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202 aniversario de la quema de Donostia

Más de dos siglos después, recordamos a nuestras vecinas y vecinos, anónimos y desconocidos con emoción. Con la emoción que nos traslada sentirnos a sólo unos metros de donde vivieron y sufrieron aquella tragedia. De escuchar y transmitir el eco de estas palabras con la misma intensidad que ellos oyeron temerosos el rumor de los cañones. De revivir en nuestra memoria la angustia de su futuro inmediato. El aullido de la guerra. La destrucción.
Ha pasado mucho tiempo desde aquel 1813, han cruzado más guerras nuestra ciudad. Hemos revivido las tragedias. Ocho generaciones desde entonces, algunas más agraciadas que otras. Aquí estamos, sin embargo, recobrando su presencia, notificando la existencia. Incorporándola al presente.
Porque ese salitre del mar Cantábrico que nos enfunda el semblante, esas gaviotas que revolotean a la llegada de los barcos al puerto, esa perfil que nos cobija desde el Castillo de Urgull, esa brisa que ingresa mañanera desde la Zurriola, ese pasillo azulado por el que desfila el Urumea, es el de siempre. El de entonces y el de ahora.
Porque esas zozobras a veces inútiles, esas alegrías festivas, esas ilusiones radiantes, grandes y pequeñas, esos amores de juventud y de vejez, esas cuadrillas que nos revelan el inmenso valor de la amistad, esas noches de invierno eternas o las estivales más breves, esa esencia del sudor en el trabajo, casi siempre mal pagado, es la de siempre. La de entonces y la de ahora.
Ha pasado mucho tiempo desde aquel 1813. Pero sentimos que cuando llegan los aniversarios, cuando prendemos las velas de la memoria, cuando entonamos las voces de nuestros coros, el tiempo se esfuma y la edad se desvanece impregnando los rincones más diversos de nuestra ciudad. Hay una sombra alargada de recuerdos pegada a nuestro caminar.
No queremos ser rehenes del pasado, del blanco y negro. La vida continúa en aventuras que construimos día a día. En una lucha permanente y siempre inacabada por construir esa sociedad que nos haga libres. Con mayúsculas.
Pero no podemos negar que somos hijas e hijos de ese pasado. De ese espacio húmedo, arenoso, rodeado de lomas y montes que nos embarcan hacia un país en el nacimos o llegamos orgullosos. Un espacio agresivamente humano, coloreado con la piel de la dignidad y el murmullo de los nuestros.
Es cierto que no conocimos las fisuras de vuestros labios, ni los botones de vuestros chalecos, ni los pliegues de vuestras enaguas. Apenas atisbamos a garabatear vuestros nombres, ya inusuales. Evaristo, Xaviera, Bartín, María Antonia, Mateo, Donato, Joaquina, Eugenio, Juliana… Nombres. Hombres y mujeres.
No conocimos, tampoco, aquellos huecos que dejó la metralla, el tifus, el hambre, el fuego devastador. Pero hemos reconocido el surco de vuestro viaje. Un surco imborrable. Y cuando aprendimos a leer se nos grabó aquello que escribió el notable pregonero donostiarra José Vicente Echegaray hace ya 200 años: “Que el mundo sepa lo que nos ha sucedido”.
Fieles a sus palabras, aquí estamos. Muchos años después, apenas un instante en este recodo caprichoso que han construido el mar y la tierra y que llamamos Donostia. Un año más. En vuestra memoria.