíces y, en consecuencia, el desarrollo de su futuro.
Una instrucci√≥n ya avanzada, entre otros, por Mikel Cabieces, precursor de Carlos Urquijo en el puesto de delegado de Gobierno y hoy patrono bancario en BBK, que en 2011 dec√≠a en El Pa√≠s: “Un final con vencedores y vencidos. La Constituci√≥n, el Estatuto y las leyes seguir√°n ah√≠”.
Y as√≠, rechazo a la existencia pol√≠tica, al contexto, decomisos e incautaciones prolongan la ilegitimidad de toda una corriente ideol√≥gica cuya legalidad jur√≠dica pende de la estrategia del Estado, desplegada, en esta ocasi√≥n, por jueces. Con la presi√≥n de los sectores m√°s beligerantes. Como aquella editorial de El Correo: “Ser√≠a torpe y temerario que s√≥lo con la condena del terror se les permitiera recuperar la legalidad”. Reflexi√≥n del diario de Vocento apenas hace diez a√Īos.
Hace muchos m√°s, y con ello recupero esa tendencia que citaba, ese mismo El Correo (hoy sin el apelativo “espa√Īol” de entonces), recib√≠a en 1937, sin arrendamiento alguno por cierto, sede y rotativa del diario jeltzale Euzkadi, incautado o “robado” seg√ļn denunciaron sus leg√≠timos due√Īos.
Fue entonces, a partir de 1936, cuando las incautaciones, avaladas tambi√©n por ordenamiento jur√≠dico, abrieron la puerta a un expolio escandaloso. Si hoy, las bases jur√≠dicas parten de la aplicaci√≥n del C√≥digo Penal del Enemigo y su extensi√≥n por la interpretaci√≥n de Garz√≥n, con la inclusi√≥n en el apartado 127 del C√≥digo Penal espa√Īol vigente, entonces fue el decreto 18/1936, del mismo d√≠a que los franquistas “reconquistaban” Donostia.
El texto no dejaba lugar a la duda: “Se declaran fuera de la Ley todos los partidos y agrupaciones pol√≠ticas o sociales que han integrado el llamado Frente Popular y se decreta la incautaci√≥n de cuantos bienes muebles, inmuebles, efectos y documentos pertenecieren a los referidos partidos o agrupaciones, pasando todos ellos a la propiedad del Estado”. Bot√≠n de guerra. Vencedores y vencidos.
No quiero zambullirme en la historia m√°s lejana, pero s√≠ har√© una peque√Īa inmersi√≥n para justificar precisamente el t√≠tulo de este art√≠culo. La incautaci√≥n jur√≠dica sustituy√≥ al bot√≠n de guerra. Los bienes de quienes se opusieron a la conquista de Nafarroa y se refugiaron en la Sexta Merindad fueron embargados, los de los lapurtanos que deportados no entendieron la centralidad de la Revoluci√≥n francesa, los de los carlistas que no aceptaron el Convenio de Bergara y huyeron a Am√©rica, los de los jud√≠os y resistentes vascos de Biarritz y Baiona gaseados en Auschwitz o Mauthausen. Tambi√©n sus familias fueron expoliadas. Y todo ello sobre una base jur√≠dica.
En su inicio, el Gobierno de Franco estableci√≥ la Comisi√≥n sobre la Ilegitimidad de Poderes Actuantes, una junta franquista destinada a “demostrar la inmoralidad” de la Rep√ļblica. Este organismo qued√≥ completado con delegaciones de incautaci√≥n provinciales que se establecieron, en el caso vasco, en las cuatro capitales, dependiendo de juzgados especiales.
Las incautaciones afectaron no sólo a bienes políticos o sindicales, sino también a particulares. En Araba, por ejemplo, la Comisión provincial encausó a 749 personas. En Gipuzkoa, 529 propietarios fueron despojados por completo de sus viviendas, terrenos o caseríos.
A los particulares les eran incautadas sus propiedades, estableciéndose en ellas nuevos inquilinos. El dinero aportado por los arrendados era enviado, por medio de un administrador que se quedaba con el tres por ciento por su labor, a la Comisión de Incautación de Bienes de cada provincia.
Esta fue la teor√≠a jur√≠dica, porque en la pr√°ctica las desviaciones que conocemos son s√≥lo la punta del iceberg. Museos vascos de car√°cter p√ļblico guardan en sus fondos obras requisadas entonces, as√≠ como particulares. A Telesforo Monzon le desvalijaron la Torre Olaso que sirvi√≥ para amueblar el Palacio de Aiete en el que veraneaba Franco. Cuando el dictador falleci√≥, su viuda traslad√≥ las propiedades de Monz√≥n a su residencia en el Pazo de Meir√°s (A Coru√Īa). Joyas y valores decomisados o aportados “voluntariamente” en Nafarroa fueron depositados en cajas de seguridad de la sucursal de un conocido banco de la Plaza del Castillo de Iru√Īea. Cuando se cumplieron 50 a√Īos del despojo, al comienzo de la llamada Transici√≥n, las cajas fueron vaciadas y su destino a√ļn hoy desconocido.
A esta lista habr√≠a que a√Īadir organizaciones culturales, ateneos o medios de comunicaci√≥n. En Donostia, por ejemplo, la sede de Eusko Ikaskuntza fue ocupada por la delegaci√≥n de la Banca Privada de Madrid. En Bilbo, la sede de ELA y de los diarios jeltzales Euzkadi, La Tarde y Excelsius, fueron incautadas, entre otras. En Iru√Īea, el Centro Vasco fue ocupado por Falange. La lista interminable.
La mayoría de las sedes de las formaciones políticas estaban hipotecadas en bancos o cajas de ahorro vascas, ya que, por lo general, habían sido adquiridas en época republicana, compradas con gran esfuerzo económico y popular. Las comisiones provinciales renegociaron, en cada caso, los cambios de titularidad y el pago de las cuotas con las cajas de ahorro y bancos vascos respectivos, que se implicaron en el expolio.
El principal beneficiario de la incautación fue el partido de Falange. De las 51 incautaciones a sedes centrales de partidos políticos y organizaciones sindicales de Bizkaia, 23 fueron a parar a Falange que estableció en los locales requisados las sedes de su organización y de sus subsidiarias como Flechas o Sección Femenina.
El √ļltimo caso de expropiaci√≥n fue el que afect√≥ a la sede del Gobierno vasco de Par√≠s, ubicado en el n√ļmero 11 de la Avenue Marceau. Con la invasi√≥n alemana de Par√≠s, la Gestapo y los servicios secretos espa√Īoles se hicieron cargo de la delegaci√≥n vasca. En nombre de la embajada espa√Īola, el funcionario Pedro Urraca. Precisamente, el 15 de octubre de 1947 Urraca fue condenado a muerte, en rebeld√≠a, por un tribunal franc√©s que lo acus√≥ de espionaje en favor de la Alemania de Hitler. Con identidad falsa, Urraca fue enviado por Madrid a B√©lgica en la d√©cada de 1960 para informar de los primeros refugiados de ETA.
En abril de 1951, la Corte de Apelaci√≥n francesa daba la raz√≥n al Gobierno espa√Īol franquista, apoy√°ndose, entre otras, en la disposici√≥n de incautaci√≥n promulgada por Franco el 13 de septiembre de 1936. Aquella sede fue, desde entonces, la Embajada espa√Īola en Par√≠s y en 2014 es patrimonio del Instituto Cervantes en la capital francesa.

Cierre en falso

El Gobierno espa√Īol promovi√≥ en √©poca reciente dos iniciativas para la devoluci√≥n del patrimonio incautado tanto a sindicatos como a partidos pol√≠ticos. La primera de las iniciativas se produjo bajo Gobierno de Felipe Gonz√°lez, en 1986, y la segunda, en 1998, durante mandato de Aznar. Entre los sindicatos, UGT recibi√≥ la compensaci√≥n de 431 locales y CNT de 46, 148 millones de euros en la segunda convocatoria para el sindicato socialista, frente a los 2,4 millones de euros para el anarquista. Entre los partidos, el mejor parado fue el PSOE, con casi 11 millones de euros, del total de 28 millones que ambos gobiernos repartieron entre todas las formaciones. La CNT present√≥, en 2007, 5.191 expedientes de los que se desestimaron 4.652 y se admitieron 386. Reclamaba 10 millones de euros.
Sobre las devoluciones de lo incautado a particulares jamás hubo una vuelta atrás. Hubo alguna excepción, pero siempre bajo el paraguas del ordenamiento jurídico franquista. Los herederos de Ramón de la Sota tuvieron que pagar, en 1982, 62 millones de pesetas, resto de la multa impuesta en 1938, para poder litigar sobre parte de su patrimonio.
Algunas de las formaciones, sin embargo, ya hicieron p√ļblico su disconformidad con los repartos acordados por los gobiernos. El PNV, por ejemplo, recuper√≥ m√°s de 9 millones de euros a trav√©s no ya de los acuerdos con el Ejecutivo central, sino por la v√≠a judicial. El Supremo espa√Īol le dio la raz√≥n en temas que el Gobierno le hab√≠a denegado. No as√≠ al Gobierno vasco, cuya sede de Par√≠s a√ļn se encuentra en litigio.
En la misma tesitura, aunque con menor √©xito, se encontraba ANV, que vio rechazadas la mayor√≠a de sus reclamaciones y las llev√≥ al Supremo que en abril de 2003 le dio la raz√≥n parcialmente y le neg√≥ la propiedad de 89 locales. En septiembre de 2008, cuando el Tribunal Supremo espa√Īol declar√≥ la ilegalizaci√≥n de ANV, dispuso que todos sus bienes, incluidos los recuperados de la √©poca de la Segunda Rep√ļblica, pasaran a disposici√≥n del erario p√ļblico.

Todos sospechosos

Hace ya muchos a√Īos, cuando muri√≥ el dictador Franco, dieron varios d√≠as de luto oficial, con el plus de fiesta laboral. Aprovechamos unos amigos el cierre de la oficina para ir al monte, al Pirineo. Nos ubicamos en un refugio de monta√Īa, en Uztarrotze, cerca de Izaba. Como era habitual, nada anormal, tuvimos la visita de la Guardia Civil. Y nos reprendieron porque mi gorro -hac√≠a ya mucho fr√≠o, est√°bamos a finales de noviembre- ten√≠a los colores de la ikurri√Īa.
La verdad era que lo hab√≠a comprado en Italia, pero sus colores, rojo verde y blanco, efectivamente coincid√≠an con los de la ikurri√Īa. Tuvimos una peque√Īa discusi√≥n, en los l√≠mites que obviamente pod√≠a discurrir una de ese tipo. ¬ŅPor qu√© no lleva los colores de la bandera andaluza?, me dijeron. Me qued√© sin mi gorro italiano que, tambi√©n tengo que admitirlo, portaba por su tonalidad que asemejaba a la de la bandera vasca.
Los ciudadanos vascos transportamos en nuestra imagen colectiva el efecto del pecado original, que dir√≠an los cat√≥licos, o el del delito, que acu√Īan constantemente guardias, jueces o talibanes espa√Īoles que, por cierto, hay demasiados. Nos cuesta expresarnos con rotundidad, por temor a represalias. Siempre dando explicaciones.
En los aeropuertos de vuelta al Estado, ya puede haber una cola ágil, que cuando nos llega el turno, nuestra vecindad en alguna localidad vasca provoca, indefectiblemente, la ralentización. Comprobar datos, escanear nuevamente el pasaporte y, probablemente, alguna pregunta de rigor. Lo habitual.
Hace ahora ya nueve a√Īos sufr√≠ en propias carnes, una experiencia que Alfonso Sastre hubiera calificado de “pintoresca, pero tambi√©n grave”. Llevaba varios viajes de ida y vuelta en un corto espacio de tiempo, investigando la desaparici√≥n del delegado vasco Jes√ļs Gal√≠ndez en 1956, y las oscuras grietas en la muerte del lehendakari Jos√© Antonio Agirre, en 1960.
Como ya fue de sobra conocido, fui detenido en Nueva York y posteriormente deportado a Madrid. Al día de hoy sigo sin saber las razones de aquella expulsión de por vida, que por cierto afecta también a mis familiares más cercanos, aunque intuyo, por detalles de los interrogatorios, que tenía que ver con los dos temas citados.
Lo sorprendente del caso reside en que algunas de las preguntas que me realizaron ten√≠an que ver con otro “I√Īaki Ega√Īa”. Lo recordar√°n, el candidato a presidir el pasado a√Īo a los socialistas de Bizkaia, que finalmente no sali√≥ elegido. Ese I√Īaki Ega√Īa es el portavoz del PSOE en las Juntas de Bizkaia. Y eran preguntas sobre el socialismo, la visi√≥n mundial de la Internacional, etc. Entonces era presidente de EEUU George Bush Jr. Y ya sabemos que durante su mandato, la mayor√≠a de la humanidad ten√≠a cuernos y rabo.
Aquella experiencia, surrealista desde la distancia, me confirm√≥ algo que sospechaba. Los vascos somos, todos al margen de nuestra adscripci√≥n o procedencia ideol√≥gica, sospechosos por el mero hecho de haber nacido o residir en esta tierra. Los que se escapan a esta interpretaci√≥n lo son porque durante a√Īos han hecho un ejercicio sostenido de pleites√≠a que, incluso a veces, ni sirve.
Poco antes del inicio de la campa√Īa electoral, el PP de Madrid arremeti√≥ contra I√Īaki L√≥pez, natural de Portugalete, por un programa en La Sexta. No sigo apenas la televisi√≥n, y ten√≠a acotado a I√Īaki L√≥pez en programas de variedades, es decir sin ideolog√≠a detallada, lo que a veces supone tendencia hacia la desideologizaci√≥n. Quiz√°s me equivoque. Lo sorprendente es que el PP madrile√Īo acus√≥ a L√≥pez de que “su condici√≥n de vasco influye en los contenidos del programa”. Una m√°s.
Los d√≠as previos y posteriores a la final de la Copa de f√ļtbol, nos han dejado un reguero de situaciones “pintorescas pero tambi√©n graves”. La sonrisa de Aritz Aduriz cuando sonaba el himno espa√Īol ( siempre est√° con ella en la boca) ha servido para que numerosas plumas lo hayan empalado. Contra alguna de ellas, he le√≠do en alg√ļn medio, el Athletic ha presentado una querella criminal.
Hace cuatro temporadas, el jugador entonces de la Real, Antoine Griezmann, se√Īal√≥ la Ikurri√Īa de su camiseta despu√©s de meter un gol al Getafe, en Madrid. Una celebraci√≥n habitual con escudos, banderas, colores… excepto para vascos y sus equipos. El joven Griezmann recibi√≥ un sonoro abroncamiento que tuvo su eco en diversos medios. Pidi√≥ perd√≥n p√ļblicamente y lleg√≥ a a√Īadir “me he comportado como un ni√Īo”. Perd√≥n, ¬Ņpor qu√©?
Mikel Landa, despu√©s de un Giro espectacular, subi√≥ al podio y cometi√≥ el “error”, de no quitarse su gorra de ciclista cuando sonaba el himno del estado del ganador de la carrera, el madrile√Īo Alberto Contador. Mikel Landa es alav√©s, de Zuia. Vasco. Le han zurrado desde todas las esquinas de la Piel de Toro.
Apenas importa que Contador fuera despose√≠do por doping de la primera posici√≥n del Tour de 2010. Entonces se√Īal√≥ que hab√≠a consumido un solomillo de vaca facilitado a su equipo por ¬°un carnicero de Irun! Y que el solomillo de marras llevaba clembuterol (anabolizante). Puso el dedo en Javier Zabaleta, el carnicero vasco de Irun que tuvo que defenderse p√ļblicamente ante las acusaciones. El Tribunal de Arbitraje Deportivo le sancion√≥ al ciclista con dos a√Īos, por dopaje y descart√≥ la f√°bula del solomillo, que en realidad era de ternera. Contador reside desde 2013 en Lugano (Suiza). Dicen que en un para√≠so fiscal, pero qu√© m√°s da. Al parecer es un “buen espa√Īol”.
Los ejemplos se multiplican entre los dedos que aporrean las teclas de mi ordenador. No hay espacio ni para una mil√©sima parte. Les recomiendo el ya hist√≥rico “Mil y una coces contra la disidencia” (2003), donde encontrar√°n algunas de las perlas que guarda cada uno de nosotros. Refresca la memoria. Est√° libre de derechos, accesible en Internet.
No quiero abandonar este art√≠culo sin a√Īadir que a los vascos sospechosos, en general, se les a√Īade otra suposici√≥n. La mayor√≠a es de ETA. Abrumados de esperpentos, el director del diario madrile√Īo de Vocento, un tal Bieito Rubido, lleg√≥ a decir que el socialista Eduardo Madina, v√≠ctima de ETA, “sent√≠a un odio guerracivilista hacia el PP y simpatizaba con ETA”. Real. B√ļsquenlo en la hemeroteca de abril de 2013.
Un par de d√©cadas antes, una periodista del diario El Pa√≠s puso el list√≥n en lo m√°s alto. Se representaba en el Teatro Arriaga de Bilbao una obra de Alfonso Sastre, “El viaje infinito de Sancho Panza”. En un momento de la obra, el actor principal declam√≥: “La trinidad de Gaeta os gu√≠e, mi se√Īor”. La redactora escribi√≥ que “La trinidad de ETA os gu√≠e, mi se√Īor”. M√°s adelante, en su cr√≥nica, continuaba, que las “alusiones a ETA y a sus presos aparecen en varios momentos de la obra”. Recordaba el pasado de Sastre y el presente de su compa√Īera, Eva Forest, entonces senadora de Herri Batasuna. Para apuntar el objetivo: la pieza de Alfonso Sastre estaba subvencionada por la Sociedad Estatal Expo 92 y por el Tren de Alta Velocidad. Por lo visto, inversi√≥n en etarras.
La verdad era bien otra. Sancho Panza, tal y como aparece en “El Quijote”, narraba la “Trinidad de Gaeta”, un lugar que Cervantes ubicaba al norte de N√°poles (Italia) y era cuna de caballeros andantes. El da√Īo estaba hecho, Gustavo P√©rez Puig, el director, tuvo que remover cielo y tierra para desmontar la mentira. Pedro Ruiz, el actor principal y recitador de las frases que supuestamente hac√≠an “apolog√≠a del terrorismo”, tom√≥ el micr√≥fono en una sesi√≥n posterior en el mismo Arriaga para dejar clara su filiaci√≥n, poniendo a caer de un burro a todo lo relacionado con la izquierda abertzale. El Pa√≠s tuvo que rectificar.
Pues eso. Toda la vida defendi√©ndonos por la condici√≥n de ser vascos. Escuchando barbaridades, sufriendo latigazos que no tienen ning√ļn fundamento, m√°s que el del acoso permanente. Vapuleos de todo tipo, como dijo Alfonso Sastre tras aquel absurdo del Arriaga, “pintorescos, pero tambi√©n graves”.